El quejica

Las llamadas perdidas de mi amigo Carlos se acumulaban en la pantalla de mi móvil. Yo no quería contestar sus llamadas. No quería saber nada de él. Cuando hablaba sobre él, aún usaba la palabra “amigo”, pero en realidad ya no éramos amigos. Nuestra amistad estaba disuelta como un caramelo en el mar. No entendía por qué me estaba llamando por teléfono tan insistentemente.

Cuando el número de llamadas perdidas superó la decena, me planteé responder. Tal vez era algo importante. Habíamos estado sin hablarnos al menos seis meses y mi imaginación no alcanzaba a vislumbrar qué cosa podría haber ocurrido para que Carlos me llamara tan pesadamente. Al final, contesté.

Carlos, el quejica

Nuestra amistad surgió en el colegio. Recuerdo que Carlos llegó nuevo a mitad de curso y, tras varias semanas, no encontraba la forma de introducirse en ninguno de los grupos de amigos que ya estaban creados. A pesar de mi timidez, fui yo quien se dirigió a él para iniciar nuestra primera conversación. Poco a poco fuimos haciéndonos amigos y se fue introduciendo en mi círculo. Carlos era una persona divertida, inteligente, ocurrente, amable… A todos mis amigos les pareció natural que se uniera a nuestro grupo y, de hecho, prácticamente todos permanecimos unidos incluso después de terminar el colegio. Unos fuimos a la universidad, otros empezaron a trabajar. Nos distanciamos, pero nuestra amistad no se resintió.

Desde antes de llegar a la Universidad, en la adolescencia, Carlos empezó a cambiar. Lentamente, fue convirtiéndose en una de esas personas que se quejan por todo y, a veces, sin necesidad, sin sentido o sin motivo real o importante. No solo eran sus quejas, sino también sus modales. Empezó a incrementar el uso de palabrotas, que insertaba junto con insultos casi en cada frase que pronunciaba. Podríamos decir que, aparentemente al menos, nada le resultaba agradable. Si íbamos por la calle se quejaba del ruido de una moto o de una obra, del trayecto que habíamos tomado por no ser el camino mínimo, de la decoración de las tiendas o de un inoportuno charco. Si veíamos un atardecer, se quejaba de la oscuridad. Si comía algo sabroso, se quejaba de lo pequeña que era la ración. Si comía algo mediocre, se quejaba del precio, o de la cantidad de comida y de su despilfarro. Y si alguien contaba un chiste… ¡Más valdría que fuera bueno!

—¡Vaya mierda de chiste! —le espetó a Juan Ignacio, otro de nuestros amigos, en cierta ocasión.

Aquello generó una absurda discusión —todas siempre lo son— que hizo que jamás volviéramos a verlos juntos, porque, en palabras de Juan Ignacio, aquello era “la gota que colma el vaso”.

En aquellos años la palabra preferida de Carlos era “mierda“. Tenía la “mierda” en la boca constantemente, a la vez que incrementaba el uso de insultos y ordinarieces de todos los estilos. Dirigía sus improperios hacia todos, sin importar quien fuera, especialmente cuando no estaban delante. Sus objetivos preferidos eran los políticos, los camareros y las parejas de nuestros amigos y amigas. Nunca hacían nada bien. A veces podría resultar hasta gracioso, pero muchas veces resultada violento. Por ejemplo, un caluroso verano estábamos cuatro amigos tomando algo en un bar y, sin venir a cuento, comenzó a gritar como si quisiera que se enterara todo el bar:

—¡Este sitio es un asco! La mesa cojea y el camarero es un imbécil.

Laura, con su particular visión práctica de la vida le respondió:

—Para lo del camarero no tengo remedio, pero para lo de la mesa sí.

Ella dobló una servilleta y calzó la mesa dejándola perfectamente estable. Todos felicitamos la solución de Laura, menos Carlos que seguía quejándose de que la mesa estaba sucia y de que su cerveza se había calentado, algo normal cuando pasas más tiempo protestando que bebiendo.

Ya he dicho que Carlos era muy inteligente, lo cual le vino bien para sacar estupendas notas en sus estudios, pero en aquella época parecía que usaba su inteligencia especialmente para buscar en qué lamentarse, desviando la conversación hacia sus preocupaciones, por nimias que fueran. El apodo de “El quejica” se lo ganó de forma muy merecida aunque, por supuesto, él también se quejaba de tan acertado sobrenombre.

Cuando alguien le decía que no se quejara tanto, él se limitaba a contestar:

—Es que no entiendes nada.

Cuando quedábamos los amigos, algunos me preguntaban si iba a venir Carlos y, en ese caso, me ponían alguna excusa para no venir, o bien, directamente me decían que no querían soportar al quejica. Como no, Carlos me recordaba al viejo del cuento Cansancio robotizado, pero nunca se lo dije porque, obviamente, no le iba a sentar bien.

Amistad rota

Por aquel entonces, cuando Carlos y yo organizábamos algo siempre nos encontrábamos los dos solos. Nadie se apuntaba. Por otra parte, cuando quedaban el resto del grupo para cualquier cosa, me avisaban, pero me decían que no le dijera nada a Carlos. A mí me dejaban en una situación un tanto violenta, pues tenía que estar mintiendo para que Carlos no se enterara de que quedábamos a sus espaldas para ir al cine, de excursión o simplemente para pasear.

Cuando Carlos me preguntaba por los demás yo le tenía que mentir diciéndole que no sabía nada de ellos, salvo que estaban muy atareados con sus vidas. Yo intentaba cambiar rápido el tema de conversación para evitar que me pillara. No soy bueno mintiendo y creo que se me nota en seguida.

Nuestra amistad se puso al límite cuando fuimos en verano seis días a un camping junto al embalse de Guadalcacín. Para mí, era un sitio idílico: un paisaje espectacular, un silencio relajante, podíamos ver aves bastante cerca, el agua estaba a temperatura perfecta para el baño… En cambio, Carlos no dejaba, por supuesto, de quejarse: que si había algas en el agua, que si el fondo era de un fango asqueroso, que si hacía calor pero no quería bañarse, que si era un sitio demasiado perdido…

Sus quejas eran tan insistentes que le propuse ir a la playa al día siguiente. Estábamos a una hora de la costa y decidimos hacernos unos bocadillos para pasar el día sobre la arena. Carlos no quiso ir a comprar los ingredientes de los bocatas y tampoco quiso decirme qué quería que comprara:

—Cualquier cosa, si yo no como mucho —fue su respuesta.

Así pues, yo compré el pan y los ingredientes que quise y hasta me encargué de hacer los bocadillos. Ya en la arena, nos dispusimos a comer. Yo debería haberlo previsto, pero no lo hice. Tras dos o tres bocados empezaron sus quejas:

—¡Vaya mierda de bocadillo! El pan es integral, está seco y esto es incomestible.

Mi respuesta fue la que cualquiera le hubiera dado. Le dije que él no había querido ni comprar los ingredientes, ni hacer los bocadillos, que era muy fácil quejarse y que ya era mayorcito para dejar de quejarse y ponerse a actuar y a buscar soluciones.

Ambos nos ensartamos en una discusión bastante acalorada. Yo le dije que que era un cascarrabias, un gruñón y que ya había perdido buena parte de sus amigos, si no todos, y que también me estaba perdiendo a mí. No quiso reconocerlo, pero sin duda él tenía que haberse dado cuenta de que sus amigos no estaban cómodos con su presencia. Hay que ser muy egoísta y tener cero empatía para no haberse dado cuenta de eso, pero yo ya no me sorprendía de que Carlos fuera así.

Por supuesto, ambos nos desahogamos diciéndonos cosas que tal vez llevábamos mucho tiempo queriendonos decir. Él se quejó de que yo no le llamara cuando quedába con nuestros amigos. Yo le dije que esos que llamaba “nuestros amigos” ya no eran suyos y que se comportaba como un adolescente inaguantable, pesado, protestón y egoísta, incapaz de estar sin quejarse ni dos minutos y que reventaría si aguantara una semana seguida sin quejarse y sin decir tacos o insultos. Le dije que me gusta la gente que se queja para buscar soluciones y no para sentirse importante porque los demás son el motivo de su descontento y de sus infinitas lamentaciones.

El resto de nuestro viaje fue muy tranquilo externamente, en silencio, pero nuestro interior era muy convulso, lleno de rabia. Nos despedimos con un frío adiós y estuve sin saber nada de él más de seis meses, hasta que recibí sus repetidas llamadas. Apenas tenía fuerzas para contestar. Yo no necesitaba su amistad. De hecho, estaba muy bien sin saber nada de él. No quiero gente tóxica a mi alrededor. No quería contestar a sus llamadas pero…

Contesté

—¡Hola! ¿Carlos? —dije como si dudara de que era él quien me estaba llamando.

—¿Cómo estás? —preguntó, tal vez, por primera vez en su vida.

—Bien —contesté lacónicamente.

—Quería hablar contigo para decirte que lo he conseguido.

—¿El qué has conseguido? No te sigo.

—He conseguido lo que me dijiste.

—¿Qué es lo que te dije? No sé a qué te refieres.

—Me dijiste que era incapaz de estar siete días sin quejarme, sin decir tacos y sin insultar a nadie. Lo he conseguido hoy. Desde que nos separamos lo he estado intentando y he tardado todo este tiempo, pero lo he conseguido: llevo siete días sin quejarme de nada, sin decir tacos y sin insultar a nadie, esté o no presente. Ahora me siento mejor. Jamás pensé que me costaría tanto esfuerzo y tanto tiempo, pero ha merecido la pena. Me siento una persona nueva y todo te lo debo a ti. Quería darte las gracias.

Yo estaba escuchando, en silencio y no sabía qué contestar, pero cuando él dejó de hablar, obviamente tenía yo que decir algo. Respiré hondo y dije:

—Carlos, me alegro de lo que me estás contando. Yo he pensado muchas veces llamarte para pedirte perdón por todo lo que te dije, pero no he encontrado las fuerzas.

—¿Pedirme perdón? ¡Nunca! A partir de nuestra discusión lo pasé muy mal, pero me di cuenta de que todo lo que me dijiste era cierto. ¿Cómo no me lo dijiste antes? Tú tenías razón y me avergüenzo de mí mismo. Tengo que darte las gracias por tantas cosas… hacerme el bocadillo aquel día es solo una de ellas. Tengo que pedir perdón por tantos errores…

Carlos volvió a nuestro grupo de amigos y nos dio a todos la gran lección de que cambiar es posible cuando uno quiere hacerlo. Nunca más lo oí quejarse verbalmente de los camareros, ni de la comida, ni del ruido… Ahora buscaba soluciones y las aplicaba. Por ejemplo, llegó a quejarse al ayuntamiento del ruido de las motos, consiguiendo que la policía hiciera un mayor control del cumplimiento de las leyes. Cuando uno cambia, todo cambia.

♥ Lee también:

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s