Ticket por las abejas

Ciento cincuenta mil asesinatos. Mi padre estaba desesperado, en el precipicio de la locura y del suicidio. Era yo quien tenía que hacer justicia.

El autobús no tenía plazas, pero llegar al pueblo era imperativo, aunque fuera aupado en el techo. En la cola del andén esperaba un chaval veinteañero. Me acerqué y me inventé que mi padre había muerto, aunque no era mentira del todo. Yo así lo creía y hasta tuve que limpiarme unas tímidas lágrimas; más de rencor que de pena, aunque eso no se notó. Le ofrecí cien euros y aceptó encantado. Miré el ticket y lo arrugué pensando en el vecino de mi padre. Sin querer, mascullé: “¡Maldito asesino! ¡Te vas a enterar!”.

El viaje se hizo largo apretando los dientes, sudando odio en los surcos de la frente. Me relajé pensando en mis años de juventud cuando estudiaba en la ciudad y volvía al pueblo para ayudar a la familia en las tareas del campo: podar, recoger las olivas, hacer conservas…

Los almendros se vistieron de blanco para darme la bienvenida, porque ignoraban mi oscuro propósito. Retiré la mirada como un traidor, escondiéndome también de mí mismo.

Mi padre estudió Biología y Derecho, una mezcla rara para la que nunca quiso ejercer. El campo era su universo. Las abejas eran sus hijas predilectas. Lo expresaba con ese cariño del corazón sincero por el que ni un hijo puede sentir más celos que admiración.

Su vida fue la apicultura y sus últimas tres colmenas habían sido aniquiladas por los agrotóxicos del vecino, un analfabeto agricultor, delincuente ambiental alcoholizado. Se le avisó y lo único que hizo fue doblar la dosis, brindando por la humanidad con una sonrisa torcida y mellada.

El traqueteo del autobús sobre el viejo asfalto me avisó de que faltaba poco. Y aún no sabía qué hacer con ese criminal. Sería ideal regalarle el ardiente sufrimiento del toro de Falaris. ¿De dónde podría sacar uno de bronce en el que hornear al pavo? El pobre Perilo se estampó con la injusticia de ser torturado en su propio toro. El destino gusta martirizar a cada verdugo con su propio método sanguinario.

Ya tengo el plan perfecto. Por mi sangre, que la condena debe cumplirse. El culpable se atragantará con su veneno hasta arrepentir su conciencia. No rechazará mi invitación a emborracharnos hasta su final. Un chupito de muerte para brindar por la biodiversidad.

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