¿Te atreves a hacer lo que te gusta?

Cuadro de árbol seco y lo que me pasó en Málaga con el terralHacía calor. Mucho calor. Pasar un verano en la ciudad de Málaga es estupendo, salvo los días de “terral”. El terral es un viento caliente abrasador que en verano te derrite el cuerpo. Mucha gente piensa que es un viento africano, del Sáhara, pero no. Los vientos saharianos siempre traen polvo del desierto. De hecho, una gran proporción del polvo de nuestras casas es nuestra propia piel y polvo africano. Pero el terral no es africano, es un viento del norte que dura dos o tres días y que eleva las temperaturas incluso hasta los 45ºC.

En invierno, los que viven en Málaga no se quejan del terral, pero en verano, cuando hace terral es el tema estrella de cualquier conversación. El terral te cambia todos los planes que tuvieras. Hay dos soluciones típicas: una, meterte en el mar y no salir, y otra, salir de la ciudad y no entrar. Este fenómeno meteorológico prácticamente solo afecta a Málaga capital. En los pueblos cercanos como el Rincón de la Victoria, o en los de interior como Ronda, el terral no llega e incluso puede que bajen las temperaturas.

Yo estaba disfrutando de mi primer verano en Málaga, conociendo sus bares y engullendo toneladas de porra antequerana. Sus museos también entraban en mis rutas turísticas. Especialmente gratas fueron las visitas al Museo Carmen Thyssen, al Museo Ruso y, por supuesto, al Museo del Vino.

Quiero aclarar que yo no estaba de vacaciones. Estaba trabajando en un trabajo temporal que me dejaba bastante tiempo libre para disfrutar de la ciudad, hasta que el terral me sorprendió paseando por la calle. El sudor me caía por la frente y la sensación de ahogo aumentaba. Noté mi camiseta mojada y que empezaba a andar más despacio. Sentí que mis fuerzas bajaban, que la vista empezaba a nublarse y que el aire caliente me estaba abrasando y secando la garganta y los pulmones.

Mis párpados se entrecerraron. Tenía que hacer algo o me desmayaría. De repente, me apoyé en una fachada. Bajando la cabeza vi una gota de sudor caer en la acera. Al levantar la cabeza vi que estaba ante una galería de arte. No lo pensé dos veces. Tengo la costumbre de entrar en todas las iglesias y en todas las galerías de arte que me encuentro. No soy religioso, ni experto en arte, pero hay algo que me incita siempre a entrar. Normalmente es pura curiosidad. En esta ocasión era cuestión de vida o muerte.

Abrí la puerta con dificultad. Una chica sentada en la mesa se quedó mirándome como si viera un fantasma:

—¿Está Vd. bien? —me preguntó con amabilidad.

—El terral… —contesté casi sin fuerzas— pero estoy bien, gracias. ¿Se puede visitar?

—Sí, por supuesto, pase —se apresuró a contestar señalando la sala con su mano.

No quise preocupar a la mujer, pero si no llego a entrar, creo que me hubiera desmayado sobre la acera. El fresco del aire acondicionado me devolvió la vida. Pasé y me quedé mirando los cuadros, sin verlos y sin parar de andar lentamente. Tenía la mirada seminublada y el intelecto amodorrado. En cuanto vi un banco de piedra casi en medio de la sala me senté en él. Me quedé absorto mirando al frente, sin pensar en nada, recuperándome del calor y sintiendo el frescor y la suavidad del mármol sujetando mi peso.

La sala estaba vacía. El terral desplaza la gente a las playas y a los bares. Las calles se quedan vacías y los negocios supongo que también. Pasé varios minutos descansando y poco a poco me fui recuperando. De repente, sentí un poco de vergüenza por no haber visto los cuadros que allí se exponían. Me había limitado a aprovecharme del aire acondicionado.

No sin esfuerzo, me levanté y me puse a ver los cuadros de la exposición. Me parecieron bastante insulsos, sin sentido aparente. No era arte abstracto, ni surrealista… era más bien arte infantil inacabado, tal vez arte naif. Algunas obras estaban hechas con finos y minúsculos trazos de óleo de miles de tonalidades de solo dos o tres colores. Sin duda, esos cuadros habían requerido muchas horas de trabajo, varias semanas o tal vez meses, pero el resultado no dejaba de ser anodino para mí. Es justo decir que el Museo de Arte Reina Sofía de Madrid tiene obras incluso de peor calidad técnica y estética. Seguro que algún experto crítico de arte podría contradecirme, pero en mi opinión las obras expuestas en aquella galería, todas ellas, no merecían mi tiempo. Pero el terral me retenía y no me atrevía a salir a la calle aún.

Los títulos de las obras eran aún más carentes de imaginación: “Blanco sobre azul”, “Trazos 1”, “Trazos 2″… Se me ocurrió que los artistas deberían estudiar una asignatura denominada “Cómo poner un nombre con sentido a su obra”.

Deambulando, me di varias vueltas por la sala para acabar sentado en el mismo banco de piedra, mirando justo al mismo cuadro del principio. Resoplé varias veces y agradecí que mi cuerpo hubiera salido de la sensación de sopor con la que entré en la galería. Cuanto más miraba el cuadro, más insignificante, banal e intrascendente me parecía.

Repentinamente, advertí que un caballero se había sentado silenciosamente a mi lado. Vestía un traje blanco, de lino probablemente, y tenía un sombrero también blanco en sus manos. Me asusté y creo que él me lo notó. No fui consciente de cuanto tiempo llevaba él allí sentado, a mi lado, observando también el mismo cuadro. Nuestras miradas se cruzaron y yo hice un ademán para irme pero él se adelantó y me preguntó:

—¿Le gusta?

La pregunta me pilló por sorpresa y no sabía bien qué contestar. Ante mi indecisión y tal vez ante mi cara de perplejidad, el hombre insistió señalando al frente:

—El cuadro… ¿le gusta?

—No mucho, la verdad —confesé con sinceridad contenida.

—A mí tampoco —admitió él bajando ligeramente su tono de voz.

—Yo estoy aquí por el terral —me animé a declararle—. He visto todos los cuadros y me parece que no hay ninguno que valga la pena.

—¿No le ha gustado ninguno?

—Ninguno.

—A mí tampoco. En serio.

—Creo que el artista no tiene arte, ni para poner nombre a sus cuadros —dije con tono jocoso, como queriéndole provocar una sonrisa, la cual no surgió.

—Tiene razón, pero no crea que poner nombre a una obra es fácil. Si pones un nombre rebuscado parecerá prepotente y si es muy simple parecerá falto de imaginación.

—Bueno… puede que tenga Vd. razón, pero… ¿ha visto los nombres de estos cuadros? Algunos nombres son absurdos o simplones. También es verdad que el nombre es lo de menos. Lo importante de una obra es si te llega o no. Si te dice algo o no. Y estas obras no llegan a nada ni dicen nada.

En ese momento una mujer se acercó a saludar a mi interlocutor, el cual se levantó para estrecharle la mano. Pude oír cómo la mujer le decía:

—Entonces, ¿es Vd. Eusebio Malmuerta? Tenía ganas de conocerle… mi más sincera enhorabuena.

Ellos siguieron hablando pero yo ya no escuchaba. Me había quedado bloqueado en el nombre de aquel personaje, Eusebio Malmuerta. ¿De qué me sonaba ese nombre? Estaba seguro de que ese nombre me sonaba de algo, pero mi mente no daba con la clave. No le di mayor importancia y decidí marcharme cuando el hombre se volvió a sentar y siguió dándome conversación evitando que pudiera levantarme:

—Entonces, me decía Vd. que estas obras no dicen nada. Yo opino como Vd., porque el pintor en realidad sabe lo que quiere expresar, pero otra cosa es que lo consiga.

Aquel hombre hablaba como si conociera al pintor. En ese momento caí en la cuenta de qué me sonaba el nombre de Eusebio Malmuerta. Lo había visto escrito en cada cartel de cada obra de aquella exposición. ¡Él era el pintor! Me sentí incómodo y avergonzado. Creo que me ruboricé, pero intenté ocultarlo y le pregunté directamente:

—¿Es Vd. el pintor? ¿Verdad?

—Sí, pero no debe Vd. preocuparse. Mis críticos de arte son más duros conmigo de lo que ha sido Vd.

—Lo siento, pero… tengo que irme…

—No lo sienta —espetó él interrumpiéndome con contundencia—. No debe disculparse por decir la verdad. Mis críticos son muy duros conmigo pero ¿sabe quién es mi mayor crítico? Yo mismo. Y estoy totalmente de acuerdo con Vd. Mi obra no vale gran cosa. Pero en mi opinión tampoco son gran cosa las obras de artistas más consagrados como Pollock, Kandinsky, Delaunay, Hilma af Klint, Eduardo Chillida, Antonio Saura, Eusebio Sempere, Guillermo Delgado… Sus obras pueden costar mucho pero solo tienen valor para el que las compra y para un puñado de gente que creen ser entendidos. Si criticas abiertamente a esos famosos artistas, te acusan de superficial o de no entender de arte.

Yo asentí con la cabeza sin saber bien qué decir, pero no hacía falta decir nada porque el hombre con voz amable estaba animado a seguir hablando:

—¿Sabe Vd. por qué pinto? —me preguntó poniendo su mano en mi rodilla—. Por dos motivos: porque puedo y porque disfruto. Pero le voy a decir algo más. Jamás llegaré a la altura de los grandes maestros de la pintura: Velázquez, El Greco, El Bosco, Rembrandt, Rubens, Murillo, Miguel Ángel, Tiziano, Juan de Juanes, Brueghel el Viejo, Sorolla, Leonardo… Esos maestros de la pintura tienen un diez, un diez absoluto y grande para todos ellos. En cambio, la mayoría de la humanidad tiene un cero porque no pinta. No pintan porque no pueden, porque no quieren o porque no se atreven.

Hizo una pausa para tomar aire, y como queriendo sacar de muy dentro sus sentimientos, bajo la voz y la cabeza y siguió confesándose:

—Yo, desde mi modestia, no quiero tener un cero. Pinto porque me divierte y si a alguien le gusta algo, pues estupendo y si no, pues no pasa nada. Le agradezco mucho su sinceridad, porque estoy cansado de la gente que alaba mis obras sin haberse detenido a mirarlas. Al menos Vd. las ha mirado, las ha observado un tiempo prudencial, y ha reflexionado sobre sus títulos… aunque sea por culpa del terral. Por tanto, Vd. puede opinar desde su punto de vista, porque, amigo, Vd. es el mayor experto de su punto de vista personal. Eso es lo que a mí me interesa. Y gracias a Vd. creo que la próxima vez buscaré más expresividad en cada obra y más inspiración para poner los títulos…

Acabó riéndose y yo no pude evitar acompañarle con una breve carcajada. Por darle la réplica tras su disertación, yo me vi obligado a contestar algo y, sin mucha reflexión, le dije:

—Tiene Vd. toda la razón. La mayoría de la gente no se atreve a hacer muchas cosas por miedo a que le salgan mal, por miedo a las críticas de los demás, por miedo a no estar a la altura… El único que no está ni estará nunca a la altura es el que no hace nada, el que no lo intenta.

Me miró fijamente y su mirada me hizo callar. Luego, continuó él hablando:

—Veo que Vd. ya lo sabe: la clave de la vida es no tener miedo y hacer las cosas que nos hacen disfrutar.

Recuerdo que seguimos hablando durante quince o veinte minutos. Él me explicó lo que pretendía expresar en el cuadro que teníamos justo en frente. Entonces, le confesé que me había empezado a gustar. No era una falsa alabanza. Era cierto y se cumple una regla común, al menos en el arte: cuanto mejor conoces algo, más te gusta. Al despedirme, se empeñó en regalarme el cuadro y, sinceramente, no pude contener mi sorpresa y mi alegría. No todo el mundo tiene un Malmuerta colgado en su casa. Os preguntaréis, tal vez, qué pretendía expresar con aquel cuadro, pero eso lo contaré, o no, en otra ocasión.

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NOTA: Desde la misma humildad que el pintor de este relato se escribe este blog. Esperamos que pueda gustar algo a alguien.
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