Por amor se hacen muchas sensateces

Un perro me ayudó a conocerla.Un sencillo cambio en tu vida puede generar que todo tu mundo se desmorone. En mi caso fue justo al revés: un pequeño cambio hizo que todo mi mundo cobrara sentido. Es el llamado efecto mariposa. Os lo contaré desde el principio.

Me llamo Isi, no de Isidro como suele decir la gente, sino de Isidoro, como el gato naranja. A mí siempre me ha gustado más cuando confunden mi nombre con el de Isis, la diosa egipcia que ayuda a los muertos a transitar a la otra vida. De hecho, algunos antiguos amigos aún me llaman Isis cuando nos vemos muy de tarde en tarde. Me gusta más que Isidoro. Añoro cuando quedábamos para deambular por las calles en pandilla. Desde que dejamos de quedar mi vida fue a peor.

Lo peor de la vida

Con 32 años me tuve que ir de casa de mis padres porque no nos aguantábamos. No me fui antes porque estaba atrapado, como tanta gente. Los salarios que conseguía eran muy bajos y si hubiera alquilado un piso tendría que haber dedicado el 80% del sueldo al alquiler. Tampoco me apetecía compartir piso, como os podréis imaginar.

Un año más tarde de mi emancipación había engordado 20 kilos y había perdido toda ilusión por la vida. Seguía saltando de un empleo precario a otro peor. Me conformaba pensando que aprendía cosas nuevas. Siempre me habían gustado los cambios, pero ya no. Quería un trabajo estable aunque me pagaran apenas el sueldo mínimo y me aburriera como una ostra. Al fin y al cabo, el aburrimiento y el hastío eran la tónica de mi vida.

Desde que dejé la universidad en tercero de filosofía, había pasado por más de 20 empleos: camarero, pinche de cocina, vendedor ambulante, mensajero, paseador de perros, repartidor de comida, limpiador en una pescadería, aparcacoches, ayudante de veterinario, ayudante de albañil, ayudante de jardinero, ayudante de… de casi todo… ¿Por qué dejé la universidad? Pues porque no todos podemos tener un título universitario, porque no sirvo para filósofo y porque en realidad me vería igual de mal aunque hubiera terminado la carrera. Puede que no.

Esta casa es una ruina

Desde que me fui de casa de mis padres, quise asentarme y prosperar, en serio. Quise estabilizarme, comer sano, que mis padres me vieran progresar, sin depender de ellos. Pero todo me fue realmente a peor. No solo engordé, sino que nada me salía bien. Me despedían de uno y otro trabajo y no encontraba donde meterme a vivir, hasta que un viejo amigo me encontró durmiendo en un parque y me ofreció una casa vieja que sus padres tenían en el extrarradio. La casa se estaba cayendo, pero me dijo que le pagara solo lo que pudiera y que restaurara lo que fuera posible. La casa me ofreció un lugar donde vivir, un lugar donde estar entretenido, un campo para aprender y practicar fontanería, electricidad y albañilería. Usando vídeos de internet, poco a poco, iba haciendo la casa más habitable. También pensaba que la casa me ofrecería un lugar donde morir si con suerte se derrumbaba conmigo dentro.

Estuve viviendo, o malviviendo, en aquella casa, cuidando de ella como una terapia. Algunas de las reformas que había hecho en ese tiempo, habían dejado la casa peor incluso de lo que estaba. En cambio, el minúsculo jardín de la entrada había conseguido reverdecerlo, gracias a semillas que recogía de los árboles y plantas de los parques de la ciudad o de los jardines de mis vecinos.

Por aquella época, desayunaba todos los días café con leche y galletas de chocolate… con aceite de palma. Comida basura, lo sé, pero era lo único que me hacía levantarme cada día. Ahora pido perdón a los orangutanes y a las selvas de Oceanía por la deforestación del aceite de palma que ocasionaron las miles de galletas que me zampé.

Desayunaba en la cocina, de pie, oyendo la radio y andando nervioso en círculos. Luego me iba al trabajo, si aún no me habían despedido. Si ya me habían despedido, me iba a buscar un nuevo empleo. Mi lugar preferido eran las clínicas veterinarias. Ya me conocían de ir una y otra vez a pedir empleo. Creo que lo único que se me da bien es acariciar mascotas. Conmigo se tranquilizan. Nos entendemos. Lo percibo. Sé que los animales me entienden y que son capaces de mirar en el interior del corazón de las personas sin importar si su vida es desastrosa o maravillosa, si eres gordo o flaco. Con los animales me siento bien, me siento comprendido y aceptado; me siento uno más entre ellos. Pasear perros también lo hacía ocasionalmente, pero no es algo estable ni está bien remunerado. No entiendo que la gente tenga perros y que contrate a alguien para pasearlos. Eso no lo entendían ni los que me contrataban para hacerlo. Bueno… también hay quien tiene niños y solo los ve a la hora de dormir porque el resto del día están en el colegio, actividades extraescolares, con los abuelos… o están los padres trabajando.

El pequeño cambio

Un día hice un pequeño cambio y ahí empezó a cambiar mi existencia sutilmente. He dicho que desayunaba deambulando por la cocina. En cambio, un día me di un paseo hasta el salón de la casa, una habitación solo con una mesa vieja y una silla destartalada, ambas recogidas de la calle. Entonces, miré por el gran ventanal a través del cristal agrietado y fijado con cinta de embalar. Vi que mi pequeño jardín estaba verde, brillante y con energía. Me gustó. Me sentí bien. Desde entonces, desayunaba junto a la ventana. Viendo el verde me sentía en calma. Me fijaba en las plantas y percibía sus pequeños cambios de un día a otro. Observaba los animales ir y venir: arañas, abejas, hormigas… y decenas de insectos curiosos. También me visitaban una familia de salamanquesas y muchas pequeñas aves, a las que dejaba migas de pan o semillas.

El jardín tenía apenas tres metros cuadrados, pero era lo único realmente vivo en mi vida. Disfrutaba de la apreciación estética de la naturaleza, mientras engullía mis galletas totalmente ajeno a las consecuencias en las lejanas selvas de Indonesia.

Conseguí enraizar varios esquejes de jazmín, que se iban enredando en la verja que separaba el jardín de la calle. Soñaba con el día en el que las flores me regalaran su aroma. Y solo evocar esa fragancia me hacía sonreír. Mientras el jazmín crecía, a su ritmo, la verja estaba desnuda y a través de ella veía a la gente pasar. La verja me hacía sentirme seguro, separado de los transeúntes. Poco a poco fui conociendo a algunos personajes que solían pasar junto a mi verja: un hombre con un mono azul de albañil que siempre iba con prisas; el niño botando el balón; o la abuelita con el carro de la compra que siempre parecía muy pesado para ella aunque a esas horas seguramente estaría vacío. Tal vez la más madrugadora de la ciudad era una mujer en chándal rosa, corriendo cuando apenas había amanecido. Todos pasaban muy cerca de la verja porque la acera era estrecha y siempre había coches aparcados que, con sus retrovisores laterales, estrechaban aún más el espacio para pasar. La luz de la farola iluminaba sus caras junto con los primeros rayos del día.

Al principio sentía que todos los que estaban fuera de la verja eran extraños, tal vez enemigos. Mi reja me mantenía seguro y separado de ellos, pero poco a poco iba cogiendo confianza y fantaseaba con charlar con ellos. Al hombre con prisas le ofrecía un café; al niño le pedía que me pasara el balón; a la abuelita le ofrecía mi ayuda para llevarle la compra a su casa o le preguntaba por qué había dejado de pasar el día anterior; y a la mujer del chándal le pedía acompañarla corriendo juntos. ¡Qué estúpido! Hubiera sido imposible para mí correr a su ritmo un solo minuto.

Cuando pasaba la mujer corriendo me fijaba en su pelo al viento, en su coleta en forma de cola de caballo, en su curvas femeninas y en el brillo del sudor de su frente. Todo en el instante de tiempo que tardaba en pasar por delante de la fachada de la casa. Cada día esperaba a que pasaran por mi ventana estos y otros personajes. Los extrañaba si no conseguía verlos e imaginaba el porqué ese día no habían pasado por allí. ¿Estarían enfermos? ¿Habrían cambiado su ruta? ¿Se habrán mudado de barrio? ¿Se habrán muerto? ¿Cuánta gente que conocemos de vista se muere sin que nos enteremos y sin que podamos despedirnos de ellos?

La mujer del chándal rosa

Entre todos mis personajes, la mujer del chándal rosa es la que más me iba cautivando. Me gustaba verla pasar cada día. Era un instante de tiempo, pero lo rememoraba a lo largo de todo el día. Si un día no conseguía verla, mi corazón estaba más triste y notaba un irracional nerviosismo en mi cuerpo pensando que nunca jamás volvería a verla de nuevo. No sabía nada de ella. Cualquier cambio en su rutina deportiva haría que no volviera a verla nunca más. No recuperaba cierta tranquilidad hasta que volvía a verla pasar por mi fachada.

Para verla durante más tiempo, me salía a desayunar a la calle. Me situaba entre dos coches aparcados, con una taza en una mano y unas cuantas galletas en la otra. Miraba hacía el fondo de la calle, inquieto, como si tuviera prisa y estuviera esperando el tren. Cuando aparecía su figura a lo lejos, yo suspiraba de alivio. Entonces me fijaba en ella con placer, pero también miraba a otros sitios para evitar que ella o alguien sospechara que la estaba espiando. Cuando se acercaba demasiado, ocultaba mi rostro en el poste de la farola. Al pasar junto a mí, notaba el aire que desplazaba en su carrera. Algunas veces, intuí el olor de su sudor. Luego, veía su figura alejarse hasta que doblaba la esquina en dirección al parque del barrio.

Ansiaba conocerla, invitarla a un café con galletas, charlar con ella… De alguna forma, me estaba enamorando. Era una sensación agradable, pero también triste, estresante, porque en el fondo yo sabía que era imposible conocerla y mucho menos que ella se fijara en mí. Como mucho, ella me vería como el gordo de las galletas que desayuna cada día entre dos coches. Ese pensamiento me hizo volver a mi ventanal. No soportaba que ella me identificara y prefería seguir viéndola en secreto, aunque solo fuera un breve instante diario. Enamorarse de una persona desconocida es una extraña sensación agridulce. Teniendo en cuenta todas las variables que desconocía (personalidad, gustos, estilo de vida…) las probabilidades de éxito en una situación así son, evidentemente, casi nulas.

Un día, tras verla pasar, miré mi oronda barriga, miré mis galletas y recordé el desayuno de pan integral con tomate de mi madre. Decidí no volver a comprar galletas. Lo confieso: me comí los tres paquetes que ya había comprado, pero no volví a probar más galletas, de ningún tipo.

Inspirado por la mujer del chándal, inspirado por el amor más ciego de todos los posibles, decidí salir a correr. La esperaba cada día y, cuando ella pasaba, yo salía de casa, la veía doblar la esquina y yo me ponía a correr en dirección contraria. No quería encontrarme con ella, por nada del mundo. Me hubiera muerto de vergüenza. Ella no tenía un cuerpo espectacular de modelo, pero no podía compararse con mi obesidad.

Los primeros días, a los diez minutos de correr ya estaba volviendo a casa andando con ahogo. Y las primeras semanas reconozco que fui bastante irregular. Yo mismo me ponía excusas para no salir a correr: que si me dolía algo, que si necesitaba estar descansado para el trabajo… excusas. Me obligué a correr martes, jueves y viernes, sin falta durante un mes. Y lo conseguí. Fue muy duro. Prepararse y salir de casa fue más duro aún que correr. El ejercicio físico me extenuaba y la tentación de dejarlo y no volver a correr nunca más estaba en mi mente cada martes, cada jueves y cada viernes.

Tras ese mes de introducción, reconozco que cada vez me costaba menos trabajo salir. Dicen que si haces algo durante 40 días, creas una rutina. Yo no llevaba 40 días, y menos si contábamos solo 3 días cada semana, pero me propuse llegar a los 40 días corriendo y para ello, empecé a correr también sábado y domingo, a pesar de que mi musa del chándal rosa fallaba mucho esos días. Los días que no la veía pasar, me notaba triste, alicaído, sin ganas de correr, sin motivación para adelgazar. Descubrí un truco para motivarme. Me imaginaba con un cuerpo delgado y que la mujer del chándal y yo estábamos corriendo juntos, paseando con un perro, de la mano, felices, riendo… y el corazón se me aceleraba, se me encogía y, de alguna forma, se alegraba. Entonces, algo dentro de mí se disparaba, como un resorte, que me obligaba a hacer ejercicio, además de correr. Empecé haciendo algunos días abdominales y flexiones en casa, pues en el parque, donde otros hacían también ejercicio, a mí me daba vergüenza. Hacía diez de cada ejercicio y ya empezaba a sudar, pero tras eso, me felicitaba a mí mismo por haberlo hecho. Poco a poco iba incorporando nuevos ejercicios, como los temibles burpees, de los que hacer dos seguidos al principio era todo un logro.

En menos de tres meses había conseguido 40 días corriendo y 10 días de ejercicios en casa. Sin embargo, mi barriga seguía estando ahí, intacta. Yo concluí que si ingería menos calorías de las que consumía, adelgazaría, pero la nutrición no es tan simple. Consideré ir a un nutricionista y a un gimnasio, pero no podía permitírmelo. Así pues, seguí mis propias pautas de entrenamiento, incluyendo también carrera los lunes y miércoles. Semana a semana iba  aumentando el tiempo. Había semanas que subía solo un minuto, y otras lo subía 5 minutos, hasta llegar a los 40 minutos corriendo, con una parada breve en medio. Ahí me mantuve un tiempo, pues no tenía fuerzas para aumentarlo. Dependiendo del día, tampoco tenía tiempo. Después de la carrera tenía que ir a trabajar, cuando tenía algún empleo. Aunque estaba físicamente más cansado, notaba energía extra en mi interior y, sobre todo, más motivación en el trabajo.

La mujer del chándal rosa no se iba de mi mente y eso me hacía feliz a ratos; pero también me generaba ansiedad. Frecuentemente, cuando estaba solo en la casa ruinosa, me empezó a invadir una sensación de que estaba desperdiciando el tiempo. Me imaginaba su pelo al viento, subiendo y bajando al ritmo de su carrera, tal y como había visto cientos de veces, y se me pasaban los sentimientos negativos, temporalmente.

Mis padres

Con mis padres tenía una relación muy alejada. Hablábamos de vez en cuando pero durante años apenas nos veíamos tan solo en fechas señaladas y poco más. Sin embargo, mis sesiones de entrenamiento físico o tal vez era mi enamoramiento, me estaban devolviendo también una serenidad interior que hacía tiempo que no experimentaba. Yo mismo, me convencí para visitar a mis padres con más frecuencia. Me dí cuenta de lo mayores que estaban y de que no me quedaba mucho tiempo para estar con ellos.

Cuando iba a comer a casa de mis padres comía más sano, comidas de toda la vida, dieta mediterránea. Mi madre me reveló algunas de sus recetas secretas y yo me puse a cocinar en serio. Saqué de mi dieta toda la carne procesada (hamburguesas, salchichas, embutidos…) y fui incorporando más frutas y legumbres. Y en pocas semanas fue cuando, por fin, empecé a notar que mi barriga iba bajando. La alegría fue inmensa, salvo porque tuve que comprarme primero una correa para los pantalones y después varios pantalones y camisas, porque las antiguas no me servían.

Cocinar comida sana me adelgazaba más que correr. Entonces decidí dar un paso más. Aparté toda la comida procesada y fritos de mi dieta: croquetas, palitos de merluza, empanadillas… Poco a poco me iba informando de qué alimentos eran sanos y cuáles no. No sé bien cómo llegué a un blog ecologista en el que se contaba (con artículos y vídeos) que comer carne no es bueno ni para la salud ni para el medioambiente, y no digamos para los animales, mis grandes amigos. Las consecuencias de comer carne son demasiado duras para el planeta y para todos los que aquí vivimos, por lo que decidí hacerme flexitariano, es decir, comer muy pocos alimentos de origen animal.

Solo comía carne y pescado cuando iba a casa de mis padres. Yo intentaba comer poco y pedir perdón al pobre animal que había dado la vida por mí. Me imaginaba sus ojitos de cerdito y sus chillidos de miedo y dolor en el matadero. Me daba pena, pero me gustaba su sabor.

Mi consumo de aceite de palma, huevos y lácteos también se fue reduciendo conforme tomaba conciencia de la contaminación y del maltrato animal que hay detrás de esas industrias. Jamás se habla de eso, porque no interesa que se sepa. La gente cree que para tomar leche y huevos no hace falta matar animales, pero esas industrias matan millones de animales cuando les estorban, cuando ya no son rentables. Sus vidas no importan. Solo el dinero importa.

Mi amor a los animales y ser consciente del sufrimiento que generaba mi antigua dieta, me llevó a ser prácticamente vegano. Más aún, a partir de que murió mi padre, mi madre y yo conectamos mejor y ella entendió perfectamente mis motivaciones para rechazar la carne, los huevos y los lácteos. Entonces, ambos casi nos convertimos en veganos.

La muerte de mi padre afectó a mi madre, por supuesto, pero su salud empezó a mejorar. Tal vez por comer más sano, o tal vez porque empezó a salir más, a andar más y a relacionarse más con sus amigas. Yo también iba más a verla y hasta le conté mi secreto de la mujer del chándal rosa, que no se lo había contado a nadie más. De hecho, es que no tenía a nadie a quien contárselo. Mis amigos hacía mucho tiempo que no los veía y en los trabajos que me salían no conseguía hacer una amistad sincera.

El espía

Durante algunos días, cuando la mujer del chándal rosa pasaba por mi ventanal, yo salía a correr detrás de ella, en vez de ir en dirección contraria. La seguía como si fuera un espía. Tal y como había imaginado, ella iba al parque y allí bebía agua de una fuente, hacía unos estiramientos durante unos minutos y luego seguía corriendo. Su recorrido no era siempre el mismo. Lo modificaba según los semáforos. Si un semáforo estaba verde, cruzaba; si estaba rojo, giraba y se iba calle arriba hasta que su carrera coincidía con un semáforo en verde que le permitiera cruzar sin tener que pararse.

Esa forma de correr hizo que le perdiera el rastro muchas veces, pues su ritmo de carrera era superior al mío. Cuando ella iniciaba su carrera yo no quería acercarme mucho, y poco a poco se iba alejando hasta que la perdía entre la gente. No era raro que a mí me pillara un semáforo en rojo que ella había aprovechado para cruzar en verde. Entonces, me despedía de ella mentalmente ansiando verla al día siguiente.

¿Dónde iría corriendo? ¿A su casa tal vez? ¿A un gimnasio? Tenía que averiguarlo. Dado que no me era fácil seguir su ritmo de carrera desde el parque, tal vez pudiera seguirla a la inversa. Es decir, espiar de dónde venía antes de pasar por mi ventanal. Así, cada mañana me levantaba antes para hacer guardia en la calle y ver de dónde venía ella. Poco a poco iba cambiando mi lugar de vigilancia en las calles, retrocediendo en su recorrido, escondiéndome y disfrazándome de distintas formas, para que no lograra quedarse con mi cara. El recorrido lo iba marcando en un mapa. Ese mapa se había convertido en el símbolo de mi obsesión y lo llevaba siempre doblado en algún bolsillo.

Un día, estando en una esquina oteando la calle a lo largo y esperando verla aparecer de un momento a otro por alguna bocacalle, me despisté. Estaba absorto en mis pensamientos cuando de repente recordé que tenía que estar atento para ver por qué calle aparecía ella. Me erguí y me giré para mirar y en ese momento ella chocó conmigo:

—¡Disculpe! —me dijo con voz suave y entrecortada por su respiración forzada.

Yo estaba en shock y no pude articular palabra. Su voz me dejó como hipnotizado y ese “¡disculpe!” quedó gravado en mi mente. Lo escuchaba una y otra vez, como una grabación musical. Recordar su voz en el silencio de la noche me hacía entrar en una especie de éxtasis. ¿Estaba obsesionándome demasiado con ella? Tal vez, pero no podía evitarlo. Ella era lo primero en lo que pensaba cada mañana al levantarme. Por ella me levantaba y salía a la calle incluso antes de que amaneciera para espiar su recorrido. Por ella hacía ejercicio cada día. Ella ocupaba mis pensamientos durante el día, y con ella en mi mente me quedaba dormido cada noche.

Tras varias semanas de seguimiento inverso, conseguí descubrir dónde vivía. Entonces, muchos días, en vez de esperar a que pasara por mi ventana, me iba a su casa y desde la acera de enfrente esperaba para verla salir. Me gustaba verla salir, especialmente cuando salía con el pelo suelto y empezaba a andar por la calle mientras se lo recogía y se hacía una coleta. Hasta que no tenía su coleta no arrancaba a correr. Ya no paraba hasta el parque.

Me gustaba ponerme detrás de ella a correr, guardando unos metros de distancia e intentando no hacer ruido con mis pisadas. Yo inspiraba aire profundamente e imaginaba que algunas partículas del olor de su sudor llegaban a mi nariz. Suena raro. Lo sé. ¿Estaba obsesionado o simplemente enamorado?

Obsesión

Por amor se hacen grandes locurasTodo mi mundo y mi mente circulaban a su alrededor. Mi estado fluctuaba entre la alegría de haberla conocido y la tristeza por no estar cerca de ella, aunque solo fuera corriendo a su sombra unos breves instantes.

Ella era como una elegante jirafa, y yo como una enana cebra. Encontré una viñeta en la que una cebra enamorada se había colocado anillos en el cuello para alargarlo y parecer una jirafa. Eran anillos como los de las padaung, mujeres de cuello de jirafa, de Birmania y Tailandia. Haciendo ejercicio me sentía como aquella cebra, sacrificándose por un amor absurdo e imposible a una esbelta jirafa.

Mi madre me lo notó y, ante mi tristeza solo se le ocurrió animarme a que me presentara a la mujer del chándal rosa. ¡Era una locura! Al menos, yo no me atrevía. Llegué a planear varias formas de hacerlo, solo como juego de imaginación, sabiendo que sería incapaz de llevarlas a cabo. Por ejemplo, podría correr delante de ella y simular que me caía. Imaginaba que ella me ayudaba y que nos besábamos en el suelo. También podría chocar con ella inesperadamente en el parque. Podría escribirle una carta anónima. Una carta de amor y darle un correo electrónico para que pudiera responder. Me imaginaba a ella leyéndola y enamorándose de un desconocido que le dejaba cartas de amor en su buzón.

Tantas veces fantaseé con la idea de conocerla que en ciertas ocasiones me decidí a presentarme a ella, de alguna forma, pero siempre lo descartaba. Era una locura. Una diosa no podía fijarse en mí, no podía ser para mí. Pero… ¿por qué? ¿Y si simplemente lo intentaba? ¿Y si simplemente aspiraba a su amistad? ¿Me conformaría con eso? Seguro que tenía novio, o estaba casada. Tal vez tenía hijos. Tal vez era insoportable. Tal vez era muy pija, antipática o presumida. El rosa es un color para las presumidas. Creo yo. No entiendo mucho de colores.

Esta obsesión me quitó el hambre. Eso, unido a mi nueva dieta y a mis sesiones de deporte diarias, lo cierto es que me estaban haciendo adelgazar. Yo apenas me daba cuenta porque mi mente estaba en otras cosas.

Pasaron muchos meses, no sé cuántos. Tal vez casi un año. Y mi obsesión se mantenía constante. No aumentaba pero tampoco cedía terreno.

Un día de esos, paseando por la calle, vi mi reflejo en un escaparate. Sin duda no era la figura oronda de tiempo atrás. Había conseguido mejorar mi fuerza y mi forma física. Había conseguido tocarme la punta de los pies, sin doblar las rodillas, aunque solo fuera tras varios intentos seguidos rebotando y apenas con la punta de los dedos. Las sesiones de estiramientos diarios hacían que me sintiera mejor; más sano, más vital, más optimista.

Por fin, tras varios intentos, conseguí un empleo en una clínica veterinaria. Ese era mi sueño desde hacía mucho tiempo, y allí me encontraba entre los míos. Los animales son más como yo que las personas. No requieren estar siempre hablando. Yo adoro el silencio o los sonidos sin palabras. Con los animales me comunicaba con ronroneos, gemidos, jadeos o sonidos sostenidos, simulando cantos armónicos, o haciendo vibraciones con las vocales. Los animales se relajaban. Yo también.

Por primera vez en mi vida me encontraba bien trabajando. También estaba bien considerado en el trabajo, aunque notaba que me veían algo raro, lo cual no era totalmente nuevo para mí. También me apunté en la universidad para seguir estudiando filosofía, solo de dos asignaturas, yendo a clase por las tardes. Me imaginaba que ella me vería más interesante si conseguía un título universitario. Tal vez debería estudiar para ser veterinario, pero eso supondría empezar desde primero. A mí me gustaba estar con los animales y calmarnos mutuamente, y no atenderlos o curarlos.

¿Sería capaz de conocerla?

Decididamente, yo era incapaz de presentarme ante ella. ¿Qué podría decirle? ¿Le decía que llevaba meses espiándola? Me conformé con seguir mis rutinas.

Pero un día ocurrió algo inesperado. Yo salí de mi casa en dirección a la suya para esperar verla salir como hacía casi siempre. No sé si salí tarde o tal vez ella salió antes, pero justo saliendo de mi casa me encontré con ella de frente. Mi primera impresión fue de pánico y grité un extraño “¡ahhh!”. Luego intenté girarme y esconderme entre los coches con tan mala fortuna que me golpeé la cabeza con la farola. Al intentar llevarme las manos a la cabeza, mi mano derecha colisionó con el retrovisor de un coche aparcado. De reojo logré ver los ojos de sorpresa de ella y una tal vez imperceptible sonrisa mientras me preguntaba:

—¿Se encuentra Vd. bien?

Yo no sabía qué contestar, pero daba igual porque no me salían las palabras. Solo podía articular unos pequeños gruñidos. Tal vez eran más graznidos. Tras unos segundos, miré a sus ojos y contesté medio tartamudeando:

—Es… estoy bien, gracias… es que soy un idiota. Un idiota torpe.

—Todos nos damos golpes de vez en cuando —dijo mientras sonreía sin dejar de trotar levantando las rodillas, para no perder el ritmo de su carrera.

Yo me quedé embelesado mirándola, mientras ella dijo adiós y se marchó sin que consiguiera emitir algún sonido para despedirme. De verdad que me sentí como un idiota. Tenía que haberle dicho algo inteligente. Algo interesante. Algo simple. Cualquier cosa hubiera sido mejor que reconocer que soy un idiota. En serio, me sentí un idiota, pero no un idiota cualquiera, sino el idiota más grande del mundo. Me quedé en la calle golpeándome la cabeza una y otra vez.

Aquel incidente absurdo trastocó completamente mi vida de espía. Ya no me atrevía a correr por las mañanas por si me la volvía a encontrar. Mucho menos me atrevía a ir a su casa a verla salir y menos aún a correr detrás de ella unos segundos, intentando oler su fragancia.

Me había obsesionado con su coleta, con su chándal rosa, con su olor… y ahora también con su voz. Tenía miedo de olvidar su voz, por lo que repetía mentalmente la imagen de ella diciendo: “Todos nos damos golpes de vez en cuando”. Era como una película que repetía una y otra vez, pero que notaba que se iba modificando con el tiempo, conforme mi memoria borraba datos de la imagen y del sonido. El tiempo es implacable.

Echaba mucho de menos aquellas rutinas de deporte y espionaje, así que decidí salir a correr por la tarde para no perder forma física. Lo bueno fue que al no tener prisa por el horario de trabajo, podía correr más tiempo. Seguí perdiendo algunos gramos más de peso, pero no muchos más. Gané un poco de masa muscular y el cambio de horarios me vino bien. En el parque aprovechaba para hacer ejercicios y estiramientos. Cuando estaba cansado me sentaba en la hierba a observar a los animales salvajes: gorriones, mirlos, lavanderas blancas, cotorras, hormigas, moscas, arañas… Si algún animal se acercaba, simulaba hablarles con algún sonido suave, sin palabras. A veces, se me acercaban perros y comenzaban a lamerme mientras sus dueños los llamaban en vano, o les regañaban directamente mientras yo les decía: “No se preocupe. Está todo bien”.

También me observaba a mí. Observaba mi solitaria vida y me preguntaba el porqué de la vida, de mi vida, y el para qué de todo. Simplemente dejaba pasar el tiempo, y el tiempo pasaba.

Fueron días tristes. Notaba que estaba alejándome de ella, pero no me atrevía a volver a mis rutinas anteriores.

Haciendo flexiones siempre estaba ella en mi mente y contaba las flexiones repitiendo: “ella está bien 1”, “ella está bien 2”, “ella está bien 3″… Eso me ayudaba a pensar que aunque yo estuviera triste y mal, ella estaba bien y eso era lo importante. Para el enamorado, lo importante es que esté bien la otra persona.

El perro

Una tarde de abril, un setter irlandés rojo y blanco se acercó a olerme. Yo no le hice mucho caso porque esperaba que el dueño lo llamara rápido. Pero el dueño no lo llamó. Miré alrededor y no me pareció que nadie fuera su dueño. Pensé en si se habría perdido y en si tendría que iniciar el protocolo para un perro perdido.

Me puse a acariciarle, dándole pequeños ladridos y jadeos con la lengua fuera. El perro me los devolvía con entusiasmo, así que ambos nos emocionamos y nos revolcamos por el suelo como niños pequeños, hasta que dando vueltas chocamos con las piernas de una mujer. Yo levanté la vista y cegado por el sol entrecerré los ojos y dije:

—Disculpe, le he dado un golpe. Ha sido sin querer.

—Todos nos damos golpes de vez en cuando —dijo la desconocida mujer consiguiendo que yo entrara como en trance místico.

Entonces, mi mente empezó a repasar de nuevo todas las versiones, desde la última a la primera, de la película de la mujer del chándal rosa repitiendo una y otra vez que “todos nos damos golpes de vez en cuando”. Todos nos damos golpes de vez en cuando, todos nos damos golpes de vez en cuando… estaba como en un bucle infinito hasta que la mujer preguntó:

—¿Se encuentra Vd. bien?

Entonces supe que las voces eran la misma. Levanté de nuevo la mirada y pude observar que era ella. Mi corazón se aceleró y entré en pánico ante la posibilidad de quedarme sin palabras.

—Sí, sí… estoy bien, gracias… es que soy un idiota. —conseguí pronunciar mientras caía en la cuenta de que era la segunda vez que le hablaba y la segunda vez que le confesaba ser un idiota.

Ella dijo algo que no entendí, mientras yo me levantaba y le preguntaba lo primero que se me ocurrió:

—¿Es suyo el perro? Es muy simpático.

—Sí, es muy simpático.

Los dos nos quedamos mirándonos unos segundos hasta que rompiendo el silencio pregunté:

—¿Se acuerda de mí?

—¿Le conozco? Lo siento no caigo —confesó ella con gesto de extrañeza.

—Soy el idiota… el idiota de la farola… el que se dio un golpe hace varias semanas…

—¡Ah! ¡Sí! ¡Claro! Ya le recuerdo… ¿Cómo está su cabeza?

—Bien, muy bien. Gracias. Me miró el veterinario y me dijo que no era grave.

Al oír eso, ella se echó a reír. Yo tardé unos segundos en entender el porqué se reía y entonces tuve que explicarme.

—¡Ah! esto… bueno… es que trabajo en una clínica veterinaria, y ese día al llegar al trabajo tenía un chichón, y le dije al veterinario que me mirara. ¿Entiende?

—¿Vd. es también veterinario? Se nota que le gustan los animales, ¿verdad?

—Me encantan los animales, pero no soy veterinario. Yo no soy nada en la vida. Bueno… ahora soy ayudante del veterinario —declaré haciendo énfasis en la palabra “ayudante”.

El setter estaba dando vueltas de acá para allá y yo seguía sin saber si se había perdido.

—¿Es suyo el perro? —repetí mi pregunta.

—No, no… yo no tengo perro.

Mientras yo concluía que entonces era un perro perdido, ella siguió hablando:

—Es de una amiga que me ha pedido que lo cuide unos días. Ella está de viaje. Apuesto a que tú tienes varios perros… —dijo, empezando a tutearme.

—No, no tengo. No sé si podría cuidar de uno. Ni siquiera sé si sé cuidarme de mí mismo.

—Ah, vale… —dijo ella como bajando la voz.

—Bueno, en realidad es que me gustan los animales en libertad.

—Algo así me pasa a mí. Bueno, encantado de conocerle, pero tengo que irme a casa.

—Bien, yo también tengo que irme…

Entonces, ambos nos presentamos por nuestros nombres, que no los habíamos dicho hasta entonces, y comenzamos a andar en dirección a su casa. Yo le dije que también vivía por el barrio. El paseo fue tranquilo y dio tiempo a que me dijera que trabajaba en un supermercado, que le encantaba la lasaña de verduras y que no cocinaba especialmente bien, según sus propias palabras.

Por el camino yo recordé el día que decidí, por azar, no desayunar en la cocina y todo lo que ese pequeño gesto había cambiado mi vida.

Al llegar a la altura de su casa, yo me detuve subconscientemente. Ella abrió los ojos como platos y preguntó:

—¿Cómo sabes que vivo aquí?

♥ ¿FIN? Si quieres una segunda parte de esta historia deja un comentario y si hay muchas peticiones, se escribirá.

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