Olores que disparan

Había un rancio aroma a mi juventud truncada. Todo estaba igual que cuando escapé huyendo. Todo estaba igual, menos dos cosas: yo había cambiado y él había muerto.

Mi padre fue un buen robot, anclado en su tiempo. Víctima resignada y verdugo inconsciente. Me alejé porque yo no quería ser cómplice de su maquinaria de dolor insensible. Criábamos vacas. Yo jugaba con ellas. Aprendían sus nombres antes de llevarlas al matadero. Si las miras a los ojos, ellas te devuelven la mirada y te olfatean. Te reconocen. Te respetan. Confían en ti, hasta que las traicionas. No puedes ver su mirada de decepción —seguramente también de terror— porque tú no estás cuando más te echan de menos, en el matadero.

La vida en la ciudad era más sucia que el estiércol de la granja, pero huele a publicidad de perfume. La ciudad te venda los ojos, te enferma. No puedes quejarte porque serás un enemigo del progreso y del empleo. No hemos aprendido nada de los Tiempos modernos de Chaplin, ni de su viaje a Bali. Esnifamos humo y comemos pesticidas. A cambio, sueñas dentro de un smartphone con falsas noticias y falsos amigos.

En la granja de mi padre sentí la auténtica amistad. La del autillo que me cantaba y la del petirrojo que creía hurtarme las lombrices cuando removía la tierra rebuscando patatas. Pero mis amigas de verdad eran ellas, las vacas. Y por eso me alejé; para no sentir el peso de la deslealtad. No quería ser ni el último remache de un engranaje que acababa en sangre amiga. Mis colegas se vendían en la ciudad, envasadas al vacío.

Él nunca me entendió. No le culpo. Es el peso de su pasado. Ahora que ha muerto, la granja huele también a vida. Los pinos me dan la bienvenida con la brisa descalza columpiándose en el viejo neumático. El romero huele a romero y la lavanda a los mejunjes de mi niñez. El camino aún guardaba aquella piedra con latido y forma de corazón. El olmo aún tenía la cara de dragón en su arrugado tronco. El hueco de la lechuza había sido ocupado por sus legítimos herederos. Es la ley natural de transmisiones patrimoniales. Pero yo no quería aquella granja. Tenía que venderla y regresar al pestilente ruido de la ciudad. Olvidar el frescor del pinar donde perdí mi juventud.

Al entrar en el establo, ellas se asustaron. No nos conocíamos. Nadie nos había presentado, pero un mugido y una caricia fueron suficientes. Sus ojos habían heredado la nobleza de mis amigas, sus antepasadas. Eran los mismos ojos que me hicieron huir. Ahora me pedían que no las vendiera como si fueran esclavas o, peor aún, solo carne. Nadie quiere que su propio cuerpo se conserve colgado y desangrado en un frío armario.

Arrugué la nariz al pisar una moñiga pastosa, deshaciéndose y atrapando un zapato de ciudad. Y ese olor me pidió terminar con aquella mierda. No tenía alternativa. Las llevé a un santuario animalista en la montaña para que vivieran sus vidas alejadas de matarifes y hamburguesas. Las escucho ser libres en el mugido de la lluvia. La granja fue desde entonces el huerto de mi libertad, un refugio con el olor a las hojas del tomate.

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Un comentario sobre “Olores que disparan

  1. […] 73 cows (73 vacas; Alex Lockwood, 2018): Corto documental sobre un granjero que no quiere enviar sus vacas al matadero. “Sientes como si los estuvieras traicionando, porque te haces amigo de ellos”. Pero él se sentía atrapado, porque no sabía gestionar su granja de otra forma. Era consciente de que la ganadería es sufrimiento injusto y necesitaba salir de allí, pero las facturas hay que pagarlas… Puedes verlo en este enlace. Este documental inspiró el relato breve titulado Olores que disparan. […]

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