Fue el miedo

El miedo es el sentimiento más poderoso. A su lado, el amor es un enclenque. En el miedo no hay amor, salvo a uno mismo. En cambio, en el amor siempre hay miedo; a veces a borbotones. Nuestro miedo adultera todos nuestros sentimientos.

Una de las primeras palabras que aprendemos a decir es «mío». Con ella afirmamos nuestra posesión. Y a partir de ese mismo momento hay miedo a perder lo que sea que consideremos nuestro. El miedo nos acompaña casi toda nuestra vida, desde la guardería hasta nuestro último chorro de aire. Sudamos miedo en la adolescencia, tragamos miedo en el primer beso, vomitamos miedo en nuestro primer trabajo, temblamos ante la enfermedad y nos cagamos con solo pensar en la muerte. Somos unos cobardes. Unos lo disimulan mejor que otros.

Todos hemos sentido temor a cosas tan loables como ser sinceros; miedo a que sepan cómo somos realmente; miedo a que cada día sea distinto a cómo lo hemos imaginado. El recelo es parte de nuestra cotidianidad. El pánico es más habitual de lo que se reconoce. Lo conocemos, aunque sea por asquerosa timidez.

De hecho, el miedo está detrás de todo lo que hacemos. A veces sin saberlo, votamos por miedo, nos emparejamos por miedo, gritamos, insultamos, opinamos, descalificamos, compramos, engañamos y nos engañamos… todo con miedo y por el miedo. Hay más miedos que especies de insectos… o que insectos mismos. Miedo al dolor, al abandono, al qué dirán, a no ser reconocidos, a no dar la talla, a no cumplir las expectativas de otros, o a que otros no cumplan las nuestras… El valiente tiene los mismos miedos, pero consigue controlarlos.

Vecinos

Empecé a ser consciente de mis miedos el día que mis nuevos vecinos pusieron su música por las nubes. Vivía en una zona privilegiada, tranquila, de casitas adosadas con jardín. Llegaron y lo chafaron todo. Por mi parte, fui lo amable que soy capaz:

—Buenas noches. Sois nuevos por aquí, ¿no? Bienvenidos. Vivo justo al lado. ¿Os importaría bajar la música?

—¡Capullo! ¡Estamos inaugurando nuestra nueva casa!

Os juro que capullo fue la primera palabra que me dijo la primera vez que nos vimos. Y eso no fue lo peor. Me sacó una navaja y me pinchó el cuello. No llegué a sangrar porque di un paso atrás. Entonces, me gritó con aromas alcohólicos:

—¡Déjanos en paz o únete a la fiesta! ¡No nos jodas! Y cámbiate de pantalones, ¡niñata!

Me fui sin despedirme. El miedo se agarró a mi piel. Una ducha no lo desincrustó. La noche de ansiedad, no pudo reiniciarme. Temblaba al entrar y salir de mi propia casa. Miedo por dentro. Y no era lo peor.

Me desesperaba esnifando por mi ventana el descuido y el maltrato a sus cuatro perros. Puse una denuncia anónima por maltrato animal. La policía vino, pero no hizo nada. En cuanto los agentes se fueron, él aporreó mi puerta con ladridos de rottweiler. No abrí, por supuesto. Por precaución, o por pavor. Escuché sus amenazas escondido tras el sofá, con la vergüenza de un cobarde absoluto.

Ese tío es de esos que saben cómo esquivar la ley y a la policía. Sus ojos disparaban espanto cuando sonreía con ese aliento a J&B. Los excrementos de sus perros volaban hasta mi patio.

Decidí mudarme y empecé buscando algo similar en la otra esquina de la ciudad. No había nada a precio razonable y mientras lo encontraba copié la navaja de mi vecino hasta en sus ilegales medidas. Cuando me acercaba a mi casa la apretaba con fuerza con una mano, mientras con la otra preparaba mi llave para abrir y cerrar en el mínimo tiempo.

No mucho después de aquello, un ratero me abordó en la oscuridad de un callejón. Pensé que era un vulgar ladrón el que me dio el alto. Estaba buscando el dinero para dárselo cuando él se sacó un bate de béisbol y masculló:

—Tengo un mensaje para ti de tu amigo brasileño.

Solo pude correr diez metros hasta que una zancadilla me llevó al suelo. Me pisó el cuello. Estaba asfixiándome, lo juro. Usé la única alternativa que tenía. Saqué mi navaja y se la clavé en la pierna. Él cayó al suelo agarrándome por la camisa punteada en rojo. Debía de haberme dejado ir. Yo hubiera llamado a una ambulancia y él habría sobrevivido. Pero no. Él buscaba cumplir su papel —o una vulgar venganza— más que su vida. Únicamente atravesé su cuello con la timidez propia del que no quiere matar a nadie.

No estaba seguro de que la policía viera claramente que lo había asesinado en defensa propia con una navaja ilegal. Tuve miedo, ahora de la ley. Me escabullí en la noche escondiendo las manchas rojas y las de barro. Yo no tenía ningún amigo brasileño.

El difunto era un don nadie que engrosó la lista de asesinados por la lucha entre dos clanes contrabandistas de la ciudad. Algo de eso se publicó. Los depredadores siempre quieren controlar su territorio. Como mi vecino.

El barrio se estaba llenando de gente tan rica como indeseable. Peor que mi vecino era el que vivía en la mansión a final de la calle. Un banquero local al estilo más usurero del lejano Oeste. Al parecer estaba despidiendo a cientos de trabajadores sustituidos ni siquiera por robots inteligentes, sino por un simple mainframe de segunda mano conectado a Internet. Su especialidad eran los desahucios exprés a personas con los recursos justos para comer. Sabía que ellos no podían defenderse contra su maquinaria legal e inhumana.

Su propio hijo —heredero legítimo del imperio— se había opuesto en el consejo de administración a esa despiadada gestión. Según el periódico, el padre había sido el ganador. Fue fácil convencer a la cúpula con promesas de dividendos en A y en B. El hijo prometió un mayor reparto de la riqueza, lo cual solo interesó a cinco votos, contando el suyo.

Apenas leo periódicos o atiendo las noticias locales. Ni siquiera las nacionales me interesan lo suficiente como para tragarme un telediario completo. Si no he apagado antes, lo hago en cuanto pronuncian la palabra fútbol. Un amigo fue el que me puso al día cuando sufrió el desahucio con sus dos hijas. Le prometí pagarle el alquiler hasta que pudiera soportarlo él. Los amigos se ayudan con gusto. Aceptó con lágrimas, por sus hijas. «Alguien debería eliminar a ese canalla», sentenció con rabia.

Por supuesto, cancelé mi cuenta y me fui a un banco ético. Al menos, mi dinero no estaría en manos del desalmado tirano del final de la calle.

Quemaba

Quemaba en mis manos. Un mes más tarde yo seguía llevando el arma homicida conmigo. Era imposible relacionarme con aquel crimen, o eso pensaba yo. Quemaba y, a la vez, no podía soltarla cuando paseaba por mi propio barrio. Mi prudencia no acabó con sus amenazas, que siguieron abollando mi puerta y ensuciando mi patio.

Hablando con unos y con otros descubrí que mi vecino era conocido como Fernandinho da Costa, un empresario de origen brasileño que desde hacía mucho gestionaba la empresa cementera de la ciudad. Le llovían los beneficios gracias a sus relaciones con el alcalde, ignorando las protestas vecinales. El riesgo de morir por cáncer es un 10% mayor si vives a menos de 5 km de una cementera. La asociación de vecinos no querían asumir ese 10% ni que sus casas se llenaran de polvo con elevada concentración de dioxinas, furanos, metales pesados y otras asquerosidades de la combustión incompleta del horno incinerador industrial.

No sé si mi víctima era escoria, pero el brasileño y el banquero eran algo peor. Se merecían algo peor. Eran los hacedores de escoria, los quebradores de la paz. Estaban unidos en negocios muy lucrativos para ambos, manipulando a su antojo al alcalde y a su camarilla de corruptos.

Los grandes ladrones y los grandes asesinos no se manchan jamás de sangre. A veces, ni conocen a sus víctimas. Yo sí me había manchado. Y sí había conocido a mi víctima en persona. Y él también se había atrevido a abordarme directamente, por un puñado de euros, tal vez lo justo para su siguiente dosis. En cambio, ellos, siempre impolutos, vivían de lujo en lujo, a costa de sufrimiento, enfermedad y muerte. No hay justicia en el planeta.

La sensación de culpabilidad se fue disolviendo en mi corazón. Incluso llegué a pensar que le había hecho un favor a la sociedad. ¿A cuánta gente había salvado de las atrocidades de aquel individuo?

Fueron días extraños en los que me sentía poderoso por momentos. También un vulgar asesino. Lo reconozco. La sensación de impunidad me daba calma. Estaba convencido de que era merecida. La ruidosa música del brasileño manchaba de terror mi paz. Inmovilizado, era incapaz de hacer nada, ni siquiera de llamar a la policía para no tener relación alguna con ellos. Mientras, mi puerta se iba arrugando por los golpes matutinos.

Las noticias anunciaron que el brasileño y el banquero se habían asociado para construir un rascacielos en unos terrenos donde el pleno del ayuntamiento había aprobado hacer un gran parque, un bosque urbano. El alcalde, a pesar de lo aprobado en la anterior legislatura, tumbó el proyecto del parque para encementar con gris el cielo de la ciudad. Nuevamente, la opinión de los vecinos era sepultada. No importa que los pobres no tengan árboles ni puedan pagar aires acondicionados. Entonces, se me cruzó un plan de superación, pensando en que los amigos se ayudan con gusto, en defensa propia.

Plan

El brasileño salía todos los días muy temprano a pasear a sus perros. La casa no se quedaba sola. Todos dormían hasta más allá de la salida del sol, con las persianas bien bajadas.

Aprovechando que los perros no estaban, salté el muro de mi jardín para colarme en la propiedad del brasileño. Tomé prestada una de sus sudaderas blanca y roja y una de sus gorras más llamativas. Todo con guantes para no dejar huellas, por supuesto. Esto se aprende de cualquier película policíaca.

Ese mismo día, al anochecer, caminé a la casa del banquero. Fuera del campo de visión de las cámaras me puse un pasamontañas, un gorro de ducha y luego la gorra y la sudadera. Usé la cadena recién limpiada de mi bicicleta para atarla con guantes a la verja de entrada, de forma que no pudiera abrirse. Luego me fui a un camino lateral y esperé tras unos arbustos. El Mercedes del banquero tardó más de lo previsto. Cuando por fin llegó, no pudo entrar por la puerta principal por una extraña cadena que examinó de cerca sin entender nada. Entonces se dirigió a la puerta trasera atravesando el camino lateral. Allí le di el alto.

Bajó la ventanilla con cara de sorpresa supremacista. Mi navaja le asustó y mis titubeos dejaron claro que yo no era nadie. Nadie importante. Le quise explicar lo de los desahucios, y él empezó a gritarme. Entonces, no sé por qué, seguramente para conseguir silencio, la navaja se clavó limpiamente en su cuello como si ya tuviera práctica. «Es el mensaje de mi amigo desahuciado», mascullé sin que ya pudiera oírme. La navaja recordó el placer de hundirse en escoria. Paré el motor del coche y puse la llave en su boca.

Tras recuperar la cadena de mi bici, la soledad de la noche me protegió del miedo evidentemente presente. El cuchillo lo metí en una bolsa y en otra, la sudadera y la gorra tras sacudirlas muy bien. Al llegar a casa las lavé y las tendí en la cocina.

No dormí en toda la noche, quizás por primera vez no por miedo, sino por la tensión de un trabajo incompleto. A la mañana siguiente esperé a que los cuatro perros salieran con Fernandinho a su paseo matutino. Salté el muro otra vez, tendí su ropa justo donde estaba el día anterior, ahora sin más colada de compañía. A continuación, puse la bolsa con la navaja bajo un macetero y la cadena mal enterrada. Solo tenía que huir y el trabajo estaría hecho.

Cuando iba a saltar, escuché los perros y la llave del brasileño. «¿Qué cojones se le ha olvidado a este capullo?», pensé literalmente mientras me arrastraba detrás del macetero con un seto de Ficus benjamina.

Fernandinho había dejado a los perros atados a la farola. Él entró a coger algo y la sudadera tendida le detuvo. La acarició con mimo, como si no entendiera qué hacía allí aún mojada. En la gorra, ni se fijó. Los perros no dejaban de ladrar como posesos, intentando entrar a devorarme. Si no hubieran estado atados me habrían destripado allí mismo. El brasileño miró alrededor, agarró con fuerza su teléfono y dirigiéndose a los perros —lo recuerdo perfectamente— les dijo:

—¡Silencio perros de mierda! ¡Vais a despertar al mundo!

Detrás del ficus, lo que sentí fue auténtico terror. Creí que estaba ya inmunizado, pero todas las escalas del miedo —desde el temor al pánico— están en nuestro ADN. No hay vacunas y gracias a eso sobrevivimos.

Esa misma tarde, sábado, desde mi ventana, pude ver cómo la policía entraba a un registro y requisaba la sudadera y la gorra. También encontraron la navaja y la cadena, torpemente escondidas y seguramente aún con sangre húmeda. En mi bolsillo encontré uno de mis errores, la llave de la cadena.

Fin

Veinte años después de aquel doble homicidio en defensa propia, ya ha prescrito el delito, si lo hubiere. Para acusarme solo quedan una llave y las imágenes de una cámara, testigos borrosos de mi inocencia.

Hoy he recordado todo esto porque alguien me preguntó a qué cosa le tenía más miedo. La respuesta la tenía ya pensada:

—A cometer de nuevo mis peores errores. Han sido muchos en mi vida, aunque no fui auténticamente yo. Fue el miedo.

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