Empatía

Fractura del anillo pélvico posterior tipo C3. Un diagnóstico complicado del que le quedó una cojera evidente. La llevaba con cierto orgullo por haber sobrevivido contra todo pronóstico. Por dentro, sabía que ya no volvería a hacer algunos de los deportes que habían llenado tantos buenos momentos. Sí volvió a cazar. El accidente, la operación y la rehabilitación le habían quitado dos temporadas completas y él quiso resarcirse.

Hacía frío, como a él le gustaba. Recordó el placer de beber café caliente del termo, como premio tras cobrarse un buen puñado de presas. Seguramente, no alcanzaría su récord de treinta y nueve animales en una mañana. Estaba desentrenado y su pierna no obedecía tan bien como el traumatólogo había predicho.

Llegó a la laguna bastante más tarde de lo previsto. La cojera había alargado el camino y lo había llenado de baches. Se apostó tras unos arbustos de lentisco. Para cazar anátidas era importante ocultarse bien, no ponerse cara al sol y saber esperar el momento adecuado. Revisó que su canana estuviera completa de cartuchos.

Pronto empezaron a llegar ánades reales, los reyes de la laguna. Él prefería la cerceta común, el pato colorado o el porrón moñudo. Le habían dicho que ni las cercetas comunes son ya comunes. «Cosas del cambio climático», pensó.

Alto apareció la cabeza verde oscura de un macho grande. Pasaba bien de sobra el kilo. Apuntó y lo siguió con el cañón. Hizo vibrar el gatillo, pero no disparó. Ese se había escapado. En el agua, una hembra paseaba sus tonos pardos entre la vegetación flotante. Se escabulló a tiempo entre carrizos y juncos.

Otro macho, este más joven, voló acercándose a su posición. Contuvo la respiración antes de disparar. El sonido no cambió su trayectoria. Disparó una segunda vez. Ahora sí. Se precipitó revoloteando sobre los destellos del agua. Chapoteaba. Había visto tantos patos ahogarse en rojo, que no le dio mayor importancia y siguió oteando el cielo.

Los salpiques del pato herido no le dejaban concentrarse. Le apuntó de nuevo con intención de ahorrarle sufrimiento y de simplificar el cobro de la pieza. El animal se acercó a la orilla. Se sacudió las plumas y salió cojeando. Los prismáticos ayudaron al diagnóstico. Una de sus patas estaba quebrada. Con pasos inseguros y renqueantes se acercó a una piedra buscando ayuda para mantenerse.

El cazador se sintió extrañamente identificado. Recordó su fractura y su dura rehabilitación. Él también creyó que aquello sería su final. Él también sufrió el dolor intenso al andar. La tortura de la fisioterapia le nublaron con lágrimas una vez más. Seguía apuntando, ahora con tiritones, no de frío.

Sabía bien los argumentos de ecologistas y animalistas contra la caza: que contamina, que reduce la biodiversidad, que produce accidentes, que recibe muchas subvenciones, que frena la sostenibilidad rural, que si el derecho a la vida, etc. Siempre había combatido con desprecio todo eso. Y repentinamente, estaba sintiendo en su propia cadera el dolor de aquel ánade real.

Se acercó y le acarició su cabecita verde. «Te pondrás bien pequeño Anas platyrhynchos», dijo llamándole por el nombre de Linneo. Recogiendo sus bártulos vio los cartuchos vacíos por el suelo. Nunca se había molestado en recoger sus vainas. Las multas eran amenazas huecas. En cambio, aquel día sintió que no podía dejar allí su basura. Había una excepción inevitable. Era imposible recoger sus desperdigados perdigones de plomo y los tacos de plástico que se lanzan con cada disparo. Cojeando, estimó cuánto podría conseguir por su escopeta.

♥ Nota: Este relato se publicó en el número 113 de la revista Ecologista, la revista para socios de Ecologistas en Acción.

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