«A trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse»

Mi vida de trotamundos me permite llegar a los lugares más apartados de las guías turísticas. Esos lugares a los que nadie quiere ir, son los que yo más aprecio. Además, allí es más fácil encontrar algún trabajo para ir tirando, sin lujos, por supuesto.

Así llegué hace años a un pueblecito muy pequeño de montaña en el que me acogieron tan bien, que al menos estuve allí 5 ó 6 meses. Sus gentes eran amables y risueñas, trabajadoras y divertidas, generosas y comprensivas. Por supuesto, no todos eran iguales, pero ese era el espíritu general.

Sin embargo, ya el primer mes noté que había alguien que destacaba por ser distinto a los demás. Yo no dije nada, pero era obvio que era “el raro”. Se llamaba Derek, un nombre peculiar que procedía, como supe más tarde, de un tatarabuelo alemán. Derek era un hombre de altura media, piel morena y suave y rondaría los 30 años. Estaba siempre como al margen de los demás en todas las actividades que se hacían en común, que no eran pocas (desde fiestas, dulces, arreglar la casa de alguien, o hacer conservas de tomate, berenjenas u otras hortalizas). Cuando todos reían él también reía, pero salvo eso, era bastante obvio que era distinto. Al principio no supe si esa “marginación” era culpa suya o de los demás, y decidí observar su comportamiento con un poco más de detenimiento.

Observando desde lejos, pude ver que rara vez se dirigían a él para hablarle ni él se dirigía a los demás. Las conversaciones con él eran breves y normalmente la otra persona acababa yéndose de forma abrupta, a veces con indicios de haberse enfadado. Mi intriga creció e intenté ponerme más cerca, para ver exactamente lo que hablaban con él. Tras varias observaciones, concluí que en realidad a Derek no le gustaba hablar con la gente o compartir momentos. Sus conversaciones eran rígidas y cortantes, y no aceptaba de buen grado que le dijeran que hiciera algo o que dejara de hacer algo concreto, ni aunque fuera con buenos modales.

Bandujo, una aldea medieval con vistas a las montañas asturianasAnte ello, no era raro que Derek estuviera casi siempre solo en su casa o trabajando sus tierras. Por las tardes paseaba por el pueblo y apenas hablaba con nadie, ni saludaba a los que se iba encontrando por la calle. Es bien sabido que en los pueblos pequeños todo el mundo saluda a los demás por la calle, incluso aunque sean turistas y no los conozcan de nada. Creo que los lugareños tienden a especular que los desconocidos son los primos, o los familiares lejanos de algún conocido suyo.

Cierto día, estaba yo sentado tomando el sol en un banco de la plaza y me sorprendió que Derek se sentara a mi lado. Jamás se había sentado al lado de nadie, que yo supiera. Recuerdo que supuse que se había sentado porque yo era el nuevo, el forastero.

—Buenos días —saludé bajando la cabeza, esforzándome un poco en parecer agradable en el tono y en el gesto.

Pero él me hizo un gesto y no dijo nada. “Menuda forma de hacer amigos”, recuerdo que pensé. Al rato, viendo que él no decía nada, me animé a soltar algo intrascendente:

—No hay hoy mucha gente en la plaza.

—Será porque estoy yo —dijo sin vacilar.

La respuesta me dejó sorprendido, pero quedarme callado hubiera sido incómodo.

—No lo creo… —dije mientras sonreía como si hubiera entendido que era broma.

—Pues créalo —dijo con tono serio.

—¿Crees que los demás te rehuyen o algo así? —pregunté algo incómodo, pero con curiosidad y pensando que, de hecho, él había dado pié a esa conversación.

—Claro… ¿no se ha dado cuenta?

—Pues no —dije mintiendo.

Se hicieron unos segundos de silencio y continué yo preguntando:

—¿No te gusta estar solo?

—Claro que no. A nadie le gusta estar solo… aunque, a veces sí.

—¿Y por qué crees que no quieren estar contigo?

—No lo sé. Son raros y se han puesto todos de acuerdo contra mí.

—Tal vez yo pueda ayudarte. Tal vez, pero creo que tendré que decirte cosas que no te gusten —me atreví a decirle, aún no sé ni cómo.

Y aún no sé ni cómo, Derek aceptó con recelo que yo le diera mi opinión al respecto y le pedí que se comprometiera a no enfadarse conmigo, le gustase o no lo que iba a decirle. Recuerdo que aclaré que yo quería ser su amigo y los amigos se dicen la verdad, aunque duela.

No quería contarle anécdotas concretas que yo había visto por casualidad, para que no pensara en esos hechos como cosas puntuales, y así se lo hice saber. Pero en realidad, yo había visto que en bastantes ocasiones era él el que huía de la gente o contestaba de forma brusca y concisa. Le recordé, por ejemplo, que a mí no me había devuelto mi saludo de “buenos días”. Por supuesto, aclaré que a mí no me importaba, aunque a la mayoría de la gente, consciente o subconscientemente, sí les afecta que alguien les salude o no.

Él se sintió un poco contrariado e hizo un gesto como para levantarse, pero no se levantó. Cambió de postura, me miró y me preguntó:

—¿Eres psicólogo o algo así?

Yo le dije que no, que solo era observador pero que, tal vez, le podía ayudar y que solo le pedía a cambio que fuera honesto. Ante eso, él se sintió un poco atacado y juró y perjuró que él era honesto con todo el mundo y que nunca había robado ni nada parecido. Yo le contesté que estaba seguro de eso, pero que yo le pedía que fuera honesto consigo mismo. Ser honesto con los demás es más fácil que ser honesto con uno mismo.

—¿Cómo puede alguien ser deshonesto consigo mismo? —preguntó extrañado.

—Una persona no es honesta consigo mismo cuando justifica las cosas que sabe que hace mal, cuando culpa a los demás sin analizar su parte de culpa, cuando niega la realidad para que su realidad se ajuste a sus ideas preconcebidas, cuando no reconoce que está equivocado o justifica su error con lo primero que se le ocurre, cuando se siente atacado por ideas que sabe que son correctas pero que contradicen su visión del mundo…

—Vale, vale… lo he pillado… —me interrumpió.

—¿Entonces?

—Acepto… mientras no me cobres dinero… —dijo antes de romper a reír con una breve carcajada.

—La cosa es muy simple. Cuando tú ves que alguien amenaza tu tranquilidad, que alguien te genera tensión, lo tratas con tensión, y eso lo nota la otra persona. Creas una barrera que impide que tu corazón se abra. En cambio, si sientes que los demás no son una amenaza para ti la tensión desaparece. O sea, si crees que hay una amenaza, la amenaza existe, pero si crees que no hay amenaza, la amenaza desaparece. Si tratas a alguien con respeto, con cariño, con humanidad… eso hace que la relación fluya con facilidad. Y también con felicidad. Y así, surgen con naturalidad los saludos, las sonrisas y los gestos de cortesía, como ayudar, dar las gracias… y cosas así.

—¿Me estás diciendo que debo saludar y ayudar más y mejor?

—No exactamente. Da igual lo que digas o hagas. Lo importante es lo que sientes. Si sientes cariño, ternura, compasión, eso se trasmite a los que te rodean. Controla lo que sientes y tus actos hablarán por ti.

—¿Y cómo controlas lo que sientes?

—Pues la verdad… no tengo ni idea, pero empieza por controlar lo que piensas. Sé honesto y empieza por reconocer que tienes pensamientos negativos respecto a los demás. Una vez que identifiques los pensamientos negativos que te están fastidiando tu vida, el siguiente paso es cambiarlos.

—¡Pero es que se han portado mal conmigo…!

—¿Ves? Ese es un pensamiento negativo. No digo que sea mentira. Da igual si es verdad o no. Lo importante es que es un pensamiento negativo. Está ahí, fastidiando tu vida. Mientras tengas ideas negativas, alcanzar la calma, la tranquilidad y la felicidad es más complicado.

—¡Eso es imposible!

—¡Ah! Si crees que es imposible, entonces, será imposible. Y en tal caso, me temo que tu problema no tiene solución. O sea, no puedes opinar mal de los demás y esperar que los demás te traten bien. No puedes ignorar a los demás y esperar que te tengan en consideración. No puedes huir de los demás y quejarte de tu soledad. No puedes seguir haciendo lo mismo y esperar que tu vida cambie. Si los demás te importan poco, no te quejes de que a los demás les importes poco .

—Pero tendrías que decírselo también a los otros.

—Es imposible controlar a los demás. Es algo que está fuera de nuestro alcance. Intentarlo es perder el tiempo y acabar frustrado. Solo te digo que tienes que tener muy claro qué piensas de los demás y luego, cambiar lo negativo a positivo. Lo normal será que te cueste hacerlo, pero te aseguro que merece la pena. Cuando tú cambias, el mundo cambia. Si tú mejoras, todo lo que te rodea mejora, pero si no lo hace, a ti te dará igual. Si tú te sientes mejor, sientes una fuerza que te empuja a la felicidad.

—Es cierto… a veces pienso mal de la gente —reconoció cabizbajo.

—Es normal, pero no es bueno. Toma conciencia honesta de quien eres, de qué sientes y de qué piensas. Y luego compara con quien quieres ser, y con lo que quieres sentir y pensar. Así tus actos serán más coherentes con la vida que quieres. Desecha lo malo y quédate con lo bueno. Con un poco de práctica, verás que no es difícil, pero no esperes que todo salga bien al principio. Quejarse para cambiar es bueno, pero quejarse para echar culpas a los demás es otra cosa. Como decía Calderón en La vida es sueño, «que tanto gusto había en quejarse, un filósofo decía, que, a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse».

Derek me dio las gracias y se fue. Durante los días siguientes apenas le vi, pero note cambios en su mirada. Noté que saludaba más a los demás y que, al menos lentamente, estaba consiguiendo cambiar. Conseguir inspirar algo positivo es complicado. No se si Derek consiguió al final lo que quería, pero supongo que no, pues muy poca gente consigue convertirse en lo que quiere ser, y eso sin contar que cuando se consigue lo que se quiere, es típico comenzar a desear otra cosa.

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