Matarife

Su padre le advirtió: “No lo hagas, por favor”. La sordera adolescente convirtió la rebeldía en orgullo; y el orgullo en valentía espuria.

Yo puedo”, afirmó. Y siguió diciendo y diciéndose. Todos olían la mentira. Años después, sin querer, confesó: “No puedo salir. Estoy atrapado. No sé hacer otra cosa”.

Encerrado en la negra pintura que manchaba el fondo de su lienzo, olvidó lo que era felicidad. Anestesió sus sentimientos engañándose una vez más. Cincuenta o cien veces cada día laborable.

Saturno devorando a su hijo, obra de la serie de las Pinturas negras de Francisco de Goya.De carácter saturnino, de mente plomiza, y de ojos cada vez más saltones, estaba avinagrado por el insomnio, deformado por las ojeras. El ruido de día le acompañaba por la noche. El sudor salaba su boca tras la asfixiante mascarilla. El mono le oprimía. El amonio abotargaba su olfato. La ansiedad le acorralaba la vida. La depresión le perseguía acariciando su espalda. No sentía ser él mismo hasta que el alcohol empapaba la garganta, siempre acompañado solo por las Keres, espíritus femeninos de la muerte violenta.

Al olor de la sangre de sus víctimas, sus ojos orbitaban hacia fuera. Una a una, las iba matando sin atender a su evidente pánico. La eficiencia se cronometraba segundo a segundo, suspiro a suspiro. Los gritos le calaban hondo y los escuchaba en bucle hasta en el silencio. El drama del distanciamiento de la realidad alimentó bien su paranoia y acrecentó un extraño, aunque esperable, estrés postraumático.

Sentía que eran sus hijos, sus hermanos, pero no se permitió aceptarlo. Tenían que ser solo objetos a devorar; mas no lo eran; no lo son. Engullía los segundos con manos ensangrentadas y azulejos con rojos chorreones. Su desensibilización enmascaraba el dolor de sus articulaciones, olvidado o ignorado por una manta de espesas psicopatologías. Vivía barriendo su vida entre el último estiércol.

Era un trabajo necesario para unos, criminal para otros, despreciado por todos: “técnico especialista en el sacrificio de animales”. Técnico en matar lo antes posible, aunque no mueran del todo. Después hay que quemar a la víctima con el soplete de metano, limpiarla, abrirla, destriparla, colgarla… Todo se suma a lo que ya llevan sufrido. Los fetos y las tripas a la basura.

Desquiciado —como Kronos—  se amputó a sí mismo. “Por accidente”, constó en el informe. Poco después, entre fetos y tripas, alguien lo encontró en el fondo de la basura, negro, como la vida que quería clarear. Se levantó con ayuda solo para desvelar su miseria al mundo. Se despidió con un “que os den morcilla” y acabó en la construcción. También de su vida.

♣ Más relatos animalistas:

♣ Sobre lo que pasa tras los muros de un matadero:

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