Reisjors, el potro cojo

Una desgracia para la familia y para la hacienda. Mamá yegua había alumbrado una fotocopia borrosa de papá corcel. El retoño tenía una pata más corta que las demás, o tal vez, tres patas más largas de la cuenta. Nadie lo sabía.

El mayoral salpicó desprecio. El veterinario buscó su inyección. El patrón mostró decepción. El propietario apuntó a la jeringuilla con brutal menosprecio. Su madre le dio un lametón.

—Un potro cojo no sirve como caballo para la equitación —dijo el mayoral con pasión.

Pero la hija del patrón, se agarró a su cuello peludo como si quisiera ahogarle la vida con un abrazo de cariño. Manchada de rojo, ella no lo veía cojo.

—Ha de morir —sentenció el patrón.

—¡Papá! ¡Él puede vivir! —replicó la pequeña.

—¿Qué buen nombre dará a nuestra escuela de equitación?

—Reisjors. Se llamará Reisjors —bautizó ella.

—Menudo caballo de carreras, torpe y vacilón.

—Podrá trotar y disfrutar; relinchar y ver las estrellas.

—El terrateniente no quiere ver a ese paticojo percherón.

—¡Papá! ¡No lo mates, por favor! —exclamó aquella.

Conmovido por la empatía del retaco, su papá le hizo un arrumaco. El patrón convenció al dueño, aunque era un poco carca. Al potro Reisjors se le concedió vivir para ser vendido en la feria de ganado de la comarca. Una semana tuvo la niña para cuidar, peinar y acariciar al pequeño Reisjors; y su madre para amamantarlo y engordarlo.

Llegado el día, lo montaron en el remolque, mientras su madre relinchaba y chillaba. Tuvieron que atarla con un grueso cordel. La niña la acarició y la tranquilizó diciendo que ella cuidaría de su pequeño corcel.

Al llegar, alegre bajó el trotón. Y el patrón, rápido puso el cartel de venta barata para el cojitranco potro roto. Una vez más, la niña suplicó que no lo vendiera, que ella lo cuidaría como mejor pudiera. Su padre le contestó que el potro no era suyo y que el dueño aceptó venderlo para no sacrificarlo.

—Te prometo que solo se irá con el comprador que tú elijas —aclaró a su hija, sin prisas.

—No quiero que esté encerrado, como los caballos del picadero. No quiero que se aburra esperando a un caballero. No quiero que le hagan sufrir, sino que lo quieran con amor verdadero. No quiero un arriero, ni un vulgar carcelero. No quiero que lo vean como una máquina, porque un caballo no es un carguero. No quiero que usen montura ni riendas, ni yugo ni retrancas, sino que lo cuiden libre y con esmero. Tampoco quiero un ganadero que lo lleve al matadero.

—Pero hija, las personas aman a los caballos para pasearse, porque ellos saben sufrir sin quejarse. Más aún, los caballos son para diversión, sin ton ni son: carreras de caballos, doma, adiestramiento, salto ecuestre, acrobacias, enduro, enganches, polo, rodeo… Se sufre, pero como en el boxeo.

—Los boxeadores eligen boxear, los equinos no pueden seleccionar. Para Reisjors no quiero nada de eso. No quiero que Reisjors esté preso. No quiero que lo obliguen a trabajar ni que le azoten si no hay progreso. No quiero que lo quieran solo mientras sea rentable, y que lo maten cuando no sea aceptable.

—Los animales son para trabajar, para jugar y para disfrutar. A veces los tratan bien, sin maltratar.

—Los animales no quieren trabajar para las personas. ¿Por qué no reflexionas? Tú sabes bien que usan elementos de maltrato para doblegarlos y entrenarlos.

—Ahora entiendo por qué nunca te quieres montar. No es por miedo, sino porque los quieres respetar. Pero hija, hijita mía, pon atención porque yo no veo maltrato en la equitación.

—¿No ves alambres de púas, fustas o látigos, espuelas o serretas de vejación? ¿No ves largas sesiones de entrenamiento sin consideración? ¿No ves la herramienta esencial de sumisión? Es el bocado. Le provoca dolor cuando el jinete tira de las bridas con ardor. Ese dolor le obliga a obedecer y es aterrador. Si no lo ves, es por error.

—¿Estás segura de que no obedecen por bondad? ¿Ni siquiera en los deportes olímpicos de verdad?

—Obedecen por docilidad; y el ser humano abusa de esa cualidad.

—Si todo eso exiges, de verdad… no venderemos a Reisjors en esta ciudad.

Un hombre escuchó la conversación e intervino en la cuestión:

—Yo lo cuidaré con esmero —dijo ajustándose el sombrero.

—¿Y usted quién es? —al unísono pensaron y preguntaron.

—Soy de un refugio de animales, donde a todos los tratamos como iguales. No se matan animales, ni avispas, ni serpientes. No se tratan como cosas: son seres sintientes. No los explotamos para usar ni su leche, ni sus huevos… ni su piel, ni sus pelos.

—¿Y qué nos ofreces a cambio de Reisjors? —preguntó el patrón con temor.

—Solo la garantía de nuestro amor.

—Trato hecho —contestó el buen señor.

Refugio de caballos y otros animalesEn un rocín flaco se convirtió Reisjors, y allí vivió junto a un galgo corredor al que había abandonado, como no, un cazador. La niña lo visitaba, demostrando que lo amaba. Muchos amigos animales hizo allí y entendió que nadie sobraba. De voluntaria colabora todavía, y así se hizo amiga mía.

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