El poder de algunas palabras

Conductor de autobús amableSoy la persona que más veces dice “Buenos días” del mundo. Soy conductor de autobús en el primer turno. Tengo que madrugar mucho todos los días, pero prefiero madrugar que tener que trasnochar.

— ¡Buenos días! ¡Empezamos oootra jornada! —digo a mis compañeros mientras abro la puerta del autobús.

Desde siempre, saludo a los viajeros que van subiendo, y hasta les sonrío. Al llegar a la primera parada, empieza mi rosario de saludos y sonrisas:

— Buenos días.

— Buenos días.

— Buenos días.

— Buenos días.

Algunos saludos van dobles:

— Buenos días, buenos días.

Algunas respuestas son simplificadas:

— Buenas…

Algunos te devuelven el saludo. Otros ni eso. A mí no me importa. Otros buscan conversación:

— Buenos días… ¡Cómo está el tráfico! ¿Eh? Tenían que prohibir todos los coches.

— Buenos días. Es cierto… demasiados coches para esta ciudad.

— Ya no caben más coches, pero el gobierno sigue dando incentivos para que la gente compre y cambie de coche.

Con los años que llevo en este trabajo, ya sé que lo mejor es no meterse demasiado en conversaciones políticas, pues no es momento ni lugar para debates. Así es que le contesto cordial y esquivamente:

— Demasiados coches… —digo con tono de resignación pero con una sonrisa.

Me gusta ver cómo cambia la cara de la gente cuando les saludas y les sonríes. Cuando te preguntan donde está una calle, cómo llegar a un sitio, en qué parada deben bajarse o qué autobús deben coger… mi respuesta siempre acaba con una sonrisa.

Algunos te miran raro como diciendo “¿Qué se ha creído este?” o “¿Cómo puede este sonreír con la que está cayendo?”. Luego hay un pequeño porcentaje de gente que ni se entera, que van tan absortos en lo suyo que ni me miran, ni me ven. Pero la mayoría de la gente te devuelve la sonrisa y eso me hace gracia. No me canso de verlo. Me gusta pensar que he puesto una sonrisa en miles de caras, en solo una jornada de trabajo.

Cuando acabo el trabajo y llego a casa, siempre beso a mi mujer, la abrazo y tras un breve descanso para leer noticias por Twitter, nos ponemos a preparar la comida y me voy, o nos vamos, a recoger a los niños al cole. Al verlos también les saludo, les sonrío, les beso y les abrazo. Nos contamos chistes mientras volvemos a casa, y ellos juegan a adivinar lo que habrá de comer.

Después de comer, hay que insistir a los niños para que se pongan a estudiar y hacer los deberes del cole, pero son buenos chicos y no se quejan mucho. Luego salimos a pasear, o a jugar en la plaza, a comprar al super y pronto estamos cenando porque todos nos acostamos pronto, aunque yo soy el primero en madrugar, para empezar un nuevo día.

Y así pasan días y días, envueltos en una rutina hermosa y feliz. Pero un día, sin saber porqué, decido no saludar a nadie. Supongo que por cansancio o como experimento. No lo sé, pero me subo al autobús, arranco y me voy sin decir nada, y nadie parece haberse dado cuenta. A los primeros viajeros no les lanzo ni saludo ni sonrisa, y no parece que les importe. Uno me pregunta por la parada en la que tiene que bajarse y le contesto cordialmente, pero sin sonreír. El tipo me da las gracias como haciéndome un favor, y se acomoda en los asientos del final, como queriendo esconderse de mi mirada, pero con el retrovisor yo lo sigo hasta que se sienta.

Siguen subiendo viajeros y yo sigo a lo mío sin mirarles apenas. Alguno me dice “buenos días”, yo lo miro y levanto mi barbilla y la vuelvo a bajar, a modo de saludo silencioso. Al final del día calculo que me he ahorrado varios miles de “buenos días” y parece que a nadie le ha importado. Nadie se ha enfadado, todo va bien, por lo que repito el experimento al siguiente día. Y así un día tras otro. A nadie parece importarle.

Decido simplificar el saludo a mi mujer al llegar a casa, con un sencillo y modesto “hola”, y me ahorro el beso y el abrazo. Y luego al recoger a los niños, finjo que estoy leyendo algo en el teléfono, y me ahorro también varios saludos, varios besos y varias sonrisas. Mi cuenta de “ahorros” del día, aumenta un poco más. Y a nadie parece afectarle, por lo que mi experimento se repite un día más, y luego otro, y otro…

Tras muchos millones de saludos ahorrados, pienso que ahora conduzco mi autobús sin tantas distracciones, pero… ¿realmente todo está igual? Me pongo a pensar con detenimiento mi vida y disecciono los momentos cotidianos. Mi mujer cada vez me habla menos y se enfada más. Mis hijos cada vez me hablan menos y se enfadan más. Los viajeros cada vez me hablan menos y me ignoran más. Y yo… siento que estoy más triste, más ensimismado, más alicaído, más enfermizo, con dolores raros, en articulaciones y estómago, por ejemplo, que antes no tenía. ¿Será casualidad? Intuyo que es pura casualidad, pero dado que me gusta hacer experimentos, decido volver a saludar, volver a los besos, a los abrazos y sobretodo a las sonrisas.

Tras un día, de nuevo he conseguido transmitir miles de sonrisas a la gente, pero en mi casa todo sigue igual. Pero yo persisto en mi experimento. Tras unos pocos días algunos dolores desaparecen, otros no, pero mi familia también me devuelve las sonrisas y eso, lo noto, me hace tan feliz como me hacía antes. Yo los noto más felices y más dispuestos a dialogar sin discutir.

No me siento satisfecho por haber demostrado que las palabras son poderosas. Me siento triste por tantos “buenos días” ahorrados, por tantas sonrisas que no logré sacar. Perdí miles de oportunidades de llevar sonrisas a otras personas. Me siento triste, pero con la esperanza de que no me vuelva a pasar. Mi consejo es muy claro: sonríe mucho, primero por ti y luego por los demás… o viceversa.

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4 comentarios sobre “El poder de algunas palabras

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