Las imperfecciones

El pico picapinos (Dendrocopos major) es un pájaro carpintero de tamaño mediano con plumaje blanco y negro y una mancha roja en la parte inferior del vientre.Habíamos ido a aquel pueblo para pasear por sus calles llenas de macetas y de flores en primavera. Nos encantaba pasear en pareja por los pueblos pequeños de montaña, perdernos en sus callejuelas, saludar a la gente sin conocerla, comprar algo de fruta (o pan) y picar algo caminando. Tal vez, todo eso era lo único que teníamos en común. Éramos bastante diferentes y no era raro que saltaran chispas incluso en los mejores momentos.

La discusión empezó por una tontería pero ninguno quiso pararla. Cuando llegamos a una empinada calle, ya no aguantaba más. Iba a comerme una uva de las que acabábamos de comprar a un hombre que las vendía en medio de la plaza, pero la tiré al suelo con rabia y me alejé. La uva fue rodando por la cuesta y me adelantó. La cogí con cariño, le pedí perdón, la limpié y me la comí. Mis lágrimas mojaban el exterior de mi cara, mientras la uva hidrataba mi interior.

Aceleré el paso y me perdí entre las calles. Me gustaba perderme, pero jamás sin compañía. Sin embargo, en ese momento prefería la soledad. Seguí caminando y me salí del pueblo hasta llegar a un pequeño río, más bien un arroyo con grandes piedras en el margen. A orillas del arroyo me senté y lloré. Por supuesto, recordé el libro de Paulo Coelho con un título similar, dado que me lo estaba leyendo precisamente por aquellos días.

Mis lágrimas cayeron al arroyo y me pregunté si llegarían al mar. Cerré los ojos para limpiarme con mi pañuelo. Cuando los abrí me llevé un susto que casi me tira al agua. Un perro blanco me ladró justo en la cara. Ante mi gesto de sorpresa, se alejó dando brincos para refugiarse junto a la falda negra de una anciana. El perro tenía solo tres patas, le faltaba una de las delanteras, pero se movía con soltura y alegría.

Al ver mi cara de asombro y perplejidad, la anciana se acercó y me dijo con voz dulce:

—Disculpe Vd. al viejo Triste. ¿Le ha asustado? Es un perro muy curioso.

—No se preocupe. ¿Qué le pasó? —pregunté mirando al perro.

—Lo pilló un coche y se dio a la fuga. Estaba en el arcén cuando lo encontramos. Tuvo que sufrir mucho. Estuvo meses triste, abatido. Por eso le llamamos Triste. Ahora está feliz, pletórico. Está agradecido por vivir.

La mujer al acercarse se dio cuenta de que yo tenía lágrimas en mi cara. Mis ojos estarían enrojecidos. Entonces, con total naturalidad preguntó:

—¿Y a usted qué le pasa?

—Puuufff… —resoplé yo mientras pensaba qué contestar— cosas… la vida… que es muy complicada. Buscamos la vida perfecta, pero parece que los demás se proponen llenarla de problemas y de imperfecciones.

La mujer se sentó en una piedra junto a la mía. Me miró a los ojos y yo bajé la mirada. Ella me retiró el flequillo de los ojos y me habló:

—¿Ves ese árbol de ahí?

—Sí, claro —contesté con incertidumbre.

—¿Qué ves en él?

—No sé… un árbol. Un árbol normal.

—No es un árbol normal. Es un aliso, un aliso común. Algunos lo llaman alno, aliso negro o alisa. Los botánicos usan su nombre científico, Alnus glutinosa. Verás, es un árbol de la familia de las betuláceas y los hay por toda Europa y el suroeste de Asia, pero solo en lugares húmedos, junto a los arroyos o en bosques ribereños, pues requiere humedad constante en sus raíces.

—Pero… ¿por qué no es un árbol normal? —pregunté yo con intriga.

—¿Sabías que su madera resiste tan bien al agua que es la madera usada para los cimientos de las casas de Venecia?

—No. No lo sabía, pero eso no hace que este árbol en concreto sea especial.

Tras unos breves instantes, la anciana acabó dándome la razón:

—Pues sí, pero fíjate bien en él. Tiene varias ramas muertas, secas. Su tronco principal se rompió durante una tormenta. Además tiene varios callos en el tronco. Son heridas que ha conseguido cicatrizar. Por si fuera poco, un pájaro carpintero, un pico picapinos, ha taladrado su tronco para hacer su nido.

—¡Pobre árbol! ¡Vaya vida! —exclamé yo.

—Pues sí, pues sí… —confirmó la anciana—. Pero él no se queja. No es el árbol “perfecto”. Tiene muchas imperfecciones, muchas heridas del pasado. Algunas le impiden llegar alto para absorber más luz, pero eso no le impide disfrutar de la luz que sí recibe y del agua fresca en sus raíces. La familia de pájaros carpinteros le protege de insectos molestos y abona el terreno para que pueda crecer más. Y cuando nazcan los polluelos, tendrá más abono aún. Su vida ha sido imperfecta, pero… pero… pero todas las vidas son imperfectas.

Tras unos segundos de silencio, la anciana miró a su perro añadió:

—Mira Triste. Ahora habría que cambiarle el nombre.

Era una bonita metáfora y estaba claro que la anciana quería decirme que me centrara en lo bueno de mi vida en vez de quejarme por las cosas negativas, que son inevitables en cualquier vida. La ventaja del árbol es que él no puede decidir qué hacer o qué no hacer. ¿O acaso no es eso una ventaja?

Yo estaba pensando si el poder elegir es realmente bueno o malo cuando la anciana se puso a citar unas frases que me resultaban, por algún motivo familiares:

—En la vida “es necesario correr riesgos”, pues “solo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado”. “Pobre del que tiene miedo a correr riesgos. Porque ese quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño”. Si no te arriesgas a veces, tendrás “la certeza de que has desperdiciado tu vida”.

Con gran estupefacción me quedé mirando a la anciana mientras recitaba esas frases, afirmando sus palabras con la cabeza. Cuando terminó, fui consciente de que esas palabras eran precisamente del libro de Coelho que yo estaba leyendo entonces: “A orillas del río Piedra me senté y lloré”.

♦ Lee más historias incontables en:

1 comentario en “Las imperfecciones

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