Papá ciclista

Mi padre era el padre más pesado del mundo. Si todos los padres lo son, el mío lo era por partida doble, tal vez porque mi madre se fue a las nubes demasiado pronto. Él se autoasignó el papel de padre cargante y de madre machacona.

Recuerdo que siendo aún un niño, él consiguió inflar mi pasión por la bicicleta. En cambio, estuvo a punto de pincharse, porque salir de ruta con él era un suplicio desesperante.

La bicicleta es un deporte muy individual. Uno se enfrenta a cada viaje en solitario, con sus propias fuerzas. La montaña no te habla, el asfalto tampoco, los caminos son silenciosos, el paisaje es mudo… y mi padre… mi padre no se callaba ni un momento. Siempre gritando consejos al viento, que yo desobedecía de puro hartazgo: «cambia de piñón, que vas mu forzado»; «cambia de plato que vas mu suelto»; «bebe agua, que tienes sed»; «levántate ahora»; «bebe de una vez, que hay que beber antes de tener sed»; «cuidado con los coches»; «cuidado con la curva»; «circula más a la derecha»… y la lista sigue con interminables consejos y órdenes que disparaba a cada metro que recorríamos a quemarropa.

También me resultaban chirriantes sus momentos poéticos, por llamarlos de alguna forma. Ejemplos de sus perlas eran: «mira la puesta de sol: el cielo se viste de pomelo»; «disfruta ese cauce, rosa de adelfas»; «esa nube tan mágica es ella, que nos empuja en cada repecho»; «estas montañas que nos quitan las fuerzas, nos dan la vida»… o su más clásico «rodemos más rápido para ver otra vez amanecer».

Si lo dejaba atrás, se enfadaba con un «no abras hueco»; y si me retrasaba mucho, con un «no seas lastre». Me llamaba «llorón» solo por preguntar cuánto faltaba para llegar; y me exigía esforzarme siempre más. Absurdamente, más que yo mismo. Me demandaba: «en esta recta quiero verte con toda la tranca»; o bien: «el plato pequeño, ni lo toques».

Sobre la bici, él disfrutaba como un niño. Yo también me divertía… especialmente cuando él se callaba, lo cual significaba que podía estar sufriendo una pájara. Cuando acelerábamos a gran velocidad descendiendo una montaña, a él le encantaba hacer «el águila»: soltaba el manillar y abría los brazos, agitándolos como si volara… con el viento masajeando su cara. Batía sus alas imaginando que el suelo estaba a cien metros y que cada marca del suelo era una casa o una gran roca allá abajo. En las curvas se inclinaba planeando para que la bici acompañara a la carretera, sonando de fondo la música de las uñetas de la rueda arañando el trinquete a ritmo presto de jazz.

De la bici aprendí a afrontar la vida como viene, a aguantar el camino con sus baches, con su frío o su calor, con su viento o su lluvia. De sabios es soportar estoicamente lo que la ruta te va ofreciendo, disfrutando los descensos y sufriendo en las subidas, pero intentando alegrarse también en ellas. Clavados en el sillín, los ciclistas sabemos lo que es padecer que el piñón no quiera cambiar, que nos asuste un perro ladrando o un coche pasando cerca, que nos balancee el remolino de un camión, o que un mosquito se meta donde no debe. Nos maravillamos de los paisajes —floridos o no—, y pedimos perdón a las aves que asustamos al pasar.

Mi padre decía que el viento ayuda poco cuando ayuda y molesta mucho cuando molesta. Con su ejemplo, me enseñó a ser puntual rodando por la ciudad, usando mi fuerza y sin quemar nada ni a nadie.

Ahora, que se cumplen quince años de su muerte, quiero sus consejos más que nunca. Miro mis piernas y veo las de él. Lo veo en cada advertencia que doy a mi hijo.

Ahora, yo también me enfado cuando veo botellas tiradas en los arcenes y procuro no pisar las líneas y dibujos de la carretera… «para que dure más la pintura». Y ahora soy yo el que me divierto en éxtasis haciendo «el águila».

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