El contable asesinado

Trabajar en una industria de telas puede ser un motivo de asesinatoRoberto Sandemetrio estudió ingeniería industrial pero se metió en el negocio textil por su padre, vendedor de telas de toda la vida. Roberto era un hombre tranquilo e inteligente. Supo hacer crecer su negocio vendiendo por Internet, dedicándose también a la estampación y la impresión digital personalizada. Además, muchos de sus clientes valoraban que la empresa trabajase con tejidos especiales: ignífugos, reciclados, fonoabsorbentes, fáciles de limpiar, con tintes ecológicos, veganos e incluso tejidos con protección a la radiación electromagnética.

Roberto rondaba los 45 años pero aparentaba más edad por su calvicie total sobre la cabeza. Tenía nueve empleados y decía que no quería contratar más porque nueve era un número perfecto, «el número de la plenitud para el taoísmo». Su relación con los empleados era, en general, cordial, pero manteniendo las distancias, pues pensaba que así respetarían mejor sus mandatos y serían más eficientes. Sin embargo, con su contable la relación era bastante peor. El contable entró en la empresa recomendado por un amigo y nunca le resultó fácil sustituirlo. Tras doce años trabajando en la empresa, despedirlo era más caro que mantenerlo, incluso aunque sabía que regularmente le robaba pequeñas cantidades de dinero.

Dos años antes tuvieron una fuerte discusión y Roberto denunció a su contable por robo. En el juicio no se pudo demostrar el hurto, por lo que Roberto no consiguió despedirlo sin tener que pagarle el finiquito. Finalmente, llegaron a un acuerdo para que no fuera despedido. La empresa se ahorró la indemnización por despido no justificado. A cambio, el contable se comprometió a ser más cuidadoso en las cuentas. Efectivamente, el contable mostró más esmero, pero en no ser cazado más que en la exactitud y orden en las cuentas. Roberto asumió esas pérdidas aunque en su cabeza siempre estaba el conseguir demostrar cada hurto. Obviamente, él no podía estar supervisando todas las cuentas de la empresa.

La tensión entre Roberto y su contable era conocida por todos los empleados, pues era muy evidente hasta en la forma de saludarse. Tal vez como castigo, Roberto había despojado a su contable de su despacho personal pero, a cambio, estaba obligado a verlo cada día, cada vez que entraba o salía de su despacho. Las discusiones entre ellos por cualquier apunte contable o cualquier error eran relativamente frecuentes.

Quizás por todo esto, o tal vez por el carácter algo huraño del contable, ninguno de los otros ocho empleados tenían una relación fluida con él. El encargado del almacén, Víctor, era un hombre dicharachero y divertido. Le gustaba bromear con todo el mundo. Sin embargo, cuando las bromas se hacían sobre él, su humor cambiaba y se enfadaba notoriamente. El contable era un objetivo recurrente de sus chistes y gracias y en más de una ocasión ambos habían discutido. No obstante, Víctor seguía sin mantener las distancias adecuadas y el contable siempre le devolvía sus bromas generando tensión en el ambiente. Esto solía terminar con alguna salida de tono por parte de ambos.

Por consejo de su abogado, el contable era extraordinariamente puntual para evitar que fuera despedido por retrasos reiterados. Ante la sorpresa de todos los empleados, un día Roberto llegó antes que el contable. Sin pronunciar su nombre, Roberto preguntó por él pero nadie supo explicar tan inusual retraso. Roberto no le dio mayor importancia y pasó a su despacho con un joven informático que le acompañaba para ayudarle a configurar adecuadamente su ordenador.

La visita

No había pasado ni media hora cuando una pareja de policías entró en el establecimiento. Uno aparentaba ser demasiado joven para ser policía y otro parecía bastante más veterano. Un empleado se dirigió a ellos para preguntar qué deseaban. Ellos dijeron que buscaban al propietario y el empleado les mostró la puerta de su despacho, la cual permanecía abierta mientras el informático no dejaba de teclear con pasión.

El policía más mayor se adelantó, golpeó la puerta con los nudillos y preguntó al informático:

—¿Es usted Sandemetrio?

—No —contestó con un poco de aturdimiento, como si no hubiera entendido la pregunta—. Yo me llamo Luis y no soy santo.

—¿No es usted Roberto Sandemetrio? —volvió a preguntar el agente.

—¡Ah! ¡Roberto! —exclamó el joven con alivio—. Está en el servicio.

Al unísono, los dos agentes se miraron con complicidad intuyendo que ambos pensaban que tal vez había ido al servicio para fugarse. Acto seguido se giraron para mirar la puerta del servicio mientras caminaban despacio hacia ella, como intentando no hacer ruido. Uno de los policías iba a golpear la puerta cuando Roberto la abrió súbitamente e intentó salir con prisa. Al ver a los dos agentes de policía pegados a su cara, gritó del susto.

—Disculpe que le hayamos asustado —se excusó el mayor de los policías—. ¿Es usted Roberto Sandemetrio?

—¡Sí señor! —clamó rápidamente.

—¿Conoce usted a Eusebio Enamorado?

—¡Sí señor! —volvió a exclamar—. Es mi contable y hoy no ha venido a trabajar. No sé el porqué. ¿Lo buscan porque ha robado algo? No me extraña. Él es un enamorado de lo ajeno, ya me entiende. Ya era hora. ¿Qué es lo que ha robado ahora?

—No ha robado nada. Ha aparecido muerto en plena calle. Al parecer ha sido atropellado.

La cara de Roberto cambió repentinamente. Miró a los agentes y titubeando musitó:

—Un… un… un atropello…

—Tenemos orden de llevarlo a comisaría. ¿Viene voluntariamente o nos obliga a detenerlo?

—Ya que me da a elegir prefiero… prefiero… prefiero ir voluntariamente. Pero… ¿puedo hacer una llamada? A mi esposa.

—Sí, claro, pero no cierre la puerta.

—Bueno, pensándolo mejor, no la voy a llamar, para no preocuparla. Luego se lo cuento, cuando terminemos.

Todos los empleados habían visto lo sucedido, pero Roberto descolgó su abrigo verde botella de la percha y se dirigió a ellos con estas palabras:

—Voy a acompañar a estos señores. Si me necesitáis me llamáis al móvil.

En el coche patrulla el policía más joven, que hasta entonces no había dicho ni una palabra, se sentó atrás con el industrial. El más veterano se sentó al volante. Tal vez por romper el incómodo silencio el más joven comentó:

—He visto que trabajan telas preciosas.

Tras unos segundos de silencio continuó hablando.

—Me llamo Francisco, encantado de conocerle. ¿Las venden al detal?

El conductor se volvió con cara de asombro al ver el comportamiento de su colega. El industrial, sin mucho entusiasmo dada la incómoda situación en la que se encontraba, afirmó lacónicamente:

—Sí.

—Mi hermana es modista —siguió contando Francisco—. Seguro que le gustará venir a ver sus telas. ¿Venden seda?

—No.

—¿No? ¿Por qué no?

—No nos gusta trabajar ese tejido.

—¿Por qué no? —reiteró el policía.

—La seda está hecha con hilos producidos por ciertos insectos. Son unas polillas originarias de China.

—Ya, lo sé. Los gusanos de seda, ¿y qué? —insistió.

Como si le costara revelar un secreto, Roberto Sandemetrio terminó de explicarse con voz seria:

—Para hacer la seda hay que matar a esos animales. Para que los capullos se desenreden fácilmente lo normal es hervirlos con los animales dentro. Es necesario matar a cientos de gusanos de seda por cada pañuelo o corbata. En mi tienda no se venden productos que cosifiquen a los animales. Y tampoco vendemos cuero, por si lo pregunta, porque el cuero es la piel de un animal muerto.

El joven policía quedó sorprendido por la inesperada respuesta y mantuvo el silencio el resto del trayecto.

En comisaría

Al llegar a comisaría los policías se bajaron del vehículo y, alejándose un poco del detenido, el más veterano amonestó al más joven:

—¿Qué se supone que haces presentándote a un detenido?

—Yo, esto… bueno —balbuceó—. Era por mi hermana. Le gustarán esos estampados. Y yo nunca había pensado en que se mataran animales para la seda. Pero… ¿está o no está detenido?

El otro policía balanceó la cabeza en señal de resignación. A continuación, pasaron a Roberto a una sala de interrogatorios. Era la típica habitación con una mesa, dos sillas a ambos lados y una ventana espía, como si fuera un espejo. «Impresiona más verla en persona que en las películas», pensó Roberto. Un policía le instó a sentarse y pronto llegó una mujer con una identificación colgada del cuello:

—¡Hola! Soy la inspectora Clara Cosío. ¿Sabe por qué está detenido?

—No sabía que estuviera detenido.

—Está usted detenido por el atropello y asesinato de Eusebio Enamorado. ¿Cómo se declara?

—¿Cómo me declaro? Pues me declaro estupefacto. Yo no tengo nada que ver.

—¿Se declara culpable o inocente? ¿No tiene nada que ver? ¿Está seguro? Tenemos bastantes pruebas.

—Me declaro inocente y no tengo nada que ver. Estoy seguro y no pueden tener ninguna prueba.

—¿Dónde estaba usted a las 7 de la mañana?

—En mi casa, dormido. Pregunte a mi mujer —replicó Roberto con decisión.

—Lo comprobaremos —aseguró la inspectora.

—¿Sabía que su coche tiene un faro roto?

—Pues sí, lo he visto esta mañana. Alguien me ha dado un golpe esta noche. Ya he llamado a mi seguro.

—Lo comprobaremos —repitió la inspectora.

—¿Dónde aparca su coche?

—Enfrente de mi casa, en la calle Libélula, hay un aparcamiento amplio y siempre lo dejo allí.

—Lo comprobaremos —volvió a repetir ella mientras no dejaba de anotar todo en una pequeña libreta.

—¿Había discutido recientemente con Eusebio?

—No. ¡Claro que no! —exclamó antes de ponerse a dudar—. Bueno… esto… en realidad él y yo discutimos frecuentemente. Es mi contable y no hace bien su trabajo. Me refiero a que no he discutido con él más fuerte de lo normal.

La puerta se abrió y alguien le pasó un folio a la inspectora. Durante unos segundos de silencio la inspectora leyó el papel. Finalmente, preguntó:

—Entonces, ¿reconoce que discutía frecuentemente con el difunto?

—Sí, bueno, es mi contable y me roba.

—¿Querrá decir que le robaba?

—Bueno, sí. Eso. No puedo creer que esté muerto —respondió Roberto metiendo su cabeza entre sus manos.

—Ya no le robará más. ¿Es un buen motivo para matar a alguien? Hace dos años ambos fueron a juicio. ¿Lo recuerda? —inquirió la inspectora.

—¡Claro que lo recuerdo! Me robaba y lo denuncié.

—En cambio, en el juicio no se demostró que hubiera robo. Lo que se demostró es que usted le odiaba. Incluso lo amenazó de muerte. ¿Recuerda eso?

Los ojos de Roberto se abrieron al máximo y empezó a sudar. Balbuceando, comenzó a contestar antes de que el silencio se hiciera más largo y más incómodo:

—No recuerdo que yo amenazara a nadie, pero estaba indignado. Me robaba y el juez no admitió mis pruebas.

—¿No recuerda que lo amenazara? Pues está en el acta —aseguró ella.

—Ya le he dicho que estaba indignado. Es posible que le amenazara, pero yo sería incapaz de… de…

—Aparte de usted, ¿quién más tiene acceso a su coche? —interrumpió la inspectora.

—Pues, nadie más —afirmó Roberto—. Bueno, mi mujer también. Yo cuelgo las llaves detrás de la puerta de la cocina.

—Está seguro, ¿verdad?

—Desde luego. Hace unos tres años tenía chófer, pero la despedí porque yo puedo conducir para visitar a mis clientes y proveedores. Un sueldo que me ahorro. Tener diez empleados son demasiados. Nueve es el número de la plenitud.

—Lo comprobaremos —musitó la policía sin dejar claro qué es lo que iba a comprobar y sin parar de anotar cosas en su libreta—. Creo que por ahora hemos terminado.

—Me alegro de que por fin pueda irme —repuso Roberto.

—¿Cómo? —preguntó la inspectora— No. Usted dormirá aquí hoy. Hay riesgo de destrucción de pruebas.

La inspectora salió rápido cerrando la puerta ante el asombro de Roberto. Al menos le permitieron hacer un par de llamadas, a su mujer y a un abogado. Tras eso lo llevaron a su celda.

Clara Cosío había sido la inspectora más joven de aquella comisaría. Era meticulosa pero había cometido algunos fallos en el pasado que le hacían dudar de su capacidad para ese puesto y, especialmente, para dirigir un equipo.

Tras el interrogatorio, se reunió con los dos policías que habían procedido a la detención de Roberto. Sin andarse con rodeos, ordenó:

—Uno de vosotros que se encargue de interrogar a todos sus empleados, se supone que son nueve. El otro que se encargue de recopilar los informes de la autopsia y del análisis del vehículo. Yo iré a hablar con la esposa del detenido y con la del fallecido. Esta tarde nos vemos y examinamos toda la información. Nos reuniremos a las 17 horas para analizarlo todo. Hasta entonces.

Por la tarde

La inspectora recopiló toda la información del caso y procedió a resumir:

—Parece un caso bastante claro. Tan claro que me desconcierta. Tenemos a un individuo profundamente enfadado con su contable desde hace años. Tuvieron un juicio que perdió y llegó incluso a amenazarle públicamente. Los empleados corroboran que la animadversión entre ellos es evidente desde hace años, especialmente después del juicio, aunque no han presenciado grandes disputas. ¿Correcto?

—Correcto —confirmó el policía más veterano.

—Bien —continuó hablando ella—, también tenemos un atropellado, supuestamente, a la espera del informe de la autopsia. La víctima salía casi todos los días a correr a las 7 de la mañana, media hora escasa según su esposa y otros familiares, así como sus vecinos. A las 8 empezaba a trabajar y siempre era puntual según todos sus compañeros. En la calzada no se hallaron marcas de frenada, por lo que si fuera un atropello sería intencional. El coche del sospechoso tiene abolladuras y un faro roto que podría corresponderse con un atropello de estas características. ¿Voy bien?

—Así es —corroboró el mismo policía—, pero acabo de recibir el informe de criminalística tras analizar el vehículo.

—¿Podrías resumir lo qué dice? —indagó la inspectora Clara con voz severa.

—Por supuesto. Dice que recientemente el vehículo ha sido limpiado por el exterior en la supuesta zona de impacto, incluso con algún disolvente, y han encontrado huellas del sospechoso en el interior, lo cual es normal, por supuesto. El sospechoso dice que otro vehículo tuvo que colisionar con el suyo durante la noche y que el supuesto infractor huyó. Pero, ¿para qué se iba a molestar en limpiar la zona del impacto? Además, no es solo un faro roto como indica el sospechoso, sino que hay otro impacto en la parte superior del capó, del que el sospechoso no parece haberse dado cuenta, pues llamó a su compañía de seguros solo para dar parte del faro roto.

—Muy bien, gracias. ¿Algo más? —preguntó ella.

—Sí, hay un detalle más. En la escena del crimen se encontró un trozo de faro diminuto que bien podría corresponderse con el tipo de faro del vehículo. No ha podido reconstruirse porque faltan trozos, pero al parecer el trozo encontrado podría ser uno de los que le faltan al faro.

—Se le complican las cosas al Sr. Sandemetrio. Su propia mujer ha declarado que él suele despertarse a las 8 y media y sale de casa sobre las 9, pero que ella no se entera mucho porque toma pastillas para dormir. También dice que las llaves siempre las cuelga detrás de la puerta de la cocina y que ella apenas usa el vehículo. Como mucho los fines de semana.

—Parece claro —sentenció la inspectora—. Tenemos el móvil, tenemos el arma homicida, el vehículo, y hemos situado el arma en la escena del crimen. También tenemos que el sospechoso tiene libre acceso al vehículo y sin testigos fiables. Los hechos son evidentes. El sospechoso se levanta sobre las 6:30, sale de su casa, toma el vehículo y espera a que la víctima pase por un lugar donde el atropello es bastante fácil. Cosa que ocurre pasadas las 7 de la mañana. El sospechoso vuelve a su hogar, se acuesta y comienza a hacer vida normal. Al salir de su casa, finge que ve el faro roto y llama a su compañía de seguros para dejar constancia de ello. ¿Algún cabo suelto?

Francisco, el policía más joven, había permanecido callado hasta ese momento. Tomó entonces la palabra para plantear algunas dudas:

—Me gustaría precisar cinco cosas que he anotado. La primera es que a mí me parece que cometer un atropello voluntario con tu propio coche es una insensatez. Es cierto que a esas horas y en ese barrio no hay apenas nadie por la calle y, de hecho, no hay testigos del suceso, pero el Sr. Sandemetrio debería haber intuido que él sería uno de los primeros sospechosos de la lista.

—Tienes razón en que ha sido una maniobra un poco torpe —confirmó Clara—, pero aquí estamos todos hartos de ver ese tipo de impericias. Él esperaba que se tramitara como un atropello con huida. Roberto Sandemetrio es una persona enfadada con su empleado durante años y que tiene que soportar que le robe cada mes. No he comentado antes que algunos compañeros de trabajo han dado por ciertas esas acusaciones, aunque ninguno ha aportado pruebas. Podemos revisar los libros contables, pero que robara o no robara es algo que no es relevante para el caso. Lo cierto es que estaban enfadados desde hace años y para el Sr. Sandemetrio era algo deseable eliminar de su empresa a su contable. Despedirlo le hubiera costado muy caro y, sobre todo, hubiera sido muy humillante. ¿Cuál es la segunda cuestión?

—No hay duda de que podría querer matarlo, pero eso no es una prueba. Otra cuestión es que tampoco se ha probado que dicho vehículo estuviera en la escena del crimen. El trozo de faro encontrado es minúsculo y en la escena del crimen se encontraron catorce trozos más, clasificados como de otros modelos de faro. Es un cruce sin señalizar donde los vecinos dicen que hay constantes colisiones. El trozo de faro coincidente podría ser de otro coche similar, pues es un modelo de vehículo y de faro que se vendió mucho hace unos años.

—¿Cuál es la cuarta cuestión? —preguntó ella rápidamente mientras contaba con sus dedos.

—Falta una pregunta por contestar: ¿dónde están los trozos del faro roto?

—Buena pregunta. ¿Dónde pueden estar?

—He estado en el aparcamiento de la calle Libélula, frente a la casa del detenido, donde supuestamente él aparca y donde él asegura que le dieron el golpe. Allí no hay restos de faro, por ningún lado. Es un aparcamiento bastante grande, pero lo he rastreado a conciencia. Está limpio.

—¿Qué más? —preguntó la inspectora con un tono algo impertinente.

—No se ha tenido en cuenta que en el interior del coche se han encontrado huellas de otra persona y que ningún empleado tenía buena relación con el contable. Especialmente, tenía frecuentes discusiones con un tal Víctor, un bromista que usaba al contable como blanco de sus chistes. ¿Podrían las huellas del interior del coche ser de Víctor?

—Lo comprobaremos —sentenció la inspectora.

La cara de la inspectora denotaba inquietud. Una acusación rápida y fácil había sido desmontada por el más joven de los agentes. Asegurándose de no parecer enfadada, concluyó la sesión:

—Bien, mañana esperaremos el informe de la autopsia y evaluaremos de nuevo lo que tenemos. Quiero verles aquí a las 9:15.

La autopsia

La reunión comenzó puntualmente a la hora prevista. Las huellas halladas en el interior del coche eran de la esposa de Roberto, la cual conducía el coche ocasionalmente. Por otra parte, el informe de la autopsia confirmaba que la hora de la muerte coincidía con la hora que la inspectora había calculado. El diagnóstico era un traumatismo craneoencefálico y otras roturas que concordaban bien con un atropello.

—Está bastante claro, ¿no? —escrutó la inspectora sondeando a su equipo con la mirada.

El policía mayor asintió, pero el policía más joven de nuevo discrepó:

—No está claro.

—Muy bien, Francisco. Por supuesto que no está claro. Ayer tenías razón y hoy vuelves a tenerla. Parece que tenemos un cadáver atropellado y un vehículo que parece haber atropellado a alguien, pero no hemos demostrado que ambos hechos estén relacionados, o sea que nuestro atropello fuera con ese coche. ¿Es eso?

—Exacto —confirmó Francisco.

—Bien. Ayer nos quedamos con la duda de donde estaban los trozos del faro. He encontrado algunos fragmentos en el propio faro. El golpe debió hacer que cayeran dentro, pero no están todos. Algunos se pudieron caer en el trayecto. El laboratorio ha hecho el puzzle con esos trozos y con el que encontramos junto al cadáver. Podríamos decir que encajan bastante bien. Por otra parte, mandé analizar la ropa de la víctima y han encontrado restos de pintura que, casualmente, coinciden con el color y el tipo de pintura del vehículo del sospechoso, la cual corresponde con el código RAL 4004 BURDEOS. ¿Hay alguna objeción?

Francisco balanceó la cabeza y tras unos segundos de silencio replicó:

—Parece bastante claro, sin duda, pero el hecho de que no haya testigos me hace recelar. ¿Qué dice el acusado?

—He hablado con él y le he expuesto todo lo que tenemos —explicó Clara—. Él sigue negándolo. Asegura que alguien tuvo que robarle el vehículo, atropellar al contable y volver a dejarlo en su sitio. El vehículo no está forzado ni tiene señales extrañas. Su explicación no se sostiene.

—Lo entiendo —reconoció Francisco—. Todo apunta a que tenías razón en tu evaluación inicial. Está demostrado que el vehículo del sospechoso es el que atropelló a la víctima. Sin embargo, hay algo que no me cuadra…. pero… no tengo nada que objetar y los datos son tozudos. Que la justicia lo juzgue.

La reunión acabó justo cuando alguien entraba para entregar unos papeles a la inspectora. Todos salieron menos Francisco que se quedó garabateando en su libreta un dibujo de un atropello sangriento. Clara volvió a entrar y se acercó por la espalda a Francisco, le agarró por los hombros y le confesó:

—Te comprendo. Es duro llevar a alguien ante el juez sin testigos, pero hemos hecho lo que hemos podido y hemos recopilado todos los datos. Hemos hecho un buen trabajo. La justicia tendrá que hacer su parte. Vamos a tomar un café.

—Hay otra casualidad interesante —recalcó Francisco—. ¿Sabes cuál es apellido de Víctor, el empleado bromista de Roberto?

La inspectora abrió los ojos sabiendo que no era observada por nadie, pero Francisco se giró repentinamente y vio a la perfección la cara de sorpresa de Clara. La inspectora cerró la puerta, se sentó en la mesa y en tono serio contestó a la pregunta:

—Se llama Víctor Cosío. Es mi primo. No he dicho nada para evitar que el caso se pudiera bloquear. Víctor es un bromista pesado y con poco aguante, pero no es un asesino. No es capaz de matar a nadie.

—Cualquier persona no es capaz de matar a alguien, hasta que lo hace.

—No dije nada sobre ese asunto porque quería comprobar si tenía alguna coartada, y la tiene. Tenía cita para una prueba médica.

—¿A las 7 y pico de la mañana? ¿No es un poco pronto? —interpeló Francisco.

—Tenía la cita a las 8 para un análisis de sangre pero estaba allí sobre las 8 menos cuarto. No tuvo tiempo de cometer el crimen y llegar a tiempo a la clínica. Además no tuvo la posibilidad de acceder al coche de Roberto.

—Tal vez el atropello fue con otro coche similar y el asesino fue al aparcamiento del coche de Roberto para romperle un faro y abollar el capó. Así todos culparían a Roberto.

—Es una duda razonable. Pero no hay otro coche. El coche de Roberto es el que atropelló al contable.

—¿Cómo estás tan segura? En la reunión dijiste que el laboratorio había dicho que los trozos del faro «encajan bastante bien», esas fueron tus palabras exactas, y no dijiste que encajaran perfectamente. Por tanto no tenemos esa seguridad.

—El laboratorio me ha pasado una nota diciendo que han encontrado más trozos del faro y que algunos encajan «perfectamente» con la esquirla que se encontró en la escena del atropello.

—¿Puedo verla?

La inspectora le tendió unos folios. Francisco leyó el primero detenidamente y pasó a ver las fotos que había en los siguientes folios. Efectivamente, el laboratorio había demostrado que el trozo de faro encontrado junto al cadáver era del coche de Roberto.

—Entonces… ¿cómo pudo Víctor acceder al coche de Roberto? —preguntó Francisco arqueando una ceja.

—Es una pregunta muy fácil. Víctor no condujo ese coche.

—Víctor pudo romper el faro en el aparcamiento antes del atropello, coger un trocito y ponerlo en la escena del crimen tras atropellar al contable con otro coche exactamente del mismo color.

—Es un poco rebuscado, ¿no crees?

—Tal vez Roberto le dio las llaves a Víctor… —dijo mientras guiñaba un ojo.

—Tal vez Roberto le dio las llaves a Víctor o a otra persona pero eso demostraría que Roberto es culpable. Por supuesto que puede haber más gente involucrada, pero no tenemos pruebas. Ni indicios. ¿Entiendes?

—Entiendo, entiendo… —musitó Francisco esbozando una sonrisa.

Ambos se levantaron y se fueron hablando distendidamente. Al pasar por el mostrador de denuncias había un trabajador vistiendo un mono azul poniendo una denuncia ante uno de sus compañeros. Clara y Francisco hablaban entre ellos hasta que repentinamente ella se paró de golpe. Con un gesto con la mano mandó callar a Francisco, mientras con la otra señalaba al hombre que estaba poniendo la denuncia, el cual explicaba:

—Como le digo. Han entrado en la terraza del edificio y han robado lo que han pillado.

Clara se acercó e interrumpiendo la conversación le preguntó:

—Disculpe, ¿en qué calle dice que ha sido el robo?

—En la calle Libélula, número 23.

Clara y Francisco se miraron con complicidad.

—¿En qué número de esa calle vivía Roberto? —preguntó ella.

—No era el 23… era el 25 —respondió él.

Se miraron de nuevo y ambos asintieron. La inspectora le dijo al agente que estaba tramitando la denuncia que Francisco y ella se encargarían de este caso, pues tenían que ver el lugar del robo y, para ello, acompañarían al hombre y harían la investigación in situ. El policía que estaba tramitando la denuncia se encogió de hombros y continuó con el siguiente en la cola.

En la terraza

Cuando llegaron allí, Clara le indicó a Francisco que ambos edificios, el 23 y el 25 tenían la misma altura. Por su parte, el hombre les explicó que él era el conserje de la finca y que la terraza superior de arriba apenas se utilizaba. Allí, dr guardaban algunas herramientas y esa misma mañana al ir a buscar algo se había dado cuenta de que la puerta había sido forzada.

—¿Le falta algo? —preguntó Francisco.

—Pues sí —contestó el conserje—. Que yo sepa, por lo menos faltan dos palas, un rastrillo y mis tijeras verdes de podar.

—¿Está seguro de que ha sido esta noche? —preguntó de nuevo Francisco.

—No puedo saberlo. Yo me he dado cuenta esta mañana, pero aquí no vengo todos los días. La última vez que subí aquí pudo ser antes de ayer.

—¿Está seguro de que ayer no subió aquí? —siguió interrogando Francisco.

—Sí, seguro.

—O sea, que el robo tuvo que ser entre antes de ayer y esta noche. Pudo, por tanto, haber sido ayer por la noche. Y… ¿tiene esta terraza acceso a la terraza del número 25?

—No, porque hay un muro.

—Vamos a verlo. ¿Se puede saltar? —preguntó Clara.

—Hombre, saltar se puede —reconoció el conserje—, pero no es fácil.

El muro que dividía ambas fincas no era demasiado alto. Clara se subió a una jardinera y desde ahí brincó a la parte superior del muro, que tenía unos 12 centímetros de grosor. En la parte superior había una huella de zapato que parecía bastante reciente. Clara sacó de su bolsillo una escala en centímetros, la puso junto a la huella y tomó varias fotos. Pensó que luego, en el laboratorio, descubrirían el número del zapato. De un brinco saltó al otro lado del muro. Desde la parte superior del edificio pudo ver el balcón del piso de Roberto que, precisamente, estaba en la planta inmediatamente inferior. Al acercarse, descubrió otra huella similar a la anterior, más borrosa pero que podría ser del mismo zapato. También observó que para alguien con agilidad no era muy difícil colarse por allí en el balcón de la vivienda del industrial. Paseó por la terraza y no descubrió más huellas. Volvió y se encaramó de nuevo sobre el muro. Francisco y el conserje estaban hablando de las plantas que allí cuidaba. Entonces, ella le pidió a Francisco que le diera su zapato derecho.

—¿Para qué quieres mi zapato? —protestó.

—¡Dámelo y no te quejes! —exclamó ella—. ¿Tú tienes un 42 de pie?

Clara superpuso el zapato sobre la huella del muro y susurró: «Efectivamente, es un 42».

Tras bajar del muro, Clara se despidió rápidamente del conserje y se fue por las escaleras sin esperar al ascensor ni a Francisco que estaba atándose su zapato mientras hablaba con el conserje. Cuando terminó de atárselo salió corriendo tras ella dejando al conserje con la palabra en la boca. Bajó por las escaleras hasta alcanzarla y le preguntó:

—¿Dónde vas con tanta prisa?

—Vamos a casa de Roberto, a ver si su mujer nos dice el número de pie de su marido.

Salieron del portal 23 y se metieron en el 25 para esperar pacientemente al ascensor. La mujer de Roberto les informó que su marido tenía un 39. Además, su mujer les permitió revisar todos los zapatos de su marido y ninguno era un 42, ni tenía una suela similar a las huellas de la terraza. Clara y Francisco convinieron que una posibilidad era que alguien se hubiera colado en el piso de Roberto la noche del atropello. Comprobaron que la cristalera del balcón se podía abrir desde fuera. El hipotético ladrón podría haber robado la llave del vehículo, cometer el atropello y luego volver para dejar la llave en su sitio para no levantar sospechas. Pero… ¿no era demasiado enrevesado? y, sobre todo, ¿quién querría incriminar a Roberto en ese asesinato? Su esposa, al menos, no encontró a nadie en quien sospechar de algo así. El único enemigo de su marido era, precisamente, Eusebio Enamorado, la víctima.

Ambos policías se despidieron tras agradecerle su amabilidad y confirmarle que había sido de mucha utilidad. La mujer preguntó cuándo liberarían a su marido, pero esa cuestión quedó sin respuesta.

Antes de irse, preguntaron a todos los vecinos de esa planta si habían sufrido algún robo o habían notado algo extraño durante los últimos días. Nadie aportó ninguna información valiosa.

Durante el camino de vuelta a la comisaría, los dos agentes estuvieron dándole vueltas al asunto. Tal vez el robo en el bloque número 23 era una mera casualidad sin relación alguna con el atropello. Tal vez el ladrón saltó el muro para ver si había algo de valor al otro lado. Tal vez las huellas eran más antiguas, pero ¿por qué no había huellas junto a otros balcones? ¿No es eso demasiada coincidencia? Quizás la huella del balcón fuera de otro zapato, pues no estaba claro. Habría que observar las fotos con detenimiento. Tal vez el robo era un montaje de Roberto para que tuviera sentido que alguien le hubiera robado su vehículo. Así sí tendría sentido que hubiera usado su propio vehículo.

La única conclusión era que ahora había una duda razonable de que Roberto estuviera siendo objeto de un complot para incriminarle. Había que seguir investigando. La inspectora resumió los siguientes pasos a dar:

—Las líneas de investigación a seguir no son muy prometedoras, pero nos estamos quedando sin opciones. Hay que analizar las fotos de las huellas, debemos conseguir una orden de registro para registrar el domicilio de Roberto, su trastero (si lo tiene) y su empresa. También hay que averiguar si tiene más propiedades. Tal vez encontremos los zapatos de las huellas o el material robado. Me da pena pedir una orden de registro después de que la esposa de Roberto se halla portado tan bien con nosotros, pero tenemos que registrar todo y no solo el armario donde él no guardaría los zapatos que probarían su crimen. Tras el registro le daremos una buena noticia. Si no encontramos nada, su marido será puesto en libertad.

—¿Ponerlo en libertad? ¿Estás segura? —preguntó Francisco con sorpresa.

—Tengo una corazonada. No parece que sea un hombre peligroso. Vamos a emitir una nota de prensa informando del atropello y de que el sospechoso será puesto en libertad por falta de pruebas y de testigos.

Lo inesperado

A la mañana siguiente la noticia salió en varios periódicos locales, tanto en papel como en las versiones digitales. También algunas emisoras de radio habían hablado del tema y se había levantado cierta polémica por liberar al sospechoso a pesar de que el coche se había situado en la escena del crimen. Propiamente, los datos que se dieron a la prensa demostraban que el atropello había sido con un coche del mismo color, pero eso no interesó demasiado a los medios. El color burdeos del vehículo y la prueba del faro no se reveló a la prensa.

Aquella misma tarde se recibieron en comisaría dos llamadas de teléfono relacionadas con el caso. La primera de ellas indicaba que había visto el atropello y que el coche era verde. La inspectora decidió no hacerle mucho caso a esa información y centrarse en la segunda llamada. Se trataba de un hombre que decía haber visto un coche conduciendo a alta velocidad en la calle del accidente, el día justo del accidente. Declaró que el coche pasó justo a su lado y que era de color burdeos. Además, aseguró que la matrícula del coche terminaba en Z, pero que no recordaba si era «BZ» o «PZ». La matrícula del vehículo de Roberto terminaba en «PZ», lo cual era una buena pista.

Clara pidió a Francisco que le acompañara a casa del supuesto testigo para tomarle declaración. La vivienda era una pequeña casa adosada, de dos plantas, en una estrecha calle perpendicular a la calle del atropello. Tenía un pequeño jardín delante de su puerta con un banco de madera junto a un frondoso árbol. Una jacaranda de preciosas flores moradas. El hombre se mostró afable y colaborador. Tendría unos cuarenta años y un cuerpo atlético y fornido. Les invitó a pasar y sentarse para contarles lo ocurrido:

—Yo no sabía nada del accidente. Si lo llego a saber lo hubiera denunciado ese mismo día. ¿Comprenden? Yo iba por la calle cuando un coche burdeos, grande, conduciendo a gran velocidad me pasó muy cerca. Serían las 7 y cuarto de la mañana y a esa hora no hay mucho tráfico, pero me indigné al ver cómo conduce la gente. Me fijé en la matrícula para denunciarlo, pero claro, luego uno no se atreve a denunciar cosas como esa.

—¿Se fijó en el conductor? —preguntó Francisco.

—Cuando pasó a mi lado no. Solo me di la vuelta para memorizar la matrícula pero como les dije solo recuerdo que era «BZ» o «PZ». Yo seguí andando pero me di la vuelta de nuevo y vi que el coche estaba parado. El conductor se bajó y se volvió a subir.

—¿Pudo verle la cara? —investigó el policía.

—Estaba a más de cien metros, pero ya estaba amaneciendo y había una farola cerca. Era un señor calvo con un abrigo verde botella.

—¿Está seguro de que era calvo y de que el abrigo era de ese color? —escudriñó la inspectora.

—Completamente. Lo recuerdo porque pensé que era un hombre muy mayor para conducir de forma tan alocada.

—Entonces… usted no vio ni escuchó el atropello ¿No es cierto? Es decir que no es un testigo válido del hecho que nos ocupa —aclaró la inspectora.

—Yo no escuché nada porque siempre paseo con mis auriculares. Y desde donde yo estaba no vi ni el atropello ni a ninguna persona en el suelo —se limitó a añadir.

Los policías le pidieron que marcara en un mapa su posición exacta el día de autos y la del vehículo cuando se detuvo. También le pidieron que identificara la marca y modelo más parecidas al vehículo que vio aquel día. El modelo elegido era compatible con el modelo de Roberto.

Antes de despedirse, la inspectora miró un cuadro en la pared con una foto de una mujer riéndose de pie encima de un coche.

—¿Su esposa? —preguntó Clara.

—Sí.

—Se nota que está disfrutando —comentó ella.

—Ella adoraba los coches. Era chófer. Falleció hace dos años por enfermedad.

—¡Vaya! ¡Cuánto lo siento!

—No se preocupe. A mí me encanta esa foto.

—Permítame una pregunta más: Cuando vio el coche corriendo por la calle, usted iba a su trabajo, supongo.

—No señora. Me gusta pasear temprano porque el aire es más puro y hay silencio. El ruido me molesta mucho. Yo soy guarda de seguridad y ahora trabajo solo por las tardes.

Se despidieron y posteriormente fueron caminando a la calle de los hechos. Allí pudieron comprobar que la declaración del testigo era consistente. Desde su posición era lógico que no lograra ver el cadáver y efectivamente había una farola cerca. La inspectora especuló sobre lo ocurrido:

—Seguramente, tras el impacto, la víctima salió disparada y el conductor detuvo el vehículo para comprobar si seguía con vida. Salió del vehículo, constató que había fallecido y continuó su marcha. En ese momento el testigo solo pudo ver la calva y el color del abrigo del conductor, lo cual se corresponde perfectamente con la calva y con el abrigo del Sr. Sandemetrio.

—¿Tiene un abrigo verde botella? —indagó Francisco.

—Efectivamente, lo llevaba puesto durante el primer interrogatorio. Por si fuera poco, su matrícula acaba en «PZ», lo que deja a nuestro querido Roberto Sandemetrio con un pie en la cárcel. Prácticamente tenemos un testigo de los hechos. La cosa está aún más clara que antes. ¿No crees?

—Pues sí… —confirmó Francisco con algo de pena.

—Desde el principio parece como si te apenara que el culpable fuera Roberto, ¿eh? —apostilló Clara.

—Tal vez haya que investigar más a Víctor.

—¿Ya estás otra vez sospechando de Víctor? ¿No será por ser primo mío?

—No. Es solo que mi intuición me dice que Roberto no es capaz de eso, pero parece que me equivoco.

—¿Por qué no va a ser capaz de eso? Tú no lo conoces.

—Ya. Me parece raro que alguien que no vende seda en su empresa, tenga el valor de matar a alguien.

—¿Qué tiene eso que ver? ¿Cómo sabes que no vende seda? Su tienda es enorme.

—Él mismo me lo dijo. Bueno, le pregunté yo y me dijo que no vende seda porque hay que matar a cientos de gusanos para un solo pañuelo.

—Entonces, tal vez él sea vegano. El índice de criminalidad entre los veganos y vegetarianos es inferior a la media, pero eso no prueba nada.

—Por supuesto. Tienes razón, pero… ¿cómo va a matar a una persona alguien que no quiere matar a un gusano de seda?

—¡Un momento! —interrumpió de un grito la inspectora mientras cogía del brazo a Francisco y le obligaba a dar la vuelta sobre sus pasos.

—¿Dónde vamos ahora? —preguntó con tono de molestia.

Volvieron a la casa del testigo, llamaron a la puerta y cuando este abrió, la inspectora preguntó:

—Por curiosidad, ¿qué número de pie tiene usted?

El hombre la miró con cara de desconcierto y contestó:

—Un 42, ¿por qué?

—Por nada —contestó Clara—, es que me han gustado sus zapatos para mi marido y me preguntaba si los fabricarían de su número. Gracias por todo. Que tenga un buen día.

—Le puedo decir la tienda donde los compré, si lo desea.

—Se lo agradecería mucho —repuso ella.

El hombre le explicó el lugar de la tienda y Clara se mostró muy agradecida. Tras despedirse, ambos agentes estuvieron unos segundos en silencio. Cuando se alejaron, Francisco se detuvo y le preguntó:

—¿Crees que le gustarán esos zapatos a su marido?

—No estoy casada —gruñó ella.

—Perdón. ¿No pensarás detenerlo por tener un 42?

—No, solo vamos a registrar su casa. Quédate aquí y vigila sus movimientos sin que te vea. Si sale de casa, me llamas.

—¿Nos vamos a colar en su casa sin permiso? Conmigo no cuentes. ¿Por qué no pides una orden de registro?

—¿Una orden de registro para registrar la casa de un medio testigo solo porque tiene un 42 de pie? El juez estará encantado de no darme más órdenes de registro en la vida. ¡Quédate y si él sale de casa, le sigues sin que te vea y me llamas!

—¡Yo no soy espía! —se quejó él.

—Eres el único espía que tengo a mi disposición —bromeó ella mientras se alejaba a paso ligero.

—¿Y si no sale de casa? —planteó él.

—Trabaja en el turno de tarde, ¿recuerdas? —gritó ella.

—¿A qué hora es eso? —preguntó mientras ella se alejaba abriendo los brazos y encogiéndose de hombros.

El allanamiento

Francisco estuvo esperando de pie varias horas. Solo dejó su puesto para tomarse un café e ir al servicio en una cafetería cercana. Cuando volvió estaba temeroso de que el guarda de seguridad hubiera salido mientras él no estaba. Sus dudas se resolvieron cuando a eso de las 15:25 el guarda salió de su casa, supuestamente para ir a trabajar. Francisco, al ver que se acercaba hacia él tuvo que salir corriendo y esconderse tras un árbol en la siguiente bocacalle. Rápidamente, llamó a Clara:

—El pájaro ha volado del nido —afirmó con voz grave—. ¿Le sigo?

—¡Gracias! En diez minutos estoy ahí. Síguelo pero desde lejos, para que no te vea. Si toma algún transporte, lo dejas y me llamas.

—¡A sus órdenes! —exclamó Francisco antes de darse cuenta de que ya había colgado su jefa.

La inspectora llegó a la casa del guarda. Llamó a la puerta pero, como era de esperar, nadie abrió. La calle estaba tranquila y sin nadie cerca. Ella intentó abrir una ventana pero estaba bien cerrada. Probó con la otra ventana y también estaba bien cerrada. Así pues, sacó su juego de ganzúas, miró hacia el cielo y volvió a guardarlo. En el segundo piso había una ventana entornada y le pareció fácil entrar trepando por el árbol. Se subió al banco que había junto al árbol y de un salto comenzó a trepar. Cuando llegó a la altura del segundo piso, observó que una transeúnte estaba mirándola. Clara hizo como si no la hubiera visto y se puso a simular que llamaba a su gato. Viendo que la mujer no se iba, se dirigió a ella:

—Es mi gato, ¿sabe? Siempre se sube aquí, pero no tema, ya estoy acostumbrada.

La mujer contestó con algo ininteligible pero continuó su camino. Cuando se alejó lo suficiente, Clara continuó escalando, hasta que, con dificultad, pudo llegar a la ventana. Con sus zapatos manchó el alféizar. Una vez dentro intentó limpiarlo pero no pudo dejarlo bien. Procedió a ponerse unos guantes y a limpiar las posibles huellas de los lugares que había tocado. Dentro de la casa se percató que había entrado a un dormitorio superior. Buscó por el armario varios zapatos y en todos miraba el número y la suela. Hizo algunas fotos con la escala que siempre llevaba consigo. Sigilosamente fue entrando en todas las habitaciones, abriendo cajones y armarios, pero sin detenerse en muchos detalles.

Bajó al piso de abajo y al pisar el último escalón le asustó su propio teléfono vibrando. Era Francisco que le avisaba de que el guarda se había subido a un autobús y él había dejado de seguirle. Ella se limitó a ordenarle:

—¡Vuelve y avísame si alguien va a entrar en la casa! Estoy dentro.

—¿Dentro de la casa del guarda? —preguntó él con asombro antes de darse cuenta de nuevo que ella ya había colgado.

Siguió husmeando por la planta baja. Al llegar al lavadero hizo lo que ella consideró un gran descubrimiento. Había unas botas, como de militar, y el dibujo de la suela parecía corresponderse con el de la huella sobre el muro. Tomó varias fotos, siempre con la escala. Cuando iba a salir de la habitación, su mirada se detuvo en una bolsa sobre una estantería de la que sobresalía algo de plástico verde. La abrió y comprobó que eran unas tijeras de podar con el mango verde. Las observó con detenimiento por si tenían alguna marca peculiar, hizo algunas fotos por ambos lados e intentó dejarlas donde y como estaban. En ese momento, su teléfono volvió a sobresaltarla. Otra vez Francisco:

—¿Qué quieres? —preguntó ella con tono de cansancio.

—Una mujer va a entrar.

Clara salió pitando hacia el piso superior. Mientras subía, escuchó la puerta de la calle abrirse. No sabía si esconderse en algún lugar o salir por donde había entrado. Optó por la segunda opción, sin olvidarse de cerrar la ventana tras salir. Bajó por las ramas con cuidado y cuando puso un pie en el banco miró por la ventana de la vivienda y vio a una mujer que parecía estar limpiando. Se tiró al suelo y gateó hasta la calle. Allí se incorporó y, a paso ligero, Clara se reunió con Francisco que estaba en la esquina.

—¿Cómo has salido?

—Por la ventana, ya te contaré —masculló ella mientras sacaba algo de su bolsillo y se lo daba a Francisco.

—¿Qué es esto? —preguntó abriendo el paquete envuelto en papel plata—. ¡Un bocadillo! Estoy muerto de hambre.

—Supuse que tendrías hambre después de estar vigilando tantas horas. Era lo que había en la cocina.

—¿Me has hecho el bocadillo en la casa del guarda? —preguntó con asombro.

—¡Es broma! ¡Lo compré antes! —se burló ella—. ¿Crees que soy capaz de…?

—Bueno, ¿has descubierto algo? —interrumpió él antes de dar un gran bocado.

—Es nuestro hombre —afirmó con seriedad—. Tiene unos zapatos del 42 con la suela coincidente con la huella.

—Muy bien. Eso lo convierte en un ladrón de herramientas y en un homicida. ¿No? —preguntó él con ironía—. ¿Sabes que Víctor también calza un 42?

—No lo sabía. ¿Tiene Víctor unas tijeras de podar verdes, que posiblemente sean las que fueron robadas?

—¿Esas son todas tus pruebas? ¿O tienes algo más sólido? ¿Puedes pedir una orden de registro con eso?

—¡No tengo más pruebas! ¡Vale! —gritó—. Y tampoco puedo pedir una orden de registro amparándome en información obtenida por un allanamiento.

—¿Qué hacemos entonces?

—No sé. Creo que esconde algo. Son muchas coincidencias. Sin embargo, no tenemos nada que lo relacione con la víctima, ni con Roberto Sandemetrio.

—Me resulta curioso el apellido Sandemetrio —comentó Francisco—. Mi madre es devota de san Demetrio.

—¡Vaya casualidad! —exclamó con bastante poco entusiasmo.

—¿Sabías que san Demetrio fue un alto cargo del ejército romano? Cuando el emperador se enteró de que era cristiano lo encarceló y luego lo lancearon en su celda. Mi madre fue varios años novicia en un convento de las clarisas. La orden de las clarisas fue fundada por san Francisco de Asís y santa Clara de Asís en el año 1212, el mismo año que la batalla de las Navas de Tolosa entre cristianos y musulmanes. Clara y Francisco, como tú y yo.

Francisco sonrió pero la inspectora parecía que no estaba escuchando el discurso, pues estaba absorta en sus pensamientos. Él siguió hablando sin esperar a que Clara usase la función fática del lenguaje:

—Creo que en las clarisas mi madre aprendió lo sencillo que es vivir con pocas cosas en la vida. Ella era una mujer muy austera y siempre estaba contenta. Era generosa y no se preocupaba por el futuro. ¡Cuánto tiempo perdemos preocupándonos por el futuro, por cosas que seguramente nunca van a ocurrir! ¿Verdad? Mi madre no se preocupaba por nada y todo le salía bien, porque se reía hasta cuando algo le salía mal. Si te ríes cuando algo te sale mal, en realidad no te ha salido tan mal. Siempre estaba riendo. En mi casa tengo una foto de ella riendo y cuando la miro me pongo yo también a reír. Es una foto mágica.

—¡Eso es! ¡La foto! —exclamó Clara con la cara iluminada de alegría.

—¿La foto? ¿De mi madre? ¿Qué pasa con la foto de mi madre? —balbuceó Francisco.

—No. La foto de la esposa del guarda. También estaba riendo en la foto, como tu madre.

—Sí. Es cierto. Estaba riendo. ¿Y qué?

—Pues que era chófer…

—¿Y qué? —preguntó subiendo el volumen.

—Roberto dijo que tuvo una chófer hace 3 años y que la despidió.

—Y… ¿cómo sabes que era ella?

—Pues porque no hay muchas mujeres chófer, que yo sepa. Tenemos que descubrir el nombre de su difunta esposa y preguntarle a Roberto. Yo voy a hablar con Roberto y tú, mientras, prepárame un informe con los datos que puedas del guarda, su ficha policial, sus datos de matrimonio y lo que puedas. ¡Adiós!

—¿Sabías que Víctor fue también chófer de Roberto durante una temporada? —gritó con la boca llena mientras veía a la inspectora alejarse corriendo.

El móvil

La inspectora Clara fue al domicilio de Roberto Sandemetrio. Él la invitó a pasar pero ella le aseguró que sería solo un momento. Le preguntó por su antigua chófer, su nombre y si sabía algo más de ella, si estaba casada… Roberto no entendía bien el porqué de la pregunta, pero contestó:

—Ella dejó de trabajar para mí hace años. Su nombre era Manuela Atienza y, sí, estaba casada. Estuvo trabajando para mí un año y unos meses. Cuando se le acabó el contrato no se lo renové. Yo empezaba a viajar menos y decidí conducir yo mismo. Ella se enfadó mucho pero lo aceptó finalmente. Lo más sorprendente es que, al parecer, enfermó después de eso y un día se presentó su marido en mi oficina y me culpó de su enfermedad. Decía que el despido le había generado ansiedad y eso le había ocasionado muchos problemas de salud y que con su sueldo no podía pagar los tratamientos adecuados.

—¿Recuerda el oficio del marido?

—Creo recordar que era guarda de seguridad. Manuela me comentó que era un tipo bastante violento y que estuvieron a punto de echarlo de la empresa.

—¿Sabe qué fue de Manuela y del marido?

—No, después de aquel incidente no volví a saber de ellos.

—Me temo que falleció poco después y que su marido no le ha perdonado el despido en todo este tiempo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Roberto absorto.

—No se preocupe, tengo que irme, pero volveremos a vernos. Por cierto, ¿sabía usted que san Demetrio fue un alto cargo del ejército romano? El emperador se enteró de que era cristiano y entonces lo encarcelaron y lo lancearon en su celda.

Roberto se quedó pensativo sin saber a qué venía toda esta historia de san Demetrio y de su antigua chófer.

El culpable

La inspectora se reunió con Francisco en comisaría y allí reunieron todas las piezas. Media hora después el guarda de seguridad era detenido e interrogado. Derrumbado, confesó el crimen alegando que Roberto le había quitado a su esposa y que merecía ir a la cárcel.

Fuera de la sala de interrogatorios, Clara y Francisco chocaron sus manos. Francisco le hizo una confesión:

—¿Sabes? Comprobé lo del análisis de sangre de Víctor y era cierto. Lo que no es cierto es que use un 42 de pie. Entonces no lo sabía y me lo inventé para ver tu reacción.

—Eres muy buen policía. Haces bien en no fiarte ni de tus compañeros.

—Hacemos buen equipo. ¿No crees?

—Sin duda.

Ambos rieron. Poco a poco, Clara adoptó una actitud pensativa y concluyó:

—Lo que más me sorprende es que hemos llegado a la verdad gracias a las clarisas, a tu madre y a san Demetrio.

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12 comentarios sobre “El contable asesinado

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