La tierna historia de un anciano enfermo de COVID-19

Personal de enfermería ayudando a las personas contra el COVID-19El primer muerto constatado por COVID-19 en España fue el 13 de febrero de 2020. Transcurrió demasiado tiempo hasta que se supo la causa del fallecimiento. Como enfermera, yo sabía que la cosa era muy grave, aunque muchos opinaban que el coronavirus solo afectaría a China y a unos cuantos viajeros que salieran de allí. El 19 de marzo moría la primera enfermera de España. Eso fue duro para mí. Luego vinieron más.

Este virus está diseñado (o ha evolucionado) para no dar síntomas hasta pasados demasiados días y haber contagiado así a mucha gente. Además, algunos enfermos son asintomáticos, es decir, que no se enteran que tienen la enfermedad. Esos son los peores, porque al pensar que están sanos, propagan la infección más rápidamente que la gente enferma.

En pocos días los hospitales del país estaban colapsados y sin medios suficientes para atender a tantos enfermos: ni personal suficiente, ni respiradores, ni EPI. Para el que no lo sepa, los EPI son Equipos de Protección Individual, tales como mascarillas quirúrgicas, batas, delantales, guantes de protección, manguitos, monos, pantallas o protectores faciales, gafas… Casi todos los países se encontraron con las mismas carencias ante la avalancha de pacientes infectados.

He visto gente morir junto a un respirador que estaba usando el de la cama de al lado. El personal sanitario decidimos en un instante a quién conectar un aparato que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. No somos dioses, solo sanitarios. El virus destroza los pulmones y un respirador te proporciona una ventilación pulmonar eficaz mientras tu cuerpo lucha por recuperarse. Si no respiras, no será posible esa lucha.

La enfermedad ataca más a los mayores y a los que tienen bajas las defensas. Es duro ver morir a un anciano. Yo pienso más en sus nietos que en sus hijos. Cuando sabes que tienen ciertas enfermedades crónicas que necesitan un control, deduces que las posibilidades de que salgan adelante son bajas.

Pero no me he puesto a escribir estas líneas para contar mi historia, ni mi experiencia como enfermera en mi lucha contra la pandemia de COVID-19. Solo quería contar un poco de la historia de Pepe, nombre ficticio para no revelar su auténtico nombre. Pepe era un “chaval octogenario“, como él mismo se denominaba. Llegó a mi unidad cuando le hicieron las pruebas del coronavirus y dio positivo. Su estado era relativamente bueno, aunque tenía tos y fiebre. Quedó encamado y debido a sus problemas de movilidad necesitaba más atención que otros enfermos, tanto para comer como para ir al servicio. En condiciones normales, su familia se encargaría de eso, pero la familia no podía verlo para evitar el contagio, ni siquiera a través de un cristal como en ciertos hospitales. Para mayor desgracia, su voz era débil y apenas encontraba fuerzas para hablar por teléfono.

Varias veces le ayudé a comer y, poco a poco, él me iba contando cosas de su vida. En cinco días hicimos cierta amistad y yo también le contaba cosas mías, intentando no hablar del maldito virus.

De todas las cosas que me contó, me gustaría compartir solo algunas.

Tenía un hijo. Él me confesó que no había sido buen padre y que estaba profundamente arrepentido. Le pidió perdón e intentó reconciliarse, pero sin embargo, su hijo no le perdonaba y apenas se hablaban. Pepe comprendía que para su hijo fuera difícil perdonarle. Él respetaba el derecho de su hijo a estar enfadado y lo asumía como el castigo por sus errores, aunque entendía que era un castigo demasiado severo. Pepe decía que, tal vez, la justicia de la vida fuera más justa que su propio sentido de lo que es justo.

Pepe y la muerte (1ª parte)

Un día Pepe me confesó algo que me dejó absorta y pensativa:

—Te voy a contar algo que no le he contado a nadie —empezó diciendo.

—¿Ahora soy tu confesora? —pregunté bromeando.

—Sí, pero no es nada importante lo que quiero decirte —afirmó Pepe—. Verás. A lo largo de mi vida, yo he pensado mucho en la muerte. Yo sabía que la muerte estaba siempre cerca de mí y que, por algún motivo yo la esquivaba. Yo pensaba: ¿Y si muero ahora? Entonces, rápidamente me decía a mí mismo que no era un buen momento para morir porque tenía este o aquel proyecto, porque mi hijo era pequeño o por cualquier plan que tuviera en ese momento. En definitiva, yo concluía que no estaba preparado para morir.

—Es normal. Nunca es buen momento para morir —afirmé dándole la razón.

—Eso opinaba yo. En cambio, ahora pienso que sí estoy preparado para morir. No me malinterpretes. No digo que quiera morir, ni que no tenga planes en la vida. A mis años, tengo muchos planes, pero ahora entiendo que puedo morir y que no pasaría nada grave. No lo digo porque el coronavirus me amenace de muerte. Llevo ya varios años sintiéndome así. No desafío a la muerte, pero tampoco le tengo miedo. Cuando venga la aceptaré sin rabia. Prefiero morir con dolor que morir con rabia.

—No te pongas dramático —le reprendí—. Verás que te curas pronto.

—No me has entendido. No quería decirte que voy a morir, ni que quiero morir, sino que estoy preparado. Mientras, disfrutaré de cada aliento, de cada comida, de cada mirada… ¿Me entiendes?

—Ahora sí —confirmé yo con media lágrima asomando por un ojo.

—Si muriera ahora, solo lo sentiría por una cosa: porque creo que mi hijo lo pasaría mal lamentando que su padre se haya ido sin haberlo perdonado, sin haberlo siquiera despedido. Pero la vida es así, nos ofrece experiencias para que aprendamos. Si somos listos, aprenderemos; y si no, pues la vida nos ofrecerá más lecciones.

Pepe y la fortuna

Al día siguiente, mi paciente preferido también se puso trascendental. Me contó que su vida había sido maravillosa, que no había sido rico, ni famoso, pero que había tenido suficiente para una vida decente y feliz. Sus distintos trabajos le habían permitido ganarse la vida “con un poco más de lo justo”, me dijo. Y luego añadió:

—Pero yo no necesitaba nada más. Tenía suficiente para vivir y para disfrutar, tanto yo como mi familia. Me consideraba, y aún me considero, un privilegiado por dos motivos: por tener las cosas básicas para vivir (comida, casa, familia…) y también por darme cuenta lo afortunado que soy. Mucha gente tiene más suerte que yo y no se da cuenta. Viven enfadados con la vida, intentando tener y ganar más. Todo para ser felices y, créeme, cuando consiguen lo que quieren, no son más felices.

Yo le di la razón. Tal vez esa es la lección más importante que tenemos que aprender.

Pepe y la felicidad

Al día siguiente, Pepe empeoró. Respiraba con dificultad y se movía aún con más lentitud y sus fuerzas flaqueaban. Estaba pasándolo mal pero aún así me dijo que estaba feliz:

—Hoy he averiguado algo que llevaba mucho tiempo queriendo saber. Te dije que yo había sido bastante feliz en mi vida. Sin embargo, siempre he tenido la duda de si esa felicidad se debía a que era un hombre con suerte. O sea, quería ser consciente de si mi felicidad dependía mucho o poco de lo externo. Hoy me he dado cuenta de que mi felicidad depende poco de las circunstancias externas, porque lo estoy pasando fatal y, en cambio, soy feliz porque tengo cosas tan valiosas como tu amistad o un rayo de sol de vez en cuando.

Por supuesto que se me saltaron las lágrimas. Fue imposible evitar darle un abrazo saltándome una de las normas más importantes (tocar a los pacientes lo menos posible), pero una caricia con un doble par de guantes era insuficiente.

Pepe y la muerte (2ª parte)

Un día más, lo primero que hice al incorporarme al trabajo fue ir a ver a Pepe. Estaba muy grave. La neumonía bilateral le había provocado una infección generalizada. Se estaba asfixiando. Necesitaba un respirador. Rápidamente, me moví de un lugar a otro hasta que conseguí uno. Cuando fui con el respirador, Pepe levantó su dedo índice y lo balanceó de izquierda a derecha. Le dije que tenía que ponerle el respirador, pero él se negó. Con su voz débil y sin apenas aliento consiguió balbucear:

—Me has conseguido el respirador por nuestra amistad, y yo te lo agradezco… pero seguro que hay otros que lo necesitan más que yo. Ya sabes que yo estoy preparado para morir.

Le comprendí perfectamente. De forma fulminante, llevé el respirador a otro paciente que también se debatía entre la vida y la muerte. Cuando volví, ya no pude hablar más con Pepe.

El otro paciente salvó su vida pero yo no tuve fuerzas para contarle la historia de Pepe. Tampoco se la conté a su hijo, pero me pareció que era una historia que debía ser contada.

 

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