Solo echamos de menos lo que perdemos

Desamor y amor están siempre uno al lado del otroConocí a Roberto en un curso de crecimiento personal organizado por el Teléfono de la Esperanza. El curso en realidad se divide en varias partes o módulos. Cada parte dura un fin de semana completo, durmiendo todos en alguna residencia. El primer módulo consiste en conocerse a uno mismo. “Menuda chorrada”, pensé yo al principio. Pero luego descubrí que en realidad no me conocía a mí mismo. En esa primera parte, Roberto y yo nos presentamos, pero no intimamos mucho. Recuerdo que me reía con sus chistes y su sentido del humor, a pesar de lo mal que lo estaba pasando. Sabía reírse de sí mismo.

El segundo módulo del curso consiste en una serie de actividades para crecimiento personal, para ser más felices, para vivir más plenamente. No puedo desvelar exactamente qué actividades se hacen, por si os animáis a hacer el curso. Nos piden que no desvelemos nada, para que tenga más efecto en los que se apunten al curso. Os recomiendo encarecidamente que lo hagáis. No hace milagros pero os gustará y seguramente empezaréis a ser más felices. A mí me funcionó y a Roberto, al final, también. Para hacer el curso tenéis que llamar al Teléfono de la Esperanza y preguntar allí. Organizan cursos en muchas ciudades.

El caso es que en ese segundo módulo del curso compartí habitación con Roberto y nos hicimos muy buenos amigos desvelándonos mutuamente secretos e intimidades. Una de las características del curso es que ofrece un entorno ideal para abrirse a los demás y contar los problemas personales de cada uno: esos problemas que uno no se atreve a contar a nadie. El problema de Roberto me sorprendió, pero comenzaré por el principio. Por supuesto, como ya habréis imaginado, Roberto no es su verdadero nombre y sí, sí me ha dado permiso personalmente para contarlo a mi manera.

Roberto y Toñi, enamorados

Roberto me contó que la historia de amor con su esposa Toñi fue vivamente romántica, al menos para él. Se conocieron en la cola de un cine mientras esperaban para ver la película The Full Monty, una película que está, dicho sea de paso, entre mis comedias favoritas. Es una película que te arrancará la risa, por mucho que la escondas. Pero volvamos a Roberto. Ese primer encuentro en la cola del cine fue, más bien, un encontronazo, porque Roberto le dio sin querer un codazo a Toñi en la nariz. Por lo visto, la cola no avanzaba y él estaba aburrido y no se le ocurrió otra cosa que levantar y estirar los brazos. Toñi sintió un fuerte dolor, se enfadó muchísimo y se salió de la cola malhumorada. Roberto, preocupado y visiblemente alterado, la siguió para ver qué le pasaba, pero ella y sus amigas le dijeron que estaba bien, que se fuera y las dejara en paz. El pobre Roberto pidió mil disculpas, hasta que uno de sus amigos lo rescató para meterlo otra vez en la cola, pues estaba ya haciendo el ridículo de tanto pedir perdón.

Roberto estaba abochornado y compungido, pero sus implacables amigos se cachondeaban de él preguntándole a quién se le ocurre estirarse en la cola de un cine. Por fin se sentaron en el cine y sus amigos cambiaron de tema de conversación, hasta que vieron entrar a Toñi y a sus amigas. Roberto quiso esconderse y agachó la cabeza como si se estuviera atando los cordones. Las chicas subieron las escaleras buscando su fila y, el azar romántico quiso que Toñi se sentara junto a Roberto sin haberlo reconocido. Cuando Roberto levantó su espalda y vio quién se había sentado a su derecha, solo se le ocurrió poner una sonrisa boba, levantar la mano y titubear:

—Hola, soy yo.

Los amigos de Roberto y las amigas de Toñi se partían de risa, mientras ellos parecían estar gritando: «¡Tierra trágame!». Los dos pensaron pedir a alguien que les cambiara el asiento pero no lo hicieron por pudor y porque, afortunadamente, la película empezó pronto. Con ella empezó también la auténtica historia de amor entre Roberto y Toñi. La película resultó especialmente graciosa para Toñi, que se reía incluso cuando nadie más en la sala lo hacía. Al parecer, la sala completa estaba más pendiente de Toñi que de la película y el culmen llegó con la escena en la que los protagonistas están ensayando su estriptis (sí, esa palabra está aceptada en español y viene de la palabra inglesa striptease). El caso es que Toñi estaba riéndose a carcajadas de una forma estridente y llamativa, hasta el punto que Roberto no pudo evitar reírse también, pero de la risa de Toñi, no de la película. Se miraron y a los dos les dio un ataque de risa que provocó airadas protestas en las filas de atrás.

Roberto me confesó que sus comienzos como pareja, fueron excelentes (algo nada raro, por otra parte, pues los comienzos suelen ser siempre maravillosos). A Roberto le gustaba hacer chistes, Toñi se reía a carcajadas por todo, y a Roberto le encantaba la risa de Toñi. Un circulo vicioso muy humorístico. Así se pasaron seis meses con dolor de barriga de tanto reír. No sé si eso es romanticismo, pero al menos es gracioso.

Cuando se les pasó el dolor de barriga, ellos siguieron riéndose, pero con más moderación, por prescripción médica. Seis meses después se fueron a vivir juntos y un tiempo después, se aburrían (según sus propias palabras) y decidieron casarse, por dar una fiesta. Roberto me confesó que en aquella época él estaba enamorado de Toñi “hasta los huesos”. Oír su risa le parecía música celestial, verla caminar le encantaba, disfrutaba cuando cocinaban juntos o cuando se acurrucaban en el sofá para ver una película o leer juntos algún libro (ambos el mismo o cada uno el suyo). A él le encantaba la personalidad cariñosa y sensible de Toñi. Y hasta adoptó de ella muchas costumbres, desde la forma de comer los espaguetis, con cuchara, hasta la costumbre de bajar siempre la tapa del váter al terminar. Ella era para Roberto la mejor persona que jamás había conocido. Según él, ambos hacían una estupenda pareja compenetrándose en todo. Así pasaron casi dos años, “idílicos”, según la etiqueta que le puso el propio Roberto.

Rocío Jurado tuvo razón

Tras ese tiempo, Roberto no sabía si Toñi empezó a cambiar, si fue él mismo el que empezó a cambiar o si fueron “las cosas” las que cambiaron. El amor se acaba, a veces. Como cantó Rocío Jurado: “Las cosas tan hermosas duran poco; jamás duró una flor dos primaveras“. Y así fue: una mañana gris, al abrazarse, al menos él sintió un crujido frío y seco. Él cerró los ojos y pensó: “se nos rompió el amor… de tanto usarlo”. Fue un sentimiento extraño, duro, desconcertante y bastante desagradable. Fue como si su corazón se hiciera piedra, según me desveló. Pero Roberto no tenía una explicación para eso. Tras un rato medio mareado y con la vista nublada, volvió en sí e intentó seguir su vida, como si nada hubiera pasado. Como podéis imaginar, fue imposible.

Toñi no debió sentir el “crujido frío y seco”, pues ella seguía, aparentemente igual de cariñosa, jovial y entregada a la relación. Roberto intentó pasar página y empezó a “actuar”, como si estuviera aún enamorado de ella. Al fin y al cabo, aún la quería y, sin duda, no quería hacerle daño. Roberto empezó cada vez a ser más infeliz, pero se contentaba con verla feliz a ella. No quería hacerle daño y, obsesionado con eso, pasaron los meses. Él accedía a casi todo lo que ella quería, pero por dentro él estaba amargado y amargándose cada vez más. Pensó mil veces en hablar con ella y confesar la verdad, pero no se atrevía. Se sentía un fraude, se sentía culpable pero… ¿era culpa suya?

Sus pensamientos se centraban en todo lo que había de diferente entre ambos. A él le encantaba ir al campo y caminar. Ella prefería sentarse en casa o, como mucho, en la playa. A él le gustaba ir a los pueblos pequeños y perderse en sus calles. Ella prefería ir de compras y perderse entre las tiendas. Ella exigía que la casa estuviera limpia, reluciente. Él prefería limpiar rápido y ponerse a leer un libro los sábados en vez de pasar toda la mañana limpiando. A ella le encantaban las sorpresas y a él le molestaban las sorpresas. A ella le gustaba planificar todo con sumo detalle y a él le gustaba vivir improvisando.

La depresión de Roberto

Sin duda, Roberto estaba psicológicamente mal cuando yo lo conocí. Se apuntó al curso para intentar salir de la depresión en la que él pensaba que estaba desde hacía casi un año. Y a pesar de todo, Toñi no se imaginaba nada, porque él era un estupendo actor y actuaba para ella como si siguiera tan enamorado como al principio. Él empezó a detestar su risa estridente y “de hiena”, pero seguía contándole chistes y riéndose con ella con naturalidad. Roberto pasó a odiar comerse los espaguetis con cuchara, pero seguía haciéndolo porque suponía que a ella le gustaba. Siempre que iba al váter quería dejar la tapa abierta a propósito, pero nunca se atrevió, por ella, y para evitar una discusión por tan absurdo motivo.

Tras el curso, Roberto y yo quedábamos muy de vez en cuando para tomar algo, ir a alguna exposición o jugar al pádel. Para Roberto, el pádel era lo único que le hacía olvidar su vida triste y oscura. Por eso, yo le invitaba siempre que podía para echar un partido en mi comunidad. Él nunca decía que no y tras el partido nos quedábamos un rato charlando con una cerveza o dos, para, como decía Roberto, reponer los kilos que habíamos perdido en el partido. En esos momentos, Roberto me ponía al día de su vida y compartíamos chistes, anécdotas y sugerencias.

Por supuesto, yo le aconsejé que hablara con ella, pero él se negaba rotundamente. Le insistí mil veces que tenía que hablar y exponer la situación abiertamente; y que la sinceridad es la mejor respuesta ante cualquier problema matrimonial. Pero me resultó imposible convencerlo. Él estaba convencido de que Toñi estaba fuertemente enamorada de él y que ella era muy sensible, hasta el punto de que cualquier insinuación de que él ya no la quería como al principio haría llorar a Toñi hasta entrar en depresión. Él no quería hacerle daño por nada del mundo y prefería dejar las cosas tan mal como estaban (al menos para él).

Jamás he visto a nadie sufrir tanto por amor como Roberto. ¿O debería decir por desamor? Él debía de querer mucho a Toñi para abstenerse de decirle la verdad.

La otra cara de Roberto

Cierto día, Toñi se pasó a recoger a Roberto tras uno de nuestros partidos. Estuvimos los tres tomando algo en un bar y pude ser testigo de la transformación de Roberto. Con Toñi presente, Roberto se transformaba. Su aspecto triste y deprimido se volvía alegre y risueño. Sus chistes ganaban en realismo y eran mucho más graciosos. Sus hombros, normalmente caídos, se volvían fuertes y vigorosos. Su mirada parecía vibrar y relucir, especialmente cuando la miraba a ella. En realidad, su actuación era tan auténtica que yo llegué a pensar que en realidad Roberto me estaba engañando a mí cuando Toñi no estaba, y que se había inventado ese rollo de la depresión por algún extraño motivo.

El caso de Roberto era, en mi opinión, digno de estudio psicológico. Pero él tampoco quería ir a ningún psicólogo. Se había obligado a sí mismo a hacer el curso de crecimiento personal para ver si encontraba alguna solución, pero tras el curso su pena se agravó inicialmente, porque fue aún más consciente de la incoherencia con la que estaba viviendo su vida.

Toñi, por su parte, parecía una mujer muy normal. Era guapa, atractiva, y de conversación elegante e inteligente. Me pareció sensible con los problemas sociales, con las injusticias del mundo y con el sufrimiento animal. Además, para que no queden dudas os diré que, efectivamente, tenía una risa “de hiena” característica.

Pasaban los meses y Roberto no levantaba cabeza. Yo, que no soy psicólogo, me limitaba a escucharle y a repetirle que tenía que hablar con ella. Por su parte, él no se cansaba de repetirme el porqué no quería decirle nada a ella.

Para resolver el problema se me ocurrió una idea brillante. Teníamos que quedar varias veces los tres juntos y, en cierta ocasión, por algún motivo, Roberto fallaría y nos quedaríamos ella y yo solos. Yo intentaría hablar con ella, a solas, para incitarle a que ella me contara algo de la relación, pero sobretodo, podría intentar seducirla, de forma que la ruptura de esa relación tan paranormal fuera más sencilla, si ella accedía. Por supuesto, Roberto también se negó a llevar a cabo un plan tan ingenioso. Yo continuaría con mi magnífica soledad pues, desde luego, yo no iba a intentar realizar el plan sin su consentimiento. A Roberto solo le quedaba una alternativa: sufrir.

Por fin

Por fin, no muchas semanas después, ante mi insistencia, Roberto se decidió a hablar con Toñi. Le dijo que se sentara y le comentó sutilmente que él quería hacer cosas que con ella no podía hacer: que él deseaba ir al campo y caminar, hacer el Camino de Santiago y la vía de la Plata, conocer los pueblos pequeños aunque no tengan nada que ver, andar sin rumbo y perderse en sus calles. También le confesó que aborrecía ir de compras y que solo iba porque ella se lo pedía, y que él quería limpiar menos y leer más, pues no necesitaba tanta limpieza en la casa. No le dijo nada de su risa, pero sí le espetó que quería dejar la tapa del váter subida sin que ello fuera un drama para nadie.

Me hubiera gustado ver la cara de la pobre Toñi, que sin duda se quedaría perpleja. Sin embargo, estoy seguro que más perplejo se quedó Roberto cuando escuchó la respuesta de Toñi. Ella corroboró que la relación había perdido “chispa” y que ella también quería hacer cosas que no hacía porque sabía que a él no le gustaban.

Hechas estas confesiones solo quedaba disolver el matrimonio, cosa que hicieron en un tiempo récord, pues ambos estaban conformes con todo lo que el otro les pedía. La casa, que habían comprado a medias, se la quedaría Toñi haciéndose cargo ella de la hipoteca completamente. Ella accedió a pagarle todo lo que él había pagado, pero cuando pudiera. Roberto, con su generosidad, le dijo que no había prisa.

Podéis imaginaros que Roberto se vino a vivir a mi piso hasta que encontrara algo mejor, pero los días se hicieron semanas y las semanas meses.

Roberto aventuras

Como compañero de piso, Roberto era fantástico, sobre todo porque apenas estaba. Siempre estaba fuera de casa en exposiciones, museos, viajes a pueblos, excursiones a todos los montes de la región y a todos los ríos y nacimientos. Hablaba de los nacimientos y parecía estar hablando del nacimiento de su propio hijo, pues se emocionaba contando cómo brotaba el agua de esta o de aquella forma. Tal era su actividad frenética que yo le puse de sobrenombre “Roberto aventuras”, porque siempre estaba contando lo que había hecho y lo que estaba planeando hacer en su siguiente aventura.

Para que no os quedéis intrigados, os diré que Roberto nunca bajaba la tapa del váter, pero jamás discutimos por eso. Tampoco usaba la cuchara para comer espaguetis. Se había liberado de muchas reglas que no eran suyas y entonces parecía ser más auténtico, más maduro, más centrado… más feliz.

Aquel verano juntó todas sus vacaciones para hacer el Camino de Santiago, desde la localidad francesa de Saint Jean Pied de Port (San Juan Pie de Puerto, en español), que está detrás de los Pirineos, exactamente a 25,7 kilómetros de Roncesvalles, ya en España. Me hubiera gustado acompañarlo, pero él me aclaró que quería hacerlo solo, pues era un viaje para “encontrarse a sí mismo”. Para ello, recorrió en solitario los 781 km. hasta Santiago. Yo hablaba con él cada 5 ó 6 días y le preguntaba si ya se había encontrado, pues si no se encontraba, yo siempre podría decirle dónde estaba. Él se reía y me contaba un chiste.

Yo no sé si finalmente se encontró a sí mismo o no, pero tras el Camino de Santiago algo cambió en él. No sé bien cómo describirlo, pero tal vez estaba más ensimismado, más serio, más tranquilo, más afable aún si cabe y también, más dialogante, aunque menos hablador. Yo no me atrevía a preguntarle qué le pasaba. Cuando hablábamos se quedaba de repente en silencio y yo me quedaba mirándolo, preguntándole con los ojos. Él desviaba la mirada sistemáticamente, hasta que, a los pocos días, me lo confesó:

—Echo de menos a Toñi. Tenía muchas ganas de hacer muchas cosas pero me he dado cuenta de que solo quiero hacerlas con ella. Sin ella, no quiero hacer nada —sentenció mientras se limpiaba las lágrimas con el puño.

Mi consejo fue el mismo que cuando lo estaba pasando mal: “Habla con ella”.

Roberto siguió mi consejo y, curiosamente, ella también lo echaba de menos. Decidieron volver a vivir juntos, pero intentando darse mayor libertad mutuamente. Toñi se comprometió a hacer, de vez en cuando, algunas de las cosas que le gustaban a Roberto, y él se comprometió a seguir cuidándola, complaciéndola y a seguir contándole chistes para oír su “celestial” risa.

Yo volví a quedarme solo. Otra vez. Ya lo estaba echando de menos, porque solo echamos de menos lo que perdemos.

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