La resurrección imposible

La culpa me oxida el corazón. Yo fui la que le envié el maldito WhatsApp a un mes de nuestra boda. Sabía que estaba conduciendo el cochazo que le regalé por su cumpleaños. Sabía que no resistiría la tentación de leerlo. Sabía que él querría contestarme rápido. Pero no lo hizo. Su coche voló por encima del quitamiedos y rodó colina abajo hasta que un almendro paró la tragedia con su vida.

Me aconsejaron que no fuera. Pero como siempre que me aconsejan algo, hice todo lo contrario. Al día siguiente, aún estaba allí el Mercedes negro metalizado con todas las ventanillas rotas y las ruedas mirando al cielo, tal vez para despedirse de él.

Me arrodillé para asomarme por la ventanilla del conductor. El airbag había saltado para nada. Estaba manchado con su sangre, negra, reseca. El asiento y el techo también estaban rociados con la esencia de él. Cabizbaja y postrada noté un dolor en el pecho, una náusea. Vomité sin remedio sobre el techo del cochazo, justo donde él se había ido. Respiré su muerte, nuestras promesas podridas, y el hedor de mis jugos gástricos.

Salí como pude y para no desmayarme me agarré al tronco desmochado del almendro. Lloré como si mis lágrimas pudieran hacer rebrotar al árbol y devolver la vida al único hombre que me ha comprendido, el único que me escuchaba y me respetaba por lo que soy, sin mirar mi cuenta bancaria. Grité a las nubes: “¡Cariño! Echaré de menos tus abrazos, tus caricias, y tu costumbre de no bajar la tapa del váter“. Ahora entiendo por qué dicen que se rompe el corazón. Eso es justo lo que siento.

La noche me acompañó por sorpresa. La oscuridad me abrazó tiritando. Subí la colina alumbrando con la linterna del móvil y encontrándome restos del accidente: cristales, piezas raras y también rastros resecos de su sangre. Un resbalón me rajó el brazo con una zarza. Llorando en el suelo, mi sangre se juntó con la suya en una piedra. En vez de en el altar.

Todos los que me dijeron que él me amaba por mi dinero, ahora me dan el pésame arrepentidos. El ataúd, también negro metalizado, me recuerda el arrugado vehículo que lo apartó de mi lado. Exijo que lo cambien por uno blanco. Nadie protesta, porque saben que pago bien y más cuando se trata de algo para él.

Me juré que no lloraría, pero sobre el ataúd blanco me asfixié y solo pude volver a respirar, llorando. Todos me miran. Deberían irse y dejarnos solos, pero no quiero montar espectáculos. Intento llorar en silencio conteniendo unas lágrimas que no pueden quedarse dentro. Las gotas de tristeza no resucitaron al almendro y tampoco podrán ya devolvérmelo. Daría todo lo que tengo para poder darnos solo un abrazo más.

Su hermano gemelo llega por detrás y me abraza. Yo lo miro a la cara y me derrumbo pues no veo a su hermano sino a él, que me recoge del suelo y me sienta en una silla a su lado, para que pueda humedecer su hombro. Quiero darle las gracias y de mi boca solo salen sollozos. Gimiendo, le susurro que se haga pasar por su hermano, por dinero. Él acepta sin dudar porque siempre sintió envidia. No habrá que cancelar la boda. Con dinero compras hasta una resurrección imposible.

♦ Más sobre el amor y la muerte:

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