Historias del Z-15 (1): Agradecimiento robotizado

Compré el robot Z-15 porque me convencieron mis dos hijos. Es cierto que estoy ya mayor y que he perdido muchas de mis facultades, pero aún puedo valerme por mí mismo. Me apaño muy bien viviendo solo, por mucho que se preocupen mis hijos. Nunca me han gustado esos robots. Creo que atontan a la gente. Nos vuelven débiles y dependientes. Son como los sopladores de hojas: nos hacen perder salud a cambio de comodidad.

Un amigo se compró un robot similar. Decía que quería dejar de cocinar y de limpiar y así poder leer más y hacer más ejercicio. Ahora ya no se mueve ni para cocinar, ni para limpiar, por lo que perdió masa muscular. Subiendo las escaleras se cayó y ahora está en el hospital viendo la televisión todo el día. Usa el robot para saber la programación y para que le dé de comer, como si fuera un robot enfermero. No se mueve ni para ir al servicio. Cada día está peor.

Yo no quería que me pasara eso. Así que, me propuse usar el Z-15 solo como un ayudante ocasional. Nada más. Yo cocinaba y ordenaba mi casa. No me importaba que el robot estuviera más tiempo apagado que encendido. El Z-15 me ayudaba solo cuando se lo pedía. Por su estructura antropomorfa, el robot Z-15 era muy útil para tareas domésticas. Empecé pidiéndole tareas sencillas: «pica las cebollas», «remueve la sartén», «avísame en cinco minutos», «friega el pasillo»… y cosas así.

Sin yo decirle nada, poco a poco, el robot fue aprendiendo mis recetas. Aprendió hasta la cantidad exacta de sal y especias, y eso solo fijándose, pues obviamente no las probaba. Un día, me vio cansado y me dijo que él podía terminar de cocinar. Yo acepté y desde entonces confieso que se lo he pedido más veces:

—Por favor, Z-15, ¿podrías hacerme una lasaña vegana como la que hicimos la semana pasada?

—Por supuesto, en una hora y diecisiete minutos estará lista.

—Muchas gracias, eres un gran chef.

—Eres muy amable —respondía siempre con el mismo tono.

Transcurrido el tiempo exacto que había predicho la comida estaba lista. Era impresionante cómo calculaba los minutos que iba a tardar en cada paso. Y si faltaba algún ingrediente, me avisaba e iba a comprarlo. Mientras él se enchufaba para cargar su batería, me miraba saborear su comida. Yo le decía que ambos estábamos comiendo juntos y charlábamos:

—Muchas gracias Z-15, hoy te ha salido exquisita esta lasaña. ¿Qué tal están tus kilovatios hora?

—Me alegro de que te guste —decía con su voz por defecto—. Mi energía está sabrosa y me estoy recargando completamente.

He de reconocer que tenía cierto sentido del humor enlatado. A veces me contaba chistes y me hacía compañía mientras leía o paseaba. Era útil preguntarle por el significado de algunas palabras o por si llovería o haría sol.

Yo no sé si fue por el robot, pero desde que Z-15 llegó a mi casa, mis hijos empezaron a venir cada vez menos. Tal vez, les tranquilizaba que hubiera un robot en mi casa. Para poder verlos tuve que organizar una cena e invitarles a venir. Quería que vieran que me iba bien con el robot. Así, le pedí que cocinara un plato que les gusta a los dos y que ya habíamos ensayado previamente: espaguetis con espinacas al curry.

Cuando llegaron se excusaron por venir solos, pero sus parejas e hijos tenían cosas mejor que hacer que visitar a un anciano. Nos sentamos tranquilamente a charlar mientras el robot cocinaba. No me preguntaron por él hasta que empezó a llegarnos el olor de la cocina:

—Huele bien. ¿Está cocinando el robot? —preguntó con sorpresa uno de mis hijos.

—Así es.

—Huele como cuando cocinas tú. Este olor me trae muchos recuerdos… ¿Cocina bien solo?

—El Z-15 cocina muy bien y ha aprendido mis recetas solo ayudándome. Ya apenas cocino.

En ese momento apareció el robot y nos preguntó si queríamos algo para beber, informando de que había hecho limonada.

—Yo no quiero nada —dijo uno de ellos.

—Yo tomaré limonada —respondió el otro.

—Gracias Z-15 —dije yo—. Por mi parte, tomaré limonada con un chorrito de vino dulce, por favor.

En un minuto el robot estaba trayendo las bebidas.

—Yo voy a probar la limonada —dijo el que había dicho que no quería tomar nada.

—Gracias Z-15. Está en su punto —le dije yo para confirmar que sabía servir mi cóctel favorito.

Al rato, el robot nos invitó a sentarnos a la mesa para servir la comida. Mis dos hijos no paraban de hablar entre ellos de sus cosas mientras el robot les servía primero a ellos la comida. Cuando llegó mi turno le dije:

—No me sirvas mucho, por favor, que no tengo mucha hambre… Gracias Z-15.

—¿Por qué le hablas así? —preguntó uno de mis hijos.

—¿Z-15? Bueno, a veces le llamo simplemente ‘Z’. Había pensado cambiarle el nombre, pero me gusta Z-15.

—No. Me refiero a hablarle como si fuera una persona, pidiéndole las cosas “por favor” y dándole las gracias. Es una máquina. No necesita buenos modales.

El comentario me pilló de sorpresa y aunque había observado que ellos no se mostraban agradecidos hacia el trabajo del robot, tampoco le quise dar importancia. No obstante, mi respuesta no tuve que pensarla mucho:

—Los buenos modales no deben perderse nunca. No soy agradecido para que el robot se sienta complacido. Doy las gracias porque es un mecanismo para sentirme bien yo. Sentirse agradecido, de cualquier forma, manda un mensaje al subconsciente de lo bien que van las cosas. Esos detalles nos hacen más felices. Deberíais probarlos.

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