El millonario

En mi barrio me llamaban “El millonario” hasta que me fui de allí. Tuve una idea brillante —o estúpida—, pero que tuvo mucho éxito. Monté mi empresa y en dos años estaba ganando tanto que mi asesor me aconsejó que me fuera a vivir a Andorra… para pagar menos impuestos. Así lo hice.

En Andorra conocí a youtubers, influencers, deportistas, streamers, algún artista y otros “grandes fortunas”. Hacíamos fiestas y vivíamos tranquila y relajadamente.

¿Por qué Andorra? En todos los países, que yo sepa, el que más gana paga más impuestos, pero mientras en España el tramo más alto se fija en el 47 por ciento —para más de 300.000 euros de ganancias al año—, en Andorra no llega al 10. No es que tengas que pagar el 47 por ciento de todo lo que ganes, sino solo del último tramo. La mayoría de los mortales que ganan sus mil o dos mil euros al mes dirán que les daría igual que les quitaran la mitad de su sueldo si ganaran 300.000 euros, pero cuando ganas esa pasta, o más, piensas muy diferente. Especialmente cuando tu asesor te dice, como me dijo a mí, que ahorraría unos 500.000 euros si fijaba mi residencia en Andorra, contando el impuesto de sociedades.

La decisión fue rápida. ¿Quién no se iría a Andorra para ganar medio millón de euros más? Cinco años antes hubiera dicho que no me importaría pagar muchos impuestos si a mí me quedaba más de medio millón limpio. La mente tiene sus trampas.

Tenía que vivir en Andorra al menos 183 días al año, es decir, medio año, para que la Hacienda española no me denunciara. Tuve que alquilar una vivienda para justificarlo y aprendí formas de conseguir engañar al fisco también en eso. Por ejemplo, le dejaba mi tarjeta a alguien de confianza, que compraba cosas en Andorra, mientras yo estaba en Madrid, gastando dinero en efectivo. Si necesitaba gastar en tarjeta, usaba la de mi hermana y luego le pasaba a ella el doble en efectivo.

El dinero no me dio más felicidad, pero sí más tranquilidad. No es lo mismo, pero también se agradece. No obstante, la vida fue haciéndose más y más compleja. Y también vacía… y aburrida.

Todo cambió un día, mientras paseaba por las calles de un pueblecito andorrano. Creo que era Pal, pero podría ser otro. Las calles y el ambiente son muy parecidos en todos aquellos pueblos. La arquitectura es pura armonía en piedra, pizarra y madera.

Solo, en una estrecha callejuela, me empezaron a llegar preguntas existenciales. ¿Qué hago aquí? ¿Todo esto para qué? Pensaba en si yo merecía mi vida o si debía vender mi empresa. Ofertas me llegaban constantemente. Mi cabeza era un compresor de preguntas, sin ni siquiera plantear posibles respuestas. De repente, sin saber por qué, decidí volver a mi Madrid, con todas las consecuencias. No había decisión consciente, sino impulsiva e instintiva.

Una vez tomada la decisión empecé a justificarla en una clara inversión del orden lógico. Y conforme iba encontrando argumentos para volver, notaba más tranquilidad en mi interior y más sensatez en mi resolución. Mi asesor enloqueció intentando convencerme de que no volviera. Le hablé claramente:

—No es que no me guste vivir en Andorra. Me lo tomo como unas vacaciones y me divierto mucho. La cosa es que siento que no estoy haciendo las cosas bien, que le estoy quitando dinero al país que me ha permitido crecer y prosperar.

—Este país no permite prosperar a gente como tú —me rugió señalándome con el dedo—. Más bien te frena, y que sepas que el dinero de tus impuestos se lo llevarán los corruptos del gobierno. Tú tuviste una idea y montaste tu imperio. Es mérito tuyo.

—¿Mío? No es solo mérito mío. Mis padres me cuidaron y me permitieron estudiar y vivir. He estudiado en colegios públicos gratuitamente… y cuando estaba enfermo iba a los hospitales públicos. He usado las calles de Madrid para jugar, para divertirme, y me he inspirado bajo los árboles de El Retiro. Si lo piensas bien, es justo que ahora que me va bien, muy bien, contribuya para que España siga funcionando y para que los que no tienen tanto puedan ir a los colegios y a los hospitales… como yo… hace años.

Mi asesor bajó la cabeza y murmuró algo ininteligible. Yo no pretendía convencerlo de nada, sino mostrarle mi verdad, por lo que continué hablando:

—Hay preguntas que no tienen respuesta. ¿Qué parte de mi éxito es realmente mérito mío? ¿Hubiera llegado a ser rico si hubiera nacido en otro país? Seguramente no. Y me da igual pagar medio millón de impuestos a España, porque yo voy a seguir viviendo de puta madre. ¿Entiendes? En España hay colegios y hospitales donde pueden ir todos los niños, y eso hay que pagarlo. Y tú deberías defraudar menos y dejar de enseñar a tus clientes cómo pagar menos. Por mi parte, no quiero restar dinero al país que me ha permitido ser quien soy.

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