La huida

♦ NOTA: Desgraciadamente, esta es una historia inspirada en hechos reales.

Mi nombre es Macarena (nombre real). No conocí ni a mi madre ni a mi padre. Según pude averiguar, ellos fueron esclavos en una granja, como yo, con derecho solo a comida y agua. También podíamos gritar, pero no servía de nada. Nadie parecía entender o querer entender por lo que gritábamos.

Esclavas, sin derechos

Todas las esclavas estábamos encerradas en jaulas, hacinadas sin apenas poder movernos. Sin ver el cielo, ni el sol, día tras día. Todas éramos hembras. Una vez, una esclava mayor nos contó que a los machos los matan directamente, porque solo quieren esclavas. No sé bien el porqué.

Yo era guapa y lustrosa. Creo que fue por eso por lo que un día me sacaron de la jaula y me violaron. Yo me opuse, pero me inmovilizaron entre varios y no pude hacer nada. Aquello fue un trauma. Los días siguientes pude estar en una jaula más cómoda, donde tuve a compañeras muy agradables. Una me contó que hay granjas donde no hay esclavitud, pero que son muy raras. Desde ese día, el propósito de mi vida fue irme a una granja así, sin jaulas, sin rejas… que fuera una granja, no una cárcel donde solo éramos objetos.

Tras dar a luz a varios hijos, me devolvieron a mi antigua jaula. Mis anteriores compañeras ya no estaban. Me dijeron que habían muerto por el calor del verano. Apenas podíamos respirar entre el ardor que emitían nuestros cuerpos, la pestilencia de nuestras propias heces y de las que caían de las esclavas de la jaula superior.

Teníamos tan poco espacio que continuamente nos golpeábamos entre nosotras, lo cual a veces generaba peleas que nos producían aún más heridas. Incluso sin pelearnos, los roces entre nosotras y con los barrotes nos infligían llagas y abrasiones en la piel. Ninguna de nosotras comprendíamos por qué no nos daban un poco más de espacio, un poco más de aire y un suelo firme donde apoyarnos. El suelo de la jaula era también de incómodos barrotes. No era raro que sufriéramos deformaciones, dedos torcidos o incluso rotos. En algunas jaulas se podía sacar la cabeza entre los barrotes y conseguir respirar mejor, pero eso generaba, tarde o temprano, heridas en el cuello. Había que elegir entre respirar un poco mejor o evitar dolorosas lesiones en el cuello. Allí nadie curaba ningún tipo de herida o enfermedad. Las que enfermaban gravemente, desaparecían para siempre.

De la comida, mejor no hablar. Siempre teníamos la misma comida, salvo cuando nos daban pastillas sin ningún motivo. La comida era una especie de pasta o polvo extraño que sabía siempre igual, a tierra sucia. Algunos decían que era pienso de soja, el mismo que usaban para alimentar a las vacas. Decían que venía de América, donde estaban quemando bosques para plantar esa cosa que llamaban soja. Yo nunca había visto un bosque así que no sabía si quemarlo era o no buena idea.

Cuando alguna de nosotras alcanzaba una edad que algún carcelero consideraba elevada, directamente la sacaban de allí para matarla y esa era la mejor de las suertes. Cada día, muchas de nosotras estábamos esperando que el carcelero nos eligiera a nosotras para que el sufrimiento acabara de una vez. A veces se llevaban varias jaulas completas. Las que nos quedábamos les deseábamos buen viaje dondequiera que viajaran.

Herminia, mi compañera de jaula, estaba muy deforme. Al no podernos estirar bien y pisar solo barrotes se nos iban deformando los dedos y todo el cuerpo. Era muy doloroso. Esa era una de las razones de nuestros gritos. Debido a esa deformidad, Herminia no alcanzaba al comedero donde nos echaban la bazofia esa que llamaban comida. Yo intentaba ayudarla, pero no pude. La pobre murió entre fuertes dolores.

La muerte de Herminia fue desgarradora para mí, pero trajo algo bueno. Cuando su cadáver ya empezaba a corromperse, se llevaron su cuerpo y pusieron a otra esclava en su lugar. La fortuna quiso que el carcelero no cerrara bien la jaula y la puerta se abriera. Todas las esclavas de esa jaula pudimos salir y estirar el cuerpo un poco. Estábamos muertas de miedo, porque sabíamos todo lo que nos podía pasar si nos veía alguno de los carceleros. La tentación fue inevitablemente superior a la prudencia. Al andar, a todas nos dolían los dedos y las articulaciones. Llevábamos meses sin poder dar un paso normalmente, algunas incluso años.

Tímidamente fuimos avanzando hasta la puerta. No había nadie. Yo me adelanté y saqué la cabeza un poco. Miré a ambos lados y les animé con un susurro:

—¡Venga chicas! ¡Podemos escapar de aquí!

Todas gritaron «¡Vamos Macarena!».

Yo me puse a correr como pude en cabeza y todas mis amigas me siguieron hasta que llegamos a una valla muy alta. Casi llegaba hasta el cielo. Era imposible escalar aquello. Necesitábamos volar, pero nosotras no sabíamos volar. Mis demás compañeras llegaron un poco más tarde. Sus deformidades no les permitían correr como a mí. Yo estaba muy mal, pero mis compañeras estaban peor aún. Al ver el muro la decepción se plasmó en sus caras.

Repentinamente, a lo lejos oímos a uno de los carceleros gritar:

—¡Se han escapado unas cuantas! ¡Me cago en diez! ¡Se van a enterar!

Entonces todas nos pusimos a correr siguiendo la verja. Gritamos y agitamos todos nuestros cuerpos convulsos de los dolores. Inesperadamente, me pareció ver un pequeño agujero en la valla. Sin pensarlo, yo metí la cabeza, pero me quedé atascada. La esclava que venía detrás de mí, me propinó un golpe que me reventó el alma, pero que me liberó de aquel cepo. Ella también sacó la cabeza y yo intenté tirar de ella, pero antes de conseguir liberarla el carcelero llegó por el otro lado de la reja y la agarró, desapareciendo así de mi vista. Por el agujero sacó el brazo por si conseguía capturarme a mí también, pero yo salí corriendo sin mirar atrás.

La huida

Fui la única que conseguí escapar, pero no quedó ahí la cosa, porque los carceleros dieron la vuelta a la valla para intentar capturarme. Yo corrí con un inmenso dolor en todo mi cuerpo hasta que caí, dándome un buen golpe, a una acequia sucia, con un olor que me resultaba familiar. Seguramente era allí donde acababan todos los excrementos de las esclavas mezclados con algo de agua.

Los carceleros corrían muy rápido. Viéndome sin escapatoria, desistí. Me rendí. Dejé de correr. No podía hacer nada. Sabía que ese era el final de mi aventura y me tumbé a descansar, esperando una buena paliza o, en el mejor de los casos, una rápida muerte. Entonces, a pesar de mis dolores, sentí una inmensa paz en el corazón. Había hecho lo que tenía que hacer y eso me hacía sentir feliz a pesar de que escuchaba las voces de mis carceleros acercándose.

Llegaron y me vieron tumbada en la acequia, llena de fango y estiércol.

—No merece la pena ensuciarnos. Está muerta o casi muerta. Las ratas se la comerán esta noche.

Ellos se fueron entre carcajadas. En cambio, al oír la palabra “ratas” mi corazón dio un vuelco. Recordé que, aprovechando la oscuridad de la noche, incluso dentro de las jaulas, algunas esclavas habían sido devoradas por ratas y mordidas por serpientes. ¿Qué podría pasarme a mí estando fuera, sola, herida, débil y atrapada en la acequia? Sabía que si me quedaba allí para descansar pronto llegaría la noche y podría ser la cena de las ratas. Así pues, como pude, me intenté incorporar. Al ponerme de pie me di cuenta de que tenía un hueso roto, tal vez el fémur. No podía andar. Solo podía arrastrarme y eso fue lo que hice.

A los diez minutos noté un fuerte bocado en un dedo. Una rata había empezado a devorarme sin yo haberme percatado de su cercanía. Y otras se estaban aproximando. Pegué un brinco y me deshice de ella, pero no pude salir de la acequia. Corrí y nadé en esas malolientes aguas residuales cada vez más profundas. Desesperada, cuando estaban a punto de pillarme, un torrente de agua me inundó y casi que me ahogó.

Había llegado a un río y las ratas habían desistido de perseguirme para no morir ahogadas. El río sería mi final. No tenía mucha agua y era un río muerto y pestilente por los vertidos de la granja. Mis fuerzas eran nulas. La fortuna, o la desgracia, quiso que el agua me llevara a una pequeña playa en la orilla opuesta. Con dificultad me agarré a la arena y me alejé de la orilla. Tiritando pasé la noche, esperando morir de frío o devorada por algún depredador.

Cuando pensaba que había muerto, me despertó el sol con un cálido mimo. Era la segunda sensación positiva desde hacía muchos largos meses. No quise moverme o tal vez no tenía ya fuerzas para hacerlo. Ni siquiera quería intentarlo. El sol calentó mi cuerpo y desentumeció ligeramente mis músculos. Aquello era un paraíso, pensé, pero la vida me había enseñado que los placeres duran poco. Y así fue.

Mi éxtasis fue quebrado por un perro rabioso que se acercó corriendo y ladrando. Era enorme. Intenté hacerle frente, pero sabía que ni en mis mejores momentos hubiera podido defenderme de algo así. Mucho menos en mi estado. Me arrastré fatigosamente y me metí entre unos matorrales. El perro siguió ladrando e intentó meter el hocico entre las ramas. Yo seguí alejándome a pesar de que entre las matas había zarzas que estaban desgarrando mi piel.

Cuando ya pensaba que el perro me pillaría, escuché unas voces a lo lejos. ¿Serían los carceleros que habían decidido buscarme? No sé quién o quiénes eran pero al escuchar esas voces el perro se alejó. Supuse que era el dueño del perro y se me pasó por la cabeza pedir ayuda pero nunca sabré si hubiera sido buena idea, porque no pude hacerlo. Mi cuerpo estaba enganchado por los acúleos ganchudos de la zarza.

Lentamente me fui tirando al suelo y desenganchándome. Reptando como una serpiente pude salir a un camino que decidí seguir sin saber si era o no buena idea. Exhausta, desangrada, herida y sin fuerzas no podía llegar lejos. Me tumbé en la cuneta, al sol y pacientemente esperé mi muerte. No era una mala espera. Mi vida no había merecido ser vivida. Ojalá me hubieran matado el mismo día en que nací, como a mis hermanos. Yo y aquellas que nacieron conmigo en aquella granja infernal tuvimos una muy mala vida. No fue una vida digna y aquel final era mi final. Era mejor que otros que había visto. Al menos había podido luchar por mi vida más que Herminia. Pobre Herminia.

Mi aliento se estaba apagando a la vez que mi conciencia, pero esas últimas horas… habían sido las mejores de mi vida. Es bonito morir el día más feliz de tu vida, pensé.

El fin

Todo estaba a punto de acabar cuando dos carceleros me encontraron. Esperaba que me dieran una paliza que acelerara mi muerte. En cambio, aquellos carceleros me llevaron no sé a dónde y me curaron las heridas. Aquellos carceleros no los había visto nunca y cuando pude abrir bien los ojos, vi que aquel lugar no era mi antigua granja. Había más esclavas, pero no estaban en jaulas y había animales muy variados todos libres y sin cuerdas ni ataduras: cerdos, caballos, burros y hasta vacas y ovejas.

Cuando me recuperé, hice amistad con Juliana, otra esclava, y le conté mi historia. Le dije que era una suerte estar en una granja sin jaulas, donde siempre había deseado vivir y donde los carceleros son amables. Juliana me dijo que aquello no era una granja, que los cuidadores no eran carceleros y que nosotras no éramos esclavas. Nosotras éramos simplemente gallinas libres y aquello era un santuario, un lugar donde los animales no son tratados como objetos, donde no importa la rentabilidad sino la calidad de vida, donde llegan los animales que consiguen salir de esas cárceles que son las granjas, todas las granjas, porque en todas ellas los animales solo son mercancía al servicio de la rentabilidad donde malviven, sufren, enloquecen y mueren.

Cuando mis heridas se terminaron de curar y por fin recuperé mi plumaje, llegaron dos pollitos macho. Los habían salvado de una máquina trituradora especial para los machos. Ahora sé que matan a los machos porque ellos no ponen huevos. Los huevos son el tesoro que buscan, por el que nos maltratan de forma indescriptible a las hembras y por el que matan al nacer a millones de pollitos. Estos dos pollitos tampoco habían conocido a su madre y en cuanto me vieron pensaron que yo era ella. Me adoptaron, o los adopté yo, en el acto.

Yo, Macarena, me quedé coja pero a partir de que llegué al santuario siempre se me trató con el respeto que merecen todas las criaturas vivas. Ahora sé que algún día moriré, pero será cuando me toque, no cuando un carcelero lo decida.

♥ Nota 1: Este relato fue inspirado por la historia de la gallina Macarena que realmente se escapó de una granja, anduvo durante kilómetros, hasta que unos voluntarios del santuario la encontraron en una cuneta y la llevaron allí para que viviera hasta el fin de sus días sin ser explotada. La historia se cuenta en el libro “El día que dejé de comer animales” de Javier Morales (lee aquí un resumen).

♥ Nota 2: La vida en las granjas de las gallinas enjauladas puede ser incluso peor de lo que expone el relato. Hay prácticas que no se han contado (como el corte del pico para que no se dañen entre ellas cuando se pelean) o el abuso de antibióticos. Si quieres saber la verdad, tendrás que buscarla.

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7 comentarios sobre “La huida

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