Inútil

50 años para descubrir que no sirvo para nada. Tres hijos y en la oficina de empleo me dicen que no sirvo para nada. Un inútil.

Una hipoteca que es hija del baby boom inmobiliario y una lista de facturas para decidir cuál pagar. ¿Cómo les digo a mis hijos que no tendrán más datos en sus teléfonos? ¿Cómo les digo que comeremos macarrones otra vez para que el banco no nos vuelva a amenazar?

La pandemia ha saboteado mi vida. Primero fue un ERTE y luego un despido sin indemnización. Encadenar contratos temporales durante años, tiene sus consecuencias. En pocos meses nos hemos comido las vacaciones y el colchón de lo ahorrado. Cansado de patear las calles, he acabado viviendo mi tristeza en el sofá… comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo para obligarme a barrer, a moverme… a sentirme útil, aunque sea por unos miserables segundos. Ya no puedo ni tocar mi guitarra. La vendí por un carrito de compra.

Ante mi esposa no me siento un hombre completo. Lo nuestro ya no funciona. Ante mis hijos no soy un buen padre. Solo soy un inútil, de los que no tienen nada que ofrecer a un mundo que cambia sin darnos tiempo a entenderlo. Hemos creado un sistema incomprensible que hace que las personas dependamos de decisiones políticas que nadie explica. El paleolítico era mejor. Eso era libertad. Ahora tenemos que luchar contra gobiernos insensibles que generan crisis como churros: crisis de las tecnológicas, crisis de las hipotecas subprime, crisis de la burbuja inmobiliaria, crisis del coronavirus… y la peor de todas, la crisis ambiental que nos impedirá remontar, guarreando de negro cualquier esperanza.

Cuando paseo por la calle voy mirando los pisos o casas desocupadas. Si hay desahucio, habrá okupación. Si a mi esposa nadie la llama para limpiar su casa de mierda, tendré que unirme a las colas del hambre. Yo, que era de los que llevaba comida al Banco de Alimentos, ahora no quiero ponerme en cola. Siento vergüenza solo por pensarlo. Es una sensación de que otros merecen más lo que yo pueda llevarme para mi familia. No quiero ir. Tengo que ir.

He perdido quien soy, mi identidad. No entiendo por qué sin trabajo no soy yo. Si estuviera solo en el mundo, no me importaría vivir debajo de un puente, pero tengo obligaciones que no puedo rechazar. Mil entrevistas para nada, mil currículums a la basura, mil ofertas de empleo falsas. La mayoría ni contestan o lo hacen para decir que mi perfil no se adapta a sus necesidades. Yo aceptaría trabajar en un Telepizza, pero es que ni siquiera me quieren allí. Soy viejo, sin experiencia en trabajos basura. Es más fácil abusar de trabajadores sin canas.

No estés triste“, es la frase que más odio y la que más escucho. Ya me gustaría a mí no estar triste, pero la alegría no paga las facturas. “Todo pasa por algún motivo” me dijo alguien. “Tal vez el motivo es para que me suicide“, contesté dejándolo mudo. Otro imbécil me soltó: “Ahora tienes la suerte de tener tiempo para ti“. Le contesté que dejara su empleo para tener tiempo para él. Se quedó callado… como un imbécil.

Pensaba que nadie podría estar más triste, hasta que vi la cara de mi hijo mayor, de siete años. “Lolita me ha dicho que no quiere ser mi amiga”, me confesó lagrimoso. El mundo se derrumba a mi alrededor y alguien se preocupa por Lolita. ¿A quién puede interesarle lo que quiera o no Lolita? Es tan insignificante… como preocuparse por perder el empleo. La vida siempre sigue y siempre tiene algo que enseñarnos.

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