No me toques

Se me rompió en invierno el amor por el contacto físico. Un abrazo, una caricia, un beso, o simplemente unas palmaditas en la espalda. Todo eso huyó una noche en la que arrastraba náuseas de soledad.

Acababa de romper con mi novia y me había alquilado un ático en un viejo edificio del centro. Muy barato, con razón. Cuando subí los cuatro pisos me detuve para tomar aliento. Mirando por el hueco de las destartaladas escaleras, un soplido me acarició el pelo. Me rasqué con extrañeza y busqué rápido la llave. La luz de la escalera se apagó. En la penumbra, buscaba a tientas la cerradura cuando un fuerte manotazo me tiró todo el llavero. Grité y encendí la luz contra las sombras.

No había nadie. Solo una extraña presencia. Un escalofrío. Nerviosamente, agarré con fuerza la llave de la puerta y la blandí como si fuera un puñal. Moví los brazos alocadamente. Chillé con los puños en el aire y en un rápido movimiento, encajé la llave y me refugié dentro.

Iluso de mí, creí que allí estaría a salvo, hasta que fui a ducharme. El agua no dejaba de estar fría. Enjabonándome, algo me golpeó repetidamente y se agarró a mi cuello. No vi nada. No había nadie. Pero lo sentí. Rompiendo la cortina, salté de la bañera despavorido. No había nada. Todo parecía normal, salvo el repelús tiritándome. Corrí al dormitorio y cerré de un portazo. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué era eso? ¿Un espíritu que me quería estrangular? ¿O solo mi mente enferma por ella?

Escuché chirridos en el pasillo. “Son los muebles y las vigas viejas”, me dije. ¿Me estaba volviendo loco o algo me estaba persiguiendo? Me sequé con una camisa cuando la luz se apagó y en el mismo instante sentí una fuerte bofetada. Vociferé agitando las manos. Encendí la luz y me acurruqué dentro de la cama. La bombilla volvió a fallar. Las vigas crujieron más roncas. Con el resuello ahogándome permanecí angustiado, protegido por una fina sábana y una colcha raída. Mis dientes rompían el silencio.

Silencio, más lúgubre que los chirridos. Mi nerviosa respiración me estaba dejando sin oxígeno. Tímidamente, saqué la mano, encendí la luz y la volví a meter deprisa. Por un agujero miré parcialmente la habitación. No había nada, salvo el viejo armario ropero mirándome con sus ojos de cerradura. Lentamente, asomé un poco la cabeza y, sin saber de dónde me venía, un fuerte golpe me tiró de la cama.

“¡No me toques!”, levanté la voz con mi enclenque armadura de ropa de cama. Pegué un puñetazo al aire y salí corriendo descalzo cerrando con violencia la chillona puerta. Aceleré por el pasillo como un fantasma ensabanado. Aún goteando, volé a esconderme tras las cortinas del salón. Fuera lo que fuera, me tenía a su merced. Yo no podía verlo, pero sí sentirlo en mi piel. Podía haberme apaleado en el colchón, pero no lo hizo hasta que saqué la cabeza. Intuí que solo podía hacerme daño si me tocaba directamente. Permanecí tiritando, protegido únicamente por lo que parecía mi mortaja.

Por error, un pie desnudo asomó por debajo de mi triste paño defensivo. Aquella cosa aprovechó para pisarme sin piedad. Humillado en el suelo, aullé, pedí clemencia con lágrimas y me acurruqué tapándome totalmente con aquel sudario.

“¡No me toques!”, bramé nuevamente. “¡Me voy de esta casa para siempre!”. Tapado por la sábana, gateé por el crujiente pasillo intentando que ninguna parte de mi cuerpo quedara al descubierto. Al llegar a la puerta, escapé del piso y cometí el error de mirar atrás por una rendija entre las arrugas. Un fuerte golpe me cegó el ojo, como si un dedo penetrara hasta el fondo. Pegué un alarido y brinqué escaleras abajo. En la calle, seguí corriendo descalzo, cojeando y medio desnudo hasta donde vivía el dueño de aquel maldito piso. Llamé al portero automático con insistencia mientras frotaba mi ojo dolorido.

En el espejo del ascensor vi el moratón con estupor. Cuando llegué arriba, el casero estaba allí con sus gafas de sol. Le grité:

— ¡Tiene que devolverme mi dinero! ¡Esa casa está maldita!

—Tranquilo —susurró—, te devolveré el dinero. Veo que también te ha pasado.

Entonces, se quitó las gafas desvelándome el horror de uno de sus ojos, igual de morado que el mío.

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