Mi madre tóxica

Habían pasado bastantes meses sin ver a mi madre —casi un año— cuando recibí la fatídica llamada. Esos meses habían sido, sin duda, los mejores de mi vida.

Desde que puedo recordar, mi madre ha sido una persona tóxica conmigo. Cuando fui consciente, me alejé de ella y busqué mi destino como mujer libre. Rompí las ataduras que mi madre quiso imponerme. Me alejé de ella y siempre fui consciente de que tenía que haberlo hecho antes.

La llamada me pilló por sorpresa. Una voz extraña me preguntó si yo era la hija de Julia Hermoso. Lo primero que pensé fue que mi madre había fallecido. La vi mentalmente tumbada en un ataúd, rodeada de flores negras. Sentí alivio. Lo confieso. Me sentí liberada del todo. ¿Te imaginas la sensación de que un asesino quiere matarte y de repente te dice la policía que lo han pillado? Mejor aún, imagina que te dicen que ha muerto. Sé que queda feo decirlo, pero solo pensar en su muerte me relajó todo el cuerpo y tuve que sentarme.

En cambio, la llamada solo me dijo que mi madre estaba enferma, ingresada en el hospital. Yo di las gracias y colgué. No dije que iría a verla porque no pensaba ir. No quería enfrentarme a ella, a sus reproches infinitos, a sus comparaciones con mi hermana mayor, a sus malos modales, a sus inacabables «te lo dije» y a sus «no vales para esto ni para lo otro»… Me la imaginé lanzándome improperios desde su cama del hospital y me dije: “Rosa, no vayas”. Pensé que en el hospital estaría mejor atendida de lo que se merecía y continué con mi vida.

Al día siguiente me llamó mi hermana desde Australia. Aún estaba yo dormida. Su voz, resuelta y decidida, como siempre, me empequeñecía. Inconscientemente, hablar con ella era volver veinte años atrás en el tiempo. Ella volvía a ser la hermana mayor responsable que tenía que guiarme. Ella era la sensata, la inteligente, la perfecta. En cambio, yo era la pequeña, la inepta, la inútil, la irresponsable, la que nunca sabía qué hacer o la que siempre lo hacía todo mal. Yo suponía que esos pensamientos negativos ya los tenía superados, pero obviamente no. Su primera frase al teléfono me evocó todo el pasado cargado de sufrimiento inútil. Había decidido superarlo pero no era fácil. Había decidido no pelearme con mi hermana y quererla como lo que era. Bastante tenía yo con haber roto lazos con mi madre que vivía a cinco manzanas de distancia, como para pelearme también con mi hermana que vivía en las antípodas.

Mi hermana no es de las que preguntan y se callan para escuchar la respuesta. Ella preguntaba y respondía, volvía a preguntar y a responderse, y así sucesivamente. Debieron de pasar varios minutos hasta que viendo que yo no decía nada exclamó:

—¡Rosa! ¿Estás ahí? ¡Hola! ¡Hooolaaaa!

—Sí, te estoy escuchando —mentí con total tranquilidad.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿has ido ya a ver a mamá?

—¡Por supuesto, Julia, claro que he ido! —mentí otra vez.

—Bien, ¿y qué?… ¿cómo está?

—Está bien, no te preocupes… —intenté tranquilizarla con otra mentira hasta que me interrumpió gritando.

—¿Dices que no me preocupe? ¿Ha tenido un ictus cerebral y me dices que no me preocupe?

—Quiero decir que está bien, dentro de la gravedad —maticé mis palabras.

—Bueno, tengo que dejarte, pero mantenme informada de todo. Adiós guapa.

—A sus órdenes mi sargento —susurré sin entusiasmo cuando estuve segura de que ella ya había colgado.

Lo siguiente que hice fue buscar “ictus” en la Wikipedia.

Asumir que tu propia madre no te quiere es un proceso difícil. Si no te quiere tu madre, ¿quién te va a querer? Ahora sé que es posible superarlo, porque el error es de ella como madre y como persona y no es culpa mía en absoluto. Cuando aún vivía con ella, yo estaba convencida de que mi madre me quería solo por su interés. Si yo amenazaba con irme, ella fingía alguna enfermedad, se hacía la víctima para que me conmoviera y la cuidara. Sabía muy bien cómo hacerse la víctima. Sin embargo, todo su arte dramático no le sirvió el día que me largué.

Mi dilema

Tiré el teléfono sobre la cama y comencé a morderme las uñas. Había jurado que no volvería a hacerlo. Solo pensar en volver a enfrentarme a mi madre me generaba náuseas. Me había jurado tantas cosas… como que no volvería a morderme las uñas, que no volvería a ver a mi madre y que no me pelearía con mi hermana. Todo se me derrumbaba. Para más inri, las dos últimas cosas chocaban entre sí. Mi mente imaginó dos trenes chocando y descarrilando los dos. Entonces pensé: “debo intentar salvar al menos un tren”.

Ya habréis adivinado que al final fui al hospital. Cuando llegué a recepción pensaba que me estarían esperando como si no tuvieran otra cosa que hacer:

—¡Hola! Soy Rosa Salmerón.

La chica de recepción se quedó mirándome como esperando que le dijera algo más. Yo titubeé un poco y añadí:

—Rosa Salmerón Hermoso, la hija de Julia Hermoso. La ingresaron hace dos días.

—Es la mujer del ictus —apostilló su compañera dándole un golpecito en el hombro.

—¡Ah! ¡Sí claro! ¡Julia! ¿Cómo no ha venido Vd. antes? Estábamos esperándola. Su madre ha pasado una mala noche. Voy a llamar al médico y él le contará todo. Siéntese en la sala de espera.

Resultó ser cierto que me estaban esperando. Mi madre no tiene muchos familiares en la ciudad. Mi padre murió, tal vez por no aguantarla, o tal vez asesinado por ella. Sus hermanos también murieron y la única prima con la que se habla vive en Moscú. Yo le decía que se hablaba con ella porque allí el vodka es barato. Una cosa es que se hablen por teléfono y otra cosa es que quiera venir aquí a verla al hospital. Seguro que su prima no soportaba hablar con mi madre más de una o dos veces al mes. No era fácil soportar a mi madre. Ni para mí, ni para nadie.

Estando en estos pensamientos, se presentó un médico en la sala con su típica bata blanca y el fonendo colgado en el cuello. Yo intuyo que los médicos ya no usan el estetoscopio, pero algunos piensan que si no lo llevan no son médicos. El médico se rascó su barba blanca mientras miraba unos papeles y alzando la voz leyó:

—Salmerón Hermoso, Rosa.

Yo recordé mis tiempos en el colegio y levanté la mano. En el colegio, cuando pasaban lista ponían mi nombre al final de mis dos apellidos. Entonces, invariablemente, el que se sentaba detrás de mí, Luisito, decía «salmón hermoso y rosa, la cena está servida». Yo me hubiera levantado a pegarle dos tortas, pero nunca tuve valor. Llenándome de arrojo, a veces le tiraba con el codo algo que tuviera en su mesa y me disculpaba con sorna: «¡Uy! ¡Perdona!». Luego, si él no lo recogía del suelo con diligencia, yo se lo ponía en su mesa sin mirarle a la cara.

Volviendo al hospital, el médico me dijo que lo siguiera. Por el pasillo pareció leerme la entrada de la Wikipedia sobre el ictus:

—Su madre ha sufrido un ictus isquémico, que consiste en un coágulo o trombo que ha obstruido un vaso sanguíneo en el cerebro. Es lo que se conoce como embolismo o embolia cerebral. ¿Sabe lo que es eso?

—Es lo mismo que una trombosis, ¿verdad doctor?

—Esto… sí, sí, exactamente —titubeó sin dejar de mirar los papeles—. ¿Cómo no ha venido antes?

—Estaba de viaje —repuse seriamente para que no se notara la mentira.

Mentí una vez más, sin entender por qué el médico se había atrevido a preguntar algo tan personal. Resultaba obvio que si no había ido antes era porque no había podido, o porque no había querido. En este segundo caso es evidente que no te van a contestar la verdad, por lo que la pregunta es un poco innecesaria. Imaginad la situación contraria:

—¿Cómo no ha venido antes?

—Porque no tenía, ni tengo, ganas de ver a mi madre debido a una infancia dura, a una adolescencia traumática y a una adultez insoportable directamente. De hecho he venido por mi hermana, porque por mi parte mi mayor alivio hubiera sido que hubiera muerto sin tener que molestarme más en mi vida.

Me hubiera gustado ver la cara del médico al soltarle esa explicación sincera. Me quedaré con las ganas porque opté por la opción del viaje falso, a lo que el médico solo objetó:

—Es una suerte que esté ya aquí. Su madre la necesita. Ha pasado una mala noche. Está confusa y tiene dificultad para hablar y para entender. Apenas consigue levantarse. Se marea, pierde el equilibrio y tiene problemas de coordinación. También parece que no ve bien y que le duele la cabeza, según una enfermera.

Cuando escuché eso me imaginé que salía corriendo y no volvía. Me paré y casi me di la vuelta. Os juro que me paré, pero cuando el médico se dio la vuelta para preguntarme si me pasaba algo, me acordé de mi hermana, me puse bien el calcetín y continué andando tras el doctor.

Al llegar a la habitación, el médico, muy amable, abrió la puerta y me cedió el paso. Mi cuerpo se negaba a entrar. El médico repitió el gesto para que pasara pero yo no podía pasar sabiendo que dentro estaba el ogro. Me imaginé un monstruo en una cama que, al entrar yo en la habitación, saltaba sobre mí rompiendo la bolsa de suero y la ventana.

Miré al médico y luego a la puerta, con miedo. El médico debió suponer que le estaba cediendo el paso, por lo que me dio las gracias y pasó él primero. Yo visualicé en mi mente que el monstruo lo devoraba a él, por lo que pasé con menos reservas.

Mi madre estaba en la cama, entubada, con una bolsa inyectada en vena que debía ser suero. Por su cara, yo diría que la bolsa era de vodka que le había mandado su prima. Parecía borracha con sus ojos medio abiertos, sus mofletes colorados, intentando balbucear algo irreconocible.

El médico hizo algo con ella mientras yo miraba por la ventana. Cuando me volví, los ojos de mi madre estaban bien abiertos mirándome. Sus cejas arqueadas me recordaron cuando me echaba la bronca por cualquier tontería. Parecía querer decirme algo girando su cuerpo. Algo desagradable, seguro. Afortunadamente, no parecía tener fuerza y solo emitió unos cuantos gruñidos, hasta que el médico la tomó de los hombros y la colocó bien. Mientras giraba la ruedecilla del gotero, le encomendó tranquilidad.

El médico me dijo que estaba en una situación delicada y que no sabían cómo iba a evolucionar:

—Cada persona es distinta. Cada ictus es distinto. Tendremos que esperar pero, por ahora, estamos muy esperanzados. Mejora cada día.

Yo me quedé mentalmente con esas frases, para repetírselas a mi hermana. Cuando el médico se fue, me sentí libre de irme yo también. Cogí mi bolso y me fui. Llamé al ascensor. La espera se me hizo eterna. Cuando el ascensor abrió sus puertas, un joven adolescente dio un paso atrás para dejarme entrar. Yo hice el gesto para pasar pero no entré. El joven me preguntó si iba a montarme y yo dije simplemente “no lo sé”. El chaval se encogió de hombros mientras su cara se escondía tras las puertas del ascensor. Me quedé mirando las puertas ya cerradas a escasos centímetros. Su chapa me devolvía mi imagen desvirtuada. Todos tenemos una imagen desvirtuada de nosotros mismos. Y de los demás.

Cuando alguien pulsó el botón de llamada del ascensor yo salí de mi éxtasis filosófico, me di la vuelta y volví a la habitación de mi madre. No sabía si ella escuchaba o si estaba dormida pero por si acaso, me excusé con una mentira:

—He ido al servicio. ¿Cómo estás… mamá?

Pronunciar la palabra “mamá” fue doloroso. Era una palabra tabú, una palabra maldita en mi vocabulario. Yo prefería ogro, tarasca, circe, diablo, satanás… o leviatán.

La miré y me pareció que dormía. El médico debió aumentar la dosis tranquilizante, hasta alcanzar la dosis para lucifer. El diablo nunca duerme, me dije. Me senté en el sofá y me pregunté si estaba siendo justa con mi madre. Otra vez la eterna pregunta. ¿Era realmente mi madre una mala madre o era yo la que era rebelde, desagradecida e irrazonable?

Hay madres que son tóxicas y creen que aman a sus hijos muchoNo soy madre, ni lo quiero ser, pero hay cosas que yo nunca haría con un hijo mío. Recuerdo una vez que estábamos en una reunión familiar con unos tíos y primos (por parte paterna) y se me cayó un vaso al suelo. Todos gritaron en tono de alegría, menos mi madre:

—¿Quien iba a ser? —la escuché decir entre el jolgorio.

Lo peor fue cuando traje la escoba y el recogedor:

—¡Anda! ¡Déjalo y que lo barra tu hermana! Tú no sabes ni barrer.

Recordar aquello aún hace que se me salten las lágrimas. Una vez, recordando este episodio de mi triste vida en la soledad de mi casa arrojé con fuerza un vaso al suelo.

Pensaba que ya me había librado de la carga de mi madre y, en cambio, allí estaba ella, delante de mí, casi muerta pero removiendo y desgarrando heridas sin curar. Es la única persona que es capaz de hacerme daño sin hacer apenas nada y sin decir absolutamente nada.

Mi madre siempre estaba comparándome con mi hermana mayor. Ella era la perfecta. No importaba que yo sacara mejores notas. No importaba que yo ayudara más en las tareas de la casa. A mi madre no le importaba nada de lo que yo pudiera hacer. Yo me esforcé. Os juro que me esforcé en ser una buena hija. Siempre tenía la sensación de que todo me salía mal.

Una vez hice un bizcocho especial para mi madre. Solo dijo una cosa:

—Se te ha quemado un poco por aquí.

Entre mi hermana y yo nos lo comimos. Nuestra madre apenas lo probó. Estaba sabroso. ¿Por qué no lo aceptó? ¿Por qué no pudo decir algo agradable?

Así dormida, mi madre no parecía tan mala. Enferma, parecía débil y vulnerable. Se me pasó por la cabeza aumentar la dosis del gotero y con suerte moriría tranquila. Por supuesto, yo no sería capaz de algo así. Decidí pasar allí la noche, por si venía el médico. A fin de cuentas, en casa nadie me esperaba y a lo mejor allí conocía a un médico más joven que el anterior.

La enfermedad

A la mañana siguiente me despertó el canoso médico entrando en la habitación sin llamar, acompañado de una enfermera.

—¿Cómo estás? —preguntó jocoso.

—Bien, aunque he dormido fatal —contesté pensando que se refería a mí.

—Esto… vaya… ¿y la paciente? —preguntó de nuevo el médico tras entender mi confusión.

—No sé. Dígamelo Vd., que es el médico —respondí sin pensar en normas de cortesía.

—Bien. Escuche. Se le hizo un escáner, pero quiero hacerle otro. Ahora los tratamientos son distintos y mucho mejores. Atendiendo al paciente pronto, las probabilidades de mejoría son altas. Ahora somos capaces de obtener una revascularización, es decir, recuperar el flujo cerebral de una forma rápida. Si el paciente llega pronto al hospital tras un ictus, puede volver a ser independiente en 3 ó 4 meses. No sabemos cuánto tiempo pasó desde el ictus hasta que llegó al hospital, pero su madre está reaccionando bien. El ictus es mortal en el 30% de los casos y su madre lo ha superado. Ahora tiene que recuperarse… y lo está haciendo. Quédese tranquila.

Estuve a punto de contestarle que si estaba nerviosa por algo era por irme y seguir con mi vida alejada de ella. En cambio, no dije nada y puse cara como si me interesara lo que estaba diciendo, aunque yo solo deseaba irme y llamar a mi hermana Julia para que viniera ella. Yo le pagaría el viaje si hiciera falta. Yo tenía claro que no iba a pasar allí otra noche.

—Es una suerte que estés aquí… ¿cómo ha dicho que se llama?

—No sé si se lo he dicho, pero me llamo Rosa —afirmé mientras recordaba que mi nombre lo leyó el día anterior cuando me llamó en la sala de espera.

Me resultó curioso que a partir de ese momento el médico empezara a tutearme:

—Bien, bien… Rosa, debes saber que tener familiares y gente que le dé cariño y quiera escucharla, ayuda a la recuperación. Así que contigo a su lado todo va a ir mejor. Al principio sufría parálisis parcial de medio cuerpo y dificultad para tragar, pero ya ayer mostró bastante mejoría. Te habrás dado cuenta de que tu madre sufre afasia.

En ese momento mi madre despertó y con una agilidad inesperada se incorporó e intentó levantarse diciendo cosas ininteligibles. El médico la contuvo y ella gritó:

—¡Nito ir al caño!

—Tranquilícese. ¿Qué dice? —preguntó el médico.

—¡Que nito ir al caño! ¡coño! —repitió señalando el servicio.

—¡Ah! que necesita ir al baño… bien, bien… ella le ayudará —afirmó señalando a la enfermera.

Con cierta dificultad, pero sin más ayuda que la de la enfermera, consiguió ir al servicio.

—¿Caño? —pregunté yo mirando al médico con extrañeza.

—Como te decía, tu madre tiene afasia.

—¿Afasia?

—La afasia —me explicó— es una alteración del lenguaje. Empeora mucho la calidad de vida del paciente. Afecta al lenguaje hablado y al escrito, tanto leer como escribir. En casos graves el tratamiento inmediato es establecer sistemas de comunicación básicos, para que el enfermo logre comunicarse. Pero el caso de su madre no es muy grave. Tan solo confunde o se inventa palabras. Tiene dificultad para comunicarse, como ya habrá notado.

—Confunde palabras… —repetí yo.

En ese momento, mi madre salió del servicio y al verme de frente me saludó:

—¡Anda Rosa! Estás más sorda.

Seguro que quiso decir “gorda”. Mi madre siempre se estaba metiendo con mis cuatro kilos de más, pero nunca lo comparaba con los veinte kilos que le sobraban a ella. Yo imaginé que le decía: “Y tú estás más gorda pero igual de inaguantable”. Pero me callé por respeto a los presentes. Ella se soltó del brazo de la enfermera y al ir a acostarse sufrió un breve desmayo y cayó en redondo junto a la cama. El médico y la enfermera la recogieron y la tumbaron en la cama. Mi madre se llevaba las manos a la cabeza y decía:

—¡Qué color! ¡Qué color!

Supongo que quería decir “dolor”, pero “color” me pareció una palabra más bonita. Yo no pude evitar reírme poniéndome la mano en la boca para disimularlo. El médico y la enfermera me miraron extrañados y yo intenté contener la risa.

Antes de que se fuera el médico, lo llevé a parte y le pregunté si la afasia y los desmayos era lo único que tenía, o había algo más. El médico me explicó:

—Verás… tanto la familia como el enfermo deben aprender a convivir con las secuelas del ictus. Créeme que tu madre está bastante mejor que muchos de los casos que vemos por aquí. Necesita un tratamiento neurorehabilitador. Con unas cuantas sesiones con el foniatra del hospital seguro que mejora mucho. En pocos días podrá llevársela a casa y allí estará mejor bajo sus cuidados.

—¡Qué bien! ¡Qué gran noticia! —exclamé yo irónicamente.

Afortunadamente, el buen médico no entendió el sarcasmo y pensó que realmente me parecía bien que tuviera que cuidarla yo en casa. Por supuesto, yo no estaba dispuesta a eso.

Cuando el médico se fue y mi madre dejó de quejarse, me preguntó:

—¿Y tu humana? ¿Por qué no ha comido?

—¿Qué? ¿Quién no ha comido? —pregunté yo sorprendida.

—Tu humana.

—¿Qué humana?

—¡Polo tienes una humana! —exclamó ella.

—¿Que yo tengo una humana?

—¡Tu humana Julia!

—¡Ah! Julia, ¡mi hermana!

—¡Cloro! ¿Por qué no ha comido?

—¿Julia no ha comido? No lo sé.

—¿Que por qué no ha comido aquí? —preguntó mi madre alzando la voz con desesperación.

—¡Ah! ¿Que por qué no ha venido? Venido, venido —repetí yo para resaltar su error—. Pues no ha venido porque está en Australia y eso está muy lejos. Aparte de lo que contaminan los aviones. Ya sabes que Julia es ecologista y no quiere viajar en avión. Así que ya te adelanto que no va a venir, y este marrón nos lo tenemos que comer entre las dos. ¿Cómo te quedas? ¿Yo? Mal, muy mal.

Cuando me escuché decir eso, noté que había sonado regular. Debía tener paciencia con ella. Toda la paciencia que ella no había tenido conmigo nunca. Nunca. Recordé una vez tendiendo la ropa que yo estaba extendiendo cada calcetín y cada camisa para evitar las arrugas. Ella me dio un manotazo y dijo: “¡Eres muy lenta! ¡Mejor no hagas nada!”.

Un lágrima se asomó, pero no salió porque llamaron a la puerta. Una enfermera trajo la comida para ella. Se la puse delante y esperé a que comiera. Parecía tener hambre pero no coordinaba sus movimientos. Tras un rato consiguió coger la cuchara y tirar casi la mitad de la sopa, pero no comió nada. Me daba más pena la sopa tirada que la desesperación de mi madre por no poder comer, tal cual Tántalo. Yo estaba mirándola, impasible. Ella, tan cabezona como siempre, no quería pedirme ayuda y yo no quería ayudarla, pero cedí. Por la sopa. Cogí su mano, la acompañé hasta el plato, y del plato a su boca. Tras unas cuantas veces, su mano parecía más firme y lo hacía mejor sola, aunque se manchara. Yo iba limpiando lo que ensuciaba, pero a cada cucharada lo iba haciendo mejor. Una cucharada llegó completa a su boca. Ambas sonreímos.

Al terminar de comer, me dijo que tenía mucha suerte de tenerme a mí en el hospital. Creo que es la primera vez en la vida que se alegra de que yo exista. Tal vez, ella notaba su debilidad y pensaba que yo la iba a cuidar. Con mi hermana mayor no contaba. Eso seguro. Ella la conocía bien.

En cuanto pude, llamé a mi hermana Julia para explicarle la situación. Le dije todo lo que me había dicho el doctor. En unos pocos días le darían el alta y yo no estaba dispuesta a cuidar de ella en casa, ni en la suya ni en la mía. Mi hermana me tuvo que percibir muy convencida porque me explicó que era imposible para ella volar inmediatamente desde Australia. Su plan era que yo cuidara de ella en el hospital y para cuando le dieran el alta ella ya estaría en España y podría cuidar de nuestra madre en casa hasta ver cómo evolucionaba. Afirmó que en su trabajo sería fácil tomarse “varios meses de semivacaciones, trabajando por Internet”. Es la ventaja de ser autónoma. Mi hermana dirige una empresa de productos ecológicos.

Yo no tuve más remedio que aceptar el plan. Me resigné a cuidar de ella en el hospital con la esperanza de que fueran solo dos o tres días. Me tomé una semana completa de vacaciones para que me sobraran algunos días para descansar de verdad cuando viniera mi hermana Julia.

Los días en el hospital transcurrían lentamente. Le ayudaba a comer, a ir al servicio, a dar un paseo por el pasillo, a pronunciar bien las palabras… Era monótono y aburrido y, por supuesto, tenía que aguantar los malos modales de mi madre, que era incapaz de sentirse agradecida por el enorme esfuerzo que yo estaba haciendo. Lo bueno es que como ella confundía palabras, muchas veces yo no me enteraba de lo que decía. Entonces, si empleaba un tono hosco yo no hacía ningún esfuerzo por enterarme. Por el contrario, cuando moderaba el tono y hablaba afablemente, yo me interesaba por lo que decía, hasta que entendía lo que quería decir y le ayudaba a decirlo correctamente.

En una ocasión, poniéndole las zapatillas se las puse al revés y ella me gritó:

—¡Están vueltas al francés!

Yo no entendí lo que dijo y no le hice caso. Empezó a gritar más fuerte. No dejaba de repetir eso y también:

—¡Mantequillas! ¡al francés!

Repentinamente, bajó el tono. Aprovechando la ocasión, yo le pregunté que para qué quería mantequilla. Supuse que quería que llamara a un enfermero francés que allí había y le pidiera mantequilla. Al final comprendí que lo que estaba diciendo era que las zapatillas estaban puestas al revés.

La monotonía del hospital se rompía con las risas por los intercambios de palabras de mi madre. A la “servilleta” le llamaba “camioneta”, a la “boca” le llamaba “roca” y decía “encerar” en vez de “limpiar”. Imaginad las risas de las enfermeras cuando mi madre les pidió “una camioneta para encerar la roca”.

Peor fue lo que ocurrió cuando estaba viendo la tele tranquilamente en la habitación. Yo estaba leyendo un libro y repentinamente dijo algo que yo no comprendí. Me acerqué para escuchar mejor y me dio un gran golpe con el mando en la cabeza. Mientras yo me lamentaba, ella se levantó y salió al pasillo gritando lo que me había dicho:

—¿Alguien tiene pelos? ¡He preguntado que si alguien tiene pelos!

Tras repetirlo mil veces entendimos que lo que quería decir es si alguien tenía pilas para el mando a distancia de la televisión.

Esa misma tarde le dijo al médico:

—Tu camisa está gusta.

El médico entendió que le gustaba su camisa y tras dar las gracias procedió a explicar que había sido un regalo de su madre. Mi madre le interrumpió para repetir varias veces: “Tu camisa está gusta”. Él médico intentaba contar la historia de la camisa y mi madre le interrumpía una y otra vez. En un momento, mi madre señaló a la camisa y el médico fue consciente de una mancha de tomate bastante grande. Entonces, entendió que mi madre no decía que le gustara su camisa, sino que estaba sucia. El médico se sintió un poco avergonzado y se fue sin despedirse y sin contar la historia de su camisa.

La enfermera se estaba riendo del malentendido pero yo no. El incidente me recordó cuando un día llegué del colegio con la ropa manchada (bastante menos que el lamparón del médico). Mi madre me dijo que era muy guarra y me castigó sin comer. Siempre fue una obsesa de la limpieza. Ese día comí porque mi hermana me llevó comida de contrabando. Siempre fue buena hermana. Ni ella ni yo entendimos por qué me trataba a mí tan mal.

Más tarde, ese mismo día, ella vomitó un poco en el suelo y se puso a gritar:

—¡Traed la matrona! ¡La matrona!

Una enfermera entró asustada y al ver a mi madre gritando y con su gran barriga, pensó que estaba de parto, así que llamó a la matrona de urgencia. Cuando llegó la matrona, le tuve que explicar que ella solo estaba pidiendo la fregona.

El alta

«Las horas que limando están los días que royendo están los años» sentenció Góngora.

Cada segundo es más largo dentro de un hospital que fuera. Más largo y más intenso. Allí se mastica el drama de la vida, cómo nacemos llorando, vivimos sufriendo y morimos haciendo sufrir.

En la habitación adyacente murió una mujer con ochenta y tantos años. Las hijas e hijos me confesaron que había sido una “buena persona”. Me lo creí, porque estaban todos llorando. Cuando mi madre muera yo también diré lo de “buena persona”, pero seguro que no habrá lágrimas que derramar.

Me sentía como una presidiaria. No. Más bien como una esclava, con grilletes y una pesada cadena que me unía a una inmensa bola de plomo depositada sobre la cama. Cada vez que me paseaba, arriba y abajo, por el pasillo notaba cómo estaba envejeciendo. Notaba menos fuerza en mi cuerpo, menos vitalidad. Cada segundo es más largo dentro del hospital y, por tanto, envejece más. Tal vez por eso apenas hay médicas o médicos jóvenes, ni enfermeras o enfermeros jóvenes. Allí todo envejece y se pinta del barniz ocre de lo viejo. La vida y la muerte allí están separadas por la velocidad con la que el médico llega a una urgencia o por la habilidad o feliz idea del experto al que le toca decidir en un momento clave.

Por suerte, mi madre dormía mucho. Siempre ha sido dormilona. Aún recuerdo cuando en verano nos obligaba a dormir la siesta a mi hermana y a mí. Nosotras esperábamos a que se durmiera y nos íbamos a jugar. Cualquier ruido podía despertar al monstruo y, si lo hacía, invariablemente era yo la que había hecho justo el sonido que la había despertado. Ella iba a por mí y me decía: “¡Ya me has despertado!”. Entonces, el castigo recaía solo sobre mí, ante la sorpresa de mi hermana. Yo no me sorprendía, pues ya estaba acostumbrada.

Al sentarme o acostarme en el sofá del hospital tenía mucho cuidado de no despertarla para no escuchar su típica frase: “¡Ya me has despertado!”. Con sumo cuidado me quité los zapatos, pero uno de ellos golpeó la pata de la cama y, desgraciadamente, la despertó. Pensaba que iba a decir su frase, pero exclamó:

—¡Ya me has endemoniado!

—¡Eh! Eso lo has estado desde siempre —contesté yo con una risa entrecortada.

—¡Endemoniado! En-de-mo-nia-do —decía ella como intentando aclarar lo que quería decir pero sin que le saliera la palabra correcta.

—¡Mamá! ¡Es “despertado”! Des-per-ta-do. Te has despertado y te has despertado tú. ¡Deja de culparme por todo lo malo que te pasa!

—El ictus es por tu copa —susurró socarronamente.

—¿Por mi copa? —pregunté extrañada hasta que intuí lo que quiso decir—. ¿Por mi culpa? ¿Te atreves a decir que el ictus ha sido por mi culpa? Esto es el colmo. ¡Ahí te quedas!

Me puse los zapatos, cogí lo poco mío que había por allí y me fui. Estaba saliendo del hospital cuando me encontré con el médico, que estaba hojeando unos papeles junto a la puerta. Siempre estaba hojeando papeles. No lo entiendo. Mi error fue decirle adiós, pues él me detuvo y me dio la gran noticia:

—¡Hola Rosa! Precisamente, ahora iba a ir a hablar contigo. Las pruebas han salido bien y su madre está evolucionando perfectamente. Le daremos el alta mañana.

—¿Mañana? Imposible —zanjé yo—. De la afasia no mejora y sigue mareada y confusa… para algunas cosas.

—¡Ya! Es normal pero creo que le ayudará volver, cuanto antes, a su entorno normal.

Su entorno normal es el infierno. Me imaginé las llamas y las almas en pena sufriendo alrededor de ella, pero no dije nada, por lo que él siguió hablando:

—Solo tiene que hacer lo que ha estado haciendo aquí. Ayudarla a moverse, a comer y a hablar. Es muy importante que cuide su alimentación: frutas, verduras, legumbres… dieta mediterránea, con cero alimentos precocinados. Comer bien y hacer ejercicio. Esa es la clave de la recuperación.

—Pero yo veo que mi madre no está recuperada, doctor. Ella está débil —repuse para intentar hacerle recapacitar.

—Verás. No hay dos cerebros iguales y no hay dos rehabilitaciones iguales. La apatía es un efecto secundario, la incapacidad para ponerse en acción, pero no tema. Poco a poco irá mejorando. Tengo muchas esperanzas en ella.

Yo me puse a pensar en tener que cuidar de ella yo sola, cocinar, lavar… y no pude soportarlo, por lo que intenté hacerle ver al médico que aún era demasiado pronto:

—Doctor, un ictus es algo muy grave. Opino que no está preparada para que le den el alta. ¿Y si le da otro ictus?

—Un ictus es algo muy grave. Lo sé. Pero no todo es negativo. Hay quienes logran transformarse y ser más fuertes tras el ictus. Es una experiencia que se percibe como cercana a la muerte y muchas personas entienden así mejor el sentido de la vida. No solo ellos, sino también su familia. Es un proceso mágico. A veces es repentino y a veces tarda un tiempo, pero la vida tras un ictus es muchas veces mejor que antes del ictus. Estoy acostumbrado a verlo. No tenga miedo y verá que todo va bien.

—¿Y si le da otra vez? —repetí mi pregunta.

—No es fácil que vuelva a ocurrir si cuida su alimentación y su ejercicio. La hipertensión es un factor de riesgo. Así que, nada de sal en la comida. Si nota algo raro, llame a una ambulancia urgentemente.

—¿Algo raro?

—Bueno, algo que le haga sospechar que va a peor. Algo como adormecimiento o debilidad repentina en la cara, en un brazo o en una pierna, especialmente en uno de los lados del cuerpo. También son síntomas preocupantes si hay confusión repentina, mayor dificultad para hablar, para entender, para ver o para andar, mareo, pérdida de equilibrio o coordinación…

—Todo eso ya lo tiene, doctor.

—No, no… tiene algo de eso, pero está mejorando. Y eso es lo importante. ¿Conoce la escala Cincinnati? Bueno, es un protocolo para saber cuándo una persona va a sufrir un ictus. Consiste en tres comprobaciones. Se lo daré por escrito, pero recuerde que es muy fácil hacer la comprobación en cara, brazos y lenguaje.

—¿Cara, brazos y lenguaje? —repetí yo preguntando como si me hablara en otro idioma.

—Sí, la escala Cincinnati se evalúa en esas tres áreas. En la cara se mira la asimetría facial. Se hace sonreír al paciente para comprobar si la sonrisa es simétrica.

—Mi madre no suele sonreír.

El médico sonrió y siguió hablando.

—Puede ser una sonrisa forzada. El segundo punto son los brazos. Se indica al paciente que estire los brazos durante 10 segundos. Si hay algún problema verá que uno de los brazos no se mueve o cae respecto al otro. Y en el tercer punto, para evaluar el lenguaje, se le pide al paciente que hable. Si hay algo anormal, el paciente arrastra las palabras, tiene problemas para hablar o no habla.

—Pero mi madre ya tiene dificultades para hablar y yo no sé cuidarla.

—Cierto, pero el foniatra me cuenta que está mejorando y que necesita volver a hacer vida normal.

Cuando terminé de hablar con el médico me dí cuenta de que él ya había notado que yo no quería cuidar de mi madre, pero también noté que él tenía muy claro que ya no estaba justificada su estancia en el hospital. Llamé a mi hermana inmediatamente. Le dije que viniera urgentemente como ella había acordado. Sin embargo, me dijo que le resultaba imposible pues habían tenido un problema con un suministrador importante. A mí me sonó a excusa, pero en realidad no me extrañó. De hecho, ya le había dicho yo a mi madre que Julia no vendría. Y no vendrá, a pesar de que me juró que en una semana, máximo dos, seguro que estaba ya aquí. ¡Cómo odio ser adivina!

En casa, la confesión

Los malentendidos con mi madre eran constantes. Cambiaba las palabras o se las inventaba. A veces era gracioso pero, creedme, en general era desesperante. Ella se enfadaba cuando notaba que no le salían las palabras, se sentía como si estuviera en un país extranjero y no pudiera entender ni comunicarse.

Poco a poco iba mejorando y ya podía dejarla sola bastante tiempo. En pocos días, ya salía sola a andar. No obstante, un día se perdió y la policía la trajo a casa esposada, diciendo que la habían encontrado apaleando una papelera. Afortunadamente, les expliqué lo del ictus y fueron condescendientes. Estuve a punto de prohibirle salir de casa, pero ella decía que andar le quitaba el dolor de cabeza y que era su mejor medicina. Le puse normas estrictas sobre por donde andar y sobre cómo comportarse en la calle. Me sentía como si fuera su madre.

A veces me sorprendía a mi misma cometiendo con ella los mismos fallos que ella había cometido conmigo. Le regañaba con vehemencia por cosas sin importancia. Le ponía castigos por tirar la comida del plato o le regañaba por ponerse mal la ropa o por mancharse. Poco a poco fui entendiendo que la tarea de “madre” o “padre” no es tan fácil como parece. No valen las excusas como las que yo me ponía a mí misma: “Es que tengo mucho trabajo”, “es que estoy muy cansada”…

Entendí que en ese momento de mi vida, mi obligación era cuidar de mi madre y hacer que su vida fuera mejorando con ejercicios y con dieta rica y saludable (sin fritos, sin grasas, sin sal…). No sé si mi hermana tenía o no la obligación de haber venido, pero ni siquiera quería pensarlo. Uno tiene que guardar sus fuerzas y su mente para cosas productivas y no para pensamientos que solo nos desgastan.

Paulatinamente, mi madre iba mejorando y yo estaba contenta. Me alegraba pensar que en pocos días cada una estaríamos viviendo en su casa. La experiencia había servido para unirnos un poco más. No obstante, yo quería recuperar mi vida anterior, cuanto antes.

Una mañana, yo iba con prisas al trabajo. Le preparé el desayuno con su infusión. Pero ella, con un torpe e involuntario movimiento, tiró el vaso al suelo, manchando mi vestido. El estallido del vaso al caer me recordó cuando, años atrás, se me cayó el vaso a mí. Era mi oportunidad de vengarme y devolverle el daño que me hizo su regañera delante de la familia. Mi instinto fue alzar la voz pero al mirarla a los ojos solo vi una anciana indefensa. Me mordí la lengua y me puse a recoger el estropicio. Le hice otra infusión, me cambié de ropa y me despedí.

Cuando estaba a punto de salir por la puerta, escuché que mi madre estaba diciendo algo. Me volví para preguntarle pero ella estaba balanceándose nerviosamente repitiendo algo a modo de mantra. Me acerqué y ella solo repetía:

—Lo siento, lo siento, lo siento…

Yo la agarré por los hombros parando su vaivén. Me puse de rodillas, la abracé e intenté calmarla:

—No te preocupes, mamá, ha sido un accidente. Solo se ha roto un vaso. No pasa nada.

Ella no dejaba de repetir “lo siento, lo siento…”. Repentinamente terminó la frase:

—Lo siento, lo siento… Siento como te he tratado todos estos años.

Yo me quedé estupefacta. Le pregunté qué estaba diciendo. Y ella se derrumbó. Se puso a llorar y entre lágrimas me contó que se había dado cuenta lo injusta que había sido conmigo desde siempre. No dejaba de repetir que yo no tenía la culpa. Intenté calmarla y ella gritó que la culpa había sido de mi padre. ¿Qué tenía que ver mi difunto padre en esta confesión?

Ella me contó que mi padre tuvo una aventura con una compañera de trabajo. Mi madre le perdonó. Sin embargo, a los pocos meses supieron que la otra mujer estaba embarazada. Para mayor desgracia, la mujer murió al dar a luz a una niña. Mi padre convenció a mi madre de que lo mejor sería adoptarla como si fuera hija de ambos. Ella se resistió al principio pero entendió que cualquier otra cosa hubiera sido peor. Sin embargo, mi madre nunca pudo mirar a esa niña como a su propia hija.

Mi padre murió pronto dejando a mi madre en una situación bastante precaria, con la obligación de cuidar de dos niñas pequeñas. La menor de ellas fue, para mi madre, siempre un recordatorio de todo lo malo que había sido mi padre con ella, de su infidelidad y hasta de su inoportuno y repentino fallecimiento. Mi madre no pudo perdonar de corazón a mi padre. Toda su ira y frustración la cargó contra esa pobre e inocente niña. La pobre creció sin entender el mundo, sin comprender la discriminación, sin poder saber por qué ella era diferente, por qué ella era peor que su hermana, por qué no hacía nada bien, por qué su madre no se portaba como una madre.

Cuando llegué al trabajo, mi jefe me iba a amonestar por llegar tarde, pero cuando vio mis ojos rojos, llenos de lágrimas, solo me lazó una tierna sonrisa y me dijo:

—Tranquila, porque sea lo que sea, pasará. Luego me cuentas…

Toda la mañana llorando no fue suficiente para desahogarme. Tenía ganas de llegar a casa y dar un abrazo a mi madre. Aunque fuera mi madre adoptiva, era mi madre. Aunque no hubiera sido una madre perfecta, era mi madre. Ella no era perfecta y también era una víctima.

Cuando llegué, me encontré a mi madre tendida en el suelo con convulsiones. Llamé a una ambulancia. Mientras llegaban, le puse una almohada en la cabeza y me tumbé con ella. Me abrazó y me pidió perdón de nuevo. Yo le dije que no se preocupara, que todo estaba perdonado. Y así, en mis brazos, murió.

La ambulancia no tardó, pero llegó tarde. La muerte se llevó a mi madre cuando más la sentía como madre, cuando más ganas tenía de estar con ella y de comprender su vida y su sufrimiento. Las lágrimas en mis ojos me sorprendieron, pues pocas semanas atrás estaba segura de que jamás lloraría por mi madre.

Como dijo el médico, un ictus es algo grave pero que abre puertas a lugares maravillosos. Gracias al ictus de mi madre pude comprender mi infancia, pude perdonar a mi madre y reconciliarme con ella. A veces juzgamos a los demás, a nuestros padres y nuestras madres, sin entender sus motivaciones, sin entender por lo que ellos han pasado. Por eso no es bueno juzgar, pero mejor que no juzgar es perdonar, por si acaso. Los errores suelen tener una explicación oculta.

♥ No te pierdas estas otras historias:

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s