El examen de septiembre

Tengo la profesión más difícil del mundo. Es imposible conseguir completamente el objetivo por el que me pagan. Soy profesor. Me pagan para que enseñe a mis alumnos y, a veces, es frustrante comprobar que es una tarea imposible por muchos motivos. Por ejemplo, para enseñar a alguien se requiere de este la voluntad de querer aprender. Los profesores queremos enseñar a quienes desean progresar y también, incomprensiblemente, a quienes parecen esforzarse en no aprender nada. Lo que hace que esta profesión merezca la pena es ver progresar a nuestros estudiantes, incluso aunque sea a pesar suyo.

En cierta ocasión, tuve por alumnos a dos hermanos bastante desiguales. Ya en los exámenes parciales demostraban distinta capacidad —o más bien distinto interés— en la asignatura. Mientras uno sacaba notas brillantes, el otro se quedaba bien lejos de aprobar. Cuando llegó el examen final de junio, como era de esperar, uno sacó una nota excelente y el otro ni siquiera se presentó al examen. Como suelo decir, el curso acaba en septiembre. Para él, septiembre era su última oportunidad.

Al corregir el examen de septiembre, sentí alegría al ver que aquel alumno no solo ya se había atrevido a examinarse sino que, además, había hecho un buen examen. Mi primera percepción fue que su hermano había estado dándole clases particulares durante todo el verano. Pero repentinamente, algo me hizo intuir que tal vez se había presentado su hermano en su lugar. La sospecha me despertó dentro un detective, algo que no se exige para ser profesor.

Aunque en los exámenes solemos mirar los DNI, yo soy mal fisonomista y, por fortuna, es una cualidad que tampoco es obligatoria para ejercer la docencia. Mi aprendiz de detective se tomó la molestia de buscar el examen de junio del otro hermano y rastreé en la caligrafía la huella de su atrevimiento. La rabia y la frustración me hicieron apretar los dientes. Con ganas de tirar el examen a la basura, le puse un cero y lo cité a revisión.

El alumno acudió visiblemente nervioso pero, aunque suene increíble, no reconoció el fraude y se empeñaba en asegurar que esa era su letra, incluso tras mostrarle yo exámenes suyos anteriores, en los que la letra era evidentemente muy diferente. Él afirmaba y repetía argumentos como que cambiaba de letra según el estado anímico. Mientras el alumno seguía argumentando con firmeza que el examen era suyo y que aquel verano había trabajado muy duramente, yo seguía externamente impertérrito, para que pareciera que su defensa no hacía huella en mi ánimo.

Mi compañero de despacho estaba presenciando la escena con estupor. Viendo que habíamos entrado en un bucle infinito de argumentos repetitivos decidió intervenir para proponer llamar al grafólogo de la universidad. Su decisión sería inapelable.

Yo asentí con la cabeza y el alumno, al oír esto, quedó mudo. Toda su fuerza y su contundencia se desvanecieron. Reconoció los hechos, pidió perdón y prometió que aquello no se repetiría.

Cuando el alumno salió del despacho, mi compañero y yo rompimos a carcajadas, pues es mentira que la universidad tenga un grafólogo, ni nada que se le parezca.

Pienso que el alumno recibió una lección, pero no estoy seguro de que la aprendiera. Es posible que el alumno abandonara los estudios pues no volvió a ser alumno mío en los años sucesivos. También es posible que se cambiase de grupo para aprobar con otro profesor, utilizando el mismo fraude que conmigo no había funcionado. Como decíamos antes, el que no quiere aprender algo, no lo aprenderá nunca, pero aquello me llevó a considerar que, tal vez, la tarea más difícil del mundo era la de detective o, quizás, la de suplantar la identidad de otro sin que te pillen.

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