Lord Howe

Una semana después de desaparecer el Dr. Galdona, su hermano recibió una carta suya. Él pedía que difundiera este texto. Casi todos los medios se han negado a publicarlo. El texto literal es el siguiente.


Pensé que estaban de broma cuando me dijeron que el contrato me lo habían concedido en la isla de Lord Howe.

—Bonito destino la isla de Lord Joder —contesté, continuando con lo que pensaba que era cachondeo del administrativo que se escondía tras el mostrador.

Él me miró por encima de sus gafas y me repitió silabeando:

—Isla de Lord Howe, en Australia.

Colorado, no pedí perdón para no dar más bombo a mi ignorancia geográfica. Más tarde me enteré de que él lo estaba pronunciando mal. Lord Howe se pronuncia allí con una ‘o’ larga seguida de lo que para mí era un saludo indio: [Looo Jau].

Me hicieron firmar mil papeles con diez mil compromisos: de confidencialidad en todo lo que investigara, de no llevar alimentos, ni animales, ni semillas, ni gametos, ni zigotos, ni drogas ni otros productos tóxicos… También firmé mi compromiso de no salir del archipiélago en dos años sin permiso expreso.

Lord Howe es una isla basáltica del Pacífico con apenas cuatrocientos habitantes. Su actividad volcánica más reciente data de hace 6,4 millones de años, así que por ese asunto podía estar tranquilo. Su arrecife de coral —situado a 31ºS— es el arrecife más al sur del planeta. Sin yo saberlo, eso era lo que me había llevado al archipiélago de Lord Howe.

Han pasado unos cuantos años de aquel desastre. Soy el Dr. Justo Galdona Gavilán, científico y biólogo en paro. Me he decidido a contarlo por si la humanidad —o alguien en concreto— pueden aprender algo. Daré datos suficientemente precisos aunque me arriesgue a ir a la cárcel por revelación de secretos oficiales. Si me procesan me alegraré. El efecto Streisand subirá el volumen a mis palabras.

A las antípodas

Antes de pisar la isla me desinfectaron hasta las pestañas. Para mi sorpresa el centro de investigación en sostenibilidad marina no estaba en la isla principal, sino en Gower Island, un islote escondido más al sur, precisamente detrás del monte Gower.

El que conducía el pequeño barco, me lo dejó claro: «Dr. Galdona, esto está lejos de todo. Solo está cerca del que allí va». Al llegar, me dio su tarjeta y me aseguró que sería un lugar estupendo si no me importaba la soledad y el silencio. Yo le contesté que había sido contratado para trabajar con «bichos marinos» y que estaba lleno de ilusión.

Atravesé un embarcadero ruinoso y chirriante para llegar a la entrada de una pequeña cueva. Ante mi duda, desde el barco me hizo señales para que entrara. Avancé unos metros más en la penumbra hasta que automáticamente se encendieron las luces. El centro de investigación de Lord Howe estaba excavado en aquel rocoso islote, como si fuera un centro secreto.

Tras hacer mi tesis doctoral sobre los cnidarios, mi director me consiguió varias becas mal pagadas. Finalmente me ofreció esta oportunidad. Me dijo que serían dos años de trabajo intenso, pero con buen sueldo, aunque los requisitos de control y dedicación eran muy estrictos. Él me conoce y sabe que cuando algo me apasiona, el tiempo y el esfuerzo no son barreras.

—Sé que puedo confiar en ti y que no me dejarás en mal lugar por haberte recomendado —me aseguró, sonando aquello como una advertencia.

Amarás a los cnidarios cuando los conozcas

Para los que no estéis familiarizados con los cnidarios (la c inicial no se pronuncia), comentaré que son animales simples y muy antiguos, posiblemente del Precámbrico, de hace unos 700 millones de años, o incluso anteriores. Existen unas 11 mil especies de cnidarios, entre los que encontramos las medusas, los pólipos, los corales, las anémonas y las hidras. Todos estos encantadores bichos, salvo las hidras, viven en aguas saladas. Se llaman cnidarios porque tienen cnidoblastos, unas células urticantes, venenosas, que algunos usan para cazar con sus tentáculos o su boca. También hay cnidarios que no cazan y son filtradores (suspensívoros, animales sedentarios que comen el alimento que consiguen filtrando y limpiando agua).

Entre los animales más fascinantes están los corales. ¿Sabíais que hay corales que se asocian con algas para que les faciliten el alimento? Es un tipo de mutualismo —del tipo endosimbiosis— que suele sorprender, porque las algas viven dentro de las células coralinas y transfieren nutrientes esenciales al coral. Esto es más normal de lo que imaginamos. Si miramos en nuestro interior, solo en tu intestino delgado pueden vivir en armonía 105 millones de bacterias, y la mayoría son buenas con nosotros. Por eso es tan malo usar antibióticos. Estos medicamentos matan más bacterias buenas que malas y deben usarse con mucha precaución.

Por si aún no os han enamorado los cnidarios, os contaré que estos animales estaban aquí antes que cualquier humano (los primeros humanos datan de hace poco más de 300.000 años) y también antes que todos los mamíferos (los primeros son de hace 200 millones de años). Y además, seguramente los cnidarios continuarán viviendo cuando nuestra especie se extinga.

Aún nos falta mucho para conocer el poder de adaptación que tienen los cnidarios. Por ejemplo, hay medusas que se consideran virtualmente inmortales (como Turritopsis nutricula, Turritopsis dohrnii, Laodicea undulata, o Aurelia sp.). Misteriosamente, pueden rejuvenecerse a sí mismas, volviendo a su fase de inmadurez una y otra vez. Nadie sabe cómo lo hacen ni cuándo o por qué deciden iniciar su proceso de rejuvenecimiento.

En mi caso particular, yo estaba allí por un puñado especial de cnidarios, los corales que forman arrecifes. Algunos creen que los corales son plantas o algas raras. En realidad son agrupaciones de animales minúsculos llamados pólipos, que miden desde apenas unos milímetros a algunos centímetros de diámetro.

En las colonias de corales puede haber cientos de miles de pólipos que viven pegados a algo (no nadan). Estos pólipos coralinos extraen calcio del agua de mar y lo solidifican formando estructuras duras de carbonato de calcio. Estas estructuras sirven de soporte para la siguiente generación. O sea, los hijos viven sobre el esqueleto de sus padres y de millones de sus antepasados. La herencia colectiva en un arrecife son los restos mortales como finca en la que vivir. Es paradójico que los arrecifes de coral sean, posiblemente, los mayores cementerios del planeta y, a su vez, estén entre los lugares más rebosantes de vida.

En la delgada capa de la superficie de un coral es donde están los pólipos vivos. Imaginad cientos de miles de minúsculos animalitos sedentarios viviendo en vetustas y extravagantes estructuras de miles de formas diferentes. Y estos bosques de coral son el refugio ideal para miles de otras especies, formando ecosistemas fundamentales para los mares. Y para los humanos.

Australia es famosa por su Gran Barrera de Coral. Menos conocido es que los arrecifes forman ecosistemas diversos y muy complejos biológicamente. Y atención al dato: un cuarto de toda la vida marina depende de los arrecifes de coral. Sin embargo, los corales están amenazados y están desapareciendo. Las cremas solares, por ejemplo, enferman y matan a los corales (además de a otras especies tanto de vertebrados como de invertebrados). La mayor amenaza —o al menos la más estudiada— es la crisis climática.

Los arrecifes del mundo están muriendo por las altas temperaturas y cuando mueren, quedan sus esqueletos desnudos, blancos… muertos. Este blanqueamiento de los corales es uno de los grandes problemas de la humanidad. Yo estaba allí para unirme a un equipo que pretendía frenar un desastre tan grave como aparentemente irresoluble.

Si los arrecifes de coral mueren masivamente —cosa que empezó a pasar hace algunas décadas— los ecosistemas marinos se verán seriamente amenazados. Si además desaparece ese cuarto de la vida marina que utiliza los arrecifes, el equilibrio del resto de especies estará herido de gravedad. Solo contando los peces, hablamos de unas 4.000 especies directamente amenazadas por el blanqueamiento coralino. No solo eso, sino que millones de personas del mundo verían desaparecer su alimento, su protección costera frente a desastres o sus ingresos por el turismo o la pesca. Será una tragedia y nadie quiere escuchar a los expertos.

Mi trabajo en el islote

En cuanto supe que el Dr. Hart era el director del programa en el que se me incluyó, intenté ponerme al día buscando sus publicaciones recientes. Sorprendentemente, no pude encontrar ninguna. Era extraño, más aún tratándose, según me dijeron, de un centro de investigación público. Sus trabajos más antiguos lo elevaban a la categoría de eminencia en genética de corales hermatípicos (que son los que forman arrecifes de coral; en contraposición a los corales ahermatípicos que no construyen arrecifes).

No pude conocer al Dr. Hart hasta pasados varios meses de mi estancia en Lord Howe. Siempre me aseguraban que estaba muy atareado o de viaje. Cuando por fin lo conocí, tuvimos una larga charla de más de dos horas, y sin embargo no entendí la dirección exacta de nuestras investigaciones. Nuestro grupo tenía laboratorios muy bien equipados, con maquinaria muy cara y muy específica. Yo sospeché que no todo estaba relacionado con el coral. Durante meses me encargaron tareas accesorias sin que llegaran a explicarme los detalles ni el fin último de cuanto hacíamos. Mi trabajo lo ejecutaba con tanta entrega y diligencia que había muchos momentos en los que no tenía nada que hacer. Entonces, me dedicaba a leer o a pasear por los senderos, a perderme entre los acantilados y a observar las aves marinas, como hubiera hecho Leonardo.

En un acantilado pude ver la salida de aguas fecales del centro de investigación. El ser humano es menos inteligente de lo que se cree. Gastamos millones de dólares en un centro de investigación en sostenibilidad marina para salvar los mares y, sin embargo, nadie pensó en depurar las pestilentes aguas residuales que seguramente ya habían desestabilizado aquel ecosistema costero con nuestras desproporcionadas cargas de productos de laboratorio, además de los biológicos.

En cierta ocasión, tras varias horas de vagar por las escarpadas laderas, descubrí a mi supervisora esperándome en la puerta. La Dra. Page fue muy dura, pero yo tampoco era siervo de nadie. Al llegar me agarró del hombro y casi gritando me dijo:

—Dr. Galdona, no estás aquí para hacer turismo. A partir de ahora no puedes ausentarte más de una hora y tienes que avisarme previamente a mí, en persona.

—¡Claro que no estoy aquí para hacer turismo! —le respondí con un brío que me sorprendió a mí mismo—. Tampoco estoy aquí para hacer tareas menores y secundarias, sin que sepa aún para qué estamos dedicando tanto dinero público y todo nuestro tiempo. Exijo que me informen bien, o dimito.

En realidad, yo no lo decía en serio. Me salió así, sin pensar. Ella se dio la vuelta y se fue sin añadir nada más. Yo aproveché para seguir con mis críticas:

—¿Alguien sabe donde van a parar las aguas residuales de estos laboratorios? Podría investigar eso, en vez de vigilar a los investigadores.

La Dra. Page frenó sus pasos y amagó con contestar. Tras unos cinco segundos, continuó su camino sin rechistar.

La disputa hizo que la Dra. Page se negara a dirigirme la palabra durante cuatro días, pero algo debió comunicarle al Dr. Hart, porque al quinto día me citó. Para empezar, me aclaró que nuestro objetivo final era conseguir corales resistentes a las altas temperaturas que el mar alcanzará en pocos años. El Dr. Hart me miró a través de sus gafas oscuras y recuerdo que puntualizó:

—La crisis climática está desestabilizando todo el planeta y los mares son un buen ejemplo. Si conseguimos corales resistentes, salvaremos buena parte de la biodiversidad marina. Y también la vida de muchos seres humanos. ¿Lo entiendes?

—Claro que lo entiendo, y sé que eso no es tan sencillo. Los corales no viven en temperaturas extremas.

—Para eso estamos nosotros —declaró con aplomo—. Y por cierto… nosotros no solo recibimos dinero público. Tenemos a las mayores empresas del planeta como inversoras prioritarias.

—¿Las mayores empresas? ¿Qué empresas?

—Son empresas muy poderosas que a la mínima presumen de estar salvando los océanos.

—Con franqueza, eso suena a «empresas muy contaminantes»… ¿verdad?

—Sí. Lo son. Muy contaminantes y muy extractivas. Por ejemplo, hay una empresa de pescado congelado capturado en África y vendido en… en tu país, por ejemplo. Dr. Galdona, no voy a engañarte ni a descubrirte nada nuevo. Las grandes multinacionales son grandes porque han destrozado el planeta. Eso no es ningún secreto para nadie, ¿o sí?

—Entonces… ¿por qué invierten en esto? Si de verdad quieren salvar el planeta, lo que tienen que hacer es…

—Verás… —me interrumpió para dirigirse a mí como si le hablara a un adolescente—, a estas empresas, el planeta les importa una mierda. Nosotros le ofrecemos la posibilidad de hacer un descubrimiento grande a un precio pequeño. Si lo conseguimos, ellos se pondrán la medalla… Ya sabes… es puro greenwashing.

Greenwashing —repetí yo—. Pero… ¿por qué invierten en salvar corales si podrían salvarlos dejando de contaminar?

—Bueno… ya sabes… dejar de contaminar les supondría pérdidas millonarias. No quieren perder sus lujos ni su poder. Lo que invierten en nuestro proyecto es mucho dinero para ti o para mí. Para ellos es pura calderilla. Una limosna. Y así les sale muy barato engañar a los idiotas que creen que son empresas «responsables». Así funciona el greenwashing. A nosotros su dinero nos viene bien, por sucio que sea. Y por favor, Dr. Galdona, no digas que yo te he dicho nada de esto.

—El dinero mueve el mundo —susurré para mis adentros.

—No. En absoluto —me corrigió el Dr. Hart—. El dinero mueve a esas élites corruptas y egoístas, y por eso han llegado ahí. La mayoría de las personas nos movemos por otros intereses. Tú mismo, no estás aquí por dinero… ¿no?

—Yo estoy aquí por los corales.

—Yo también. Vamos a dedicarnos a ellos con el corazón y a lo mejor salvamos los arrecifes y nos dan el Nobel. ¿Vamos?

Salí de la reunión con algunas respuestas, más ilusionado y más confuso. Gran cantidad de nuevas preguntas me oprimían las neuronas. Las multinacionales del planeta están contaminando todo con millones de productos artificiales, como las llamadas nuevas entidades. A cambio, llenan sus cuentas bancarias con muchos ceros. Como dijo el Dr. Hart, donan una limosna para poder publicar que son responsables. Es muy repugnante que no reduzcan sus ingresos, ni su contaminación de forma voluntaria. Millones de necios compramos sus productos convirtiéndonos en corresponsables del colapso.

¿Y yo? Decidí comprar menos cosas y donar parte de mis ingresos a cualquier proyecto de investigación. Fue una manera de lavar mi conciencia. Y mis pensamientos fueron más lejos. ¿Debía renunciar a mi trabajo pagado con dinero sucio? ¿O debía intentar que la ciencia avanzara y tal vez abrir una posibilidad a la salvación de los arrecifes? Yo solo era un peón en manos de un sistema que me sobrepasaba.

Modificar las especies naturales

A partir de aquel día, coincidí más a menudo con el Dr. Hart, aunque la aureola de eminencia que le perseguía no facilitaba el diálogo tranquilo. Apenas intercambiábamos unas frases de modo muy formal y profesional. Yo suponía que él debía vivir en Lord Howe, y no en el centro de investigación como casi todos los demás. En las comidas, nunca coincidíamos con él. Sin embargo, un día estaba comiendo en la cantina con varios miembros del equipo. Me acerqué y les pregunté si podía sentarme con ellos. El Dr. Hart hizo una mueca extraña, y me invitó con cortesía:

—Por supuesto, siéntese con nosotros… Cuéntenos, ¿cómo van sus experimentos?

—Muchas gracias. Sinceramente, por ahora no tengo resultados. Ni malos, ni buenos. Estoy monitorizando los experimentos programados. Me llevará bastante tiempo.

—No tanto —afirmó contradiciéndome delante de todos—. Estamos trabajando en una innovación que nos permitirá acelerar todo unas trescientas veces más.

—¿Sí? —pregunté con desconfianza—. En todo caso, Dr. Hart, perdone que ponga en duda todo lo que hacemos. Creo que todo esto tiene sentido para publicar unos cuantos artículos científicos, pero así no vamos a salvar los arrecifes. Espero no molestar con mi sinceridad.

—No me molesta. Es la primera regla del buen científico: dudar de todo, la duda metódica del gran René Descartes. Le felicito por ello. La solución para los arrecifes la sabemos desde hace años. Sin embargo, depende de tantos gobiernos y de tantos intereses que, al menos está fuera de mi control. No sé si tú tienes más posibilidad de influir internacionalmente…

Algunos de los que nos estaban escuchando soltaron unas breves carcajadas. Yo negué con la cabeza, porque tenía la boca llena. El Dr. Hart hizo girar un par de cubitos de hielo en su vaso y siguió hablando:

—Hemos cambiado tanto los ecosistemas, que para que sobrevivan tenemos que hacer que cambien también las especies nativas. Por una parte, no podemos cambiar las políticas internacionales; y por otra, es imposible evitar la crisis climática. Es algo similar a lo que hizo la Dra. Moseby en la reserva de Arid Recovery al norte de Adelaida. ¿Conoce su trabajo?

—Realmente no —contesté con sinceridad.

—Ella demostró que dos especies de marsupiales, el bilbi mayor y el betong de Lesueur, cambiaron su conducta para adaptarse a la presencia de gatos domésticos. La Dra. Moseby entendió que no podría acabar con la plaga de gatos de toda Australia. Ya conoce el afán depredador de estos felinos. Por eso, centró su investigación en cambiar la conducta de estas dos especies de presas autóctonas, para evitar que se extinguieran. Cuando hay una selección fuerte, la evolución puede darse en periodos de tiempo cortos.

—Es un buen principio —repliqué subiendo mi tono de voz—. He leído propuestas similares. El problema es que conseguir la adaptación de las especies puede requerir muchas generaciones. Es decir, cientos de años. Los corales desovan una vez al año, por lo que sería muy lento propiciar los cambios. Como sabéis, ya ha habido investigaciones que usan la evolución asistida en los corales, con resultados bastante pobres.

Déjenme que haga un paréntesis para aclarar algo mágico. Los pólipos del coral viven pegados al arrecife y eso les impide conocer a otros pólipos, cortejarlos y aparearse. Así pues, los pólipos no se aparean estableciendo un contacto físico. Para reproducirse, una vez al año desprenden millones de óvulos y de espermatozoides que danzarán con el ritmo del agua y se mezclarán y unirán en el maravilloso y sublime acto sexual más multitudinario del planeta. En esa noche mágica, al juntarse los gametos masculinos con los femeninos, se forman millones de larvas que las corrientes marinas llevarán por doquier para formar nuevos arrecifes coralinos o perpetuar los existentes. Sincronizarse es fundamental para tener éxito reproductivo y para ello eligen, normalmente, una noche de agosto tras la luna llena. Solo ellos saben el porqué.

Pero sigamos con la historia. Con mi respuesta impetuosa, todos se me quedaron paralizados. Sabían que tenía razón. Igual que estábamos haciendo nosotros, en esas investigaciones sometieron a corales a temperaturas cada vez más altas, y también a las algas simbiontes que son las que ayudan a los corales a sobrevivir. Luego, intentaban reproducir únicamente las especies e individuos más resistentes, generación tras generación. Ellos lo sabían, pero se lo recalqué:

—Al fin y al cabo esto es justo lo que hace la Naturaleza. Los corales menos adaptados están muriendo. El problema es que no tienen tiempo de adaptarse y puede que mueran casi todos en pocos años. Tendríamos que parar el planeta mientras dedicamos décadas, o puede que cientos de años, a nuestras investigaciones. Y eso no es posible.

Por primera vez, el Dr. Hart se quitó las gafas de sol y miró hacia abajo para ocultar el color de sus ojos. Mientras limpiaba los cristales contestó:

—Tienes razón. No lo niego. Y te diré más: llevamos años buscando los genes asociados a una tolerancia mayor al calor y no los hemos encontrado. En cambio, sí hemos conseguido reducir el tiempo entre desoves. Hemos usado la tecnología CRISPR de edición genética y hemos incluido esos genes en nuestros corales. Así, hemos conseguido que esos genes se transmitan a su descendencia, saltándonos las normas de la herencia clásica. O sea, ahora tenemos en nuestro laboratorio corales que se reproducen una vez a la semana, en vez de anualmente. Con eso hemos acelerado nuestro ritmo de investigación unas 52 veces, y estamos acelerándolo aún más. Te enseñaremos todo esto en cuanto lo tengamos optimizado. Tú trabajarás a fondo en la siguiente etapa.

El Dr. Hart se levantó y se despidió sin darme tiempo a digerir ni lo que tenía en la boca, ni lo que acababa de desvelarme. Editar el genoma para preservar la naturaleza es algo bastante contradictorio. Estamos destrozando algo natural —como es el código genético—, para adaptarlo a un entorno destrozado artificialmente. Sería más sensato dejar de destrozar los ecosistemas, pero eso no da dinero y, en cambio, la investigación en transgénicos aumenta el sagrado PIB de la economía.

Nunca me ha gustado participar en investigaciones de manipulación genética. Sin embargo, ya estaba dentro y no era fácil abandonarlo todo después de los compromisos adquiridos. Recordé las palabras de mi esforzado director de tesis. Podría abandonarlo todo, y ellos seguirían. Yo me perdería ver cómo fracasaban o cómo aquello era el principio de la salvación de los arrecifes, de los mares y hasta de la humanidad.

¿Puede salir bien algo mal hecho?

Estábamos saltándonos las leyes de la naturaleza para, supuestamente, salvar la naturaleza. Y solo teníamos en cuenta un factor: la temperatura del mar. En la naturaleza la vida depende de miles de factores. En particular, los corales también están muy amenazados por la acidificación del agua y por los millones de contaminantes que llegan al mar. Los estudios previos de toxicidad son inexistentes. Lo cierto es que el factor temperatura es esencial. Según algunos estudios, si nuestro planeta se calienta a más de 1,5°C los arrecifes morirán. Ya vamos por 1,2 grados de aumento (en 2020). Y subiendo. Se estima que llegaremos a esos 1,5 en 2024.

La vida marina sería muy diferente sin arrecifes de coral. Como ya he dicho, son el hábitat de una gran variedad de especies, que incluyen diversas clases de esponjas, ostras, almejas, cangrejos, estrellas, erizos de mar, así como miles de especies de peces. Los arrecifes de coral también están relacionados ecológicamente con hierbas marinas, manglares, marismas, además de plantas y aves circundantes. Son tan valiosos porque funcionan como el segundo motor de la vida marina. El primero es el fitoplancton.

Salvar los arrecifes es vital para la biosfera. Y también para la economía a escala humana. Sin embargo, el proyecto del Dr. Hart era, cuando menos, discutible. Incluso si llegaba a tener éxito, sería muy probable que todo fuera peor para el arrecife. La especie adaptada dominará todo el ecosistema, desplazando a las demás especies que, a pesar de todo, hayan conseguido sobrevivir. O sea, las especies adaptadas de forma natural podrían verse expulsadas por las especies adaptadas en nuestros laboratorios. Allí trabajábamos con apenas cinco especies de corales y, de hecho, según mis datos solo una especie —o dos a lo sumo— tenían remotas posibilidades de éxito. Mis críticas nunca sentaron bien al equipo.

¿Sería ecológicamente viable mantener esos motores de biodiversidad que son los arrecifes funcionando exclusivamente con una especie de coral dominante? Nadie lo sabía, pero una de las cuatro leyes de la sostenibilidad es la biodiversidad. ¿Sería ético liberar en la naturaleza una especie manipulada genéticamente sin saber cómo interactúan unos genes con otros o cómo se comportará en un ecosistema libre? Esa era otra pregunta incómoda imposible de contestar. ¿Podría nuestra investigación lograr un coral resistente a las altas temperaturas? Para mí era imposible en un plazo razonable. Y, en caso de conseguirlo: ¿Forzaría el coral resistente la extinción de otras especies? Era algo bastante preocupante, al menos para mí, porque la respuesta se vislumbraba bastante evidente.

Proteger lo desconocido

Investigué la biodiversidad del archipiélago de la isla de Lord Howe. El ser humano es una especie extraña: estaba intentando conservar cientos o miles de especies intrincadamente enredadas, pero solo estudiaba cinco de ellas, y de forma aislada. Curiosamente, varias especies y subespecies endémicas de pájaros se extinguieron desde que el ser humano pisó este archipiélago. Lo mismo ha pasado una y otra vez por todo el planeta.

En aquella isla el desastre culminó con la llegada de otra especie alóctona: la rata negra. Este mamífero llegó en el barco de vapor SS Makambo y no hubiera desembarcado si no hubiera sido porque la nave encalló en 1918 al norte de la isla. Aves e insectos se extinguieron a partir de ese momento, seguramente más de los que la ciencia conoce. Para controlar la plaga de ratas a alguien se le ocurrió llevar a la isla la lechuza enmascarada de Tasmania, a la cual también se le atribuye la extinción de otras especies, como algún tipo de murciélago. Actualmente, la isla solo conserva un tipo de mamífero, el murciélago grande del bosque (Eptesicus sagittula). Esta isla es un ejemplo de la devastación que el ser humano es capaz de ocasionar.

En las aguas de estas islas viven más de 80 especies de coral. Afortunadamente, los arrecifes allí gozaban de buena salud, con un índice mínimo de blanqueo en las especies de coral duro. La contaminación química de las aguas no la conocía con precisión. En cambio, los plásticos no cesaban de arribar a aquellas costas. En mis paseos vi botellas y bolsas de patatas, envases de yogur y zapatillas fosforitas… en fin… de todo. Cuando podía, me fijaba en las etiquetas y las había en todos los idiomas, predominando el inglés, pero no era raro encontrar etiquetas en chino, hindi, español, alemán, francés… ¿De qué repugnantes manos vendrá tanta basura a un pequeño islote del Pacífico Sur?

Me quedé maravillado cuando el Dr. Hart me mostró en el laboratorio corales que se reproducían 106.7 veces más rápido que el coral original. Con ese ritmo de reproducción, empecé a confiar en que sí sería posible conseguir corales resistentes a las altas temperaturas. Reproducíamos los corales, seleccionábamos los más resistentes y volvíamos a reproducirlos, así una y otra vez, en diferentes peceras elevando las temperaturas a distinto ritmo. Para cada generación, no solo seleccionábamos los corales más resistentes. También introducíamos un pequeño porcentaje de corales de otras peceras, para que la riqueza genética no degenerara por culpa de la endogamia.

Como sospechábamos, tras varias decenas de generaciones teníamos corales sobreviviendo en temperaturas en las que no sobrevivían los corales en libertad. La clave fue suministrar una dosis mayor de carbonato cálcico disuelto en el agua. Pero la meta era elevar la temperatura unas cuantas décimas más. El Dr. Hart era ambicioso y quería tener corales bien adaptados a distintos rangos de temperaturas, y que estos rangos fueran tan amplios como pudiéramos conseguir.

Había un problema. Una vez que consiguiéramos los corales resistentes a las altas temperaturas había que retraer el ritmo de reproducción a su frecuencia habitual en la naturaleza. ¿Sería eso posible? ¿Habría algún tipo de interacción o efectos colaterales? El Dr. Hart era muy optimista y decía tenerlo todo controlado. Pensaba que los genes son como piezas de un puzle. Según él, para reducir la frecuencia reproductiva solo teníamos que cambiar una pieza por otra del gran rompecabezas genético.

Yo le mostré mis reticencias, con experimentos parciales y datos contrastados. Él se reía y declaraba que otro brazo estaba investigando ese tema y que casi lo tenían resuelto. Sin embargo, nunca sabremos si eso era cierto o si funcionaría bien en la naturaleza. Un dramático fallo en el sistema de filtrado del agua de las piscinas de corales, nos hizo paralizar todas las líneas de trabajo. Teníamos que investigar en exclusiva lo que estaba pasando.

Si usas fuego, puedes quemarte

Las alarmas sonaron cuando se liberó agua sin filtrar de un depósito de reserva de corales de alto nivel reproductivo. ¿Qué ocurriría si pólipos o embriones de un coral manipulado habían sido liberados por error en la naturaleza?

Se enviaron buzos a explorar toda la costa de nuestro islote y varios kilómetros mar adentro. Con cámaras se grabaron cientos de horas de vídeos, que los expertos visualizamos para ver si había algún tipo de coral de los que podían haber sido liberados. Se usaron también sistemas de inteligencia artificial, pero había más falsos positivos que aciertos. Afortunadamente, tras revisar todo el material, el informe final concluyó que no habían sido liberados los corales transgénicos en el Pacífico Sur. Y si ello había ocurrido, seguramente habían muerto en aguas demasiado frías para corales manipulados para soportar aguas excesivamente cálidas.

Dos meses después del incidente, reanudamos nuestras investigaciones donde las habíamos dejado. Sin embargo, al poco tiempo, unos buceadores informaron de un extraño afloramiento de corales a unos 5 kilómetros del islote de la Pirámide de Ball. Se trata de un curioso islote deshabitado con un pico de 562 metros de altitud situado a unos 20 kilómetros al sureste de nuestra posición. Su pequeño tamaño (300 metros de largo) y su gran altura crean un minúsculo paisaje montañoso en medio de la llanura azul del mar. El afilado pico aparenta ser una pirámide en la distancia.

Nuestros buceadores fueron rápido a extraer unas muestras de aquel extraño y espontáneo arrecife. Como nos temíamos, la especie de coral era de las que podían haber sido liberadas. Los pólipos fugitivos —tal vez un único pólipo— viajaron más de 15 kilómetros hasta asentarse en un fondo rocoso en el que fundar una colonia. Con su alto índice de reproducción, acelerado aparentemente por una mutación que les hacía extraer mejor el carbonato de calcio, el coral empezó a crecer a razón, inicialmente, de un metro al mes. Sin embargo, conforme el coral se extendía, también aumentaba su ritmo de crecimiento.

Intentamos destruir sus arrecifes, pero lejos de conseguir frenar su expansión, estábamos contribuyendo a dispersar mejor sus cigotos. De nuevo, todas nuestras investigaciones se detuvieron para estudiar el fenómeno y tomar decisiones adecuadas. Mientras se investigaba y se encontraban formas eficientes de resolver el problema, se detectaron manchas de coral transgénico entre los corales de Howe y, en pocas semanas, se vio claramente cómo el coral invasor se hacía con el terreno desplazando a todas las demás especies, por lo menos las de corales, peces y crustáceos. Toda la biodiversidad iba desapareciendo allí donde el coral invasor llegaba. Tal y como yo predije.

Si todo hubiera salido según el plan previsto por el Dr. Hart hubiera ocurrido lo mismo que estábamos viviendo, solo que hubiera tardado cientos de años y las demás especies podrían haberse adaptado a los cambios. La técnica de aceleración reproductiva del coral transgénico impedía a las demás especies adaptarse. Así, estábamos viendo la destrucción de la biodiversidad acelerada cientos de veces. Es decir, un desastre ecológico de proporciones únicas. En pocos meses, la gran barrera de coral sería engullida por el coral invasor y gran parte de su biodiversidad perecería, para siempre.

El Dr. Hart entró en depresión y fue relevado de su cargo. Muchos dimitieron y los que nos quedamos, lo hicimos más para documentar el desastre ambiental que para resolverlo. Nos encontrábamos, sencillamente, sin ideas sobre cómo actuar ante una plaga como la que habíamos provocado. No era la primera vez que el ser humano provocaba atentados contra la biodiversidad, pero todo indicaba que este sería el golpe de gracia que le faltaba a nuestro sistema económico para colapsar ante la insostenibilidad que tantas veces se ha cacareado.

Tampoco era la primera vez que el ser humano agravaba un problema cuando intentaba resolverlo. La tecnología nos da unos cuantos ejemplos (como el coche eléctrico o el reciclaje). Porque lo tecnológico, desde la edad de los metales, tiene un fuerte impacto ambiental, ignorado por sus abogados defensores. Habíamos pisado a fondo el acelerador de la sexta gran extinción. El antropoceno ya era, sin duda para mí, el final de esa plaga que también es el Homo sapiens.

El final

Los arrecifes transgénicos crecían y crecían sin parar con cambios notables día a día. Ya se habían detectado focos al norte del paralelo de Brisbane, rozando la Gran Barrera Coralina, muy dañada ya por las centrales de carbón y el calentamiento subsiguiente.

Algunas noticias informaban de un extraño coral, una nueva especie desconocida para la ciencia. Sin embargo, las multinacionales que estaban detrás del proyecto movieron su maquinaria de manipulación y censura. Compraron cientos de medios para que no informaran del nuevo coral invasor. Tan solo les costó hacer más publicidad de sus negocios en todos esos medios. También se compraron buscadores de internet y portales de noticias, incluso alguna ONG que había empezado a sospechar algo nefasto. El silencio informativo en tierra firme contrastaba con la invasión a simple vista bajo el mar. Como ocurre con los barcos de pesca arrastreros, el agua transparente del mar escondía la barbarie. Si estos crueles disparates fueran hechos en tierra firme, todo sería muy diferente.

Habían ya desaparecido bastantes ecosistemas marinos —coralinos y no coralinos— cuando sorpresivamente el crecimiento se detuvo. Los corales transgénicos empezaron a blanquearse, al igual que sus hermanos naturales. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué la naturaleza estaba poniendo límites a esta plaga de origen antrópico?

Las investigaciones concluyeron que los corales transgénicos del Dr. Hart estaban bien adaptados a las altas temperaturas —para eso fueron creados—, pero no lo estaban para las bajas temperaturas. Unas corrientes antárticas frías, estaban esquilmando estos caros corales de diseño. En cuestión de semanas todos murieron (que sepamos). El proyecto se cerró y todos fuimos despedidos con un pequeño finiquito y la vana exigencia de que no contáramos nada de aquel fracasado proyecto de greenwashing.

El cierre de aquel centro de investigación en sostenibilidad marina fue uno de los actos más ecológicos del siglo. Demasiadas veces, lo más ecológico es, sencillamente, no hacer nada.

Con la mejor intención se puede cometer el peor de los errores. En este caso, ni siquiera la intención estaba del todo limpia. Deberíamos aprender que la naturaleza no necesita ayuda humana. Apenas podemos ayudar. La naturaleza agradece que la dejemos en paz. Llevamos la guerra dentro. Seamos paz.

Los corales construyen sus ciudades, como los humanos. Ellos también modifican su entorno, pero a un ritmo pausado, generoso con las demás especies. Los humanos no. El exceso de calor humano está ahogando en sudoración al planeta. Afortunadamente, los océanos absorben casi todo el calor del calentamiento global provocado por los humanos. Si no fuera así, no podríamos ya vivir. A cambio, el mar se está calentando y muriendo. Si sumas la sobrepesca y la contaminación, el futuro es fácil de profetizar.

Las mejores soluciones son las simples: dejar de contaminar, dejar de colonizar espacios naturales, y respetar a los demás seres vivos como nos gustaría que un ser superior a nosotros nos respetara. Las grandes soluciones tecnológicas acaban regalándonos sorpresas en forma de más problemas. Es precisamente la tecnología la que permite al Homo sapiens arrasar el planeta.

Sydney (Australia), a 3 de agosto de 2021.

♥ Nota: Este relato es de ficción, pero todos los datos que se dan de los corales, de la isla de Lord Howe y del calentamiento global son totalmente ciertos. El único personaje real es la Dra. Moseby. La humanidad se enfrenta a un gravísimo problema que, a pesar de ser bien conocido, no se está tratando con la urgencia que requiere.

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