La leyenda del faro de Luarca

—¡Hazlo o tendrás muy mala suerte!

—¿Por qué? —pregunté al viejecillo que me dio la orden.

—Los golpes tienen que ser con la mano abierta, y que sean solo tres manotazos bien sonoros.

No soy supersticioso, pero tampoco me niego a seguir las tradiciones de las tierras por las que llevo mi vida. Abrí mi mano y di los tres golpes fuertes en una de las esquinas de piedra de aquel faro. Al dar el tercero, sentí el corazón inflamarse en mi mano. Nos miramos y volví a preguntar:

—Y esto… ¿para qué?

—Algunos luarqueses seguimos esta vieja tradición, y la vida nos ha tratado bien. El porqué está en una vieja leyenda que solo recordamos los más viejos. Has hecho bien. No escuches más a un viejales y sigue tu camino a Santiago.

Mi mochila abultada tras la bicicleta le reveló mi condición de peregrino sin concha. Llegué a Luarca cansado de pedalear, haciendo el Camino de Santiago del norte. Estaba deseando ducharme, lavar algo de ropa y tumbarme en mi litera del albergue de peregrinos. Sin embargo, al ver el faro desde el puerto, algo me impulsó a acercarme, escalando una empinada cuesta. Allí, mi curiosidad me obligaba a sonsacar información a aquel extraño personaje con barba blanca de varios días y una pipa vacía que no pensaba ni llenar ni encender. Él estaba sentado en el quitamiedos de piedra que se asomaba al barranco. Yo, mirando las olas como una gaviota, tuve que preguntar:

—¿Una leyenda? ¿Qué leyenda?

—¿Conoces a Cambaral?

Sin necesidad de que contestara a su pregunta comenzó a narrarme la leyenda. Aunque no sabía si aquello sería largo, apoyé la bici sobre la pétrea barandilla frente al faro y me senté en el suelo para poder apoyar la espalda. Mientras mi cuerpo descansaba, el anciano me contó que algunas personas niegan que alguna vez existiera el pirata Cambaral. En cambio, otras dicen que fueron varios piratas los que adoptaron sucesivamente ese nombre para, con solo nombrarlo, generar miedo a los infelices que asaltaban. Así facilitaban su rendición. Lo cierto es que en el pequeño pueblo costero de Luarca nadie duda de su existencia, aunque sí de sus leyendas y embrujos.

Al parecer, Cambaral fue un corsario berberisco que viniendo de Túnez se asentó en la costa cantábrica atemorizando a todos desde Avilés hasta Navia. Sus métodos en el abordaje de otros barcos eran tan sangrientos como exitosos. Torturaba a marineros y pasajeros por igual, y comerciaba con las mujeres, seguramente mandándolas como esclavas al norte de África.

Durante una breve temporada, Cambaral se asentó en la desembocadura del río Negro, nombre con el que él mismo lo bautizó tras degollar en el cauce a toda la población que se opuso a su llegada.

Los hombres de Cambaral subían el río Negro y guardaban sus tesoros y botines en cuevas o en enterramientos bien disimulados. Sobre la punta de la Encoronada —donde ahora está el faro— Cambaral situó su centro de operaciones. Allí, lo mismo hacía fiestas que rituales maléficos con sacrificios humanos. También organizaba los saqueos: tanto incursiones a los pueblos costeros como abordajes, preferentemente a barcos de la Corona.

Cuentan que varios barcos de Cambaral se perdieron en las noches de un invierno. Las bravas aguas del Cantábrico les hicieron naufragar. Para evitar más tragedias, Cambaral mandó construir una torre alta con una escalera exterior y, al caer la tarde, si se esperaba a sus barcos de regreso, una gran fogata los guiaba de vuelta a la ensenada.

Desde entonces, esa zona elevada del pueblo quedó en exclusiva controlada por los secuaces marineros de Cambaral y eso dificultaba a los pescadores del pueblo divisar la llegada de las ballenas francas glaciales, también conocidas como ballenas de los vascos. Desde aquella atalaya natural, era tradición que alguien oteara la mar y diera la voz de alarma cuando se divisaban estos cetáceos. Entonces, gran parte de los lugareños se echaban a la mar con sus chalupas y sus arpones. Todo se convertía en una fiesta tan cruel y sanguinaria como los rituales de Cambaral.

Según me contó el viejecillo, en la actualidad está prohibido cazar estas ballenas. Sin embargo, en aquella época se cazaban fácilmente porque esta especie nada lento, superficialmente y bastante cerca de la costa. Además, flotan cuando mueren, lo cual es una gran ventaja. Para algunos usos esta ballena era muy apreciada porque tiene una capa de grasa mayor que cualquier otro cetáceo. Hoy es una especie muy amenazada de extinción y siguen muriendo principalmente por las redes de pesca y por chocar con los barcos. Los timoneles suponen, erróneamente, que las ballenas se hundirán para esquivar sus quillas.

No nos desviemos nosotros. Ante las protestas de los luarqueses, el temido corsario accedió a que unos pocos jóvenes pudieran ascender a aquel cabo para explorar el horizonte en busca de estos cetáceos. Con el tiempo, el control sobre la torre del faro y sus alrededores se fue relajando, pero no la indignación hacia el pirata por su desmedida crueldad.

Hartos de las tropelías de la banda de Cambaral, algunos luarqueses asaltaron una noche de mar gruesa la torre del faro haciéndose pasar por sus camaradas. Una vez arriba, acuchillaron a los encargados del fuego y lo apagaron, con la esperanza de que la carabela de Cambaral se hundiera pesada para siempre.

El naufragio no ocurrió y la venganza de Cambaral fue espantosa. Copiando uno de los castigos bíblicos, mandó matar al primogénito de cada familia del pueblo. Todos los asesinados fueron enterrados junto al faro, donde actualmente está el cementerio de la localidad. Por cierto, dicho cementerio acoge los restos mortales de Severo Ochoa de Albornoz, premio Nobel de Medicina nacido en esta villa varios siglos después de lo de Cambaral.

Pero sigamos con la historia que me relató aquel entrañable vejete. Para evitar que volvieran a asaltar el faro, Cambaral ordenó a sus hombres que siempre que pasaran por aquella torre dieran tres grandes golpes sobre las piedras de la base, de forma que los de arriba supieran que eran de su banda. A los que pasaban de noche por el faro y no daban los tres golpes de la clave, el mítico y sanguinario Cambaral mandó que fueran saeteados por sus mejores ballesteros. Esta arma, la ballesta, acababa de llegar a sus tropas desde Oriente y resultó muy eficaz para acrecentar las tumbas del contiguo cementerio.

Por este motivo, es tradición entre los más precavidos luarqueses que al pasar por allí se den tres golpes sobre las piedras de la base del faro. Fue una forma simple de evitar la mala suerte de una segura muerte.

La torre fue derribada en una de las múltiples luchas y el pirata fue obligado a huir. Sobre las ruinas de aquella torre se construyó el faro de planta cuadrada que aún hoy puede verse, encendido y vigilante si la noche vive cerca. Y no es casualidad que el código de luz de este faro —su luz característica— incluya tres ráfagas que representan los tres golpes de la suerte.

Cambaral volvió a Luarca años más tarde, herido y siendo prisionero. Posiblemente fuera otro de los piratas que adoptaron el nombre de Cambaral, pero esa es otra historia que da nombre al puente del Beso, y cuya leyenda se relata en un cartel junto a este puente sobre el río Negro.

♦ Otros relatos afines:

Un comentario sobre “La leyenda del faro de Luarca

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s