Un helado en la chimenea

Historia real de cómo un polo de fresa y nata acabó en la chimenea, derretido por el fuegoCuando yo era pequeño, mi madre nos llevaba de vacaciones a su pueblo a mis hermanas y a mí. Yo tendría aproximadamente entre seis y nueve años y la experiencia de ir a un pueblo desde la ciudad era como ir a la Luna. Todo era diferente. Los pueblos siempre son diferentes a las ciudades, pero en aquella época eran aún más diferentes que hoy.

Vacas y moscas

Albornos era un pequeño pueblo agroganadero de Ávila. Estamos hablando, más o menos, de finales de los años 70 del siglo XX. En aquella época solo había un teléfono en el pueblo. Para hablar con mi padre, que se quedaba trabajando en Granada, teníamos que ir a casa de la única vecina del pueblo que tenía línea telefónica.

Lo primero que nos llamaba la atención al llegar al pueblo era el olor a estiércol de vaca. Lo segundo era la ingente cantidad de moscas. Ambas cosas nos agobiaban mucho. No obstante, al día siguiente, prácticamente ya nos habíamos acostumbrado al olor y a las moscas y lo veíamos como algo natural. Yo jugaba a cazar moscas y las observaba con curiosidad, especialmente cuando se frotaban sus patitas o cuando una se montaba encima de otra y hasta volaban juntas abrazadas. En ese momento era más fácil cazarlas.

Las puertas de las casas del pueblo tenían su cortina y se dejaban abiertas completamente, o al menos la parte superior. Eran puertas partidas en dos partes, lo cual también era una novedad para nosotros. La gente entraba y salía de las casas sin llamar. Aún hay muchos pueblos en los que sigue siendo así.

Cada casa tenía su establo con vacas justo al lado. Por las mañanas, las vacas eran liberadas de su encierro y salían alegres a la calle. Los toros, en cambio, jamás los vi salir y siempre estaban atados sin poder andar. En manada, las vacas eran conducidas a los campos, a pastar. Por la tarde, las vacas volvían y cada vaca sabía perfectamente cuál era su establo. A veces, alguna vaca se perdía, tal vez intencionadamente porque no quería volver a su encierro. En ese caso, el pueblo entero se movilizaba para encontrarla y devolverla a su cuadra.

Mis abuelos eran ya mayores y no tenían vacas, pero sí gallinas, un burro y un cerdo siempre encerrado en pocos metros cuadrados, sin ver el cielo. Los intereses de los animales no eran tenidos muy en cuenta. De hecho, poco lo han sido a lo largo de la Historia.

Por otra parte, mi tío sí tenía una docena de vacas. Ellas se sabían sus nombres y acudían cuando las llamaba para ser ordeñadas. Me gustaba subirme a su tractor. Recuerdo cómo cargaba un pequeño remolque con estiércol de su establo y luego lo dispersaba por sus campos. Hoy, se están perdiendo esas pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas. Las grandes granjas industriales no saben qué hacer con tantas toneladas de estiércol y se contaminan ríos y acuíferos. Las llaman macrogranjas y son macroindustrias de macrosufrimiento y macrocontaminación. Una pena.

La vida del pueblo estaba centrada en las vacas y los niños lo sabíamos. Recuerdo que mi primo tenía una colección de piedras de río, amorfas pero suaves, cantos rodados. Para él no eran simples piedras. Eran sus vacas. Él se sentaba en el suelo de la calle y jugaba con sus vacas de piedra haciendo las cuadras con arena y tierra. Las vacas de piedra también salían de su encierro y también volvían para ser encerradas de nuevo. El juego de los niños imita la realidad.

En cierta ocasión, unas niñas mayores pasaron junto a las cuadras de mi primo y se mofaron de sus vacas de piedra. Yo no entendí las burlas porque yo veía perfectamente las vacas en esas piedras. Cuando crecemos, perdemos esa imaginación y simplicidad de la infancia. Seguro que mi primo estaba tan divertido y tan entretenido como cualquier niño de hoy con una videoconsola de juegos.

El clima era diferente

Era verano y, por supuesto, había muchos días de calor, pero también había días de frío. Las tormentas de verano con vientos fríos no faltaban, y hasta con granizo. Recuerdo que en casa de mi abuela Esperanza se encendía la chimenea. Cuando granizaba, los granizos caían por la chimenea y jugábamos a cogerlos y ver cómo se derretían en nuestras manos, o en nuestra boca. En la ciudad, los granizos no caen al suelo del comedor.

Cuarenta años más tarde, en el pueblo me contaron que los días de frío en verano ya no existen, salvo que te pases poniendo el aire acondicionado demasiado bajo. No hace falta ser científico para darse cuenta del cambio climático, mejor dicho del desastre climático. De hecho, pocos años más tarde, cuando yo tenía unos 10 ó 15 años, mi padre se dio cuenta. Un día me dijo que en su pueblo natal, Cúllar Vega, un pueblo de la vega granadina, cuando él era pequeño era normal ver en invierno los carámbanos de hielo colgando en los bordes de los tejados de las casas. Recuerdo que mi padre me decía con añoranza que esas estalactitas de hielo ya no se formaban. Es decir mi padre se dio cuenta del cambio climático antes de que saliera en los medios de comunicación como algo “de moda”. Unas décadas más tarde también yo noto el cambio climático respecto a cuando yo era niño. El cambio climático no se ha detenido y si seguimos así no solo no lo detendremos, sino que tendremos que afrontar graves consecuencias.

Pero volvamos al pueblo de mi madre. Lo que más me gustaba de esos días de frío en verano era la posibilidad de jugar con los palos en la chimenea. Cogía una rama larga e intentaba que prendiera fuego en un extremo. Luego, hacía estelas de humo moviéndolo rápidamente. También aprendí a usar el fuelle para oxigenar y avivar el fuego. Era divertido ver cómo el fuego se alegraba saliendo con fuerza de ascuas que parecían ya consumidas. En ocasiones, me quedaba como hipnotizado mirando las llamas. En invierno no podía disfrutar del fuego, porque en mi casa de ciudad no había chimenea, así que no he disfrutado más de una chimenea que en verano. Yo creo que a mi abuela no le gustaba que los niños jugaran con la chimenea, pero conmigo hacía una excepción. Nunca me dijo nada, que yo recuerde.

Un helado con frío

Aunque hiciera frío, no hay nada más rico en verano que un helado para un niño. Recuerdo que uno de esos días de frío, mi madre se presentó con unos helados para todos. Eran unos polos de nata cubiertos con una fina capa de hielo rosa con sabor a fresa. Todos nos pusimos a tomarnos nuestros polos. Yo me senté en una silla frente a la chimenea. Era curioso tomarse un helado frío frente al fuego caliente.

Mi tío, hermano de mi madre, se llamaba Claudio, como mi abuelo, pero todos en el pueblo le conocían como Cayete. Era una persona de buen humor y muy bromista. Acababa de venir de ordeñar y en un descuido se acercó a mi silla por la espalda y con un rápido gesto le pegó un pequeño mordisco a mi polo. Mi cara de asombro tuvo que ser muy evidente. Pero la sorpresa tornó en enfado e indignación, hasta el punto de que, sin contener la rabia, tiré el polo a la chimenea y dejé escapar algunas lágrimas de disgusto.

Mi enfado fue mayúsculo pero más aún lo fue el de mi madre que observó la escena directamente. Ella regañó a mi tío con furia y lo echó de la casa, a la calle. Hay que decir que mi abuelo, el padre de mi madre, llevaba varios días muy enfermo y para mi madre el ambiente no estaba para bromas. Ella ya intuía el peor desenlace posible, como así ocurrió.

Yo estaba enfadado. Había perdido todo mi helado. Me quedé mirando el fuego y cómo el helado se iba derritiendo, mezclándose con las brasas y las cenizas. Poco a poco, en un acto de empatía tal vez impropio de un niño de esa edad, fui sintiéndome culpable de la reprimenda que le había caído a mi tío por una broma que, al fin y al cabo, tampoco había sido tan grave. Me había quedado sin el resto de mi helado y eso era culpa solo mía.

Una de las cosas que mi padre repetía cuando era pequeño es que hay que tener “correa” para aguantar las bromas, pero no hay nada como la experiencia para aprender. Creo que ese día aprendí a aceptar mejor las bromas, y a controlar mi primera reacción, pero por si acaso, no me hagáis bromas pesadas.

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