Charla entre mujeres

El feminismo es para todosAntonia se considera una mujer moderna, de su tiempo, con sus redes sociales, emancipada y con su trabajo estable. Su marido es un poco machista, pero ella sabe pararle los pies y él, que lo sabe, a veces mide sus palabras más que sus pensamientos.

Antonia era una buena estudiante, pero se echó un novio que “la echó a perder”, según las palabras que su madre repitió mil veces. En su cara se lo decía: “Ese novio no te conviene”. Y por eso acabó casándose con él. Pues el amor no entiende de conveniencias. Nunca lo hace.

Antonia trabaja en un supermercado, cortando jamón. El supermercado le impartió un curso sobre jamón y otro sobre cómo cortar jamones. Ahí aprendió todo lo que hay que saber sobre los tipos de jamones y a veces se ve obligada a recitar un resumen, para sus clientes o para sus amigos:

—”Jamón 100% ibérico” significa que el cerdo fue hijo 
de padres 100% ibéricos, pero también hay cruces. Por ejemplo, “75% ibérico” significa que el cerdo tiene una madre 100% ibérica y 
un padre cruzado, de madre 100% ibérica y padre cruzado con cerdo Duroc. También tienes el “jamón de bellota”, que quiere decir que se ha criado en libertad en las dehesas y que en sus últimos meses de engorde ha sido alimentado de pastos naturales y bellotas. O sea, que sea “jamón de bellota” no quiere decir que haya comido bellotas toda su vida. También tienes el “jamón de cebo de campo” que viene de un cerdo ibérico criado en libertad pero alimentado con pastos y piensos. Además, tienes el “jamón de cebo”, a secas, que es de un cerdo ibérico que no se ha criado en libertad sino en granjas y alimentado con piensos de cereales y legumbres.

También tiene continuamente que aclarar algunos aspectos, como cuando algún cliente le pide jamón “pero que no tenga azúcar añadido”:

—Para que el jamón se cure se usan sales nitrificantes, nitratos o nitritos, azúcares, ascorbatos y otros antioxidantes. En algunos jamones no se usa el azúcar, pero todo viene detallado en su etiqueta.

Ella sabe que la gente no lee la etiqueta. Algunos por comodidad. Otros porque prefieren no saber lo que comen.

Ella siempre llega puntual a su puesto y se pone “el disfraz” como ella lo llama: el gorro, el delantal, el guante metálico anti corte en la mano izquierda, los guantes de goma en ambas manos y el cuchillo jamonero en la mano derecha.

Aunque aún no haya nadie esperando jamón, ella empieza a partir, para que cuando llegue la marabunta de clientes, ya haya bandejitas para los clientes menos quisquillosos. Siempre hay algún cliente que requiere más tiempo, que quiere probar este o aquel jamón o que pide que se le empiece uno nuevo.

A la media hora llega su compañera, Marta, disculpándose por llegar tarde, pero ella no se enfada. Antonia se siente bien cumpliendo su horario y sus obligaciones. Lo que los demás incumplan no le importa, aunque eso suponga más trabajo y más estrés a lo largo del día. Ella tiene asumido que hay horas punta en las que la gente se apelotona y en las que todos quieren su jamón rápido y bien partido.

—¿Qué tal la peli de ayer? —le pregunta su compañera, Marta.

—¿Qué peli?

—¿No ibais a ir al cine?

—¡Ah! Sí, pero al final a él no le apetecía…

—Pero… ¿no te lo había propuesto él?

—Sí, pero curiosamente había partido de fútbol y se le quitaron las ganas de ir al cine —gruñó con evidente tono sarcástico.

—Se chafó la cena romántica, ¿no?

—Para colmo —siguió diciendo sin abandonar el tono sarcástico—, me dice que le apetece un poco de jamón, así que ahí me tienes partiendo también jamón en mi casa, porque claro, como lo parto muy bien… pues me toca a mí siempre. Y luego él se pone a ver el partido y yo, como estaba aburrida, pues me puse a poner la lavadora y a coser sus calcetines.

—¿Tú coses los calcetines? —pregunta Marta con incredulidad.

—¡Ah! Sí, claro, cuando es poquito, merece la pena… Si no los coso yo, él no lo va a hacer.

—Pues yo no. Los calcetines con agujeros… o los tiro o los doy a los que recogen ropa. Para una cosa que es barata…

—Eso sí… son baratos, pero yo no lo hago por dinero, sino por no contaminar tanto.

—Pero niña… ¿Qué contaminan unos calcetines?

—¡Yo que sé! Pero algo será… hay que plantar el algodón, o el nailon, regarlo, transportarlo… ¡muchas cosas!

—El nailon no hay que plantarlo, es una fibra sintética, viene del petróleo —aseguró Marta con tono condescendiente.

—¡Pues más a mi favor! ¡Ya ves! ¡Petróleo! ¡Pues no contamina el petróleo! Lo que yo digo nos estamos cargando el planeta… —espetó mientras seguía cortando jamón sin mirar a su interlocutora.

Marta se quedó pensando en las palabras de su amiga Antonia, pero no supo qué contestar. Paró de cortar para ponerse bien su gorro, miró a su compañera y con tono jocoso ironizó:

—Así que cambiaste una cena romántica por cortar jamón y arreglar la casa…

—¡Sí, hija, sí! —exclamó Antonia secándose el sudor—. Si es que con esto de la liberación de la mujer nos han engañado. ¿Tú te has dado cuenta? Yo ahora me cambiaba por una mujer sumisa: todo el día diciendo “lo que tú quieras, cariño… lo que tú quieras, cariño”, pero al menos me quedaría en mi casa haciendo las tareas y teniendo tiempo para leer. Ahora me toca madrugar, estar aquí todo el día dejándome la salud y luego llego a casa y a seguir trabajando.

—¡Hombres! Si es que no hacen nada… teníamos que mandarlos a todos a una isla desierta… pero entonces ya no sería desierta… y destrozarían la isla. Eso seguro…

—Mira Marta… —soltó Antonia levantando la mirada— Al menos ellos son felices. Le pones un partido de fútbol y les da igual la lavadora o los agujeros de los calcetines. En el fondo, yo les envidio. El tío es feliz, aunque le coma la mugre. Y a nosotras nos han enseñado que tenemos que ser limpias y parecer limpias. Esto es una liberación de la mujer a medias. Tenemos que trabajar fuera de casa para ser libres, pero nos han educado para ser esclavas. Pero no esclavas de los hombres (bueno, eso también), sino que lo más grave es que somos esclavas de nosotras mismas. Queremos que nuestra casa esté perfecta, que nuestro maquillaje esté perfecto, que nuestra ropa esté bien planchada… ¡Y míralos a ellos! Cuanto más arrugada está la ropa de un hombre, más feliz es… ¿Te has fijado?

—Pues no… no me había fijado.

—¿Ves? Y claro… si quieres que todo esté perfecto, tienes una vida que es una porquería, porque no tienes tiempo para todo y estás todo el día estresada. Y ves a los hombres felices y eso te estresa aún más porque, claro, esperas que ellos vivan estresados para que te quiten a ti un poco de estrés. Pero… ¿cuál es la solución? ¿estresarlos a ellos o desestresarnos nosotras?

—Tengo una amiga —apuntó Marta— que lleva 10 años con su novio, pero dice que no se van a vivir juntos porque ella no quiere y…

—Muy bien que hace —interrumpe Antonia— y así no tiene que limpiarle la casa a nadie. Y si él quiere vivir en una pocilga, pues es su derecho, ¿no? ¿Por qué tenemos que obligarles nosotras a vivir con tanta limpieza? Si hasta han demostrado que un exceso de limpieza es malo para la salud, y más si usas productos químicos que llevan miles de cosas tóxicas… Yo ya he empezado a hacer jabón casero, ¿sabes? Es estupendo…

—Pues mi amiga dice que se lo está pensando…

—Pues dile que no se lo piense más, que luego volver atrás no es tan fácil. Te lo digo yo. Y cuando menos te lo esperas estás cosiéndole los calcetines… pero ya te digo… que yo no lo hago por él, sino por el planeta… Por él, yo intento estar más mona, pero que a él le da igual. Ni se fija. Y encima queremos tener un cuerpo perfecto… pero claro, la comida que nos venden es basura y nos la meten sin que los de arriba controlen nada, porque parece que les pagan para que no hagan nada bien hecho.

—¡Ya ves! La comida de hoy es penosa. Pero si lo piensas bien, entonces no comeríamos de nada.

—No podemos estar todo el día mirando las etiquetas… pero vamos, que yo sí las miro y si lleva aceite de palma no lo compro ni loca. Bueno… yo hace ya mucho que no compro nada de carne ni de pescado, salvo jamón, por supuesto. Soy flexitariana o como se diga. La carne está llena de antibióticos y de hormonas. Si la quieres limpia, tiene que ponerlo en la etiqueta. O sea, que si no te dicen nada, es que está contaminada con hormonas y antibióticos. Seguro. Y luego la gente se extraña de engordar… pues si te estás comiendo las hormonas de engorde de las vacas, pues te pones, como una vaca. Más claro, el agua.

—Y… ¿tampoco comes pescado?

—Niña, el pescado está contaminado por mercurio. Todos los pescados y mariscos lo están. Bueno… unos más que otros. El atún y el pez espada es que casi deberían prohibirlos. Yo solo como unos pocos de boquerones, jureles o caballas muy de vez en cuando… y unas sardinas en verano. Esos son los pescados más sanos. Lo dijo Greenpeace. Los barcos arrastreros se están cargando los fondos marinos. Los que comen de ese pescado, están ayudando a destrozar el mar… ¿o no?

—Sí, sí… claro… —susurra Marta pensativamente—. Al final vamos a comer solo pescado de piscifactoría.

—Pues… el pescado de piscifactoría es peor aún: también usan antibióticos para que no se infecten y encima les dan de comer piensos de pescado… y para fabricar esos piensos están dejando el mar sin peces.

Un cliente que pasaba se quedó escuchando todo lo que decían. Antonia le echó una mirada y él, para disimular, se fue a una estantería a leer los ingredientes de algo mientras escuchaba atentamente lo que decían ambas mujeres:

—Antonia… ¿Ya has acabado con ese jamón? Eres una máquina…

—Cuando estoy enfadada parto más deprisa —dice Antonia soltando una breve carcajada—. Pero… ¡escúchame! que lleva ya un rato doliéndome el brazo, y luego me tengo que pagar yo el fisio, porque de eso la empresa no quiere saber nada. Y les digo que bajen un poco el jamonero para estar más cómoda y me dicen que no, que el jamón tiene que estar a la altura buena para los clientes. Les digo que me pongan un escalón, para estar más alta, y me dicen que me lo compre yo… No cuidan a sus empleados y luego se extrañan de que se vayan. Pero claro, como no hay trabajo, pues es lo que hay.

—Y luego dicen algunos que tengamos más niños para mantener las pensiones… ¡Pero si no hay trabajo! No hay trabajo y sobra mano de obra, de todas las edades.

—¡Qué razón tienes! Y que buena cervecita me tomaba yo ahora con este jamón. Te juro que me da pena del cerdito, pero para la poca carne que como, me gusta saborearla.

—Los pobres cerdos, con lo listos que son… —sentenció Marta.

—Sí. Yo creo que cuando van al matadero saben perfectamente que no van de fiesta. Yo los he visto llegar al matadero y los miras a los ojos y se te parte el alma… Aquí, partiendo jamón, ni lo pienso, pero luego cuando me llaman para carnicería… allí es peor… allí veo los cadáveres completos de los animalitos y lo paso mal. Lo bueno es que cambio la postura de los cortes y me va bien para el brazo, pero no soporto ver la cara de los pollos, ni los conejos sin piel, ni…

—Hoy estás trascendente…

—Trascendente estoy siempre, pero hoy estoy deslenguada… pero ya te digo… que el día menos pensado me voy de aquí y abro mi bar… y tú te vienes conmigo, ¿o no?

Blogsostenible, un blog muy ecológico
Blogsostenible, un blog muy ecológico… pincha aquí arriba y lee algo… ¡a ver si te gusta!
Anuncios

1 comentario en “Charla entre mujeres

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close