La muerte del agua

  • Nota: Este relato está inspirado en hechos reales —en muchos hechos reales—, como los acaecidos en Málaga.

Espero que el dolor —mi dolor— sirva para evitar atrocidades similares. Escribo con lágrimas y con desesperación. Siempre he sido consciente de la brutalidad de los que nos gobiernan. No son elegidos por su inteligencia, sino por su habilidad para manipular cifras y conciencias. La última fechoría me ha quebrado por dentro.

“Limpieza del cauce”. Bonito nombre para que nadie pueda oponerse. Lo limpio siempre es, supuestamente, mejor que lo sucio. Disfrazan con esa palabra, “limpieza”, lo que es devastar el río y su orilla, el fondo y su margen. Para ellos, limpiar no es retirar la basura, sino la vegetación, cualquier vegetación que crean que estorba por algún inexplicable motivo o directamente sin motivo ninguno. Me han robado mi lugar de reposo. Han descuartizado una arteria más de este planeta moribundo que se desangra ante nuestra pasividad. Todo legal, muy legal y muy absurdo.

Excavadora destrozando un río, su vegetación y su faunaLa excavadora se llevó el sauce desde donde el martín pescador le quitaba bocados a la nutria. El gran castaño que sobrevivió a la Guerra Civil estaba demasiado cerca del río para el gilipollas del alcalde o para la maldita confederación hidrográfica.

Abubillas, grajos y carpinteros tendrán que buscarse otros alojamientos tras los injustos desahucios. La lechuza no sale de su asombro porque su eucalipto se ha librado. Los informes técnicos han condenado más a la vegetación de ribera autóctona que a las especies invasoras. Las casuarinas también se salvaron, pero no los olmos de retorcida belleza, ni los álamos que lanceaban las nubes. Todos condenados a muerte: culpables de limpiar sin ensuciar, de regalar solo oxígeno, y no dinero.

Las inundaciones no se previenen con dragados ni con obras así, sino con educación. Y dejando de construir en las zonas inundables, que pertenecen al río y no al alcalde.

Muerto el sauce, ya no llorará más. Él y los quejigos se agarraban a la orilla; o más bien ellos agarraban la orilla. Con ellos desaparecidos, la próxima crecida se llevará la tierra. Sin nada que la frene, ojalá el agua arrase también hasta el puto campo de golf que tanta agua chupa y tantos venenos inyecta al planeta por vía intravenosa.

También asesinaron a los humildes helechos y juncos, que ocultan su nobleza sin el porte robusto de los alcornoques. Lloran los tarajes y adelfas que sobrevivieron. Lloran para regar sus raíces y sobrevivir (al menos un día más).

El laurel también lo asesinaron. Ya no podrá disfrutar cerca de esa calita donde las tortugas y los cangrejos se quejaban de las ruidosas ranas. En este planeta no hay sitio para tanta maleza, ni para tanto bicho, ni para tantas sabandijas que se apropian de nuestros ayuntamientos. El agua no muere, la matan.

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8 comentarios sobre “La muerte del agua

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  2. […] Málaga quiere dinero de Europa para aumentar sus gastos absurdos: Aunque proponen algunas ideas que pueden ser buenas (si se hacen bien), el grueso del dinero va para obras poco sostenibles: un túnel para incrementar el tráfico, embovedar el río Guadalmedina, mucho cemento, pocos parques, nada del Bosque Urbano, rascacielos,  encauzamiento del río Campanillas (no renaturalización, sino llenarlo de cemento y “limpiar el cauce“)… […]

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