Pinus transpinaster

I. El árbol

Sus manos arrugadas y temblorosas no evidenciaban su lucidez mental. Desde muy joven se había dejado enamorar por la ciencia y a ella le dedicó su vida. No tenía grandes premios. Él valoraba más las felicitaciones de sus followers en redes sociales y el interés del público en las conferencias o en sus apariciones radiofónicas.

Él siempre aclaraba conceptos y generaba debate. Lo hacía a propósito. Le encantaba lanzar preguntas mal planteadas, para ver si el público se daba cuenta de la trampa. «Me interesa incitar a pensar y a fomentar preguntas; más que dar respuestas», solía decir.

Cuando el ministro de Ciencia e Innovación y dos más se presentaron en su casa, su mujer supuso que le darían algún premio importante. Avisaron con horas de antelación y no quisieron desvelar el motivo. Ya en la puerta, la seriedad del ministro dejó claro que se trataba de otro asunto:

—Estimado Dr. Cañas. Disculpe que lo moleste con tanta premura. Ha ocurrido algo que puede ser bastante grave. Por ahora, debe ser confidencial. ¿Podemos pasar y charlar en privado?

—Por… por… por supuesto. Pasen ustedes a mi humilde despacho. Disculpen el desorden.

El Dr. Francisco Cañas era un consagrado biólogo de prestigio internacional. Había desarrollado toda su trayectoria profesional en la Universidad de Málaga y al jubilarse seguía teniendo acceso a los laboratorios y colaboraba con distintos grupos de investigación. Cuando le preguntaban por qué seguía trabajando, siempre contestaba lo mismo: «Mi vida es el estudio de la vida; y no puedo jubilarme de aprender».

Al ver su lentitud, el ministro ayudó al Dr. Cañas a sentarse.

—No puedo ni vestirme solo —confesó el anciano con una media sonrisa—. ¿Qué desean?

—Permítame primero que le presente al Dr. D. Antonio Ávila, secretario de estado general de Investigación; y al Dr. D. Zhen Liu, asesor en investigaciones biológicas del ministerio. A él no le gusta que lo diga, pero creemos que pronto será nominado para el Nobel en Fisiología o Medicina. Además, es familiar no muy lejano de Liu Xiaobo, Nobel de la Paz 2010.

—No muy lejano; y tampoco muy cercano —bromeó el aludido.

Tras las presentaciones pertinentes, el ministro se dirigió al científico afilando su mirada:

—Dr. Cañas, vayamos al grano. Hemos rastreado la investigación en genética de especies arbóreas, especialmente del pino marítimo, y hemos encontrado bastantes trabajos suyos de hace más de treinta años.

—Cierto. El Pinus pinaster nos ocupó más de una década. Llegamos a colaborar con el Instituto de Bioinformática de la Universidad de Gante. Hicimos un transcriptome atlas estudiando la distribución de la expresión génica en diferentes tejidos del pino. Recuerdo que empezamos usando la microdisección de captura láser para el análisis transcriptómico. Conseguimos desentrañar la organización molecular y funcional de los tejidos de las coníferas y de las células especializadas. La industria maderera estaba muy interesada en nuestros estudios, porque…

—Disculpe que le interrumpa —dijo el ministro—. Queremos ser concisos y concretar una reunión posterior. Le dejo que le informe el Dr. Ávila que seguro que se explica mejor que yo.

—Bueno —empezó diciendo el Dr. Ávila—, en realidad la cosa es muy simple… o muy complicada. Resulta que se han detectado genes extraños en poblaciones de pinos marítimos en África.

—¿Dónde exactamente? —preguntó el Dr. Cañas—. Los Pinus pinaster se extienden principalmente por Europa: España, Portugal, sur de Francia, e Italia. En África, básicamente solo viven en Marruecos, aunque también hay pequeñas poblaciones en Argelia y Malta.

—El problema surgió primero en Argelia. Allí nadie le dio verdadera importancia y la cosa no trascendió. En Marruecos fue más grave…

—Pero ¿qué es lo que ha pasado? —interrogó el Dr. Cañas con impaciencia.

—¡No sabemos lo que está pasando! Ese es el problema. El Dr. Liu ha examinado los árboles africanos afectados y todo indica que tienen los genes similares a los que usted introdujo en el pino hace treinta años. Sabemos que aquellos experimentos fueron probados exclusivamente en el interior del laboratorio.

—Aquellos experimentos —aclaró el doctor— no pasaron de una fase inicial. Mi equipo quiso mejorar las características de los árboles para conseguir una mayor producción de biomasa y de metabolitos. También se experimentó para intentar conseguir madera con más celulosa y con menos lignina, para que fuera mejor para la industria papelera.

—Como Vd. sabe, la lignina proporciona rigidez y dureza a la madera. Con menos cantidad, sería más fácil de manipular. Sin embargo, sobrepasando un límite, la madera no puede soportar el peso del propio árbol. En Argelia y Marruecos se han dado casos de árboles quebradizos. Queremos que nos acompañe para intentar aclarar el misterio.

—¿Árboles quebradizos? El cambio climático está agravando la climatología con fenómenos cada vez más adversos. Es normal que se rompan ramas o incluso árboles completos.

—Dr. Cañas, estamos hablando de bosques completos. Están muriendo y no se debe a un episodio de fuerte viento puntual. Por otra parte, está la coincidencia de diversas desapariciones en el entorno de los bosques afectados. No creemos que tengan relación alguna. Se trata de dos personas desaparecidas en Argelia y cinco en Marruecos.

—Ya son ocho en Marruecos —corrigió el ministro—. Y dos de ellos son niños que ayudaban en la recolección de resina.

—No entiendo qué puedo hacer yo, a mis años —alegó el Dr. Cañas.

—Se lo voy a decir claramente —afirmó el ministro—. Casi tenemos demostrado que sus experimentos de hace nosecuantos años dispersaron genes modificados artificialmente. ¿Cómo han llegado a África? No lo sabemos. Posiblemente por el aire. El polen viaja por el aire. ¿No es cierto? —preguntó mientras el Dr. Liu asentía en silencio—. Allí se están perdiendo bosques. Queremos resolver este asunto antes de que se extienda y antes de que pueda generar un conflicto internacional. Marruecos podría acusar a España de sabotear sus recursos naturales con armas genéticas. El problema es muy serio. ¿Me entiende?

—Yo ya estoy jubilado.

—Lo sabemos. Y también sabemos que tiene sus limitaciones. No le pediríamos ayuda si no fuera necesario. Primero, usted es un experto en genética de estos pinos; y segundo, sus investigaciones podrían estar en la causa de todo este lío. En dos días sale una expedición hacia el sur de Tetuán, donde está uno de los focos. Contamos con usted.

II. La tierra

El viaje se programó con urgencia y discreción. Acompañaban al Dr. Cañas, el Dr. Liu y el inspector de policía Julio Reche, a quién le habían encargado el caso con la condición de que atendiera también al Dr. Cañas, «como si fuera su niñera personal» (en palabras literales del ministro).

Cuando llegaron al epicentro de las desapariciones, se entrevistaron con varias personas del pueblo. El Dr. Cañas estaba más interesado en las plantas que en las personas; y más teniendo en cuenta que él no hablaba ni árabe ni francés.

Posteriormente, fueron al bosque afectado. Por el camino, el biólogo examinó el suelo y confirmó que era de un tipo adecuado para el pino resinero. Era un suelo pobre, algo arenoso y presumiblemente ácido.

—Los pinos marítimos evitan los suelos calizos —sentenció.

—Se llaman marítimos porque les gusta vivir cerca del mar, supongo —apuntó el inspector Reche.

—Realmente no. Su madera se usaba para hacer barcos, especialmente los mástiles de las velas. Debido a eso, algunas sierras andaluzas, como la Sierra de Cazorla, fueron declaradas provincias marítimas, aunque no tenían mar. Los troncos se transportaban por el Guadalquivir. En Málaga, también hay Pinus pinaster en Sierra Bermeja, donde viven junto a especies que soportan suelos tóxicos de peridotitas, como el famoso Abies pinsapo.

—¿Es lo mismo un pino marítimo, que un pinaster?

Pinus pinaster es el nombre científico del pino marítimo. También se le llama pino resinero o pino negral. No se debe confundir con el Pinus nigra, el pino laricio o salgareño, que es un pino diferente. Las plantas tienen muchos nombres y los biólogos hemos de tener buena memoria.

—¿Has dicho pino resinero?

—Este pino no solo es bueno para la industria maderera. También tiene una resina muy apreciada por empresas farmacéuticas y cosméticas. ¿Conoces la esencia de trementina? Es el aguarrás auténtico y se obtiene por destilación de la resina de este pino. Es de gran calidad y, por supuesto, más caro que otros disolventes. La colofonia también se extrae de este pino.

—¿Colofonia? —preguntó el inspector mientras no paraba de apuntar cosas en su libreta.

—Es una resina solidificada, no tan dura como el ámbar. El ámbar es colofonia fosilizada. Se usa para barnices, tintes, pomadas, perfumes, chicles, lacas, colas, ceras depilatorias… También se añade al caucho de los neumáticos… y es esencial para tocar el violín y todos los instrumentos de cuerda frotada.

—Es sorprendente la cantidad de usos que tiene un árbol.

—Y hay más aplicaciones. El magnesio que emplean los escaladores suele llevar colofonia para aumentar la adherencia. Algunos bailarines, cuando el escenario puede estar resbaladizo, pisan esta resina para evitar caídas.

—Es usted un sabio.

—Solo soy un viejo. Y usted parece uno de mis alumnos tomando apuntes.

—Cualquier detalle puede ser valioso. Fíjese: la mayoría de los desaparecidos eran personas que recogían la resina. ¿Tendrá alguna relación? También me han dicho que han desaparecido algunos perros, y que últimamente se ven pocos animales en estos bosques. Especialmente, dicen que las aves están volando de aquí. ¿Usted entiende de pájaros?

—No es mi especialidad. En esta época hay muchas aves migrando.

—Es posible —musitó tímidamente el inspector—. En el pueblo me han dicho que algunos desaparecidos estaban en aquel bosque. Vamos a acercarnos.

—No se ve el verdor característico de los Pinus pinaster. Aquellos troncos parecen bastante deformes.

Al acercarse, vieron que las ramas de los árboles estaban rotas, como si hubiera pasado por allí un tornado. Había pocas hojas verdes y algunos pinos estaban claramente muertos. El inspector sugirió:

—Rastreemos la zona. Tomaremos nota de todo lo que sea anormal. La policía local dice que ya ha investigado bien por aquí. Yo no me fío. Vamos a examinar esto. No se aleje.

El Dr. Cañas, con su andar pesado, se fue sumergiendo en el bosque gris. Los troncos no tenían un color saludable. Había algo familiar, que no recordaba con claridad. Se fijó en el silencio, inapropiado para una arboleda. Él era un experto en los distintos tipos de bosques: naturales, artificiales, intervenidos, tropicales, subtropicales, templados y también la taiga. Los había estudiado y disfrutado durante años. Muchas noches durmió en ellos. Y nunca tuvo aquella sensación de abandono y desolación. Ni un pájaro se atrevía a cantar. La biodiversidad se circunscribía a unas cuantas hierbas aquí y allá.

Sus pisadas agrietaban las hojas. Siempre había sido música para su corazón de naturalista. Ahora faltaban los coros de las aves y el acompañamiento del viento. Rompía el silencio un crujir arrítmico de las ramas. Irregularmente, algunas se quebraban y caían.

Las nubes se iban oscureciendo. No debió haberse alejado del inspector. Llevaba demasiado tiempo sin contacto visual. Gritó con un hilo de voz ahogada. Nada. Intentó volver sobre sus pasos. Había perdido el sendero por el que se introdujo en aquel laberinto de maderas moribundas.

Le llamó la atención un tronco con unos extraños abultamientos de apariencia tumoral. De hecho, muchos troncos tenían allí una especie de agallas poco frecuentes en las coníferas. Aquel árbol, por su porte sensacional, era centenario. Retorcido, las lupias formaban formas extraordinarias. Se acercó boquiabierto a observar. Él era un hombre de ciencia. No creía en espíritus ni fantasmas. En cambio, en aquella corteza estaba viendo la figura de un humano incrustado. No era una escultura realista, sino una burda aproximación. El cuello del personaje estaba extrañamente deformado y la boca tenía desencajada la mandíbula. Los ojos eran dos cuencas vacías y un tanto amorfas, con un brillo a resina en su interior.

La niebla difuminó su vista y el anciano tiritó un momento. Se acercó para ver mejor aquella cara tan inquietante. En la cabeza surgían unos pocos hilos que parecían pelos. Como biólogo, supuso que eran los micelios de un hongo que jamás había visto. Dentro de la boca, quiso ver un diente. Su curiosidad le impelió a tocarlo. Se movía como un diente de leche. Incluso algo rojizo manchaba su blanco brillante. Lo agarró con fuerza y al tirar se le escurrió de la mano. Se inclinó para buscarlo a pesar de la oscuridad y, entonces, vio que, del tronco, asomaba la puntera de una zapatilla de deporte, justo donde acababa la pierna de aquel bajorrelieve natural. Un poco más arriba parecía asomar un herrete, con un color ambarino brillante.

Su interés científico quiso comprobar si aquello era resina. Decidió tocarla con un dedo y oler su característica fragancia a pino. El tembleque de sus manos le dificultó la operación. Efectivamente, era pegajosa resina. Sus dedos se pegaron entre sí y con la debilidad propia de su edad no podía despegarlos.

La figura del tronco era un extraño capricho de la naturaleza, una ninfa de corteza. Pero la puntera que sobresalía no podía ser más que la zapatilla de un humano. Le pareció como si la zapatilla hubiera sido absorbida por el árbol durante su natural crecimiento. Había visto cosas similares en su vida. Nunca con un ser vivo. Una bicicleta, o un muro junto a un árbol, podían ser abrazados por el tronco al crecer año tras año. Él había investigado sobre árboles de crecimiento muy rápido, pero fueron investigaciones rechazadas, que solo sirvieron para publicar unos cuantos artículos en revistas y congresos.

Por primera vez en toda su existencia, quería huir de un bosque. Se sentía un extraño, un invasor con escalofríos. Volvió a chillar al inspector, pero la voz no le salía.

La minúscula luna menguante permitía ver lo justo para no chocar. Aceleró el paso como pudo, sin saber bien hacia dónde ir. Intento llamar por teléfono, pero la resina de sus dedos se había pegado al bolsillo por dentro y no le dejaba sacar la mano ni el aparato. Tuvo miedo de tener que dormir con los crujidos de las ramas. Repentinamente, tras un chasquido atronador, un palo cayó del cielo. Un grito sordo acompañó un rastro de sangre tachando su frente. Se sintió un anciano indefenso en un bosque de un extraño gris marengo. Aquello no era un bosque.

—¡Eso es! —pensó—. Este gris es el que tenían los árboles de un experimento que descartamos bien pronto. Se plantaron en invernadero cerrado y recuerdo que florecieron los conos masculinos. Como sugirió el ministro, el polen pudo escapar por el sistema de ventilación o en la ropa de los trabajadores. Cruzar el Mediterráneo no es complicado para un inmigrante, si es un grano de polen.

Sudor frío, cansancio, nerviosismo. Estaba confuso. Quería volver a su lejano despacho, con sus libros y sus tertulias online. Le agobiaba que el Dr. Liu pudiera tener razón. Aquellos genes manipulados y fallidos pudieron escapar del laboratorio antes de ser destruidos. Por otra parte, nunca hubo peligro constatado en aquellos genes.

Saltándose las leyes de la genética natural, su equipo quiso conseguir pinos mejores, que produjeran más madera y que crecieran más rápido. Hubiera sido un buen avance industrial y ecológico, aunque ahora entendía que, en la Naturaleza, todo tiene un precio. Estaba claro que aquellos individuos estaban creciendo más rápido, pero más débiles, se quedaban sin ramas, sin hojas, y parecían estar muriendo, porque ningún árbol puede vivir sin hojas. Tampoco pueden tener resina fresca si están muertos.

Caminando entre crujidos, cansado y con resuello, una rama con forma de mano monstruosa le señalaba el camino. Sus ojos se abrieron al máximo. Uno de los dedos de aquella rama tenía algo brillante rodeándolo. Con la mano que aún tenía libre, partió la rama y extrajo un anillo con una estrella de cinco puntas. Lo puso en el bolsillo. Al girar para irse, tropezó. Para no caer, se agarró a un muñón del árbol. Estaba viscoso y templado. La palma de su mano, impregnada de resina, se fue calentando. Quiso huir, pero estaba pegado. Tiró fuerte. Aquella resina era tan potente que no podía despegarse.

Usó su fuerza y el peso de su cuerpo. Al tirar se desgarraba la piel. Parecía como si el árbol no quisiera dejarlo marchar. Ninguno iba a rendirse fácilmente.

Era pánico lo que bombeaba el corazón. A tirones, iba arrancándose la piel y dejando la palma de su mano ensangrentada en carne viva. La tierra se regaba en rojo y el aire de gritos de dolor. También de desesperación. Sucumbiendo de rodillas, pudo liberarse.

En su mano faltaba la piel. Se veía sangre, músculos, tendones y algún hueso. Sintió un escozor horroroso. Con dificultad, se levantó para huir goteando fluidamente. Una mano seguía inmovilizada en el bolsillo. La otra tenía una terrible hemorragia. Un hedor sulfuroso casi le hizo vomitar.

Estaba llorando cuando algo por detrás le agarró. Sintió el abrazo de otra pegajosa rama. Su chillido se mezcló con el del inspector que le regañaba por haberse perdido.

III. La vida

Escaparon de aquel bosque cadavérico. En el hospital le vendaron la mano y consiguieron despegarle los dedos, que también habían sufrido extrañas quemaduras. La resina no solo era extraordinariamente pegajosa, sino que tenía un poder corrosivo sin precedentes en ninguna de las coníferas que él conociera. Los tejidos vivos se disolvían al contacto con aquel látex.

Recordó el olor a azufre. Tal vez aquella resina tenía algo de ácido sulfúrico. Muchas plantas carnívoras tienen apéndices pegajosos donde los insectos quedan atrapados. Los jugos digestivos disuelven los nutrientes de sus víctimas. Las plantas carnívoras son tremendamente ineficaces en la transformación de la luz solar. Ese no era el caso de los pinos, y menos en aquella región en la que el sol era tan generoso. Salvo que perdieran sus hojas. ¿Y si todo se debía a una adaptación de la naturaleza?

El Dr. Cañas siguió dándole vueltas desde su cama del hospital. Cabía la posibilidad de que sus experimentos para conseguir árboles de crecimiento rápido hubieran logrado maderas débiles, quebradizas; y que les hacían perder las ramas. En esas condiciones, no podían hacer bien la fotosíntesis y para completar sus necesidades nutricionales, los árboles pudieron haber generado una resina especial para capturar víctimas. Esto también explicaría la falta de fauna en aquel bosque, que no estaría tan muerto como aparentaba.

Las gimnospermas son plantas muy antiguas que han demostrado un gran poder de adaptación a distintos climas y ecosistemas. Recordando su amarga experiencia en aquel bosque, visualizó los estróbilos de las flores masculinas. Aquel bosque estaba ya floreciendo. Su polen, sus genes y sus semillas podrían estar ya dispersándose.

Se levantó de la cama sin darse cuenta de que tenía una vía de suero pinchada en vena. La percha fue al suelo y la enfermera brincó para detenerlo. Pegó un tirón de la aguja y se marchó con cara de rabia.

Se reunió con el inspector y le hizo entrega del anillo que había encontrado en la mano arborizada:

—¿De dónde sale este anillo? —preguntó.

—Estaba en el bosque, en un dedo de una rama con forma de mano. Por favor, investigue y verá que perteneció a alguna de las personas que están buscando.

—¿Perteneció? Querrá decir pertenece. No hemos encontrado evidencias de que nadie haya muerto.

—Inspector, tengo una corazonada basada en varias observaciones en el bosque. Lo único que quiero es que prohíban el acceso a todas las arboledas donde pueda haber pinos quebradizos.

—¿A todos los bosques de Pinus pinaster?

—No creo que sea necesario tanto. Los peligrosos son los pinos que pierden sus ramas. Ya no son propiamente Pinus pinaster.

—¿Son de otra especie entonces?

—Efectivamente. Una especie nueva para la ciencia. Se trata de una evolución. Tal vez de una mutación del pino modificado genéticamente.

—¿Un pino transgénico?

—Un pino transgénico que ha evolucionado. Habría que llamarlo Pinus transpinaster.

El Dr. Cañas detalló al inspector todos sus datos y sospechas. Antes de volver a España, pidió que le mandaran directamente al laboratorio de la universidad, una muestra de un tronco para analizar su ADN. ¿Serían los delirios de un viejo científico?

IV. La causa

En una caja enorme, el tronco llegó al laboratorio del Edificio de Bioinnovación. A él le hubiera bastado con un centímetro y, sin embargo, medía casi 2 metros. La parte superior se separaba en dos ramas bien grandes y una más pequeña y regordeta en el centro. Aquel fragmento biológico parecía querer darle un abrazo.

El Dr. Cañas examinó aquella muestra y vio que no había resina en su rugosa corteza. Entonces, con ayuda de guantes y de varios bedeles, sacaron el árbol de la caja y lo colocaron en una esquina del laboratorio, junto a la estantería de los productos de limpieza.

—Tengan cuidado de no mancharse con nada —advirtió a sus ayudantes—. La culpa es mía por no aclarar el tamaño del tronco que necesito. ¡Qué estúpido despiste!

Tomó muestras de tejidos y con urgencia hizo que se hicieran los análisis genéticos.

Su cabeza solo procesaba información de Pinus pinaster con el que tanto había trabajado años atrás. Recordaba perfectamente que esa especie lleva viviendo en la Tierra cerca de 300 millones de años, y que algunos ejemplares han llegado a vivir hasta 5.000 años. Las coníferas presentan megagenomas, es decir, genomas de tamaño varias veces más grande que el de los humanos, lo cual complicaba mucho el aprender para qué sirve cada grupo de genes. La ciencia ya concluyó que la utilidad de cada gen no es única, ni previsible en casi todos los casos. Recordó sus años de juventud científica en los que creía que podría averiguar cómo se comportaba cada gen, al menos hasta el punto de saber en qué tejidos o en qué células actuaba. Pero la naturaleza no es como un robot. Es mucho más compleja; mucho más creativa; y mucho más imprevisible.

Siempre había sido muy meticuloso con su trabajo y su lema era aceptar de buen grado las críticas. Lo que nunca aceptó es que sus manipulaciones genéticas pudieran afectar negativamente al medioambiente de algún ecosistema. Varios de sus colegas le advirtieron de que los Organismos Manipulados Genéticamente (OMG) siempre pueden tener efectos secundarios imposibles de predecir. Él siempre había rechazado la acusación de querer jugar a ser Dios.

—No quiero jugar a nada. Quiero aprender —era su respuesta comodín.

Casi treinta años atrás, había despedido a Roberto, un becario con gran preparación y excesiva actitud crítica. No quería volver a escuchar sus palabras. Y, sin embargo, Roberto estaba en su mente con una de sus disertaciones esculpida en su memoria de forma literal.

—Dr. Cañas, solo soy un becario. No me crea a mí. Mire los estudios que concluyen que los transgénicos son peligrosos para el medioambiente. Allí donde se implantan aumenta el uso de productos tóxicos. Tal vez sea culpa de los agricultores, pero lo cierto es que se contamina la tierra y el agua. Y los cultivos circundantes se ven invadidos de genes artificiales de modo incontrolable e irreversible. Por supuesto, también pueden ser peligrosos para la salud, ya que nunca se prueban a largo plazo. Y el empleo de genes de resistencia a los antibióticos podría provocar bacterias superresistentes, lo cual sería catastrófico para la humanidad. Sabemos que hay otras causas de las superbacterias, como el abuso de antibióticos en la ganadería. Por favor, tenga en cuenta que los transgénicos también son malos para la economía, porque cualquier avance que se hace acaba en manos de una multinacional que lo que pretende es hacer negocio con las semillas y los herbicidas.

Herbicidas, herbicidas… la palabra quedó fumigando sus pensamientos como un eco químico de ácido sabor.

V. La caza

En la oscuridad del inmenso laboratorio, un flexo creaba una isla en la que el Dr. Cañas revisaba los informes de ADN y artículos científicos sobre mutaciones naturales posteriores a una alteración genética. Escuchó un extraño burbujeo intermitente que atribuyó a las tuberías del edificio.

El reloj daba casi medianoche. Se levantó, se puso su gabardina y entonces de nuevo sonó el burbujeo. Fue rastreando el ruido para averiguar su procedencia. El árbol —o más bien el tronco— estaba exudando resina por algunas grietas de la corteza. Parecía un bebé haciendo pompas con saliva.

—¡Estás vivo! —masculló el Dr. Cañas—. Y tienes hambre. Has aprendido a cazar y ya no dependes de la fotosíntesis ni de tus raíces. ¿Eh? Eres un depredador. Te mereces un aperitivo.

El laboratorio estaba lleno de tarros con distintos animales en formol. Cogió uno al azar. La etiqueta ponía: «Lagartija ibérica (Podarcis hispanicus), 15 cm.».

Con dificultad, pues aún tenía ambas manos heridas, vació el contenido en un fregadero. El líquido se fue por el sumidero dejando al pequeño reptil panza arriba. Se puso un guante y lo agarró con tanta fuerza que las tripas empezaron a salir por el ano. Se acercó al tronco y con decisión pegó el reptil en la lágrima de resina que estaba rezumando. Al querer desprender la mano notó que el guante se había pegado al tronco. Ni tirando fuerte pudo despegarlo. El pringoso fluido empezó a salir a más velocidad.

Se quitó el guante y lo dejó allí abrazando el cuerpo de la lagartija. Poco a poco, estaba siendo cubierta por la resina. Sus ojos de científico estaban sin parpadear observando algo que nunca nadie había presenciado. Y él lo sabía. Para no perderse ningún detalle, ni siquiera fue a por la cámara para grabar la escena de aparente deglución en un tronco de pino.

Repentinamente, le pareció observar que la corteza se movía junto al cuerpo de la lagartija. Se acercó para verlo mejor. Efectivamente, la corteza del tronco estaba curvándose sobre el cuerpo del animal a razón de un milímetro cada cinco o seis segundos. Las manchas de la piel del reptil le servían para medir el avance. Por ambos costados de la lagartija, la corteza avanzaba envolviendo el guante y la lagartija. El abdomen del reptil fue espachurrándose cada vez más. Las tripas terminaron de salir y cayeron a trozos sobre el suelo, salpicando los zapatos del Dr. Cañas.

Al tronco no parecía importarle el olor a formaldehído de su presa. Sin prisas la fue incrustando en su propio cuerpo. Ya solo quedaba un minúsculo agujero por el que aún se podía observar la piel amarillenta y negra de la Podarcis hispanicus. La superficie del tronco mostraba un bulto alargado, donde la lagartija y el guante habían sido ocultados. Entonces, recordó los bultos en los árboles de Marruecos, que allí diagnosticó como agallas. El pequeño agujero se fue cerrando sobre la presa y empezó a salir un insignificante hilo de líquido sanguinolento entre rojo y anaranjado.

El Dr. Cañas tomó una lupa para acercarse y observar los detalles. No podía ser sangre de un animal que llevaba muerto varios años. Tal vez fueran jugos digestivos. Mirando el agujerito con su lupa, el tronco disparó un chorro de resina que atrapó la lente. El Dr. Cañas estaba absorto.

—Eres increíble —le susurró—. Disparas resina para cazar. No te vas a quedar con mi lupa tan fácilmente.

Forcejeó como quien juega con un niño. Un extraño ruido de tuberías se escuchó dentro de la madera. Como si se hubiera enfadado, el agujerito lanzó otro chorro de resina a mayor presión, alcanzando la mano del científico. El grito hubiera alertado a cualquier trabajador en horas laborables, pero no en medio de la noche.

Intentó soltarse mientras chillaba pidiendo ayuda, por si el guarda de seguridad pudiera escucharle. Hizo movimientos tan bruscos como pudo. Varios lanzamientos de resina acabaron de pegar la mano, que quedó inmovilizada y cubierta totalmente.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Maldito árbol! ¡Me has cazado!

Para soltarse no quería utilizar la otra mano, para que no pudiera quedarse también pegada. Sus bruscos movimientos hicieron que ambos cayeran al suelo. Parte de su cuello también quedó pringado de pegajosa resina. Empezó a reptar como pudo, intentando escapar. En minutos, quedó exhausto. Mirando su brazo, descubrió que estaba ya cubierto casi del todo por la corteza. Él era ahora como la lagartija, pero no se rendiría.

En la estantería vio un bote de vinagre blanco. Él sabía que el ácido acético es un ingrediente principal de muchos herbicidas. No basta con echarlo sobre las plantas. Ellas tienen que absorberlo por las raíces. Y aquel ser no tenía.

La corteza iba avanzando también sobre su frente. Sintió cómo su cuerpo estaba siendo engullido dentro del tronco. Entendió que la única forma de hacer que el vinagre llegara al interior del asesino era bebiéndoselo él mismo. Alargó la mano para hacerse con el bote de vinagre. Le quitó el tapón con los dientes y empezó a bebérselo apresuradamente. ¿Sería suficiente un bote para un engendro de aquel tamaño?

Un ojo ya estaba cubierto por la corteza del pino. Alcanzó una bolsa de sal para lavavajillas y la pegó a la resina que cubría el tronco.

—¿Te gusta la sal? —gritó—. ¡A las plantas no os gusta la sal!

Su mente se fue al pasado, cuando tantas veces él había luchado para que no se usara sal contra la nieve en las carreteras. La sal derrite la nieve y el hielo, pero contamina los suelos y envenena las plantas.

Con la mano que le quedaba libre, buscó más sal por la estantería. Alcanzó otro bote.

—¿Te gusta la lejía? ¡A ningún ser vivo le gusta! Tú y yo nos vamos a tomar un chupito de un litro.

Con sus ojos y nariz casi completamente cubiertos por la corteza, se bebió la botella completa con una disolución de hipoclorito de sodio.

Ya no tenía fuerzas para seguir envenenando su cuerpo. El tronco empezó a presionar el brazo y el cráneo. La lejía había quemado sus cuerdas vocales y no podía hacer más que unos insignificantes ruidos guturales. La nariz empezó a sangrar masa encefálica. Con un quejido crepitante, el cráneo se quebró.

♦ Nota final sobre lo que es verdad

El grupo de investigadores de Biología Molecular y Biotecnología de Plantas ‘BIO-114’ (Universidad de Málaga) en colaboración con el Instituto de Bioinformática de la Universidad de Gante (Bélgica) estudiaron el ADN del pino marítimo (Pinus pinaster) con la intención de mejorar sus características en cuanto a mayor producción de biomasa y metabolitos. Algunos de sus resultados están publicados en la prestigiosa revista The Plant Journal. Los datos sobre el Pinus pinaster y los riesgos de la manipulación genética también son auténticos, así como lo que se cuenta de las plantas carnívoras. Por otra parte, este relato anterior perdió en el VIII Concurso de Relatos Ficción y Ciencia de la UMA, siendo ganador el relato En memoria del mañana. Agradeceré a los lectores de ambos relatos que pongan un comentario con su opinión sincera sobre ambos.

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