La violación de una niña tiene consecuencias (parte 2/2): La historia de Marco Antonio

Marco Antonio fue un político romano del que recibe el nombre el personaje de este relato. La primera parte de este relato está inspirado en la historia real de Wendy, cuya historia se cuenta en el documental "Detrás del Muro" de Save The Children, presentado por el periodista Gonzo. Haz click en la foto para leer más y para ayudar a la auténtica Wendy y a más gente.
Marco Antonio fue un político romano del que recibe el nombre el personaje de este relato. La primera parte de este relato está inspirado en la historia real de Wendy, cuya historia se cuenta en el documental “Detrás del Muro” de Save The Children, presentado por el periodista Gonzo. Haz click en la foto para leer más y para ayudar a la auténtica Wendy y a más gente.

Conociendo a Marco Antonio

Marco Antonio era un empleado de la construcción “multifunción”, como a él le gustaba que lo llamaran. Lo mismo levantaba un muro que arreglaba una cisterna o instalaba un panel solar para agua caliente sanitaria o incluso fotovoltaico. Marco Antonio era de esa gente que era un manitas o un chapuzas, según se mire, pero lo cierto es que la vida no le había tratado bien a pesar de sus habilidades. Aunque nunca se pasaba hambre en su hogar, los periodos de trabajo siempre eran intermitentes y a veces incluso llegaba a pasar sin trabajar varios meses, apurando los ahorros y mendigando chapuzas para poder cobrar algo de dinero, aunque fuera negro.

La esposa de Marco Antonio se llamaba Guadalupe, y era una persona presumida y coqueta, pero también inestable y con multitud de problemas de salud, físicos y psicológicos. Dada su personalidad, a ratos alegre y extrovertida, encontraba trabajo muy fácilmente, pero le resultaba imposible mantenerlo más de unos cuantos meses. Su personalidad ciclotímica le complicaba llevar una vida laboral normal y los diversos psiquiatras que la habían visto solo le mandaban pastillas que, según ella, solo servían para dormir y morir, mientras que ella quería sentir y vivir.

La ciclotímia de Guadalupe hacía que cambiara súbitamente de humor entre dos estados: hipomanía y depresión. En estado de hipomanía, Guadalupe apenas dormía y estaba eufórica. En esos momentos su creatividad y su fuerza de trabajo parecían sobrehumanas, era encantadora y transmitía una fuerza que enamoraba a todos. Por otra parte, esos momentos de hiperactividad se alternaban con momentos de depresión y ansiedad. Entonces, Guadalupe era una persona difícil de tratar, conflictiva y áspera. Cualquier cosa lo consideraba como un ataque y solo la soportaba su marido, Marco Antonio, con una paciencia que algunos habían descrito “como la de un santo”.

En los periodos de tiempo en los que Marco Antonio tenía trabajo, en su casa no había grandes problemas. En esos momentos, si Guadalupe estaba en un buen momento era una esposa cariñosa, atenta, y amorosa, y si estaba en un momento malo, se encerraba en su cuarto y se dejaba cuidar por su marido. Los problemas llegaban cuando Marco Antonio enlazaba varios meses sin trabajar. Él se desesperaba, comía, engordaba y ella entraba en modo pánico preocupada por el devenir. Si estaba en un buen momento salía de casa a buscar trabajo desesperada y hacía lo que fuera para encontrarlo, incluyendo ser infiel a Marco Antonio, el cual no soportaba enterarse, pero ella no podía contener echárselo en cara a la menor discusión. Cuando Marco Antonio estaba sin trabajo y Guadalupe estaba en modo depresivo, la situación era aún peor: las discusiones eran constantes y los reproches eran duros y sin tregua. Guadalupe incluso se inventaba sus amantes, solo para enfurecer a su marido aún más. Los vecinos sabían que se amaban y se habían habituado a que en ciertas épocas, las discusiones eran atronadoras. Algunos vecinos escuchaban los gritos con la normalidad del que ve la luna llena. Otros, consideraron llamar a la policía, pero nunca lo hicieron.

Marco Aurelio fue emperador del Imperio romano, el último de los llamados Cinco Buenos Emperadores. Es un gran representante de la filosofía estoica.
Marco Aurelio fue emperador del Imperio romano, el último de los llamados Cinco Buenos Emperadores. Es un gran representante de la filosofía estoica.

El padre de Marco Antonio fue profesor de filosofía en un colegio de un barrio marginal de Ciudad de México. Su padre adoraba la filosofía estoica de Marco Aurelio y de Epícteto, hasta el punto de querer ponerle a su único hijo el nombre de Marco Aurelio. A la madre le pareció un nombre cursi, por lo que él aceptó ponerle el nombre de otro romano, Marco Antonio, y se contentó con enseñar a su hijo lo que pudo sobre la filosofía estoica que tanto le apasionaba. Le enseñó la importancia de vivir austeramente, el don de ver que la adversidad no es una desgracia, el arte de aceptar la tragedia con entereza… y una frase de Marco Aurelio que Marco Antonio se repetía una y otra vez mentalmente: «Acuérdate también de esto siempre; para vivir felizmente basta con muy poco».

Sin embargo, aunque el filósofo y emperador Marco Aurelio era admirado por el padre de Marco Antonio, lo cierto es que su filosofía no entró de lleno en su corazón. Por eso, cuando su esposa murió de cáncer de pulmón (por la contaminación según los médicos), él no pudo soportarlo. Se intentó encargar en solitario de la educación y cuidados de Marco Antonio, que entonces tenía unos diez años. Sin embargo, su humor fue degenerando a la vez que se entregaba al alcohol, principalmente tequila cuando tenía la posibilidad de escoger. Cuando Marco Antonio cumplió quince años, ya había soportado suficientes palizas y borracheras de su padre, abandonó los estudios y se fue a vivir con sus tíos trabajando en su modesta ferretería de barrio situada en el lado contrario de la megaurbe. Allí fue olvidando a su padre y aprendiendo el nombre de las herramientas y cómo usarlas. Empezó encargándose de arreglos pequeños, y poco a poco fue ganando experiencia y habilidad en arreglos mayores.

Marco Antonio conoció a Guadalupe precisamente en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, patrona de todo México. El joven Marco Antonio quedó tan embelesado que no dudó un momento en casarse cuando y como ella quiso. También aceptó mudarse a vivir a la ciudad natal de ella, Tapachula, en el estado sureño de Chiapas, aunque ninguno de los dos tenía entonces forma de ganarse la vida. Marco Antonio era bastante optimista. Ese optimismo, junto con el estoicismo inculcado por su padre, hacían que él tendiera a pensar que todo saldría bien y que si no salía bien, tampoco importaba tanto. Para él era fácil prescindir de las comodidades.

Afortunadamente, ella tenía una casa heredada de sus padres y decidieron arreglarla con el dinero de sus primeros salarios. La casa tenía una planta, dos dormitorios y una escalera que subía a la terraza superior, un sitio ideal para tomar el sol, hacer fiestas o tender la ropa. Toda la casa estaba bastante ruinosa, pero Marco Antonio se encargó de arreglarla: paredes, escaleras, fontanería y electricidad fueron acondicionadas con esmero y con paciencia. La tapachulteca Guadalupe quiso encargarse de la decoración interior de la casa y de la pintura exterior, de color celeste, su color favorito.

Los años pasaron. Marco Antonio y Guadalupe ganaron algunas arrugas, mientras la casa celeste iba desconchándose poco a poco. “Necesita una mano de pintura, pero ahora no podemos pagarlo”, solía decir Guadalupe. Ellos no eran felices, pero estaban inmersos en una especie de monotonía que sabían cómo mantenerla y soportaban que se mantuviera. Durante todos estos años, los momentos de cordialidad y cariño se alternaban con momentos de discusiones, gritos y reproches continuos. Pensaron mil veces en separarse, pero ninguno dijo nunca al otro una palabra al respecto, pues se habían acostumbrado a los problemas que tenía su convivencia.

Marco Antonio sabía la enfermedad de Guadalupe y, cuando podía controlarse, la cuidaba con mimo y comprensión, pero cuando él estaba mal y sin trabajo, entonces no soportaba que su mujer le insultara y le echara en cara que era un vago, que estaba engordando y que no era bueno en la cama. Para sacarlo de sus casillas, ella le revelaba que tenía relaciones extramatrimoniales con distintos hombres según la ocasión. Él entonces estallaba, gritaba insultos, rompía cosas y se encerraba en su habitación, pero no le pegaba, incluso aunque hubiera bebido algo. Marco Antonio no solía beber, pues le recordaba a su padre, pero en ciertas ocasiones, se juntaba con unos amigos y se dejaba llevar. También tenía escondida una botella de Tequila en la cisterna del váter, que solo usaba cuando ya no soportaba más a Guadalupe y decidía emborracharse rápido y acostarse.

Tras los momentos de tensión marital, llegaba la calma y todo volvía a ser paz y gloria. Se pedían perdón, se hacían arrumacos y se les veía tan enamorados que los vecinos no entendían bien qué les había pasado para un cambio tan repentino. Pero salvo que alguno de ellos tuviera trabajo, especialmente Marco Antonio, el equilibrio era altamente inestable.

Pesadilla en Tapachula

Cierto día, la discusión fue descomunal, hasta el punto de que ella decidió encerrarse en su cuarto y tomarse más pastillas antidepresivas de las que el médico le había recomendado. Marco Antonio salió huyendo de la casa y estuvo con sus amigos, criticando a Guadalupe y al gobierno, a partes iguales, y bebiendo cerveza y tequila, también al cincuenta por ciento.

Era ya tarde cuando Marco Antonio volvía a su casa sin ganas de encontrarse allí con Guadalupe, pues seguía profundamente enfadado con ella, y no quería aguantar la bronca por haber bebido. “Con suerte estará drogada con sus pastillas”, rumió él.

Estaba llegando a su casa cuando escuchó los llantos de alguien. Se volvió y tuvo que girar varias veces sobre sí mismo para advertir que el sonido venía de una niña de unos 15 años, tirada en el suelo, medio desnuda. Él se apresuró a preguntarle qué le pasaba, y la niña le contó que una banda de adolescentes le había atracado con grandes machetes. Le habían golpeado y le habían robado todo lo de valor que tenía: el teléfono, el poco dinero que había ahorrado y hasta sus zapatos, sus pantalones y su collar de la suerte. La niña no dejaba de llorar diciendo que ahora no podría hablar con sus familiares porque no se sabía los números de teléfono.

Marco Antonio trató de calmarla preguntándole su nombre mientras intentaba disimular su borrachera. Se llamaba Wendy. Ella le contó que había huido de Honduras y que quería llegar a Estados Unidos. Marco Antonio no estaba para pensar mucho y decidió que lo mejor sería llevarla a su casa, pues Guadalupe sabría mejor qué hacer. Al llegar a la casa constató que Guadalupe estaba profundamente dormida. Intentó despertarla sin éxito. Y con un gesto de desprecio dijo: “Nunca estás cuando más falta haces, pero para tus ligoteos siempre estás”.

Marco Antonio fue a la cocina y vio un vaso de jugo de frutas ya servido, por lo que decidió dárselo a Wendy. La chica lo aceptó sin dudar pues estaba sedienta. El hombre le preguntó a Wendy si tenía alguna herida, pero solo tenía algunas rozaduras, tal vez de haberse caído al suelo. Marco Antonio no sabía qué hacer y decidió echar un trago de la botella que tenía escondida en la cisterna del váter, mientras buscaba algo para desinfectar las rozaduras. Bebiendo, se le ocurrió que debía buscar ropa de Guadalupe que pudiera servirle a la niña, al menos unos pantalones. “Wendy, voy a buscar ropa para ti”, gritó desde el servicio mientras escondía otra vez la botella.

Pasados demasiados minutos, Marco Antonio volvió con la ropa al salón pero la niña estaba dormida en el sofá. Al verla dormir, intentó despertarla tal y como había intentado minutos antes con Guadalupe, pero la niña estaba tan profundamente dormida que no despertaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el zumo de la cocina podría tener algún medicamento para dormir de Guadalupe. Por fortuna, Guadalupe olvidó tomarse ese zumo, pues la dosis habría sido letal casi con total seguridad.

Marco Antonio decidió dejar a la niña durmiendo e irse a la cama, pero seguía enfadado con su mujer que dormía plácidamente y no quería acostarse con ella. Mientras cavilaba qué hacer se quedó mirando a Wendy y fue entonces cuando se turbó al pensar que era una chica joven, guapa, delgada, de no mucha altura, dormida y en braguitas. Se le pasaron todo tipo de ideas por la cabeza, pero él las desterró y decidió ir al servicio a por otro trago de la botella secreta. Mientras bebía, recordó las infidelidades que Guadalupe le había desembuchado unas cuantas horas antes. Cuando volvió al salón, la chica seguía durmiendo y se había estirado. No pudo resistir la tentación de quitarle las braguitas, solo para verla, pero una cosa llevó a la siguiente y cuando quiso ver, estaba literalmente violando a la pobre chiquilla. La chica entreabrió los ojos pero apenas se resistió, pues estaba muy débil. Pronto, él terminó y se quedó medio dormido de la borrachera encima de ella.

De repente, la chica despertó, reunió fuerzas, le pegó un puñetazo y girándose en el sofá, él cayó al suelo golpeándose la cabeza con la mesa. Ella se levantó y tambaleándose salió corriendo, desnuda y tropezando con el escalón de granito rosa. Marco Antonio intentó detenerla tal vez para darle la ropa, tal vez para pedirle perdón, o tal vez para ambas cosas, pero resultó imposible. La oyó gritar por la calle alejándose. Pero pronto volvió el silencio de la noche y él no escuchó nada más. Intentó levantarse, pero el cansancio, la borrachera y el golpe se lo impidieron. Quedó atrapado en el suelo y le invadió un profundo sueño.

Es duro aguantar tu propia conciencia estoica

A la mañana siguiente Marco Antonio se despertó antes que Guadalupe. Cerró la puerta de la calle que había quedado abierta y recordó todo lo que había ocurrido. Estaba perplejo, cabreado, preocupado, aturdido, dolorido… jamás se había encontrado así. Su respiración estaba alterada. Se vistió pensando en ir a la policía y cuando iba a salir por la puerta, advirtió que Guadalupe se había levantado y que estaba en muy malas condiciones. “Ayer me quise morir” confesó ella. “Hoy quiero morirme” admitió él. Pero ella le abrazó y le pidió que le hiciera algo rico de comer, que estaba muerta de hambre y que era incapaz de tenerse en pie, lo cual era cierto, pues se colgó de sus hombros y casi se desmayó. Él se vio obligado a llevarla a la cama y prometerle algo de comer.

Sintió, tal vez como excusa, que no podía dejar a su mujer en el estado en el que estaba. Cocinó para ella y la cuidó y en dos días ya se sentía mejor. Miraba las noticias por si salía algo del suceso, pero él no vio nada. La idea de ir a la policía fue madurando, pero cada vez que se decidía, recordaba que para Guadalupe sería imposible vivir sin él. Si él iba a la cárcel, nadie cuidaría de Guadalupe y en un momento de depresión se suicidaría, o se dejaría morir de hambre o de cualquier enfermedad. No podía permitir eso, pero tampoco soportaba la idea de ser un violador. No entendía cómo había sido capaz de algo así. Él nunca había pegado a ninguna mujer, ni hombre, y solo se había peleado, demasiadas veces eso sí, con su padre borracho, pero más para intentar esquivar los golpes que intentando hacer daño a su propio padre.

Para Marco Antonio había sido como traicionar sin compasión sus ideales estoicos. Recordó lo único bueno que, a su juicio, le había enseñado su padre, un poco de filosofía estoica. En su mente, escuchaba lo que su padre tantas veces le repitió: “Marco Antonio, el sabio debe librarse de sus pasiones y vivir conforme a la razón”, “Marco Antonio, el sabio debe aprender autocontrol ante el dolor y ante el placer”, “Marco Antonio, el sabio debe alcanzar la impasibilidad y la imperturbabilidad, la apatheia y la ataraxia“, “Marco Antonio, recuerda estas dos palabras apatheia y ataraxia“.

Marco Antonio sabía que la apatheia es la raíz de la palabra “apatía”, pero mientras la apatía tiene una connotación negativa, la apatheia es positiva porque implica la apatía o indiferencia pero solo ante las cosas que nos alteran emocionalmente. Su padre le había explicado que el sabio no se deja alterar por lo que ocurre a su alrededor, ya que las cosas externas están fuera de su control. No tiene sentido dejarse alterar por esas cosas externas independientemente de que sean positivas o negativas bajo nuestro punto de vista particular.

A pesar de sus pocos estudios, él también conocía bien el significado de ataraxia, esa tranquilidad o equilibrio mental que se consigue eliminando los miedos, las pasiones y los deseos. Su padre le había hablado poco del budismo, del taoísmo y menos aún del hinduismo, pero sí le había dicho que esas tres religiones asiáticas también sostienen que hay que librarse de los deseos, porque los deseos son el origen de la infelicidad y del dolor.

Marco Antonio quedó abatido y cayó en un estado de ensimismamiento que Guadalupe no entendía. Ella salía a trabajar de lo que fuera: limpiando, cuidando niños o enfermos, echando horas en algún comercio o trabajando en el campo. Mientras, Marco Antonio apenas comía y ni siquiera aceptaba los arreglos que le salían. Guadalupe no lograba sacarle el porqué y entretanto sus episodios de depresión se acentuaban. Cuando ella caía en depresión, Marco Antonio la cuidaba con cariño, aunque tal vez él necesitara los cuidados más aún.

A veces, Marco Antonio se golpeaba a sí mismo de rabia y se infringía heridas. Se imaginaba que la policía lo interrogaba sobre el origen de esas misteriosas heridas. Marco Antonio estaba tan triste y tan extraño que Guadalupe se volvió más compasiva y comprensiva cuando estaba de buenas. Ambos compartían sus pastillas de ella, sin prescripción médica alguna.

Un mes después del incidente aproximadamente, tras mucho insistir, Marco Antonio se derrumbó. Ya no aguantaba más. Guadalupe consiguió que le contara lo que le había ocurrido. Escuchando su relato, ella quedó atónita. Sin palabras. Consideró que era una broma de mal gusto. Cuando digirió la noticia, su perplejidad mutó a rabia y luego a tristeza. Era obvio que él estaba arrepentido pero… ¿puede haber perdón sin castigo? ¿Puede haber justicia solo con el arrepentimiento? Ambos consideraban que no. Tampoco tenían claro de qué serviría ir a la policía a confesar un delito del que no hay denuncia y del que la víctima era una desconocida difícil de localizar. Posiblemente ya estaría en Estados Unidos, o se habría vuelto a su país.

Dando vueltas por la casa, Marco Antonio encontró el libro Meditaciones, de Marco Aurelio. Eso era lo único físico que le quedaba de su padre y representaba cómo quería recordarle. Lo abrió por una página al azar y leyó algo: «No actúes en la idea de que vas a vivir diez mil años. La necesidad ineludible pende sobre ti. Mientras vives, mientras es posible, sé virtuoso».

“Marco Aurelio tiene muchas frases célebres, y siempre tiene razón”, pensó Marco Antonio cerrando el libro. «Sé virtuoso», «sé virtuoso»… resonaban en su cabeza como único medio de redimirse y de alcanzar su ataraxia.

Ahorrar para redimirse

Transcurrieron unos cuantos días duros para la pareja, pero en cambio tal vez habían sido los días en los que ambos habían estado más unidos desde hacía años. Sin embargo, estaban sobrepasados por la situación, hasta el punto de barajar suicidarse ambos, pues si algo tenía claro Guadalupe es que ella no soportaría perderlo a él. Ante esta indecisión, Guadalupe halló una solución. La idea era simple. Trabajar duro para ahorrar suficiente dinero como para compensar el daño causado. Tenían que encontrar la forma de encontrar a Wendy, pero antes, tenían que ahorrar.

La idea podía parecer bastante descabellada, sin mucho futuro, pero lo cierto es que al menos tuvo un efecto bastante positivo en ambos. El objetivo de conseguir ahorrar los unió y ambos se mostraban bastante abiertos a trabajar en lo que fuera saliendo y así, además, estaban entretenidos y con la cabeza ocupada. También dejaron de gastar dinero en cosas superfluas, como alcohol, cervezas o bebidas ultra-azucaradas. Marco Antonio tiró la botella escondida en la cisterna, pues le recordaba aquel tétrico “incidente”, como le solían llamar, pues la palabra “violación” era tabú.

La pareja estuvo ahorrando durante varios años, sin saber muy bien cómo encontrar a una tal Wendy, pero eso no les preocupaba. Ambos estaban unidos por un objetivo común y eso les hacía sentirse mejor, hasta el punto de que los episodios de depresión de Guadalupe fueron disminuyendo. Posiblemente también influyó el dejar de tomar todo tipo de alcohol y pasar a beber exclusivamente agua del grifo. Marco Antonio dejó de ver a sus amigos y, cuando se los encontraba, les daba largas y les decía que estaba trabajando mucho y que llegaba muy cansado a casa.

El jubiloso plan

“¿Cómo conseguiremos encontrar a Wendy y entregarle el dinero, evitando que ella pudiera tomar represalias?” Eso era algo que le obsesionaba a la pareja. Conseguirlo no era simple, pero ellos tampoco lo pensaron mucho. El único plan que se les ocurrió era hacer la ruta de los migrantes desde Tapachula a Estados Unidos, e ir preguntando en los distintos sitios de paso: a la gente, en los albergues… y todo sin llamar mucho la atención.

Marco Antonio buscó a un dibujante para que hiciera un retrato robot de Wendy, tal y como él la recordaba. Su memoria era muy borrosa, pero algunos aspectos de ella no podía quitárselos de su mente: sus ojos, sus labios, su pelo… y sus gritos. También le encargó al dibujante que imaginara cómo sería esa niña transcurridos al menos unos 5 años. Era complicado acertar con la cara real de Wendy, pero al menos tendrían algo físico para preguntar por los sitios por donde pasaran.

Cuando examinaron la ruta vieron que hasta Ciudad de México, más o menos, los migrantes siguen la misma ruta, pero luego las rutas se dividen, por los menos en tres principales. Una va hacia el Oeste, hacia la ciudad de San Diego en la costa de California, otra va hacia el centro de Estados Unidos, hacia la ciudad de El Paso al Oeste de Texas, y una tercera ruta va hacia el Este de Texas, dirigiéndose hacia la ciudad de Sonora.

Sabían que no iba a ser fácil encontrar a Wendy, pero tenían que intentarlo. El plan era recorrer esas tres rutas e incluso entrar en Estados Unidos si hacía falta para preguntar al otro lado de la frontera. Para ello, se enteraron de los trámites que necesitan los mexicanos para entrar en Estados Unidos, buscaron mapas y fueron haciendo una lista de lugares donde los migrantes suelen parar o donde encuentran centros que los ayudan. Si no encontraban a Wendy en ese trayecto, el plan B era buscar en la ruta hacia el sur, hacia su país natal, Honduras

Pero para todo eso necesitaban ahorrar bastante dinero y dedicar bastante tiempo. Por eso, a este plan le llamaban “las vacaciones”. Una pareja que jamás había podido irse de vacaciones, ahora estaba planificando ahorrar para un viaje en busca de una persona desconocida a la que le darían todo el dinero que no se hubieran gastado en la búsqueda.

Mejor no hacerlo

Durante varios años, apenas hablaron de “las vacaciones”, pero ambos sabían que era algo que tenían que hacer para liberar a Marco Antonio de su carga mental.

Marco Antonio no dormía bien por las noches y Guadalupe dormía gracias a los somníferos. En el fondo ella también se sentía culpable, porque no había tratado a Marco Antonio tan bien como él se merecía después de lo bien que él siempre se había portado con ella.

Cierto día, Marco Antonio sacó el tema de “las vacaciones” para expresarle sus últimas averiguaciones y cómo había decidido dividir las rutas en tramos de 100 ó 200 kilómetros aproximadamente. Buscar un hotel por la zona y quedarse allí 2 ó 3 días para preguntar por todos los puntos cercanos a ese lugar. Escudriñar cada ruta palmo a palmo era sencillamente imposible. Necesitarían demasiado tiempo y tampoco podían gastar mucho dinero si querían entregar a Wendy una cantidad razonable.

Pero hablando de “las vacaciones”, Guadalupe opinó que tal vez Wendy lo reconociera al verlo y que, entonces, lo denunciaría. Era demasiado arriesgado y ella no quería correr el riesgo de perder a su marido. Su miedo era tal que intentó disuadir a Marco Antonio de tan disparatado plan. Pensándolo bien era absurdo intentar encontrar a Wendy. Ella podría estar en cualquier lugar del mundo. Tal vez había vuelto a su lugar de origen. Tal vez había conseguido entrar en Estados Unidos, tal vez había llegado a Nueva York, como tantos otros migrantes, buscando trabajo desesperadamente, o a Canadá. Tal vez se había asentado en México, o había conseguido ayuda para saltar a España en su búsqueda de una vida digna.

Guadalupe también intentó convencer a su marido para irse de vacaciones, pero de verdad, aunque solo fuera una semana. Le propuso donar el resto del dinero ahorrado a alguna ONG humanitaria… por ejemplo a una de las que ayudan a los migrantes. Los argumentos de Guadalupe eran sólidos pero apenas hicieron dudar a Marco Antonio. Lo único que él aducía es que se sentía obligado a intentarlo y que tendría que disfrazarse para evitar que pudiera reconocerlo. Por lo pronto, se dejaría el bigote al estilo mexicano. Pero en el fondo de su corazón, él quería que lo reconociera, para poder pedirle perdón. Pedir perdón tiene un efecto liberador mucho mayor que cualquier castigo.

Marco Antonio no temía que lo denunciara y que tuviera que ir a la cárcel. De hecho, una parte de él quería ir a la cárcel porque sabía que era eso lo que se merecía. Sin embargo, había muchas preguntas que rondaban en su cabeza: ¿es la cárcel solo un castigo? ¿o el objetivo de las cárceles es proteger a la sociedad y reinsertar a los delincuentes? Él se consideraba a sí mismo una buena persona que había fallado gravemente, pero ¿debía la sociedad protegerse de él? ¿necesitaba él ser reeducado para que no fuera un peligro? Él hubiera agradecido ir a la cárcel, porque eso hubiera acabado con sus remordimientos, pero Guadalupe no se merecía la soledad, que para ella supondría una condena a muerte.

“Las vacaciones”

Los días y los meses pasaron, hasta que ambos decidieron que era el momento de tomarse esas extrañas “vacaciones”. No habían conseguido tanto dinero como hubieran deseado, pero era suficiente para explorar las tres rutas, aunque tendrían que saltarse algunas de las paradas que habían planificado inicialmente, especialmente las de las primeras etapas.

Hicieron las maletas y las cargaron en un coche de tercera o cuarta mano que habían comprado expresamente para “las vacaciones”. Era un coche viejo, pero estaba bien de motor y tenía los asientos cómodos, pues ambos habían acordado dormir en el coche algunos días, cuando no fuera fácil encontrar un alojamiento a precio decente.

Salieron de la ciudad en dirección a Pijijiapan, el destino de su primer día de búsqueda. Este primer día se lo tomaron con un poco de calma, pues les daba un poco vergüenza andar preguntando por una mujer hondureña llamada Wendy, que tenía un aspecto parecido al de los dos retratos robots que llevaban. No obstante, cuando veían un grupo de migrantes suficientemente numeroso, paraban y les preguntaban.

Dejaron a su izquierda la reserva natural de La Encrucijada, en la costa pacífica, y pronto llegaron a Pijijiapan. Allí pasearon y decidieron tomar algo en un extraño bar sin mesas ni cartel, cuya camarera les recomendó visitar el Estero Costa Azul Chocohuital, un humedal cercano. A Marco Antonio se le escapó decir que no estaban de turismo y Guadalupe le pegó con el codo diciéndole en voz baja que sí estaban de “vacaciones”. Antes de irse del garito, preguntaron a la camarera si había visto a Wendy. Ella les arrebató la foto y la paseó por los cuatro clientes del local, pero nadie sabia nada. Lo único que consiguieron arrancarle a la propia camarera fue un “me suena su cara, pero por aquí pasa mucha gente”.

No obstante, a ellos no les extrañó no haber conseguido ningún dato en el primer día. Ellos suponían que Wendy no podía estar cerca de Tapachula. De hecho, ellos no querían que estuviera cerca de Tapachula. Y con la seguridad de que ello era así, llegaron a Ciudad de México en tres días, sin preguntar demasiado. Guadalupe estaba disfrutando el viaje, pero Marco Antonio tenía claro que no estaban buscando bien, aunque su esposa le tranquilizaba diciéndole que buscarían con más intensidad a partir de Ciudad de México.

En Ciudad de México visitaron algunos de sus monumentos, como la catedral. Tampoco rehusaron visitar a los tíos de Marco Antonio, e inspeccionaron, por supuesto, los lugares en los que los migrantes suelen juntarse. Allí vieron la miseria por la que estaban pasando y la felicidad que tenían, a pesar de todo. Ante la pobreza y necesidad que estaban viendo, ambos se sintieron obligados a dedicar parte del dinero ahorrado para “las vacaciones”. Compraron comida y durante unos días colaboraron con organizaciones que ofrecían ayuda a los más desfavorecidos de la ciudad.

Pero no olvidaron su plan. Y cuando lo retomaron, sin saber porqué se dirigieron por la ruta central, hacia la ciudad de El Paso. Habían recorrido ya unos 1.000 Km. desde Tapachula, pero les quedaban más de 1.800 Km. hasta El Paso.

En esta segunda parte del viaje, se les notaba más comprometidos con su objetivo, pero también con los migrantes, pues no dudaban en darles comida, incluso dinero, si notaban que estaban en apuros.

Ciudad Juárez está en el estado de Chihuahua, a orillas del río Bravo. Este río recordaba a Marco Antonio la película Río Bravo en la que John Wayne hacía de buen sheriff. Al otro lado del río, cruzando un puente, se llega a la ciudad texana de El Paso. Solo hay que cruzar un puente, pero muchas personas lo tienen prohibido. Es el drama de la inmigración.

Cuando Marco Antonio y Guadalupe llegaron a Ciudad Juárez se dieron cuenta de que no habían conseguido ni un solo dato sobre Wendy y que no tenían dinero suficiente para recorrer las otras dos rutas, ni siquiera la ruta hacia Sonora que era mucho más corta que la ruta hacia San Diego. Además, tenían que guardar dinero para el regreso. Tal vez, el viaje de vuelta podrían hacerlo por Monterrey para rastrear a Wendy algo más por esa tercera ruta, dado que no iba a ser posible llegar hasta Sonora. Estaban cansados, abatidos, pero no rendidos. No obstante, no sabían si todo aquello había sido una locura absurda.

Pero ya que estaban en Ciudad Juárez, decidieron seguir su misión por allí. Se enteraron de que cerca del barrio de Puerto de Anapra había una mujer que pasaba comida y dinero desde el lado de Estados Unidos, a través de la verja, y que allí se reunían muchos migrantes mientras decidían cómo intentar pasar la frontera. Cuando llegaron allí, vieron un grupo de migrantes en condiciones bastante lamentables, desnutridos y enfermos, con harapos y hasta niños sin zapatos. Advirtieron que había también gente que se afanaba en ayudarlos repartiendo comida y ropa. Sin pensárselo dos veces, ellos también se pusieron a colaborar, repartiendo ropa, mantas y comida, y ayudando con los médicos que de forma altruista pasaban consulta a los más necesitados.

Su plan de cruzar la frontera y buscar en El Paso también se desvaneció, pues decidieron dedicar todo el dinero a la gente que estaba ante sus ojos pasándolo tan mal. Allí discurrieron varios días dedicados a la ayuda humanitaria, sin apenas acordarse de Wendy. Cuando se les acabó el dinero, decidieron volverse a su hogar en Tapachula.

El viaje no había sido como ellos lo habían imaginado, pero les había abierto los ojos a un drama humano que apenas conocían. Cuando uno conoce estas tragedias y pone nombre a los que sufren, es difícil mirar para otro lado sin hacer todo lo que uno buenamente pueda hacer. Allí conocieron el drama de Yooselin, una abogada de Nicaragua con dos hijos pequeños que tuvo que abandonar su casa y su trabajo ante la violencia que se extendía por su país. Y como ese, cientos de casos, todos diferentes, todos similares. Wendy y Yooselin eran solo dos gotas en la inmensidad del drama de los migrantes.

No fue fácil volver a la rutina que habían tenido antes de “las vacaciones”. De hecho, no lo consiguieron. El viaje hasta Ciudad Juárez les había cambiado su percepción de la vida. Una de las frases el libro Meditaciones ahora tenía más sentido que nunca para Marco Antonio: «Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y en cambio intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible».

Marco Antonio entendió que la mejor forma de luchar contra el mal del mundo es haciéndose uno mismo mejor persona. Estaba decidido a hacer que su vida tuviera mayor utilidad fuera de la cárcel que dentro, aunque bien reconocía que en justicia él debía estar dentro.

El matrimonio retomó la buena costumbre de trabajar en lo que a ambos les iba saliendo y en guardar buena parte del sueldo para usarlo en la ayuda a los migrantes. No obstante, al final no solo ayudaban a los migrantes sino también a las familias más humildes de Tapachula.

Durante meses, Marco Antonio y Guadalupe se estaban ganando en su ciudad la fama de gente generosa, ajenos a que Wendy estaba urdiendo un plan de tres días para matar a uno de ellos. ¿Qué ocurrió en esos tres días, desde el punto de vista de Marco Antonio?

Día 1

Marco Antonio tuvo que madrugar mucho, pues había encontrado trabajo en una obra y le exigían llegar temprano y ser puntual, lo cual él cumplía a rajatabla. Guadalupe estaba trabajando en una oficina, haciendo una sustitución por maternidad. Solo le pagaban tres horas, pero siempre tenía que quedarse más tiempo para acabar todas las tareas pendientes de ese día. La ventaja era que no tenía que madrugar.

Por la tarde, ellos solían visitar un comedor social para ayudar en todo lo que podían: hacer la comida, servir platos, limpiar… y también charlar con la gente que allí acude. Es bien sabido que muchas veces, la gente pobre tiene más necesidad de hablar que de comer.

Era ya bien tarde cuando ambos se volvieron para su casa dando un paseo. Marco Antonio le contó que había conocido a un extranjero que necesitaba urgentemente una operación de hernia, pero que no sabía de dónde sacar dinero para la intervención. A Guadalupe se le escapó que tenía dinero que había ido guardando para pintar la casa, pues necesitaba una mano de pintura para recuperar su alegre color celeste brillante. Pero a Marco Antonio el color de la casa no le importaba y quiso convencer a su mujer para dedicar ese dinero para la operación de hernia de un perfecto desconocido.

Estaban discutiendo esto cuando llegaron a la casa. Abriendo la puerta, Marco Antonio reconoció que la fachada estaba mal, pero que era obvio que la operación de aquel hombre era más urgente. La pintura podría esperar. Marco Antonio cerró la puerta detrás de él y oyendo las réplicas de su esposa entendió que ella estaba en uno de esos momentos en los que es mejor no discutir. Intentó parar la discusión y la abrazó, pero ella se escapó tan bruscamente que resbaló y cayó al suelo golpeándose con una silla en la mejilla izquierda. En el suelo ella se frotó la mejilla y miró su mano con una línea de sangre roja. Entonces, se levantó y empujándole le dijo que ya no aguantaba más. Le espetó una lista de improperios, abrió la puerta de la calle y salió. Antes de irse le chilló que no volvería porque él nunca pensaba en ella.

Guadalupe se abotonó los últimos botones de su camisa y se puso a caminar a paso firme por la oscura calle. Mientras, escuchó detrás de ella el sonido de un portazo. En la solitaria calle, ella sintió envidia de una pareja de novios que, besándose, estaban aparentemente ajenos a todo lo que acababa de pasar. Al acercarse a ellos, apretó el paso y sintió una gota de sangre en su mejilla izquierda y una lágrima en su mejilla derecha.

En la casa celeste, Marco Antonio se sentó en el sofá y recordó los días lejanos en los que las discusiones eran mucho más frecuentes. Cogió las Meditaciones de Marco Aurelio y leyó algo al azar: «La dulzura es una fuerza invencible cuando es sincera, sin afectación y sin disfraz».

El hombre, recostándose en el sofá concluyó que Marco Aurelio había acertado una vez más, como siempre. Entonces determinó que al día siguiente compraría la pintura celeste y unas bonitas flores para la ventana. A los pocos minutos, Guadalupe recibió en el móvil un mensaje con la decisión de su marido y no lo dudó, caminó de vuelta a casa, aunque le temblaban las piernas. Cuando llegó a casa, ambos se fundieron en un abrazo.

Día 2

Al despertar, Marco Antonio se sobresaltó al darse cuenta de que su mujer no estaba en la cama. Se levantó rápidamente y la encontró en la cocina con un buen desayuno ya preparado. Se saludaron, se besaron y ella le pidió que se sentara. Se puso seria y comenzó afirmando que desde que ocurrió “el incidente” su vida había mejorado. Ella notaba que estaban más unidos y que creía que eran más felices, estaba menos estresada y con menos episodios depresivos. Le confesó que ella, al menos, era feliz ayudando a aquella gente y que analizándolo mejor ya no quería pintar la casa. Prefería usar el dinero en la operación de ese desconocido.

Guadalupe se lo dejó muy claro. Y también le dijo que quería «vivir cada día como si fuera el último», como dijo Marco Aurelio. A él le hizo gracia oír a su esposa recitar al gran filósofo del estoicismo y le preguntó cómo sabía esa frase. Ella afirmó haberla leído en el libro ese que él hojeaba de vez en cuando.

Mientras se terminaba el desayuno, él masculló que se tenía que ir a trabajar pero que por la tarde harían algo especial porque necesitaban salir de la rutina. Propuso, por ejemplo, ir a cenar a algún lugar interesante y luego bailar o tomar algo, pero sin alcohol, pues ambos ya se habían vuelto abstemios.

Día 3

Marco Antonio madrugó como cualquier otro día pero desayunó más fuerte. “Hoy tengo un día largo y llegaré tarde… ya te dije que el jefe me pidió echar hoy horas extras en la obra”, le recordó a Guadalupe. Ella aprovechó para recordarle que ese día iba a cuidar de un anciano en su casa porque se quedaba solo y que, por tanto, también llegaría tarde, pero que antes de irse tenía que tender arriba la ropa de la lavadora y fregar los platos.

Ya había anochecido cuando Marco Antonio llegó a su casa cansado y casi arrastrando los pies. Abrió la puerta y llamó a su esposa en vano, pues el silencio le recordó que ella llegaría aún más tarde. Encendió la radio del cuarto de baño y se metió rápido en la ducha. Llevaba horas esperando ese momento. “Hoy me merezco una ducha larga”, pensó.

Al terminar la ducha, se estaba secando cuando le pareció escuchar un ruido en la terraza superior. Intuyó que el viento había vuelto a tirar el tendedero. Terminó de secarse rápido y recordó que tenía la ropa en el dormitorio y las sandalias junto al sofá. Por instinto, se puso la toalla en la cintura sujetándola con su mano izquierda y salió del cuarto de baño tarareando la canción de la radio. Iba descalzo, así que tras dudar un poco decidió ir a por las sandalias primero.

Al encender la luz de la habitación, el susto fue descomunal: una mujer con una vistosa verruga en la nariz le estaba apuntando con una pistola desde el sofá. Como acto reflejo, intentó dar un paso hacia atrás pero resbaló y cayó de espaldas. Mientras, preguntó gritando qué hacía ella allí, en su casa. La mujer se levantó y le apuntó al corazón. Marco Antonio se levantó temblando y solo le salió preguntar: “¿Quién demonios eres?”.

Marco Antonio percibió la mano temblorosa de la mujer, una mujer delgada de no mucha altura. Entonces, se acercó a ella tímidamente, pero ella con tono firme le ordenó que levantara las manos. Marco Antonio, a quien nunca antes le habían apuntado con una pistola, no lo dudó: levantó las manos dejando caer la toalla al suelo. La mujer bajó la mirada un instante y Marco Antonio aprovechó para pegarle un manotazo en la pistola, lo cual le provocó un buen dolor en la mano. La pistola salió despedida y él se lanzó hacia la mujer intentando reducirla. Le tiró del pelo y descubrió que se trataba de una peluca. Estaba asustado pero pensó que él era más fuerte que ella, hasta que sin saber de dónde había salido vio a un hombre apuntándole con el arma y gritándole que se levantara.

Marco Antonio se sintió otra vez perdido. La mujer se puso detrás del hombre y Marco Antonio no pudo evitar decir que se llevaran lo que quisieran, pero que no le dispararan. Algo le decía que no estaban escuchándole. Se acercó lentamente y oyó perfectamente a la mujer decir: “Dispara”. El humillado Marco Antonio solo sintió ganas de llorar y de levantar las manos para implorar por su vida. Pero no le dio tiempo a decir nada más. Dos disparos muy seguidos retumbaron en sus oídos y se vio a sí mismo cayendo al suelo mientras sentía un fuerte dolor en sus genitales y en su pierna. El dolor era atroz. Sintió su propia sangre inundando sus manos. Estaba a punto de desmayarse cuando la mujer se acercó a su oído y le dijo: “No vuelvas a violar a nadie… no volverás a hacer daño en esta casa celeste”.

La voz apenas le salía del cuerpo para pedir ayuda. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero concluyó que aunque le oyeran, nadie acudiría a ayudarle, pues los vecinos estaban habituados a los gritos ocasionales de la casa celeste. Fue entonces cuando se desmayó.

El cambio de Marco Antonio

Cuando recobró el conocimiento, estaba en el hospital y Guadalupe estaba a su lado, llorando. Cuando ella lo vio despierto lloró aún más fuerte. Era como si hubiera vuelto a nacer. La primera palabra de Marco Antonio fue “agua”.

Guadalupe le contó que había sido ella quien se lo había encontrado desmayado, que la ambulancia tardó “una eternidad”, y que la policía había revuelto toda la casa buscando drogas, pero que al no encontrar nada, ni alcohol, habían concluido que no tenían ninguna pista de los asaltantes, por el momento. Aparentemente no se habían llevado nada, pero la policía quería interrogar a Marco Antonio en cuanto fuera posible.

Marco Antonio estuvo varios meses en el hospital, con fuertes dolores. Durante su recuperación leía a Marco Aurelio y algunas frases las memorizaba y las repetía mientras hacía los ejercicios de rehabilitación: «Los deseos conducen a la permanente preocupación y decepción, ya que todo lo que se desea de este mundo es miserable y corrupto». Esa era una de sus frases favoritas, sin poder explicar bien porqué.

La rehabilitación fue enormemente dura, pero su buen humor era sorprendente. El hospital se llenó de flores que le mandaban y que él hacía llevar a las demás habitaciones. Aparte de flores, recibió algunos regalos más, pero el que más le sorprendió fue un ejemplar de Los Miserables de Víctor Hugo. La ciudad, la prensa y hasta el Presidente Municipal de Tapachula que lo visitó en el hospital, todos resaltaban su fuerza, su entereza y su capacidad para perdonar a los agresores y para rehabilitarse lo antes posible para volver a trabajar. Le hicieron entrevistas, le dieron premios, le dedicaron artículos… y antes de terminar la rehabilitación la sociedad se había olvidado de él, pero él solo quería el amor de su Guadalupe, pues sabía que «para vivir felizmente basta con muy poco».

Durante meses, él se empeñó en hacer los ejercicios con ahínco para volver a trabajar cuanto antes. Consiguió andar con una cojera que no le impediría hacer vida normal. Los médicos se habían sorprendido de tan rápida recuperación.

Marco Antonio no recordaba las palabras exactas que le dijo la mujer mientras él se estaba desangrando, pero sabía que había dicho la palabra “violar” y que no hiciera daño a nadie en la “casa celeste”. Evidentemente, él sospechó quien era la mujer y se lo contó a Guadalupe, pero no revelaron nada a la policía. No exigiría justicia para él, al igual que no se entregó a la justicia años antes. Pero además, eso de no hacer daño a nadie en la casa celeste le estuvo rondando en su cabeza durante toda su recuperación, hasta que un día propuso a su mujer un proyecto para convertir su casa en un centro en el que dar comida para los más necesitados. No le costó convencer a Guadalupe de poner la casa celeste al servicio de la gente, pero ambos no sabían cómo hacerlo.

Tapachula, ciudad acogedora

Seis años después, el proyecto de Marco Antonio estaba funcionando, hasta el punto de que él trabajaba apenas unos días a la semana haciendo arreglos. El resto del tiempo lo dedicaba a gestionar lo que él llamaba “casa de acogida Casa Celeste”. Sobre la puerta, había puesto un gran cartel que lo anunciaba: “Casa Celeste”.

Junto a la entrada, en la fachada, Marco Antonio había mandado colocar una placa con un texto que rezaba en negrita lo siguiente:

«Hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza» — Meditaciones de Marco Aurelio (emperador y filósofo estoico romano, 121-180).

Numerosos migrantes buscaban la Casa Celeste y hacían cola todos los días para recibir algo de comida fría o caliente, según se dispusiera. También, algunos se quedaban a pasar la noche, tanto en la “habitación de invitados” como en la terraza, donde habían puesto muchos colchones de segunda mano y la habían cubierto bien con un toldo reciclado. Muchos migrantes llegaban con heridas, principalmente ampollas en los pies, y también eran curados y se les daban desinfectantes y explicaciones para curarse ellos mismos durante el duro trayecto.

Marco Antonio había dado orden de no preguntar nunca el nombre a los que allí acudían buscando ayuda. A quien preguntaba el porqué, él solo le decía que leyera Los Miserables de Víctor Hugo. Hace años, en el hospital, en ese libro leyó esto: «No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre».

Los vecinos estaban un poco divididos, pero aquellos que colaboraban aportando dinero y mano de obra eran suficientes para que el proyecto de la Casa Celeste se mantuviera activo.

Por su parte, Guadalupe estaba orgullosa de su marido y orgullosa de ser tapachulteca, pues era consciente de que estaban consiguiendo que la ciudad (y todo el país) fuera un lugar mejor, y eso estaba inspirando a mucha gente dentro y fuera de sus fronteras.

Cierto día, estaban transportando entre los dos una gran caja de pan para hacer bocadillos en la Casa Celeste. Al llegar allí, Marco Antonio observó a su vecino de enfrente hablando con una pareja y señalándole a él. La mujer llevaba un sombrero y gafas de sol y se quedó mirándole. Entre Guadalupe y él terminaron de meter la caja de pan en la casa, y ella volvió a salir para recoger otras cosas. Por la ventana, Marco Antonio pudo ver que la mujer del sombrero abordaba a Guadalupe para entregarle un sobre y decirle algo mientras se secaba los ojos como si estuviera llorando.

Marco Antonio entrecerró los ojos para afinar la vista y susurró una sola palabra: “Wendy”.

Era la tercera vez que veía a Wendy en su vida, pero él la había reconocido. Y como cada vez que se acordaba de ella, repitió en su mente la misma cita de Marco Aurelio: «Hemos nacido para colaborar».

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1 comentario en “La violación de una niña tiene consecuencias (parte 2/2): La historia de Marco Antonio

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