Mal aire

A mi amiga Lina la mató el mismo viento por el que ella se desvivía. Se la llevó una noche de tormenta cuando volvía de trabajar en su parque eólico.

Lina lanzaba al aire con mimo y conciencia cada palabra. Me gustaba escucharla hablar sobre las energías renovables y sobre su concepción de lo vivaz. No porque yo entendiera todo lo que me decía, sino por disfrutar la pasión con la que hablaba y sus gestos de vivo entusiasmo.

Estudió ingeniería industrial y tenía claro que su vida estaría llena de energía; renovable, por supuesto. Militó en grupos ecologistas y escribía decenas de cartas a ministerios, alcaldías, empresas… Su lema era: “quejarse es mover el mundo, pero por escrito y proponiendo soluciones”.

Nuestras citas acababan siempre llenas —como no—, de energía en largos debates sobre biodiversidad, consumismo, agricultura ecológica, contaminación, transporte sostenible, botánica… y contándome las toneladas de CO2 que ahorraría el parque eólico que estuviera instalando. Parece que fue ayer cuando me enseñó las ventajas de las renovables, y también sus inconvenientes. Ella decía que la energía eólica es limpia, segura, inagotable, barata… pero que no siempre es ecológica.

Yo le dije que los ecologistas defienden siempre las renovables, y eso significa que cualquier forma de energía renovable —como la eólica—, tenía que ser ecológica. Pero no. Con su infinita paciencia, me explicó que la energía eólica está matando a millones de aves y a muchos más murciélagos. Colisionan contra las aspas, o bien son las aspas las que chocan contra ellos arriba en el aire.

—¿Por qué no esquivan las aspas o vuelan más alto? —pregunté intrigado— Si yo volara…

—Sus aspas no las ven bien. No saben calcular su velocidad. Cuando se pintan de otros colores la mortalidad de aves baja, pero aún no es algo que se haya generalizado y se está investigando. Por supuesto, los murciélagos no ven los colores.

—Podrían hacer aspas más pequeñas, pues son gigantes —propuse.

—Eso sería una buena solución, pero los generadores serían menos eficientes —me aclaró Lina—. También están investigando la energía eólica por vibración de la torre, sin palas. Sería más barato y no tendría ese problema. Incluso se podrían instalar encima de los edificios, sin tener que arrasar las montañas con los aerogeneradores.

—Bueno, unos cuantos molinos en las montañas no molestan —dije yo sin intuir la reprimenda que me esperaba.

—¿Que no molestan? —preguntó ella casi gritándome—. Claro que molestan. No solo afean el paisaje y matan animales. También hay que quitar muchos árboles para hacer los caminos que llevan a cada molino.

—¿Hay que hacer caminos?

—Por supuesto. Para instalar y mantener cada molino tienen que llegar los camiones cargados del material. También hay que construir líneas eléctricas de alta tensión que lleven la energía a donde haga falta, y esto también supone talar árboles, construir torres eléctricas, etc. Ten en cuenta que hablamos de muchos kilómetros de caminos y de líneas eléctricas. Dependiendo de donde se ponga el parque eólico, pueden ser miles de árboles los que haya que quitar. Aparte, las líneas eléctricas aéreas también matan a muchas aves por electrocución o por colisión con los cables.

—Entonces, deberían poner los parques eólicos junto a las ciudades, o en el mar con los cables en el fondo —concluí.

—La eólica marina no tiene esos problemas pero es más cara, porque su mantenimiento es más complejo, especialmente si hay mucha profundidad: necesitas barcos, buceadores… Además, en el mar hay más corrosión en las piezas.

—No hay solución —dije rindiéndome.

—Sí la hay —me corrigió con su habitual sonrisa—. La solución es pensar bien dónde se instalan los parques eólicos y también ser conscientes de todos estos problemas cuando encendemos algo eléctrico. Si reducimos nuestro consumo, podremos generar menos impacto ambiental. El viento nos puede regalar mucha energía, pero no podemos abusar de su generosidad. Un aerogenerador también implica consumir grandes cantidades de materiales de alto impacto ambiental y difíciles de reciclar.

Parece que fue ayer cuando Lina me hablaba del viento. Ese viento que acabó llevándosela una noche de tormenta mientras ella venía de trabajar en su parque eólico. La carretera de montaña era estrecha, pero ella conducía muy bien. Era muy prudente. Jamás tuvo un accidente.

Un coche en dirección contraria perdió el control. Resbaló en el suelo mojado, giró como una patinadora, se cruzó de carril y casi se estampa contra el coche de Lina. Ella dio un volantazo a tiempo y frenó en el arcén izquierdo. Diluviando en la oscuridad, Lina respiró hondo y miró hacia el otro coche. Lo localizó rápido porque aún conservaba encendido uno de sus faros. El coche accidentado estaba en el arcén contrario. Los cristales goteados no le dejaban ver con claridad.

Bajó la ventanilla trasera derecha y, a través de ella, vio entre la lluvia que dentro del otro coche había dos personas y que el impacto había derribado el quitamiedos. Lina esperó unos segundos para ver si algo se movía, pero nada ocurrió. La oscuridad, con lluvia y frío, se colaban por la ventanilla.

Entonces llamó a emergencias y dio la posición exacta. Era una carretera que conocía bien. Al operador telefónico pudo decirle incluso que el coche parecía estar en equilibrio inestable en el borde del precipicio. El faro que aguantaba encendido se balanceaba ligeramente en vertical.

Al colgar, corrió hacia el coche para ver si podía ayudar. Un golpe de viento le hizo resbalar en la carretera. Con la rodilla llorando en rojo llegó al otro coche ya empapada. Efectivamente, las dos ruedas traseras estaban en el aire y el coche se movía inestable con el viento. Abrió la puerta de la conductora y comprobó que estaba viva, consciente y con sangre goteando de la nariz. La mujer acompañante también estaba despierta, pero inmovilizada en shock. Ella les dijo que una ambulancia estaba de camino, pero que tenían que salir del coche, porque estaba a punto de caerse por un precipicio sin fondo en la noche.

El dios Eolo movió el coche para asustar a sus ocupantes. Lina fue rápida y se tumbó en el capó. agarrándose a los limpiaparabrisas. Desde ahí, gritó:

—¡Salid del coche! ¡Por favor! ¡Puede caerse!

El peso de Lina fijó el coche al suelo. Las dos mujeres del interior, aturdidas aún por el golpe, no se animaban a salir. Era como si no tuvieran fuerzas. La lluvia rebotaba en la carrocería y ahogaba más a la pobre Lina que no sabía bien qué más podía hacer. Entonces, escuchó la salvación.

El canto de la sirena de la ambulancia estaba cerca: se podía ver al fondo de la carretera. Las luces intermitentes frenaron e iluminaron una sonrisa en la mujer que aún agarraba el volante. Pareció decir a su copiloto: “Vamos”. Las dos mujeres del interior del coche salieron a la vez con cierta agilidad. El coche se desequilibró, pero durante tal vez medio segundo aguantó con las ruedas delanteras a pocos centímetros del suelo.

Lina soltó los limpiaparabrisas para bajarse, pero él actuó. El viento sopló y levantó el coche haciéndolo sucumbir a aquel negro abismo.

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