La despedida más triste de la Historia

Nunca una separación fue doblemente triste. Ella me desterró a vagar por las arenas de mis recuerdos; movedizas y desérticas arenas. Me condenó a enmarañarme el pelo para sentir aquellas lejanas caricias.

No quiso compartir nada. Tenía derecho, pero en mi corazón estábamos tres. Ni un juez firmando divorcios puede cambiar sentimientos tan animales. No pido que me devuelva los regalos, ni siquiera los que nos regalaron a los dos. No digo que quedemos para tomar algo, ni siquiera por el cariño que hubo y del que puede que aún quede algo. No exijo que me pague la bicicleta que voló desde un quinto por sonreír a la vecina del tercero. No solicito nada que crea injusto, y poco me importa que los jueces miren más las leyes que empapelan el BOE que la justicia.

Solo pido un rato con su Corazón. Un rato al mes, o cada dos meses para no ser pesado. Que me deje acurrucarme como antes, que me deje mimarle y hacerle carantoñas de panoli enamorado. Lo pido por nuestra salud cardíaca y para aligerar la presión arterial. Prometo evitar el colesterol, hacer ejercicio y solo fumar a escondidas.

Sé que ambos lo necesitamos. Sufriremos taquicardia hasta que podamos juntarnos a mover nuestras lenguas, aunque sea en la intimidad que un árbol pueda escondernos. El infarto araña el miocardio. Ella congela su músculo cardíaco con la mirada de sargenta ferretera. Diálogo arrítmico y desnivelado.

Corazón no siente; eso cree ella. Lo que hay es una parálisis por estar amarrado en el maltrato psicológico. No es miedo a desobedecer. Es la obediencia del esclavo de nacimiento, del cautivo débil, de la libertad domeñada, esa que no es libertad aunque ella disfrute maltratando también a esa palabra. Para ella solo significa hacer lo que quiera, manipulando voluntades con guantes de terciopelo. Y algunos le siguen el juego, pero él no. Él es un corazón libre e instintivo que alegra sus ojos al verme y extiende su lengua para besarme, aunque esté en la acera de enfrente secando mis mejillas con un pañuelo.

Yo lo amo más de lo que nunca la amé a ella. Y ni una orden de alejamiento —si la consigue por falso acoso—, va a cambiar eso, por más celos que carcoman sus entrañas putrefactas. Una despedida para siempre explotaría mi cardiopatía cardiovascular. Eso la alegraría.

Ella puede tronchar nuestros corazones, pero no puede disolver nuestro amor. Eso le angustia la vigilia y le quebranta el sueño. Culpa suya es, por no dejarnos aullar juntos, por no dejar que su rabo se mueva conmigo y que sus lametones me ensucien como antes. Yo sigo con mi insuficiencia cardíaca tristemente ladrando en ese “antes” que ella quiere simular que no existió. Pero desde la acera de enfrente ambos nos vemos los ojos brillar y nos decimos un telepático “guau”.

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