Refugiada

Un paño rojo cubría su cabeza. Esa primera imagen me enternece. Y me reconforta, porque sé todo lo que vino después.

Recuerdo que se coló corriendo en mi jardín y vino directa hacia mí. Ella no podía ver nada con la tela que tapaba sus ojos. Debía quitarle aquella venda sin que me embistiera. Jamás he visto correr así a una vaca.

Al acercarse, era sangre lo que empapaba su blanca cabeza. Pasó de largo suplicando algo con la mirada. Rodeó la casa y se acurrucó en el último rincón, temblando y sintiéndose sin escapatoria.

Voces vacunas

Un individuo me pegó voces desde el camino levantando un palo al cielo. Tuve que acercarme por mi sordera parcial:

—¿Qué dice usted? Es que desde allí no le escuchaba.

Me percaté que el palo tenía un par de clavos bien grandes mojados en sangre fresca, que también moteaba la tierra del camino.

—¡Le digo, que si ha visto una vaca corriendo por aquí! ¡Se nos ha escapado!

—¡Sí señor! Hace poco la vi pasar corriendo hacia allá como nunca corren las vacas.

—Gracias —dijo limpiándose con la manga unas gotas rojas salpicadas en su cara.

El hombre siguió corriendo por el camino. Cerré la verja de mi terreno y me fui a verla. Aun estaba tiritando y resollando ovillada en el mismo rincón.

—Ya se ha ido —le susurré en su oreja ensangrentada.

Me miró con ojos de agradecimiento y su cabeza se desplomó sobre la hierba. No tenía fuerzas para nada más.

Se oyeron voces otra vez. No entendí lo que decían. Ella sí. Volvió a temblar. «Tranquila», le dije acariciando su cuello. Salí para ver lo qué pasaba. El mismo hombre estaba gritándole a un camión:

—No la veo. Se ha escapado la muy jadeputa. Lo ha intentado varias veces, hasta que lo ha conseguido. ¡Cabrona! ¡A ver si la vemos con el camión!

Rugió aquel monstruo con remolque y pasó de largo cargado de terneras mugiendo evidentes lamentos. Desde que perdí un oído y parte del otro, entiendo a los animales mejor que a los humanos. Los animales son más claros, más sencillos, más directos. No mienten. Hablan con sus ojos y con su cuerpo, sin retorcer los mensajes.

Barajé llamarla Cabrona, aunque Refugiada fue un nombre más apropiado. En su primera mirada solo pidió socorro. Todo un discurso fue la segunda. Me contó lo que había sufrido y por qué no quería volver con su dueño. ¡Qué palabra más fea! Dueño, propietario, amo… Son palabras que apuntan a tiempos de esclavitud.

Era raro. Tenía varias heridas en la cabeza y en el cuello. Cuando una vaca no obedece, suelen pincharle en los cuartos traseros. Lo he visto suficientes veces. La carga de vacas con destino al matadero es una de las imágenes más espantosas de mi pueblo. Ellas saben dónde van. Y no quieren. Las que se montan en ese camión no vuelven jamás. Ellas lo saben. En sus mugidos se escuchan perfectamente los reproches al granjero por su traición. Confían en su cuidador y lo último que esperan es que las venda, como si no fueran más que carne.

Refugiada se portó muy bien mientras limpiaba sus heridas. Descubrí que solo tenía un ojo sano. El otro debió perderlo en alguno de sus intentos de fuga anteriores. Estaba bien curado. Ella era medio ciega y yo tenía sordera a medias. Hacíamos buena pareja.

Limpié cada herida y las empapé en betadine esquivando los lametones que me endiñaba en cuanto me descuidaba. Me daba asco que me chupara y me manchara con su espesa saliva. Entendí su agradecimiento. Estaba feliz por no morir aquel día.

Los apósitos con esparadrapo pronto se tiñeron con un punto rojo. Seis banderas de Japón y varios arañazos adornaban su busto, coronado con dos cuernos cortados. El descornado es una práctica habitual en ganadería que genera grandes dolores al ganado. Se hace para «facilitar su manejo». Es decir, para ganar espacio; para ganar más dinero.

La noticia de la vaca fugitiva llenó de chistes el pueblo. Se convertían en cólera en el ganadero del palo. Tuve miedo de que la descubrieran en mi casa. Restringí su espacio y con pintura de alquitrán de hulla pinté manchas en su gran cuerpo blanco. Cada dos semanas, tocaba repintar las manchas de su disfraz. Ella se dejaba hacer con la ilusión de una niña antes de una fiesta de Carnaval.

Sus ubres lechosas confesaban que había sido madre. Iba al matadero, por lo que podía tener apenas seis u ocho años. Puede que alguno más. Su primer embarazo habría sido con máximo año y medio. La rentabilidad manda. Eso significaba que habría sido madre entre cinco y nueve veces. Por supuesto a través de inseminaciones forzosas. Todo artificial. Entre cinco y nueve veces le habrían arrebatado, uno a uno, a todos sus bebés. Dentro de mí, escuché cómo todos elevaron mugidos de desesperación gritando simplemente mamá. Ella jamás se acostumbró a esos raptos. La leche de sus hijos se la llevaban en camiones cisterna para vender yogures plastificados.

Aquel día aborrecí todos los lácteos. Refugiada me explicó todo lo sufrido para robar su leche. Imagina el tormento de escuchar a tu bebé y no poder amamantarlo, ni tan siquiera lamerlo un rato. Quizás, solo las madres de alguna especie de mamífero pueden imaginar bien el dolor de la injusticia. Hacia sus hijos macho, los mugidos son aún más fuertes, porque saben que a ellos no los volverán a ver. Directos al camión sin retorno. Condenados por no dar leche. Como si fueran culpables de ser lo que son.

—Fuiste una esclava. Ahora eres Refugiada.

Un lametón silencioso fue su contestación.

Robar ganado

Me había convertido en una persona extraña para mí. Imaginé que me juzgaban como a los ladrones de ganado del antiguo Oeste americano. ¿O acaso un juez me absolvería por considerar que estaba dando asilo ante una amenaza de muerte cierta en un caso de persecución por especismo?

Yo no había choriceado nada. Había aceptado libremente la amistad y la convivencia de alguien que se había invitado a mi propiedad. ¿Vosotros la hubierais entregado a su antiguo dueño para que hiciera dinero con su muerte? Es legal. No legítimo. ¿Cómo pueden permitirse negocios que matan?

Muchos de los judíos que huían del odio del nazismo fueron entregados a los asesinos. Y también era legal. Y lucrativo. Otros muchos fueron ocultados y se salvaron gracias a sus hospedadores. Todos los argumentos de los que me critiquen por «robar» una vaca, se repitieron también en la Alemania nazi. El tiempo cambia y la ética global evoluciona, pero los argumentos siguen siendo los mismos.

He pedido perdón a Refugiada por las veces que pensé entregarla al matarife. No fui capaz. Aquella vaca tuerta fue comiéndose la hierba y las verduras de mi huerto. Se incrustó en alguno de mis ventrílocuos y no quise desahuciarla. Pagaba su renta con lengüetazos de cariño espeso y ejerciendo de espantapájaros mejor que el oficial.

Por la mañana mugía para llamarme y no paraba hasta que le daba los buenos días. Refugiada comía más que abonaba, por lo que tuve que restringir su acceso al huerto.

—¿Desde cuándo tienes una vaca? —me preguntaron muchos—. ¿No huele peste?

—No. Una vaca en el jardín no huele. Solo hay que tener cuidado al andar. Lo que es insoportable es encerrar a quinientas vacas. Cuando el viento viene de la macrogranja, es para desmayarse. Producen más toneladas de estiércol que de músculos y leche sumados. El legado del alcalde es un planeta de mierda.

—Los animales son tan sucios… —sostenía alguien con voz cursi.

—No es verdad —replicaba yo armándome de paciencia—. Los animales son sucios cuando se les encierra en poco espacio y se les obliga a pisar sus propios excrementos. Hasta los cerdos son limpios cuando no están encerrados entre cuatro paredes. Es injusto que su nombre sea sinónimo de suciedad: marrano, cochino, gorrino, puerco, guarro…, porque han sido obligados a vivir así. En libertad les gusta revolcarse en el barro, no en sus heces. Eso les ayuda a refrescarse ya que los cerdos no tienen glandulas sudoríparas. Son tan limpios que no sudan. Los jabalís y los elefantes, por ejemplo, también lo hacen y nadie les llama guarros. El barro y la tierra también les protege del sol y de los parásitos. Es crema solar mejor que la nuestra; que no acaba matando a los corales.

—Así tienes leche gratis… —apuntaban algunos con la ilusión de que les diera un litro.

—Esta vaca no da leche. No quiero que vuelvan a violarla para que se quede embarazada.

—¡Cómo eres! —exclamaban sin entender nada—. Si no da leche, ¿qué es lo que da?

—Da compañía y lametones. Tu perro tampoco da leche.

A los dos años, decidí dejar de pintarle las manchas. A algunos les dije que era otra vaca. Otros sabían la verdad. Paseábamos por los prados y se hinchaba de hierba fresca. En medio del camino, ella me avisaba levantando su cola. Yo desplazaba su trasero hacia el lateral y así abonaba las plantas laterales que tanto gustaba devorar. Una vez, la empujé demasiado y cayó por una rampa de unos dos metros. Cuando volvió al camino estuvo cinco kilómetros sin mirarme. Luego entendió que había sido sin querer y me dejó abrazarla.

Los problemas de la convivencia

Vaca tuerta y maltratada, llamada RefugiadaQuiero pensar que sin querer me rompió unas macetas. Habían sido de mi abuela. Refugiada no entendía mi enfado. La amenacé con llamar al camión de los lamentos. El rugido sí lo entendió. Bajó a la hierba su mirada ciclópea. A su manera, mugió perdón. Era imposible enfadarse con ella más de unos segundos.

Cuando se escuchaban los motores del viejo camión del matadero, ella corría a refugiarse en el mismo rincón donde se acurrucó el primer día. Si me pillaba cerca, iba a abrazarla y le susurraba:

—Tranquila, tú no morirás en un frío matadero mientras yo viva. Será aquí, en tu casa, cuando el destino lo quiera. Todos tenemos que morir. ¿Sabes?

Ella asentía con la cabeza, mostrando su entendimiento. Algunos pensarán que lo hacía para espantar una mosca. Yo sé que me entendía. Cuando pronunciaba su nombre, Refugiada, ella me miraba. Cuando le decía «¡ven!», ella venía. Las vacas son seres inteligentes, sensibles y con su propia personalidad. En la granja de la que Refugiada se escapó también lo saben. Una vez estuvimos a punto de pasar por allí. Refugiada se dio la vuelta. Yo no dije nada y la seguí. Entonces me fijé en algo que para mí había sido tan normal que formaba parte del paisaje.

La granja tenía grandes piscinas para almacenar el estiércol y los purines. Lo normal es que se desbordaran o que se filtraran al río, especialmente cuando llovía. Pero siempre vi el río como un cauce pestilente y sin vida. Era lo normal y a nadie se le ocurrió protestar. No tendría importancia si fuera solo un río, pero son millones de ríos asesinados por la ganadería. Un enorme pisotón ambiental.

Pregunté a los más mayores del pueblo y no siempre había sido así. Me contaron que ellos se habían bañado en el río, que habían jugado con las ranas y que antes siempre había peces, patos y nutrias paseando arriba y abajo. En aquellos lejanos tiempos, los que tenían vacas las tenían en los establos junto a sus casas. La limpieza de los establos daba abono para las tierras. Nadie tenía más de diez o doce vacas y paseaban a pastar todos los días del año. Era sano para las vacas y comida barata.

Luego llegó la industrialización y el progreso. Se prohibieron los establos en las casas y todas las vacas se apelotonaron en naves industriales en las afueras. Ahora ya no pasean y la peste está concentrada.

Comen soja industrial, comida basura, que sale barata aunque venga de América. Se las alimenta con productos que nunca fueron comida para vacas: soja, maíz o harinas de pescado. Algunos granjeros convirtieron a las vacas en caníbales. Os acordaréis del problema de las vacas locas, la EEB (Encefalopatía Espongiforme Bovina). Prometí que Refugiada nunca se comería a otros animales. Ella comía hierba y verduras desechadas por tener alguna tara que impedía vender el producto: alguna mancha, formas raras, golpes, tamaños inadecuados… Algunos hortelanos me contaron que, a veces, las verduras que desechan son más de las que consiguen vender en el mercado. Todo se tira, aunque sea perfectamente comestible. El sector primario está descontrolado: se abusa de pesticidas, se desprecia la tierra, se ignora la erosión, se pisotea la biodiversidad, se maltratan animales, se aniquilan ecosistemas, se descontrolan los precios, se malgasta agua, se despilfarran alimentos, se contaminan ríos, se esquilman los mares… Todo sin control, en una auténtica humillación a la biosfera.

Refugiada siempre asentía cuando hablábamos de política o de naturaleza. Discutíamos en temas de comida. El heno no le hacía especial alegría. Se enfadaba conmigo. En el fondo ella entendía que no podía haber pasto todo el año. Cuando podía, recolectaba hojas de helechos para ella. Las devoraba como si fueran ambrosía. Me miraba y me pedía más. Las palmas de mis manos le decían que se habían acabado. Entonces se tumbaba y se ponía a rumiar.

El olor de la muerte

Regularmente, un miedo atroz le sobrevenía sin explicación aparente. Sus orejas se erizaban. En solitaria estampida se iba al último rincón de la finca. Observé que a los cinco minutos pasaba el camión del matadero. Primero pensé que era una macabra premonición. Luego entendí que se lo anunciaba su fino olfato antes de escuchar el ruido. Razón suficiente para ser sagrada, como en India.

A Refugiada no le gustaba estar sola. Aprendí a despedirme en pijama. Cuando me iba un fin de semana entero a casa de mis padres, me intentaba despedir de ella con un abrazo. La muy lista, no me dejaba abrazarla. Me daba la espalda y me azotaba con su cola, como si fuera una mosca. Refugiada sabía que sin un abrazo no me iría. Me esquivaba y me rechazaba, hasta que en un descuido me agarraba a su cuello y no lo soltaba. Ella se agitaba fuerte. Cuando consideraba que me podía hacer daño paraba y me llenaba de saliva para que tuviera que cambiarme de ropa.

Cuando llegaba de vuelta a casa, se ponía a rebuznar de alegría. Yo le recordaba que ella era una vaca, un auténtico Bos primigenius taurus, mamífero artiodáctilo de la familia de los bóvidos. Ella, ajena a mi lección de zoología seguía intentando rebuznar para calmar la ansiedad por el reencuentro. Luego, le daba algún regalo en forma de frutas o verduras. Y ella, agradecida, devoraba todo aunque no fueran sus preferidas.

Diez u once años después de su huida, paseando por el camino nos encontramos a su antiguo esclavista, el hombre del palo con clavos. Ella no lo había olvidado y se puso nerviosa a correr en dirección contraria. El hombre me miró extrañado y me advirtió:

—Si es suya esa vaca, corra, porque nunca he visto una vaca correr así. Se parece a una vaca que tuve hace años. ¡Cabrona! Así la llamaba yo… ¡Vaya si se parece!

—¿Tiene hora? —pregunté para cambiar de tema mientras arrancaba a correr detrás de ella.

—¡Son las seis de la tarde! —gritó— ¿Me ha escuchado?

Voces médicas

Como he dicho, a Refugiada no le gustaba estar sola, pero me detectaron un problema de insuficiencia renal y aguanté todo lo que pude. Finalmente, la hemodiálisis se metió en mi vida varias veces a la semana.

Refugiada observaba todos mis síntomas, mis náuseas y mi decadencia. Me notaba cada vez más débil. Un picor y un hormigueo constante en mis brazos me recordaba la enfermedad. Perdí peso y, en paralelo, Refugiada también perdió apetito.

La enfermedad me había envejecido el cuerpo y el ánimo. Ella podría rondar los veinte años. Ya éramos un par de ancianitos. Mientras masticaba mis plantas de manzanilla, yo me tomaba una infusión. Únicamente nos faltaba hacer punto recordando mejores tiempos.

Nos íbamos apagando. Yo más que ella. Mi doctor me habló de la posibilidad de un trasplante de riñón. Sus ojos hablaban como si yo fuera un familiar suyo y con la misma confianza le hablé:

—Mire doctor, sé que conseguir un riñón para mí no va a ser fácil. Le quiero pedir un favor muy especial. ¿Me lo hará?

—¡Claro! ¿De qué se trata?

—Quiero que me ponga al final de la lista de trasplantes. No soportaría que una persona joven pierda un riñón por mi culpa.

—Nadie pierde un riñón, porque no se le quita nada a nadie.

—Bueno. Ya me entiende. Yo sentiría que le estoy quitando vida a alguien. Prométame que solo me darán el riñón si no hay ninguna otra persona que lo necesite.

—Haré lo que pueda —murmuró apuntando algo en el expediente.

Cuando llegué a casa se lo conté. Entonces, Refugiada no quiso nada de mí. Ella sabía que estaba renunciando a la vida. Y no le gustó. Le conté mis razones:

—¿Cómo voy a ponerme yo un riñón que bien podría servir a una persona más joven y sana, que tenga toda la vida por delante? En todo caso, el médico no me ha confirmado nada. Sin mucho convencimiento, ha dicho que hará lo que pueda.

Complaciente, me dio su aprobación con un par de sus pringosos lametones.

A la mañana siguiente, desde la ventana de la cocina vi a Refugiada tumbada en su rincón del miedo. Tal vez el camión del matadero había madrugado más de la cuenta. A las dos horas, me fijé y estaba en la misma posición. Empecé a preocuparme. No se movía.

Me acerqué con mis pasos más temblorosos que de costumbre. No quería ir. Mi cuerpo me pedía que no fuera. Cuando llegué, Refugiada parecía dormida y en paz. Intenté despertarla una y otra vez hasta que un alarido me arrancó lágrimas desesperadas.

Acaricié su lomo como tantas veces. Acaricié sus cuernos y los recordé llenos de sangre aquel primer día que vino a pedirme refugio. Ella podía haber vivido más. Era muy lista. Sabía que a mí no me quedaba mucho tiempo. A Refugiada no le gustaba estar sola y prefirió irse antes.

Cada día de mi vida echaré de menos sus pringosos lametones. Refugiada sabe que estoy deseando reunirme con ella.

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