El tesoro de Hopper

Los dos hombres se sentían incómodos en la fría habitación del museo. En el silencio, se miraban mutuamente sin saber si habían hecho bien en acudir. Por fin, uno preguntó:

—¿A Vd. también le han regalado una visita guiada al museo?

—En efecto. Y no lo entiendo. Yo no he dado mi nombre, ni he participado en ningún concurso… He venido por el premio que prometían al final de la visita.

—A mí también me resultó raro que me regalaran algo así, pero reconozco que siempre me ha gustado el museo Thyssen.

—Si quieres llevarte un cuadro me avisas. Yo soy guarda de seguridad en un banco y he visto que este museo tiene algunos puntos débiles —afirmó forzando una risa al final.

En ese momento, las pisadas del guía del museo cortaron la conversación. Se acercó en diagonal y les invitó a comenzar la visita guiada.

—¿Estamos solo nosotros dos? —preguntó el que era guarda de seguridad.

—Sí —contestó el guía con una sonrisa—, los demás invitados no han venido.

Durante el recorrido el guía iba explicando distintas obras. Tras contar varias anécdotas graciosas el ambiente entre los tres se fue relajando. Entonces llegaron a la sala 40 y el guía se fue directo al cuadro Habitación de Hotel de Edward Hopper y empezó a explicarlo:

—Hopper es el pintor de la soledad. Esta mujer ensimismada parece que lee, pero seguramente no lee nada. ¿Qué estará pensando? ¿Por qué no ha deshecho las maletas? Cuenta una leyenda que cuando Hopper estaba pintando este cuadro un comprador quiso adquirir varias de sus obras pagándole en dinero negro. Supuestamente ese dinero estaba guardado en una caja de seguridad del Banco Central de esta ciudad.

—¡Anda! Yo soy guarda de seguridad precisamente en ese banco.

—¡Qué casualidad! —exclamó el guía—. Pues verás, es posible que el dinero siga allí guardado. Para acceder a ese dinero el comprador le apuntó el número de la caja de seguridad y la clave en el papel que tiene la mujer del cuadro en sus manos. Es un horario de trenes. Sin embargo, Hopper despreció ese dinero y pintó encima. El comprador murió de un infarto pocos días después y por eso parece seguro que el dinero siga allí guardado. Haría falta hacer una radiografía al cuadro para averiguar esa clave y hacerse con el dinero.

—Es curioso —apuntó el tercer hombre—, yo soy radiólogo y trabajo continuamente con aparatos de rayos X. De hecho, tengo fácil acceso a aparatos portátiles.

♦ Nota: Este es otro relato inspirado por el cuadro Habitación de hotel de Edward Hopper.

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