El juicio de la colmena

—¡Me declaro inocente!

El silencio de la sala facilitó la reverberación del alarido. Solo la jueza rompió la tensión que había dejado que el acusado rechazara a gritos seguir el consejo de su abogado de declararse culpable.

—¿Se llevó usted la colmena? ¿Sí o no?

—Sí —proclamó lacónica y rotundamente.

—Y sin embargo, se declara usted inocente. Tenga en cuenta que eso es lo único que estamos juzgando en este proceso, y no otras acciones posiblemente dolosas de la empresa demandante, esas que usted tiene en mente y que ya han quedado expuestas.

El abogado defensor escondió la cabeza entre sus manos y se levantó lentamente. Tosió con recato y empezó balbuceando:

—Se… señoría… hay que tener en cuenta las circunstancias atenuantes que…

—Por supuesto —interrumpió la jueza desde las alturas—. Pero si el acusado reconoce que se llevó la colmena, tal vez debería declararse culpable.

—¡Me llevé la colmena, pero no la robé! —gritó el acusado levantando las manos desde su asiento.

—Se le acusa de hurto, no de robo —aclaró la jueza con firmeza golpeando la mesa—. Usted no empleó la fuerza para acceder o huir del lugar. Y le recomiendo que no interrumpa hasta que no se le conceda la palabra.

Los abogados de la parte acusadora se reían relajados, intentando que sus carcajadas no se escucharan en la sala. La jueza les lanzó una mirada de desaprobación y se dirigió a ellos con firmeza:

—¿Tienen algo más que añadir? Ya he escuchado su discurso de acusación. Si no tienen nada nuevo que aportar les ruego que guarden silencio.

Los dos abogados se miraron con complicidad y uno de ellos levantó la palma de la mano como queriendo pedir perdón, sin atreverse a decir nada. La jueza se levantó, se frotó la frente, recogió un montón de documentación que tenía en la mesa e hizo el ademán de marcharse, pero se volvió hacia el frente para decir:

—Todo está ya dicho. Necesito un momento para analizar los datos y los nuevos informes aportados. Se levanta la sesión. La sentencia la haré pública en media hora.

En el pasillo, el abogado defensor hablaba con su cliente sin dejar de dar paseos arriba y abajo:

—Disculpa que no te haya traído un café. La máquina solo sirve en vaso de cartón y no sabía si tú…

—Gracias. Sabes que prefiero no tomar nada en envases de usar y tirar. ¿Crees que me condenarán? Apenas puedo pagar tus honorarios. No podré hacer frente a una multa y a una indemnización para la empresa. Me han despedido. Y me alegro. Trabajar para empresas como esta es despreciable.

El abogado removió su café con el palito de plástico y se quedó mirándolo como si fuera la primera vez que utilizaba ese utensilio. Apuró el café y lo tiró a una papelera en la que se amontonaban más vasos con palitos, junto con botellas de plástico, latas de bebidas y bolas amorfas de papel plata.

—Podría decirte que estés tranquilo, pero tienen hasta vídeos donde se te ve llevándote la colmena. Y eso es lo que se juzga. La jueza tampoco parece que sea muy ecologista, lo cual puede ser bueno.

—¿Bueno?

—Sí. Piensa que un buen juez no debe mostrar sus afinidades. Así la sentencia tiene más valor de objetividad.

—Es una empresa muy poderosa. ¿No habrán comprado a la jueza?

—Me gustaría decir que eso es imposible, pero… no vivimos en un mundo perfecto. Ya han ocurrido antes cosas similares.

Los minutos transcurrían chirriantes y sudorosos. Bastante más de una hora después, las puertas de la sala gimieron al abrirse. La jueza entró con prisas. Sus sonoras zancadas sobre estrado bajaron el volumen de los murmullos. Se sentó, abrió su carpeta y esperó con evidente impaciencia a que el silencio entrara en la sala. Solo entonces procedió a dictar sentencia oralmente empezando de una forma tal vez poco usual:

—Manuel Rivas, en su libro Zona a defender dice que «las abejas sufren una guerra no declarada oficialmente». Lo sabemos. Existe un generalizado apocalipsis para los himenópteros y, de hecho, para todos los insectos. Las abejas están siendo mermadas por diversas causas, pero la más evidente y la más fácil de evitar son los plaguicidas. Es un gran negocio para las «multinacionales agroquímicas», como la empresa demandante. Por su parte, también los agricultores son culpables de abusar de tales fitosanitarios; y las empresas lo son de beneficiarse, sin advertir a la sociedad del grave riesgo en el que sumergen a toda la biosfera por la muerte indiscriminada de insectos y por el envenenamiento de la cadena trófica. Estas empresas alegan que gracias a ellas el mundo se alimenta y que no sería posible hacerlo mejor. Pretenden que eso se considere apodíctico… más que apocalíptico para la hierofanía planetaria.

Los abogados de la acusación borraron su sonrisa inicial. Estaban claramente nerviosos ante lo que consideraban una perorata contra sus intereses. Uno de ellos se incorporó como si fuera a cortar el discurso de la jueza. No se atrevió. La mirada de ella bajo su frente arrugada y una pausa en el discurso fulminaron su osadía. Tras suavizar su expresión, ella continuó hablando:

—Sin embargo, aquí no estamos juzgando el ecocidio de las empresas de pesticidas. Sin duda, eso debiera juzgarse en otro proceso aún más necesario que este. Aquí estamos juzgando a este hombre, por hurto —declaró levantando su brazo para señalar al acusado—, por llevarse sin consentimiento una colmena de la empresa para la que trabajaba. Él mismo ha reconocido que se la llevó. Sabemos que regaló la colmena a un apicultor de la zona y que la empresa ya la ha recuperado. Ha quedado probado que la colmena era utilizada por la empresa química para experimentar la toxicidad de sus productos en las abejas, motivo por el que muchas de ellas daban su vida diariamente. Ellas aún no tienen derechos reconocidos.

Un murmullo en la sala interrumpió el discurso de la jueza. Levantando su aguardentosa mirada, el silencio volvió y le permitió continuar.

—El móvil del hecho denunciado no fue para beneficio personal del acusado, ni siquiera para su amigo apicultor. El móvil fue poner a salvo a estas abejas que estaban siendo envenenadas voluntaria e intencionadamente por la empresa química denunciante. Por tanto, no habiendo ánimo de lucro, el delito de hurto es inequívocamente inexistente. El acusado queda declarado inocente.

♥ Otros textos afines:

Un comentario sobre “El juicio de la colmena

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s