Historia no oficial de El niño de la espina o Espinario

Corría el siglo I a.C. en algún lugar de la antigua Grecia. Seguramente, Atenas no estaba lejos. Un anciano algo achacoso iba caminando por un polvoriento camino. El calor del verano le impedía caminar más deprisa, pero el estrés no era para él. Sufría una cojera y el calor suponía un reto mayor para él. Con más de 40 años ya sentía que había cumplido con su vida. Su caminar era lento y tembloroso. No parecía querer descansar. El médico le había recomendado una larga caminata diaria, pero él caminaba por gusto, no por tal prescripción.

En el camino

Su objetivo era llegar a la laguna, mojarse los pies, beber un poco de agua fresca y volver a su taller, donde el trabajo le esperaba. Era escultor. Empezó como aprendiz a la edad de siete u ocho años cuando su padre murió en una guerra y su madre no pudo hacerse cargo de él. Ser el mayor de cuatro hermanos le obligó.

Caminando, sintió sed, pero sabía que aún faltaba un buen trecho para llegar a la laguna. Pensó que sería bueno aguantar la sed para forjarse aún más en la adversidad. Se preguntó si sería capaz de llegar a la laguna y aguantar sin beber. Sin embargo, no quiso decidir nada.

Mirando sus pies para evitar el sol en la cara, el escultor recordó sus orígenes en el taller. No hacía nada bien y el maestro escultor estaba siempre regañándole, le tiraba de las orejas y, si estaba enfadado por alguna otra cosa, le pegaba sin compasión. Él se sentía solo un niño, un aprendiz. A veces, ni siquiera entendía los motivos de la paliza o por qué siempre le tocaba a él y no a los otros trabajadores del taller. Él era el más pequeño, el más indefenso.

Un día decidió escaparse, para ver a su madre, hablar con ella, abrazarla y contarle que estaba sufriendo, que estaba triste, que la echaba de menos, a ella y a sus hermanos. Pero tras correr unos metros tuvo miedo y volvió. Con el paso de los años es algo que no quiere recordar. Tal vez debió escapar cuando estuvo a punto, porque esa misma tarde el maestro llegó aún más enfadado que de costumbre. Estaba esculpiendo una pieza de mármol. Algo debió salir mal. El maestro gritó y dirigió una mirada al niño, el cual, sin saber qué hacer lanzó otro grito. Entonces, el cabreado escultor le lanzó con furia el martillo con tan mala fortuna que le alcanzó en la espinilla de la pierna izquierda. El aprendiz oyó perfectamente el crujido. Sintió la rotura de su tibia y fue consciente de que esa pierna ya no soportaba su peso. Cayó al suelo y allí casi gritó de dolor, pero no quiso hacerlo. No quería recibir otro martillazo en la otra pierna.

El maestro escultor se sobresaltó y fue de inmediato a atender al niño. Le agarró la pierna y se pinchó con el trozo de hueso que asomaba al exterior. Se miró la mano y estaba llena de sangre. Al principio no supo si era sangre suya o del niño, pero pronto supo que era del niño. Un charco de sangre estaba acercándose a sus pies.

El niño no lloró ni gritó. Solo tembló. El maestro se sintió responsable. Se quitó parte de su túnica para no mancharla y la depositó sobre una estatua inconclusa. Sin demasiada prisa se agachó, recogió al niño y lo llevó al médico, que estaba a más de media hora andando. El niño no se quejaba, ni siquiera cuando su maestro lo movía bruscamente para cambiarlo de postura durante tan larga distancia. Cuando el maestro paraba para descansar, depositaba al niño en el suelo y el dolor era tan insoportable que las lágrimas iban acentuándose. Sin embargo, ni una queja, ni un sonido salió por la boca de tan estoico aprendiz.

Cuando llegaron a casa del médico, este estaba atendiendo a una oveja que no paraba de balar con desesperación. No hicieron falta palabras. Al ver al niño, el médico se llevó las manos a la cabeza y abandonó a la oveja para intentar enderezar el hueso de nuestro protagonista. No fue tarea fácil. De hecho, fue imposible. Entre varias personas tiraron de la pierna del pobre herido, unos hacia un lado, otros hacia otro. El niño apretaba los dientes hasta que al menos dos de ellos se rompieron y los escupió con sangre, pero nadie preguntó por la sangre de su boca.

No consiguieron que las dos partes del hueso encajaran perfectamente, pero al menos lograron que la parte inferior encajara con la mitad de la parte superior. Con eso fue suficiente porque la oveja estaba aún esperando su turno. El medico le vendó la pierna y le dijo que no se pusiera en pie en veinte días.

El maestro escultor preguntó si se refería a veinte días sin trabajar. El médico repitió que eran veinte días sin ponerse de pie y que él pasaría a ver al aprendiz en unos días, cuando pudiera. Veinte días sin ponerse de pie significaban veinte días sin poder trabajar y eso enfadó al escultor que pensaba que tendría que encargarse él mismo de ordenar y limpiar el taller.

Dado que no podía ponerse en pie y mucho menos caminar, el maestro decidió encargar al niño algunas tareas que pudiera hacer sentado (pulir algunas piezas, arreglar algunos instrumentos…). El niño era realmente bueno y tenía una habilidad manual bastante prometedora. Por otra parte, el maestro se sentía culpable de haberle partido la pierna, por lo que a partir de ese día, nunca más le puso la mano encima. Al contrario, lo trataba con delicadeza y más aún cuando observó que tenía madera de escultor. Aprendía rápido las técnicas y algunas pequeñas piezas las elaboraba en menos tiempo y con mayor calidad que el propio maestro.

Así fue cómo heredó el taller artístico y una cojera que le duraría toda la vida, aunque jamás le impidió ir a la laguna a mojarse los pies durante el verano.

Por decisión propia, no guardó rencor en su corazón a su agresor. Hubiera podido hacerlo. Incluso hubiera podido vengarse, pero era consciente de que el odio y el rencor no traen nada bueno y agrían la sangre del que sufre tales sentimientos. Más aún, siempre estuvo agradecido a su maestro por haberle enseñado miles de cosas sobre el noble arte de la escultura y por haberle permitido experimentar una vivencia dramática que marcó su vida y que forjó su carácter de persona espartana, austera y estoica. Él solía reflexionar en que el objetivo principal de su vida era ser tan cínico como Diógenes de Sínope y tan estoico como Zenón de Citio. Además, después de haber aguantado el dolor de la fractura de su pierna, cualquier otra cosa podría soportarla con facilidad.

Llevaba un buen rato caminando mientras recordaba cómo se había roto la tibia, pero la laguna aún esperaba en lontananza. Se detuvo bajo un olivo junto al camino para descansar un poco. Ni siquiera se sentó. Fue un momento breve, lo justo para respirar hondo varias veces y comenzar a caminar de nuevo.

Tras recordar sus inicios como escultor, repasó mentalmente sus grandes obras: dioses, diosas, ninfas, musas, nereidas, semidioses, náyades, dríades, oceánidas, sátiros, erinias, animales reales y mitológicos, personalidades adineradas, entre otros motivos. Algunas de esas obras eran realmente buenas. Al menos, él estaba orgulloso del resultado obtenido. De otras, no estaba tan satisfecho aunque las hubiera vendido por más dinero que otras obras de más calidad. La gente no sabe distinguir la calidad, discurrió. Sus clientes no se fijaban en los detalles. Miran la obra un momento, el tiempo suficiente para asimilar qué personaje están observando y, si acaso, su postura. Muy pocos aprecian la calidad de la superficie, las texturas, los relieves, las proporciones, las formas…

Meditando esto, un grupo de muchachos lo adelantó corriendo. Casi le tiran al suelo de un golpe que uno de ellos le propinó sin darse cuenta. Ni siquiera se volvió para ver si “el cojo” estaba en pie o en el suelo. Tampoco le importó y le permitió recordar cuando él mismo, siendo un muchacho, también recorría ese camino intentando correr a pesar de su cojera. Algunos chavales se reían de él, pero él siempre les devolvía una sonrisa o se reía con ellos exagerando aún más su cojera.

En la laguna

Cuando ya consiguió divisar la laguna en la distancia también escuchó los gritos de los chavales. Al llegar, se le escapó una pequeña risa al ver lo bien que se lo estaban pasando los muchachos. Se sentó en una piedra junto a la orilla y quiso descansar un momento antes de meter los pies. Se rascó su barba gris y se secó el sudor de su frente. Respiró hondo y observó las ropas de los muchachos tiradas en el suelo. Uno de ellos tuvo la ocurrencia de colgar sus ropas sobre unos juncos.

Al meter los pies en el agua percibió el frescor y cómo calmaba su calor. Examinó su pierna izquierda, su cicatriz, su tibia torcida y sin alinear. Los jóvenes pararon sus juegos para mirar la deformidad. Él simplemente sonrió. Pronto siguieron con sus juegos, empujones, salpiques y ahogadillas.

Uno de los chavales era enjuto, estrecho de hombros, de piel lisa y brillante por el agua. El escultor lo observó y consideró que era un adonis de extraña belleza. Rememoró algunas obras de Policleto, pero el muchacho no seguía sus cánones. Era delgado y apenas se marcaban sus músculos. Ninguno de sus colegas de profesión lo hubiera considerado un buen modelo para esculpir. Sin embargo, había algo en aquel muchacho que estaba inspirando al artista.

Observó los saltos y piruetas que hacía jugando en el agua con sus amigos. Observó el agua que salía disparada de su media melena cuando sacudía su cabeza. Estudió el brillo y la trayectoria de las gotas de agua. Caviló sobre cómo lograría en una escultura captar la belleza del agua volando. No era algo sencillo. Tal vez fuera imposible.

La cara del niño era peculiar, anormalmente delgada, con los ojos muy juntos y un flequillo que se los tapaba constantemente. Ello obligaba al chaval a quitarse el pelo de los ojos regularmente. Era evidente que el joven estaba disfrutando con el agua, pero el artista estaba disfrutando aún más observando la escena.

De repente, el chiquillo se estremeció emitiendo un grito de dolor. Sus amigos lo miraron sorprendidos. El escultor estiró su espalda para ver mejor. El adonis de extraña belleza salió cojeando del lago. Inevitablemente, el escultor se sintió reflejado en su cojera. El chaval se sentó en una piedra del borde, puso su pie izquierdo sobre la rodilla derecha y comenzó a mirar la planta de su pie para extraer una inoportuna espina. Los cabellos le tapaban parcialmente la cara, pero entre esa cortina vio que alguien que él consideraba un anciano no dejaba de mirarle. Mientras, el escultor observaba la cara de dolor del chaval y apretó los dientes en señal de empatía.

La escena le pareció muy evocadora al escultor y en un instante decidió que esa sería su siguiente obra. Quería recordar todos los detalles de la escena. Abrió los ojos y empezó a examinar minuciosamente al muchacho. Sabía que el momento sería efímero, pero él tenía una buena memoria visual y confiaba plenamente en ella. En menos tiempo del que se tarda en relatarlo, el escultor examinó con detalle la postura de los brazos, de las manos, del cuello, de los hombros, de los pies… Cuando hubo extraído la espina, el muchacho la miró y la tiró entre la vegetación, donde nadie pudiera pincharse de nuevo.

En cuestión de segundos el muchacho se levantó y de un brinco se zambulló de nuevo. El escultor salió de un breve momento de éxtasis. Estaba deseando volver a su taller y ponerse a trabajar en su nuevo proyecto. Estaba cansado de inmortalizar a dioses y aristócratas. Quería plasmar escenas cotidianas, gente corriente y anónima con cuerpos reales aunque no sigan los cánones.

En el taller

Cojeando volvió a su taller e inmediatamente se puso a trabajar en su obra. No quería olvidar tantos detalles que había registrado en su mente. Durante días trabajó apenas sin comer ni dormir. Los que lo conocían sospechaban que estaría trabajando en alguna musa. Cuando vieron la obra terminada, nadie entendía porqué se había obsesionado con una escultura de un simple niño herido.

El artista defendió su obra como la mejor que había salido de su taller. En la base del cráneo plasmó su firma para pasar a la historia como autor de tan magnífica creación. El escultor no entendía que su obra no fuera admirada. Tal vez eso influyó en la depresión y la enfermedad que sufrió y que acabó con su vida en pocas semanas.

En el recuerdo

La escultura quedó olvidada en el taller varios años hasta que un nieto del escultor la descubrió y la puso en su jardín. Por desgracia, unos ladrones entraron en la casa y al no encontrar nada de valor rompieron cosas y tiraron la estatua del niño de la espina. El golpe debió de romper la cabeza porque fue el único objeto que desapareció de la casa.

El propietario de la casa estaba abatido ante tan tristes hechos. Todos los destrozos se podían recuperar, todos menos la estatua del adolescente. Cada vez que miraba la estatua decapitada un escalofrío le recorría el cuerpo y se acordaba de su difunto abuelo. Alguien le había referido la importancia que aquella obra había tenido para su abuelo escultor. Si viviera, seguro que restauraría la estatua lo antes posible. Sin embargo, eso era imposible. ¿Quien sería capaz de restaurar la obra maestra de un escultor fallecido. Ni su nieto, ni nadie había heredado ni el talento, ni la inspiración del artista. Solo había heredado el taller, que ahora era más un almacén de aperos.

El nieto, inquieto, fue al antiguo taller de su abuelo y lo recorrió con curiosidad. Había algunas estatuas aparentemente terminadas y otras sin duda sin terminar, y también extremidades rotas: dos brazos, tres pies, un puñado de dedos… De repente, sus ojos se fijaron en una cabeza de niño. Se parecía mucho a la cabeza robada, incluso era, aparentemente, de la misma escala y material. Rápidamente, se le ocurrió la idea de usar esa cabeza para restaurar la escultura que rompieron los ladrones. Tomó en sus manos la cabeza y la miró atentamente. Por un momento pensó que los ladrones habían dejado allí la cabeza, pero no. La expresión de la cabeza que tenía entre sus manos no era de dolor. Era una cara serena, podría decirse que inexpresiva. Tampoco tenía el flequillo tapándole parte de la cara. Por otra parte, los cabellos, aunque eran similares a los originales, caían en vertical, lo cual dejaba claro que aquella cabeza era de una estatua cuyo personaje estaba firme y recto, posiblemente de pie.

No obstante, el nieto del escultor se llevó la cabeza con la intención de restaurar la estatua del Espinario, como le gustaba llamarla. Sorprendentemente, la cabeza y el cuerpo encajaban casi a la perfección. Solo necesitaba a alguien capaz de hacer la operación. No necesitaba un artista, sino que sería suficiente con un artesano. Tras muchos días de preguntar aquí y allá, consiguió que se hiciera el arreglo.

No quedó mal. La estatua volvía a respirar. La caída del pelo no seguía la ley de la gravedad, pero como decía su abuelo, la gente no se fija en los detalles del arte. Examinando la obra con tranquilidad, repentinamente cayó en la cuenta de una pérdida aún más grave que la cabeza: con la testa los ladrones se habían llevado la firma de su abuelo. Un detalle difícil de encajar para el cariñoso nieto que quería que su abuelo pasara a la historia. En cambio, poco podía hacer para resolver ese agravio.

Decidió buscar a alguien que pudiera gravar la firma de su abuelo en la base del cráneo. No obstante, nunca llegó a ejecutarse esa firma. El tiempo y las preocupaciones cotidianas relegaron algo que solo sería interesante para la Historia del arte.

Implacablemente, el tiempo pasó. Cada generación mira el arte con otros ojos. Las circunstancias y la cultura nos hacen valorar unas cosas por encima de otras. El Espinario pasó por una larga etapa de olvido.

En la Historia (hasta el final, todo lo que sigue es Historia real)

El niño de la Espina, una estatua con una curiosa Historia que podría haber sido verdadLa estatua de bronce El Espinario o El niño de la espina es una obra anónima del periodo helenístico de la escultura griega, asociada a la Escuela de Atenas o Neoática. Se sabe que estaba en Roma en el siglo XII. Posteriormente, fue donada a la ciudad por Sixto IV en 1471. El original se supone que está en el museo Capitolino de Roma.

Durante el Renacimiento fue una de las estatuas antiguas más admiradas y copiadas. De hecho, hay copias en varios museos del mundo, como en la Galería de los Uffici de Florencia, en el museo del Louvre de París, en el museo Pushkin de Moscú o en el museo del Prado de Madrid. La copia que se expone en este último museo perteneció a Velázquez.

Se supone que fue en el Renacimiento cuando nació la leyenda del pastor romano Cneo Marcio, según la cual se le encargó entregar un mensaje al Senado de Roma. Para ello, tuvo que recorrer una larga distancia a pie y no paró ni para quitarse una espina que se le había clavado en el pie. Solo se quitó la espina tras entregar su mensaje, ensalzando ese hecho al pastor como símbolo del cumplimiento del deber por encima del dolor o de las incomodidades personales.

Otras interpretaciones indican que representa un deportista antes de empezar una carrera. Pero… ¿quién sabe lo que quiso representar un anónimo artista?

♦ Tal vez quieras leer también:

Blogsostenible, un blog muy ecológico
Blogsostenible, un blog muy ecológico… pincha aquí arriba y lee algo… ¡a ver si te gusta!

3 comentarios sobre “Historia no oficial de El niño de la espina o Espinario

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s