Un planeta de mierda (relato ecoanimalista)

En un futuro cercano…Efectos ambientales de la industria cárnica en México

El tren se detuvo solo para mí. Cuando me bajé, me pareció una ciudad fantasma. No había nadie en las calles. Ventanas rotas y macetas secas reflejaban la huida de familias completas. Treinta años antes aquella ciudad había sido próspera. La recuerdo llena de vida, con niños en los columpios, ahora oxidados, con muchos negocios, ahora vacíos o cerrados.

Nací y crecí en esta ciudad. Me gradué en su universidad. Aquí conocí a mi esposa y aquí quise vivir y trabajar, pero la vida me llevó a otro país. Vuelvo a mi ciudad como experto consultor. Grandes empresas me pagan para que marque su rumbo y las lleve al éxito. Estudio su misión, su visión, sus valores, sus puntos fuertes, sus debilidades, sus amenazas, sus oportunidades y sus desafíos. Mi trabajo es crear equipos que funcionen y que trabajen para un objetivo común.

Cuando me llamó una famosa empresa cárnica contesté con un rotundo no. Luego, cuando me dijo la ciudad, no pude negarme. Conocía la decadencia de toda la región de oídas, pero desde que mi familia se vino a vivir conmigo no volví a saber nada más.

La entrevista con el director ejecutivo fue rápida, formal y más breve de lo que estoy acostumbrado. Aún recuerdo sus palabras, tuteándome:

—Antes había 50.000 cerdos, solo en esta granja y teníamos quince más repartidas por toda la región. Recibíamos subvenciones y generábamos empleo y riqueza. ¿Qué ha pasado? Queremos que nos ayudes. Te pagamos bien para que nos digas cómo revitalizar nuestro modelo de negocio. Conocemos tus grandes logros.

Aunque él me tuteaba, yo seguí hablándole de usted por respeto, hasta que me pidiera que no lo hiciera:

—Necesito que usted me facilite bastante información.

—Pide lo que quieras a mi secretario. Gracias por todo y espero verte pronto.

Así lo hice. Solicité un montón de documentación: balances contables, proveedores, contratos, campañas de marketing, incidencias, legislación… Todo estaba correcto, impecable. Me reuní con los empleados de la central. Su trabajo era perfecto y eficiente. ¿Qué estaba pasando? Era la primera vez que sentía que no podía ayudar a la empresa. Antes de darme por vencido, decidí dar un paseo para despejarme.

Pedí una bici prestada y recorrí los caminos. Vi campos llenos de estiércol en los que no crecía apenas nada, ríos muertos y pestilentes con peces asfixiados y putrefactos, tierras abandonadas y casas en ruinas. Solo encontré tres árboles. Estaban juntos y me paré a descansar a su sombra. Había un sorprendente silencio. ¿Dónde estaban los pájaros? Un anciano sentado en una piedra me contestó:

—Aquí no viven bien ni los pájaros. ¿No hueles esa peste? Antes era distinto. Había muchas aves. En el río nos bañábamos y pescábamos. Ahora si te bañas, estás muerto. Se han cargado todo. Las granjas y los mataderos han arruinado esta región. Almacenan sus residuos en balsas y esperan que desaparezcan. Siempre hay filtraciones, o vertidos directos aprovechando las lluvias. Cuando lo distribuyen en los campos es aún peor. Irrespirable. Hasta el agua huele mal.

Tenía permiso del director para visitar todas las instalaciones. Una a una, quise ver todas las granjas. Entrevisté a las personas, pero no vi humanidad. Trataban a los animales como si fueran máquinas de producir proteínas. ¿No necesitan estas máquinas moverse ni ver la luz del sol?

—¿Es este el agua que beben los animales? —indagué.

—¡Sí señor!

—Pero… ¿usted se atrevería a beber ese agua?

—¿Yo? Ni loco. Aquí todo el mundo bebe agua mineral.

—¿No les preocupa el plástico?

—El agua del grifo está contaminada. Las autoridades lo han reconocido. Nitratos.

También visité la parte de animales enfermos. Algunos eran incurables y, sin embargo… ¿Por qué los mantenían vivos? Aunque no me lo dijeron, era obvio que los colaban en la cadena alimentaria en cuanto llegaban al peso previsto. Pude ver que un animal moribundo fue cargado con destino al matadero antes de que muriera.

Mi visita al matadero fue más rápida de lo que hubiera imaginado. No aguanté. Allí el objetivo es matar de la forma más económica posible. Los animales llegan chillando y salen envasados. Hamburguesas y todo tipo de piezas. Si algún animal se resiste, se usa el palo con pinchos. El sistema de aturdimiento, sencillamente no lo usan, “por comodidad”, me confiesa un operario. Una mujer manejaba el cuchillo magistralmente: cortar, desangrar, sacar las vísceras… Me entretuve hablando con ella:

—¿Le gusta su trabajo?

—¿Está de broma? Me repugna. Tras mi primera semana, lo dejé. No podía… pero no encontré otra cosa, y al mes siguiente volví, ganando menos, ¿sabe? Tengo una familia que alimentar.

Hice un par de llamadas para recabar más información. Aquella noche, me encerré en mi habitación del hotel y me puse a escribir el informe. Veinte páginas, el informe más breve de toda mi carrera. Incluí varias fotos. No muchas porque no quise hacer un reportaje fotográfico, pero dejé constancia de que había disparado bastantes más fotos. Normalmente el director de una empresa no está al corriente de todo lo que pasa. A veces, sencillamente no quiere enterarse.

A la mañana siguiente, quise ver al director, pero estaba “ocupado”. Le entregué el informe a su secretario y le dije que me despidiera de él. Bajé al vestíbulo, me monté en el taxi, cerré la puerta y ordené: “A la estación”. En ese momento sonó mi teléfono. Era el director. Descolgué y empezó a gritar antes de que me diera tiempo a decir algo:

—¿Te pago tanto dinero para que me hagas un informe de veinte páginas?

Sin perder mi calma, le contesté amablemente:

—Está todo bien explicado y con referencias para ampliar la información.

—¡No te pago para que hagas informes sino para que me los cuentes! ¡En 5 minutos te quiero ver en mi despacho!

El taxi dio la vuelta a la manzana y me dejó otra vez en la puerta. Le di un billete al conductor y le sugerí:

—Quédese el cambio y espéreme si quiere. Tardaré veinte minutos.

Subí por las escaleras. Cuando su secretario me vio llegar, me hizo pasar rápidamente. En su cara vi la preocupación por el enfado de su jefe. Supuse que el director había leído algo del informe y no le había gustado. Yo estaba tranquilo. Pasé al despacho. Él estaba sentado tras su gran mesa y sin levantar la mirada del informe me espetó:

—Por lo que te pago, tengo derecho a que me expliques el informe. Al menos un resumen.

Algunos directores ya me habían pedido que les hiciera un resumen del informe por escrito, pero este informe ya era un resumen. Él deseaba que se lo contara verbalmente, así que sentencié con dureza:

—¿Quiere que se lo resuma en pocas palabras? Su negocio está muerto.

—¿Estás de broma? Soy muy estricto con el trabajo de calidad y tú mismo has visto que todos nuestros balances están en perfecto orden.

—Sí, pero el mundo está cambiando y en pocos años todo va a ser muy diferente. Hay dos opciones: o colapsa el planeta completo, o bien, quiebra su negocio. Es totalmente insostenible. En ambas opciones, esta empresa está condenada.

—No digas tonterías. Aún somos un imperio.

—Un imperio en decadencia. ¿Quién se acuerda del último emperador de Roma?

—¡Tenemos ventas por todo el planeta!

—Le pondré un ejemplo. Su empresa está fabricando cuchillos de piedra, cuando ya estamos en la edad de los metales.

—¿Qué me estás contando?

—El planeta está cambiando. La gente está cambiando. El consumo de carne está descendiendo por todo el planeta. No solo por la contaminación que produce, sino por el maltrato animal. Hoy nadie considera aceptable que una cerda tenga casi tres partos cada año. Mire los datos del informe.

—Es una tendencia que puede cambiar en cualquier momento.

—No cambiará. Las leyes son cada vez más estrictas. Su modelo de agricultura y ganadería industrial usa enormes cantidades de agua, y cada vez hay menos agua disponible. Supongo que sabe que el agua de esta ciudad está contaminada por los nitratos de su industria. Supongo que sabe que los purines de la ganadería son altamente contaminantes.

Por un momento sentí pena de aquel pobre hombre de negocios. Toda su vida intentando levantar un gigante con pies de barro. Él pretendía resolver un problema que yo pensaba que era irresoluble. Se le ocurrió proponer algo:

—Si el problema es de agua, pondremos depuradoras y desaladoras.

—Las desaladoras consumen mucha energía y su salmuera residual también contamina. Esta región se está quedando sin agua. Y su negocio necesita demasiada agua. No solo para sus animales, sino también para producir lo que ellos comen. El uso de plaguicidas y fertilizantes químicos también contaminan el agua…

—Ya estamos importando alimentos de otros países.

—Como sabe, eso aumenta los costos y la contaminación. La crisis climática está endureciendo las leyes para reducir los transportes. La ganadería es responsable del 14,5% de la emisión de gases de efecto invernadero. No es solo CO2. Gran parte del metano y del óxido nitroso del mundo lo emite la ganadería. Son dos gases de efecto invernadero mucho más potentes que el CO2 y las leyes están acotando este tipo de emisiones.

—Esas leyes aún no están vigentes…

—Sí lo están. Además, en pocos años se endurecerán. Más leyes y más controles. Está ocurriendo en todo el mundo. Hasta Brasil está reduciendo su producción de carne, por la deforestación.

—¡Eso es una buena noticia para nosotros! —exclamó mientras sonreía forzadamente—. Nosotros amamos los bosques. Además, elimina competencia.

Estaba claro que no quería ver lo evidente. Yo entendía que era duro aceptarlo, pero mi tarea no era consolarlo, y así se lo dije:

—Usted me paga para que sea sincero. En el informe justifico que la producción industrial de carne es uno de los principales factores de la deforestación mundial. No solo en Brasil, y no solo por las cabezas de ganado de Brasil. ¿De dónde viene la soja con la que alimenta a sus animales?

—De Brasil y de Argentina —susurró cabizbajo.

—Exacto. Es decir, esta empresa está generando deforestación en Brasil y Argentina. Eso debe terminar. Por otro lado, los excesivos abonos de la agricultura industrial están llevando la muerte a todo el mar. ¿Conoce el caso del mar Menor, en Murcia? Todo el Mediterráneo está muriendo, víctima de estos abusos.

Sus ojos estaban desconcertados. Me había pagado para que levantara su empresa y parecía que yo era el que estaba terminando de hundirla. Yo solo soy una lupa para ayudar a ver lo que está escondido. Su siguiente argumento fue bastante pueril:

—La gente tiene que comer —afirmó con convencimiento.

—Por supuesto —confirmé yo—. Pero no olvide que el excesivo consumo de carne está asociado al sobrepeso, obesidad, cáncer, diabetes tipo II y enfermedades cardiovasculares. La gente quiere comer, pero quiere comer sano. ¿Cuántas toneladas de antibióticos toma su ganadería al año?

—Ni idea —contestó humildemente.

—Está en el informe. La ganadería industrial es la principal consumidora de antibióticos del mundo, y eso contribuye significativamente a la pérdida de eficiencia de estos medicamentos. Médicos por todo el mundo están pidiendo que no se usen antibióticos para el ganado y ya se han prohibido en veinticinco países.

—Pero… ¿cómo van a prohibir curar a los animales enfermos?

—Usted sabe bien que los antibióticos no se usan solo para curar a los enfermos. He visitado sus instalaciones y son altamente eficientes, pero no hay respeto hacia los animales. Los animales son tratados como máquinas de producir carne y dinero. Los empleados están tristes y frustrados.

—Subiremos los salarios.

—Debería subir los salarios, pero si quiere que alguien mate animales con alegría tendrá que contratar a psicópatas. ¿Usted se pasea por esta ciudad? Parece una ciudad fantasma. Creo que Chernóbil tiene más vida con el turismo.

—Yo vivo a cincuenta kilómetros de aquí, en la montaña.

—Se ha ido a vivir lejos, porque aquí nadie quiere vivir por culpa de esta empresa. Hable con la gente del pueblo, si es que encuentra a alguien que quiera hablar con usted. Los ecosistemas están arrasados. ¿Sabe que recuperar un ecosistema degradado puede durar varios siglos? En toda la comarca ya no quedan los antiguos bosques. El río es una cloaca. Antes los ciudadanos se bañaban en el río. ¿Lo sabía?

—¿Me estás diciendo que mi negocio está en quiebra por un río?

—No solo por el río. Es por todo. ¿Ha visto las tasas de crecimiento del veganismo y del flexitarianismo? Tras visitar su empresa, cualquiera se haría vegano. Yo mismo…

—¡No diga tonterías! —dijo interrumpiéndome.

—Entonces… ¿por qué no está funcionando su negocio? Su empresa genera horror y contaminación, dos argumentos para el veganismo. Esta empresa está cavando su tumba. La población es consciente del inmenso daño que hacen al planeta, a los animales, a sus propios trabajadores, a la ciudad… ¿Sabe cómo viven sus animales? Hacinamiento, malformaciones, montañas de cadáveres… condiciones indignas para cualquier animal.

Sus ánimos se iban caldeando y no quería dejarme hablar, pero a mí no es fácil callarme. Cogiéndome por los hombros me gritó:

—¡Te pago para que levantes mi negocio y estás hundiéndolo más!

—Yo no lo hundo. Solo constato que se está hundiendo —fue mi réplica sin alterarme.

—No hay salida entonces… tendremos que desmantelarlo todo… —musitó con lágrimas apareciendo tímidamente en sus ojos.

—Se me ocurre una salida —añadí.

—¿En serio? —preguntó levantando su mirada hacia mí.

—En esta zona aún hay tierras fértiles. El propio matadero, junto al río, está en una zona que sin duda es muy fértil. Hay que derribarlo y plantar allí. También habría que derribar las granjas donde viven los animales. Debajo hay tierra fértil. Seguro.

—¿Qué vamos a plantar?

—Avena, cebada, trigo, lentejas garbanzos, espinacas, berenjenas… todo un huerto. Con todo eso se pueden hacer hamburguesas vegetales. Es el futuro.

—¿Hamburguesas vegetales? Y nosotros estamos vendiendo cuchillos de piedra… —puntualizó mientras se secaba sus lágrimas con un pañuelo.

—Es un cambio bastante radical, pero es la única salida que veo.

De repente, unos segundos de silencio se apoderaron del lujoso despacho. Yo no tenía mucho más que añadir. Agarré mi cartera en clara señal de despedida. Él me detuvo y me preguntó algo que no esperaba:

—Necesito alguien que dirija ese cambio. ¿Aceptarías el cargo? Y por favor, tutéame.

Yo pensaba que mi propuesta era realmente viable, pero no me veía dirigiendo esa transformación. Entonces, le contesté algo para que no volviera a pensar en mí:

—Solo con una condición, que el beneficio económico esté subordinado al respeto ambiental. Deberíamos plantar árboles junto al río para recuperar el bosque de ribera y para que el río vuelva a ser lo que fue. Muchos árboles, muchas huertas y comida vegetal.

Ilustración del libro Relatos Ecoanimalistas
Este relato está incluido en el libro Relatos Ecoanimalistas. Pincha en el loro y hazte con él.

Al salir a la calle, me pareció que el sol brillaba con más alegría. Mi taxi aún estaba esperándome.

—Vamos a la estación, ¿no? —preguntó el taxista.

—Cambio de planes —contesté—. Volvemos a mi hotel.

—Está usted más contento —apuntó volviéndose hacia mí—. Por cierto, ¿cómo sabía que iba a tardar justo veinte minutos?

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