La maravillosa vida de alguien

Un bebé llorando puede generar mucho estrés, pero tenemos la solución

Odio mi vida. Curro cinco días a la semana (a veces seis), 50 horas como mínimo. Mis colegas y yo echamos, al menos, 10 horas extras cada semana (no remuneradas, por supuesto, pues estamos en España, y en este país esa es la ilegalidad profesional más aceptada por trabajadores, empresarios y sindicatos). Encima tenemos que dar las gracias al jefe porque nos permite quedarnos un mes más. Mi trabajo es aburrido, estresante, exigente, en un ambiente desagradable y con un jefe que no escucha a nadie. Una maravilla, pero no quiero hablar de eso.

Cuando salgo del trabajo la cosa no mejora mucho. Me voy a casa y allí mi pequeñajo no para de llorar y mi mujer me cuenta los “apasionantes” detalles de su jornada. No necesito detalles de la diarrea del niño o del último pedido de abalorios que ha recibido por internet.

Entre mi salario mileurista y los irregulares ingresos de ella, al menos podemos pagar el alquiler y las facturas, comer medio decentemente y mantener al bebé. No tenía ni idea de que un bebé costara tanto dinero. ¿Dónde está el pan debajo del brazo? Y lo más sorprendente: ¿Por qué mi esposa quiere tener otro hijo? ¿Acaso no se da cuenta de que no salen las cuentas? Por no hablar del trabajo tan duro que es cuidar a un bebé que no para de dormir y comer, con alocados y ensordecedores llantos entre cada comida y cada sueño.

Quería hablar de Felipe

Me había propuesto no aburriros con mi vida y estoy haciendo asquerosamente justo eso. Lo siento. No quería hacerlo. Yo quería contar algo bonito, una vida bonita, la vida de la persona más feliz que conozco. Es Felipe, un compañero de trabajo.

El tío este es más feliz que una perdiz. Esté donde esté, siempre se le ve feliz. En el trabajo, por ejemplo, nadie es feliz, salvo Felipe. Trabajamos en una sala mal ventilada con más de veinte personas respirando y otros tantos ordenadores calentando el ambiente. En verano es aún peor.

Siempre estamos todos agobiados y amargados y cuando Felipe se levanta para algo, se pasea entre las mesas cantando alguna canción y bailoteando, moviendo sus caderas entre las mesas y las pantallas de ordenador. De repente, suele pararse detrás de la silla de alguien, al azar, y la gira o se pone a darle un masaje en el cuello y los hombros. Mientras, comenta las noticias del día o cuenta algún chiste en voz tan alta que lo escuchamos todos. La mitad no nos reímos porque, aunque el chiste sea bueno, no hay humor para reírse. Pero Felipe siempre se ríe con su risa contagiosa, hasta que consigue arrancar unas cuantas risas extra entre los que no se habían reído aún por el chiste.

Felipe es ya un veterano en el negocio y, claro, cobra un 15% más que yo, y puede llegar media hora más tarde, aunque solo se retrasa 15 ó 20 minutos. Si yo cobrara lo mismo que él, seguro que reiría un 15% más, por lo menos y llegaría a mi hora, 30 minutos más tarde.

Los lunes llegamos todos a la oficina amargados. Que se acabe el fin de semana es malo, pero que empiece el lunes es dramático. Entramos todos en silencio, musitando, como mucho, algún tímido “buenos días” y nos ponemos a trabajar. Solo se escuchan los teclados de ordenador, especialmente el teclado de Marcos, que parece estar siempre enfadado aporreando el ordenador. El silencio parece estar pidiendo a gritos que llegue Felipe y alegre el ambiente con su «¡bueeeeenos días, familia!». A veces, en vez de “familia” dice “chavales”, “muchachos”, “colegas”…

Felipe está al día de todas las noticias, tanto de política como de deportes. Entiende de todo, con opiniones sensatas y argumentos bien planteados. Los lunes suele empezar comentando los cotilleos del fútbol, pues hay un sector muy futbolero que disfruta con sus ocurrencias y con sus críticas a la última metedura de pata de un árbitro, de un entrenador o de cualquier mojigato futbolista. Si alguien duda de alguna jugada o de alguna regla del deporte que sea, Felipe siempre sabe contestar con precisión y elegancia, satisfaciendo a todos.

Tras comentar los deportes, nos deleita con lo que ha hecho durante el fin de semana. Se lo monta súper bien. Su mujer es encantadora y sus hijos son los hijos perfectos: uno está terminando arquitectura, la del medio estudia ya ingeniería aeronáutica (quiere ser astronauta, y seguro que lo consigue) y el pequeño aún no sabe lo que estudiar, pero gana muchos premios en deportes y concursos de todo tipo (poesía, relatos, fotografía, pintura…).

Cada fin de semana, Felipe tiene algo apasionante que contar: fiestas con su familia, excursiones a sitios donde nadie llega, campeonatos de su hijo pequeño, escapadas románticas, viajes familiares… siempre a sitios cercanos y a precios increíbles. Jamás viaja lejos, ni en avión, porque dice que contamina mucho y que para divertirse no hace falta ir lejos. Incomprensiblemente, siempre pilla ofertas maravillosas en hoteles o pensiones de todo tipo, pero también en visitas guiadas, entradas a museos… y no oculta el secreto. De hecho, nos avisa con tiempo por si alguien quiere apuntarse a muchos planes baratos que suenan muy bien cuando él los propone. Sin embargo, casi nadie se apunta. Todos solemos decir algo como “suena bien, pero ya tengo planes”.

Si no es lunes, Felipe suele obviar los deportes y pasar a hacer un rápido repaso a la actualidad política. Nadie sabe a quién votará Felipe, porque reparte críticas hacia todos los colores. Y además, fundamenta sus críticas de forma que suele ser difícil llevarle la contraria. En las pocas veces que alaba alguna actuación política, es porque realmente es algo bueno.

Felipe no solo habla de su vida, de deportes y de política. Le encanta la tecnología y suele estar al día de los últimos avances en informática, telefonía, apps, juegos, motores, coches eléctricos, energías renovables, ecologismo… En su casa ha instalado tres paneles solares y dice que, con la nueva ley, ahora va a pagar menos aún por la electricidad. Según él, la compañía le va a pagar por la electricidad solar que produzca y que no consuma. Yo no lo entiendo bien, pero suena genial y voy a pedirle consejo sobre eso.

Creo que él solo se queja de que no tiene dinero para todo, pero por internet se entera de lo más novedoso. No entiendo cómo saca tiempo para leer y hacer tantas cosas. Él está continuamente instalando y desinstalando apps en su teléfono. Se le ve emocionado contando la utilidad de esta aplicación que le permite vender las cosas que no usa, o cómo ha conseguido ahorrar mucho comprando cualquier artilugio, libro o regalo a precios increíbles. Continuamente, y con naturalidad, suele usar frases que demuestran que lee libros habitualmente. Por ejemplo, hace poco, a propósito de la desastrosa política agrícola de la UE soltó esta frase que me dejó pensativo: «Según un libro de Harari que leí hace poco, la revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia».

Es una persona simplemente feliz

Haga lo que haga, a Felipe se le ve contento, feliz, exprimiendo hasta la última gota de la vida. Es feliz hasta echando horas extra en el trabajo. Cuando los demás estamos sin energía, él está a tope, incluso nos ayuda para terminar antes nuestras tareas. Es un fuera de serie, con un gran corazón. Ayuda a todo el que puede y nunca espera nada a cambio.

En verano tiene pensado ir a Asturias. Un familiar o un amigo de un familiar, ya no me acuerdo, le presta una casa maravillosa durante una semana, para toda la familia. Todo gratis. Otra semana se irán en familia a recorrer parte del camino de Santiago, aprovechando que están por el norte. Los colegas que tienen hijos mayores se extrañan de que aún organicen las vacaciones todos juntos, incluso con sus hijos universitarios. Son una familia estupenda.

Por mi parte, cuando le digo que mi bebé no para de llorar, me dice que los suyos dormían como angelitos, y se desvive dándome interesantes consejos. No sé si creerme que sus hijos dormían bien, pero dado que todo le va de perlas, seguro que en eso también tuvo suerte. Bueno, tuvo suerte o supo educarlos.

«La suerte hay que buscarla»

Cuando alguien le dice que tiene mucha suerte en la vida, él no lo niega, pero también dice que la suerte hay que buscarla. Varias veces le he oído decir que él agradece mucho todo lo que la vida le ofrece, pues no cree merecer tanto.

No sé cómo, pero Felipe tiene tiempo también para ir a clases de yoga y de baile. Al menos una vez a la semana va con su mujer a bailar salsa, bachata, merengue, lambada, chachachá, samba, mambo… bailes latinos, algunos de los cuales yo, al menos, no había escuchado antes. Su mujer lo recoge en la oficina, se van a cenar y luego a bailar. Se les ve felices juntos. Hacen una pareja estupenda y se nota que se compenetran perfectamente. Ella es copropietaria de un bufete de abogados que no va muy bien pues, según Felipe, algunos meses tienen pérdidas.

Mientras la gente paga por ir a clases de baile, resulta que ellos se ganan un dinerillo bailando esporádicamente con gente que no tiene pareja. También está planeando dar clases de baile o de yoga, aún no lo tiene claro. Dice que está mejorando su técnica en tantra kriya yoga y en raja yoga. Según Felipe, ambos son dos caminos contrapuestos, pero que se compenetran para tener una vida saludable y feliz.

Sus dos próximos proyectos

Felipe también está escribiendo una novela. De vez en cuando, nos informa cuántas páginas lleva escritas y nos revela, en primicia, alguna anécdota de la misma. Dice que espera tenerla terminada en tres o cuatro meses. Luego, no sabe si presentar la novela a algún concurso literario o intentar publicarla en alguna editorial. Él dice que conseguir publicar su primera novela le va a costar mucho, pero que en el peor de los casos se la publicará él mismo, con empresas que hay por Internet que permiten publicar fácilmente y apenas sin gastos. Felipe se las sabe todas. Dice que un amigo suyo publicó así una novela titulada El buscador de lo inefable. Felipe, a veces bromea sobre su propio éxito como escritor, bien regodeándose en su fracaso y riéndose de sí mismo, o bien, fantaseando con conseguir un bestseller que le catapulte a la fama y que las mejores editoriales se peleen por publicar su segunda novela.

Por si no tuviera su vida bastante atareada, su familia se ha convertido en familia de acogida temporal para un niño. Una familia de acogida se encarga de cuidar un niño o un adolescente mientras su familia no puede hacerse cargo de él. Se trata de cuidar a un niño que no es tuyo, como si lo fuera, pero teniendo claro que no es una adopción, sino que el niño tiene su familia biológica y el objetivo es que vuelva con ella cuanto antes. Por supuesto, a veces no se sabe cuánto tiempo durará el acogimiento y no se cobra nada por ello. Para Felipe el mejor pago es «la satisfacción de haber ayudado a alguien». Según Felipe, si su familia puede ayudar a alguien, es una pena no hacerlo.

Una vez pasados todos los controles para ser familia de acogida, le han dicho que la próxima semana le asignarán un niño cuya familia no puede cuidar de él. El padre estará en la cárcel durante 8 meses, y la madre está en una cura de desintoxicación.

Su última hazaña

Hace poco, salió con prisas de la oficina diciendo que tenía que recoger a su mujer que estaba cargada con las compras mensuales. Su mujer le estaba esperando en un supermercado que hay cerca. Felipe arrancó el coche y dado que iba muy cerca, ni encendió la radio ni se puso el cinturón de seguridad, como era habitual en él.

Cuando se aproximó a la rotonda de la esquina frenó para ceder el paso a los vehículos que estaban en la rotonda, pero el coche que iba detrás de Felipe no frenó y se empotró en su maletero. No fue un golpe terrible, pero sin cinturón de seguridad, su cabeza rebotó en el volante. La ambulancia llegó en poco tiempo y fue fácil sacarlo de su coche y montarlo en la ambulancia mientras tiritaba exageradamente, según contaron los presentes.

El conductor de la ambulancia declaró que sus últimas palabras fueron: «Disfrutad la vida sin dañar a nada ni a nadie».

Las ilusiones, los proyectos, los sentimientos y los pensamientos de Felipe se desvanecieron para siempre.

Me cambió la vida

Felipe cambió mi vida después de su fallecimiento. Su vida, que yo la consideraba estresante y demasiado llena, ahora la valoro como un ejemplo. No voy a copiar su vida, porque a mí me gusta la vida más simple, pero sí me he propuesto leer más, disfrutar de lo simple y valorar más lo que la vida me ofrece, empezando por mi familia. Ahora ya no me estreso cuando llora mi hijo, sino que me alegro cuando se ríe.

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