Mi madre huele mal

Un relato literario sobre la anosmiaMi madre siempre ha sido la madre perfecta. Yo la miro y siempre pienso que es imposible ser mejor madre. Ha puesto el listón muy alto y a veces puede ser triste hacer comparaciones. Ahora, que está en el otoño de su vida, sus hojas amarillean y ella percibe cambios en su vida que parece no querer aceptar.

El cáncer de mi padre y el accidente

Ella fue la mejor cocinera del mundo. La vida la trató mal. Mi padre murió joven, de cáncer de pulmón, por fumar. Yo tenía ocho años y mi hermano quince. Recuerdo que lo pasamos fatal, a pesar de que apenas teníamos trato con él.

Mi padre viajaba mucho y pasaba en casa solo algunos fines de semana. Entonces, él estaba tan cansado que apenas se movía del sillón, fumando y viendo la televisión. Los padres de ahora no fuman dentro de las casas, ni en el coche, ni delante de sus hijos menores… pero antes eran otros tiempos. La muerte de mi padre me hizo odiar el tabaco. Si mi padre no hubiera muerto, yo ahora fumaría.

Al morir mi padre, ella se quedó sin ingresos y tuvo que empezar a trabajar en un restaurante, primero de limpiadora y luego de camarera. Pronto se dieron cuenta que lo suyo era cocinar. El restaurante prosperó cuando ella se hizo cargo de la cocina. Así pasaron doce o tal vez quince años, más o menos felices, pero la vida le tenía preparado otro golpe.

Una noche de lluvia, mi hermano mayor la llamó porque tenía el coche averiado y su hija tenía fiebre muy alta. Había que llevarla al hospital. Mi madre, por supuesto, se vistió rápido y fue a casa de su hijo para recogerlo a él y a su nieta. No llegaron al hospital en su coche. Llegaron al hospital en ambulancia. Un camión se saltó un semáforo que acababa de cambiar a rojo y con la lluvia mi madre no pudo controlar el coche. El golpe fue fuerte, y encima con un camión. Mi hermano murió en el acto. Mi sobrina murió poco después de llegar al hospital y mi madre quedó malherida.

La recuperación

Tras el accidente, ella quedó bastante traumatizada por las dos vidas que se habían perdido. Físicamente solo perdió una mano y sufrió diversas heridas y contusiones de las que se recuperó bien. Cuando quiso incorporarse al trabajo, el dueño del restaurante no quiso aceptarla en su estado. Ella pensó que era por ser manca e insistió en que con una mano ella podía cocinar, aunque necesitara algo más de ayuda. Yo pienso que no la aceptó por su estado psicológico.

Ya han pasado varios años de todo aquello. Mi madre ahora sobrevive con una pensión ridícula y con lo que yo consigo ayudarle. En estos últimos años ella consiguió recuperarse bastante bien, lentamente, poco a poco. Por ejemplo, aprendió a hacer con una mano prácticamente todo lo que antes hacía con las dos. Se refugió en sus amigas y en la jardinería, llenando la casa y el balcón de plantas con flores, “para las abejas” solía decir ella. No puedo olvidarme de una gran pasión que tuvo durante algunos años: las plantas suculentas. Las coleccionaba y le gustaba recitar sus nombres comunes y científicos así como sus lugares de procedencia. Recuperó su alegría de vivir y cuando parecía que todo iba bien, resulta que no todo va tan bien.

¿Qué le pasa a mi madre?

Yo creo que mi madre está perdiendo la cabeza. Demencia senil prematura, tal vez. El otro día, le dije que debía ducharse más, pues olía bastante a sudor. Se enfadó mucho, pero consiguió disimularlo bastante bien. Yo se lo noté, porque la conozco bien. Ahora, cada vez que le digo que voy a ir a verla, se ducha para que yo la vea recién duchada. Y se pone un bote entero de perfume. No era mi intención insultarla, pero parece que se lo ha tomado muy mal. No sé si decirle que tanto perfume me produce mareo. No quiero que se enfade por eso.

Pero no es eso lo único, ni lo peor. Varias veces ha quemado la comida, se pasa con la sal, se pasa con la pimienta… El médico le ha quitado la sal, pero ella cada vez la usa más. Seguro que estáis pensando que a cualquiera se le quema la comida o se pasa con la sal, pero mi madre no es cualquiera. Ella es la mejor cocinera del mundo y algún trastorno grave debe tener cuando eso le pasa con demasiada frecuencia. De hecho, su comida ya no tiene el sabor de antes, incluso cuando no se pasa con la sal. Siempre estaba alegre cocinando, pero ya no la veo contenta. Me preocupa bastante, porque eso es muy raro en ella. Ya no sabe darle ese toque especial a la comida. Cuando cocina está como enfadada, como con rabia contenida. El otro día, por ejemplo, se cortó un dedo de lo rápido que estaba partiendo la cebolla. Que yo sepa, ella no se ha cortado en la vida. ¿Qué le estará pasando?

La semana pasada le propuse ir a un psicólogo porque lo que pasó fue grave. Llegué a su casa y la sorprendí arrancando las flores de sus macetas y tirándolas a la calle. “¡Mamá! ¿Qué te pasa?”, le pregunté abrazándola para evitar que siguiera rompiendo plantas. Y ella, en mis brazos, solo pudo llorar amargamente. Yo no sabía cómo tranquilizarla, pero así estuvimos abrazadas, llorando las dos, por lo menos quince o veinte minutos, sin poder hablar.

Poco a poco nos calmamos. Quise ofrecerle un vaso de agua fría pero al abrir el frigorífico casi me caigo de espaldas. Un olor hediondo y putrefacto me golpeó en la cara. En el frigorífico había varios huevos podridos y un vaso de zumo pestilente que llevaría allí por lo menos un mes. Con arcadas, fui a tirar los huevos a la basura y para mi sorpresa la basura también llevaba bastantes días sin sacarse. Al abrir el cubo, un olor fétido fortísimo, a podredumbre, casi me hace desfallecer. Sacando fuerzas de flaqueza y entre arcadas, tiré los huevos y anudé la bolsa de la basura. La saqué al balcón y allí la metí en otra bolsa más para asegurarme que no saliera aquel olor tan repugnante y asqueroso.

Dado el estado de sensibilidad y vulnerabilidad con el que estaba mi madre no quise decirle nada del incidente del frigorífico fétido ni de la basura maloliente.

Por más que lo intenté, no conseguí descubrir qué era lo que le pasaba ni convencerla para ir al psicólogo. En los días siguientes me propuse pasarme más por su casa, para asegurarme de que estaba bien. Siempre la encontraba triste y se negaba a salir de casa a dar un paseo, algo que antes solíamos hacer. Estaba perdiendo peso y la ropa le quedaba grande, pero no quería salir a comprarse nueva ropa ni siquiera quería arreglarse algunas prendas. Le propuse ir un fin de semana a su pueblo pero no la convencí. Le llevaba helado y apenas lo probaba. Le hacía té e infusiones de plantas que antes le encantaban, pero ahora, se lo bebía con desgana. Además, apenas apreciaba todo mi esfuerzo.

Lo más grave de todo es que un día se dejó el gas abierto y toda la cocina olía a gas escandalosamente. Es posible que tenga principio de Alzheimer. Ese mismo día, tras ventilar la cocina bien, compré una placa de inducción y un calentador de agua eléctrico. Se acabó el usar gas. Además, cambié su contrato de electricidad a una empresa de electricidad de fuentes renovables, como la que yo tengo en mi casa. Es más barata y así mi madre puede estar más tranquila con el tema de la contaminación, que siempre le ha preocupado bastante. Cuando éramos pequeños, ella siempre nos decía a mi hermano y a mí: “Apagad las luces cuando no hagan falta, que contaminan y la luz es cara”. No entiendo cómo mi madre estaba cocinando con gas, pues quemar gas contamina y ya ella, en el restaurante, estaba acostumbrada a usar placas de inducción. Seguramente era por no hacer el cambio.

Jamás pude oler lo que le estaba pasando

Aquello no podía continuar así. No solo estaba triste, y yo diría que hasta deprimida, sino despistada y perdiendo la cabeza. Un día no pude más. Perdí un poco los nervios, me senté a su lado y levantando el tono de voz le dije:

—¡Mamá! ¿Qué narices te pasa? ¡No lo entiendo! ¡Estás despistada! ¡Estás perdiendo la cabeza! Ya no sales de casa, ni con tus amigas. Antes te gustaba quedar con ellas y cocinar, y ahora dicen que no quieres ni saludarlas por la calle. Antes te gustaba ir a tu pueblo y pasear por la arboleda, y ahora te encierras y no sales de tu ensimismamiento. ¡Quiero que me digas ya qué es lo que te pasa! ¿O tengo que llevarte a la fuerza a un psiquiatra?

Mi madre se quedó acongojada, estupefacta por mi airada reacción. No se lo esperaba. Yo tampoco. Por un momento me arrepentí y me reproché mi salida de tono. Pero tras unos segundos, ella se desmoronó como una niña. Me abrazó y rompió a llorar. Sollozando y tartamudeando consiguió decir:

—Es que… es que… estoy anósmica.

—Anos… ¿qué? —pregunté yo con cara de perplejidad, pues yo nunca había oído esa palabra.

—¡Soy anósmica! ¡Desde el accidente, me he ido quedando sin olfato y ahora no huelo nada! ¿Lo entiendes? —me gritó ella mientras me zarandeaba de los hombros con su mano izquierda y su muñón en la derecha.

Sus ojos centelleaban, brillantes y húmedos. Mientras yo me preguntaba cómo era posible perder el olfato. Pero antes de formular la pregunta, mi madre me la contestó:

—El médico me dijo que sufrí una infección vírica del neuroepitelio olfatorio, que pudo ser a raíz del traumatismo craneoencefálico del accidente o por otra causa posterior. Y que también se ha podido agravar por la edad…

Las lágrimas le caían por las mejillas mientras yo estaba atónita, desconcertada. No entendía bien la razón de todo esto. Mi madre no paraba de llorar y yo no quería interrumpirla. Cuando se calmó levemente no pude evitar preguntar:

—Entonces… ¿no hueles? Esa es la razón de bañarte en perfume…

—Esa es la razón del perfume y de que se me queme la comida y de que me pase con la sal y la pimienta. La comida no me sabe a nada y no sé qué echarle para saborearla mejor. No puedo cocinar. Las flores y la tierra no huelen a nada, mi pueblo no huele como siempre, ni el bosque huele a bosque. Miro las fotos antiguas y no las huelo y soy incapaz de recordar igual a mi madre… ni a tu padre, que en gloria estén. Las fotos ya no me retrotraen al pasado… El mundo se ha alejado de mí.

—Pero… ¿por qué no me lo habías dicho antes? —pregunté con asombro.

—Se lo conté a mis amigas y se reían de mí. No entendían lo que me pasaba. El vino me sabe a agua y no dejaban de preguntarme, como siempre, si me gustaba el vino. Y cuando les reproché que ya no puedo oler, se reían y decían que no era para tanto. A ellas se les olvidaba que ya no soy capaz de oler, pero yo no soportaba esos olvidos que me recordaban que ahora soy una minusválida. Me trataban como una loca.

—No exageres mamá. ¡Una minusválida! No es para tanto. Míralo por el lado positivo, te has quitado tener que oler la basura, por ejemplo. Eso sí, conviene que la tires cada dos o tres días, aunque no huelas.

—¿Ves? Ya estás como ellas, riéndote de mí. Si hubiera perdido la vista no me trataríais así.

—Mamá… por favor, no compares. No es lo mismo. Si te hubieras quedado ciega…

—¡Claro que no es lo mismo! ¡Pero ni quedarse ciega, ni quedarse sin olfato es para reírse! —espetó interrumpiéndome con contundencia.

Ella se limpió las lágrimas y suspiró. A los pocos segundos, me miró a los ojos y de forma más tranquila se lamentó:

—Ya no puedo disfrutar del té, ni del helado. Ni siquiera de la comida. Tengo que comer a la fuerza y sin ganas. Y el médico me dice que no hay solución, que tengo que aprender a vivir así. Tengo que aprender a vivir como si estuviera fuera del mundo. El olfato nos hace sentirnos dentro del mundo. Sin olfato estoy fuera.

Me había dejado sin palabras. Ella suspiró de nuevo y dejó que una lágrima resbalara por su mejilla y entonces me reveló algo que no esperaba:

—Solo me entiende mi amiga Paquita, porque ella también está perdiendo el olfato por la edad. Hace meses me lo dijo y empezó a comer menos cada vez. También está adelgazando mucho. Por eso ahora está más intratable. Se enfada por cualquier cosa y se muestra muy confundida con cosas que antes ella sabía perfectamente. Su hija dice que tiene demencia senil prematura, pero yo sé que todo empezó cuando dejó de comer por perder el olfato.

Acerqué mi silla hacia ella, le cogí la mano y entendí manifiestamente que no había sido comprensiva con ella:

—Mamá, tienes razón. Disculpa mi falta de tacto. No valoramos las cosas hasta que las perdemos. Estamos acostumbrados a oler y no le damos importancia. Puede que perder la vista sea más grave, pero entiendo que estés afectada. No me imagino lo que tiene que ser perder el olfato. Discúlpame y dime qué puedo hacer por ti.

Desde aquel día entendí mejor a mi madre. No estaba con demencia senil ni con principio de Alzheimer. Estaba aprendiendo a vivir con un sentido menos. Un sentido que para ella, como cocinera y jardinera era muy importante. Los que podemos oler apenas somos conscientes de todas las veces que usamos el olfato a lo largo del día: el olor del desayuno, del pan recién tostado o recién horneado, la fragancia del jazmín o del azahar paseando por la calle, el aroma de la lluvia, comprobar si la ropa está sucia, oler la comida antes de probarla… ¿Se imaginan saborear siempre la comida como cuando estamos resfriados con la nariz tapada?

El olfato es tan importante que hay un montón de palabras relacionadas con él. Tan solo verbos hay muchísimos: oler, olisquear, oliscar, husmear, olfatear, atufar, heder, apestar, perfumar, aromatizar… y muchos más.

Ciertamente, el olfato también nos aporta sensaciones desagradables, pero hasta esas “molestias” a mi no me gustaría perdérmelas. Nos avisan de que algo va mal, como un escape de gas, o una comida en mal estado. Si vas por la calle y huele mal, aceleras el paso. No debe ser muy sano quedarse en un lugar con el aire pestilente. Si no tuviéramos olfato, me perdería las ventosidades silenciosas de mi marido (y él las mías) y, sobre todo, lo mucho que nos reímos por eso.

Mucha gente considera el olfato como un sentido de poca importancia, pero la razón de ello es porque no lo han perdido. ¿Será verdad eso de que solo echamos de menos lo que perdemos?

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