Sudor blanco

Una gota de sudor absorbida por la desesperación del folio en blanco. Un resoplido de angustia y calor. Unas vacaciones desperdiciadas. Odio lo que siempre me ha encantado: escribir historias.

El año pasado, las palabras salían por mis dedos y se plasmaban en la pantalla, las historias se pixelaban delante de mi emoción. Yo vivía cada historia. Yo era cada personaje. Yo sufría y me alegraba como ellos. Luego, leía, leía y releía cada texto cambiando una coma, un sentimiento o un punto y aparte para respirar. A veces intercambiaba de orden de unas frases, alteraba el curso de los acontecimientos o añadía un meandro a una anécdota. Era como Dios. Tenía tantas ideas que no sabía cuál escribir para que la historia fuera perfecta. Mis pobres personajes esperaban su destino impacientes. Muchos relatos se alargaron más de lo previsto. Otros se dividieron en dos partes o en dos historias separadas. Todo me inspiraba a teclear.

Ahora no. El teclado es mudo. La tecla que más uso es la de borrar. El tiempo pasa en blanco. Querría escribir ideas en tormenta, aunque fuera sobre un papel en sucio. A mi mente solo vienen estupideces que escribiría un chulito de primaria. Otro raquítico folio que me machaca, inútil envoltorio de mi sudoración. Eso es lo único que sale de mi cabeza, hueca como la página en blanco arrugada de rabia.

Quiero escribir y disfrutar como antes. Cuanto más escribo, más borro. No hay ideas frescas, no hay rebeldía, no hay provocación, no hay neuronas… Tenía que dejar de escribir y pasar a actuar. Escapar del teclado y del folio. Respirar. En la calle inhalé hondo y sentí un alivio adulterado. Tenía que hacer cualquier cosa por impulso, sin pensar. Crucé la calle y un taxista frenó y me pitó. Sin mirar si estaba libre me subí:

—¡Tenga cuidado al cruzar! Casi le atropello. ¿Dónde quiere que le lleve?

—¡Siga a ese coche! —exclamé con decisión cinematográfica.

Era un monovolumen gris metalizado, muy vulgar, conducido por un barbudo común. Si lo hubiera pensado bien, hubiera elegido otro modelo, más deportivo y de un color vivo, lleno de acción. Me daba vergüenza cambiar de coche, aunque la carrera la pagaría yo. El taxista, muy profesional, mantenía la distancia de seguridad y aceleraba ligeramente en los semáforos para que ninguno nos frenara la espontánea persecución.

El Peugeot salió de la ciudad. De reojo me miraba el taxista. Yo contenía una carcajada. “¿Dónde narices irá ese estúpido coche?”, pensábamos ambos con un rock sonando de fondo en la radio. Le iba a decir que diera la vuelta cuando súbitamente el coche gris encendió un intermitente a la derecha para terminar. Se desvió y vimos un cartel: “Cementerio”.

Pagué al taxista y me adentré entre nichos y cruces, cambiando mi escenario. Un camposanto puede ser un buen lugar para inspirarse: la fugacidad de la vida, la muerte como consejera, proyectos inacabados, pobres huerfanitos, macabros asesinatos, fantasmas que salen de sus tumbas, búhos que ululan, profanaciones de tumbas… Vulgaridades. Todo eso ya está escrito. La literatura no necesita repetir historias. Ni escritores medio muertos, medio enterrados. Me senté en una tumba y le pedí perdón al difunto. Le dije que mi inspiración también estaba muerta y que la dejaría allí para hacerle compañía en la oscuridad de la eternidad. El finado no contestó. Yo salí aliviado por el conceptual sepelio.

La despedida me había sentado bien. Me sentía más ligero, más libre… más vulgar. Al llegar a casa, allí estaba gritándome el folio en blanco. Le escupí que ya era un ser libre, que no soportaba su sometimiento. Intenté engañarle… y engañarme.

Como un drogadicto, sucumbí una vez más a la tensión de retarme y de volver a comenzar. Una gota de sudor absorbida por el folio en blanco.

⇒ Nota: Este relato es parte de la Trilogía blanca de un escritor, junto con Mente blanca y Rascacielos blanco (aún sin publicar). Suscríbete a nuestro blog para recibir todas nuestras publicaciones. Te agradecemos también que las difundas en tus redes.

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