La violación de una niña tiene consecuencias (parte 1/2): La historia de Wendy

Esta es una historia de ficción inspirada, ligeramente, en la historia real de Wendy que fue realmente drogada y violada, cuya historia se cuenta en el documental "Detrás del Muro" de Save The Children, presentado por el periodista Gonzo. Todo lo demás de esta historia es absolutamente ficción y cualquier otra coincidencia es pura casualidad. Haz click para leer más y para ayudar a la auténtica Wendy.
Aquí contamos una historia de ficción inspirada ligeramente en la historia real de Wendy que fue drogada y violada. Su historia se cuenta en el documental “Detrás del Muro” de Save The Children, presentado por el periodista Gonzo. Todo lo demás de esta historia es absolutamente ficción y cualquier otra coincidencia es pura casualidad. Haz click en la foto para leer más y para ayudar a la auténtica Wendy.

Conociendo a Wendy

Conocí a Wendy cuando ella trabajaba como camarera en un bar de mala muerte en El Paso, en Estados Unidos. Yo iba porque la comida era casera, aunque los ingredientes eran de los más baratos. Ella era de esas personas que te atraen por su voz suave y tierna. Su cara y gesto peculiar, siempre triste, pero muy formal. Era agradable y, a la vez, misteriosa.

Wendy era bastante joven y resultaba obvio que no era nativa estadounidense. Pero yo tampoco lo soy. Bueno… en Estados Unidos, pocos son los que pueden decir que sean nativos, pues los auténticos nativos fueron masacrados por los ingleses. Sin piedad. Muchos de los escasos supervivivientes malviven hoy discriminados en reservas, o buscándose la vida como pueden sorteando drogas, ludopatía y delincuencia.

Sinceramente, al principio no me había fijado en Wendy, pues mi naturaleza despistada suele implicar no fijarme ni recordar las caras de los camareros. Pero un día, el dueño del tugurio comenzó a dar voces a la pobre Wendy por algo que supuestamente había tirado. Estuve a punto de enfrentarme a él y pagar lo que valiera el estropicio, pero me dio vergüenza. Wendy era de pocas palabras, por lo que la discusión duró poco y el jefe zanjó el tema repitiendo varias veces que se lo descontaría del sueldo. Ese día le dejé una buena propina. Al coger el platillo me miró con sorpresa, pero rápidamente se dio la vuelta y siguió limpiando las mesas con gesto triste, sin mediar palabra.

Tras varios años de ir a comer allí y algunas propinas generosas, solo pude ver un puñado escaso de sus sonrisas. Confieso que me inspiraba ternura. No sé bien porqué. Wendy no era mi tipo de mujer y la veía casi como si fuera mi propia hija.

Un día la vi sentada en un parque comiendo un bocadillo. Me senté a su lado y comenzamos a hablar. Bueno… fue más bien un monólogo, porque ella apenas hablaba nada. Tras eso, coincidimos varias veces en el banco del parque, pero muchas veces yo iba con prisa y era solo un “hola y adiós”. Poco a poco fuimos entablando alguna amistad.

Me enteré que tenía un hijo pequeño cuando me preguntó si podía cuidar de él. Le había salido un trabajo limpiando una casa y no podía dejarlo solo. Yo me sentí sorprendido, pero acepté. Le advertí que nunca había cuidado a un niño, pero no le importó. “Necesito el dinero”, me confesó. Cuando le pregunté por el padre solo me dijo un “no tiene” y se le saltaron las lágrimas. Sus ojos de tristeza me llenaron el corazón de cariño, hacia ella y hacia su pequeño hijo, un angelito que tenía entonces seis años y medio, simpático, juguetón y muy despierto.

Aquel día, cuando ella llegó a la casa, el niño ya estaba dormido y se notaba que estaba cansada. Se sentó y me dio las gracias. Nos quedamos un rato hablando y, por primera vez, me contó algo trascendente de su vida. Me dijo que ella era natural de Honduras y que había huido de allí porque la habían amenazado de muerte por no prestarse a colaborar con bandas de delincuentes. “Tuve que salir de mi país a la fuerza hace unos siete años o me hubieran matado, como a mis padres”, susurró cabizbaja, como si ella fuera culpable.

Como su hijo tenía un poco menos de esos siete años, intuí que el padre sería hondureño, pero no dije nada. Sospeché que tal vez el padre hubiera fallecido, posiblemente también asesinado, y por eso ella lloraba al recordarlo. Luego supe que no era por eso.

No sé cuántos años aguantó de camarera con un salario de miseria y dos comidas al día, pero su buen quehacer hizo que la fichara un pez gordo para su restaurante, bastante mejor que el anterior. Yo me alegré mucho por ella, aunque pensé que nos veríamos menos. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Quedábamos casi todas las semanas y estábamos a gusto juntos. Mis amigos pensaban que éramos pareja, pero la verdad es que éramos solo amigos, buenos amigos.

A pesar de que ahora ella tenía un buen salario, seguía siendo profundamente austera y yo notaba que le costaba hasta comprarse un helado. “Necesito ahorrar”, me confesó un día. Yo supuse que era para comprarse una casa, o para su hijo, y no le dí mayor importancia.

Pesadilla hacia Estados Unidos

Me gustaban las historias que me contaba de Honduras, pero la historia que más me sorprendió fue la de su viaje a pie y en tren desde Honduras a Estados Unidos. Me confesó que la ciudad de Tapachula le cambió su vida.

Justo al pasar la frontera sur de México, pensaba que ese país la acogería por ser hispana y que la hostilidad la encontraría solo en Estados Unidos. No fue así. Al llegar a Tapachula, había anochecido y una banda de adolescentes le atracaron con grandes machetes. Le pegaron y le robaron todo lo de valor que tenía: el teléfono para hablar con sus familiares, el poco dinero que tenía ahorrado y hasta sus zapatos, sus pantalones y su collar de la suerte. Al menos había salvado la vida. Lloró sola con su amargura, tirada en la calle, medio desnuda, hasta que un hombre la recogió y con buenas palabras la llevó a su cercana casa. Era una casa celeste, pequeña y humilde, de una sola planta y que necesitaba una mano de pintura. Ella pensó que era un alma caritativa. En su casa le invitó a un jugo, un zumo de frutas que le hizo sentir mucho sueño. Cuando despertó, estaba desnuda, en el sofá y con aquel mal bicho encima, violándola sin piedad y exhalando un asqueroso olor a tequila.

Apenas sin fuerzas, Wendy no pudo evitar que el violador terminara su faena. Cuando casi se quedó dormido, consiguió zafarse de este individuo y lo tiró al suelo. Entonces, tambaleándose, salió corriendo, desnuda y tropezando con un escalón mal colocado de granito rosa. Gritando por la calle, esperaba encontrar ayuda. Pero en el silencio de la noche nadie parecía querer oír nada. Nadie le prestó atención. Ella era invisible… hasta que varias horas más tarde una chica joven la llevó a su casa y le regaló la ropa con la que pudo llegar a Estados Unidos.

La chica que la recogió quiso ir a la policía a denunciar, pero Wendy solo quería seguir su camino y acabarlo cuanto antes, como si todos los problemas se fueran a resolver al llegar a Estados Unidos. Aceptó un poco de dinero que le dio y salió huyendo de aquella ciudad, con el incumplido propósito de olvidar hasta su nombre.

Para los migrantes, Estados Unidos es como el final de una pesadilla, pero huyendo de aquella ciudad, para Wendy su vida era mucho peor que una simple pesadilla. Se sentía basura. Sentía que le había fallado a toda su familia y a sus difuntos padres. Se sentía que no merecía vivir y que tenía que hacer méritos para merecer la vida. El único mérito que contaba era llegar a la meta. La justicia, el bienestar, comer o no comer… todo eso… no importaba. Tenía que llegar a su destino y trabajar duro.

Por el camino sufrió hambre y sed y se destrozó los pies, pero su firme decisión no la hizo desfallecer. Casi al final del camino, tuvo mucha suerte al conocer a una madre y a su hijo. Se unió a ellos. Esta mujer quería reunirse con su esposo que ya estaba en Estados Unidos. Llevaban seis años sin verlo y estaban deseando llegar. Gracias a él habían conseguido suficiente dinero para emprender el viaje y poder pagar a los coyotes.

Llaman coyotes a los que ayudan a los migrantes a cruzar el desierto y la frontera de Estados Unidos a cambio de mucho dinero: 80.000 pesos mexicanos por un adulto y un niño es lo que su nueva amiga tenía ahorrado para pagar. Wendy no tenía para pagar ni un peso y pensó pagar con su cuerpo pero, tras negociar, un coyote caritativo aceptó el transporte hasta la frontera: tres por el mismo precio.

Atravesaron el desierto durante varios días, siempre con miedo a que su coyote les abandone, les engañe o les robe, lo cual es bastante habitual. A los niños de la expedición les dieron un jarabe para que fueran más tranquilos. Wendy ayudó, a ratos, llevando en brazos a un niño pequeño de unos seis años que viajaba con su hermano mayor, de apenas doce. ¿Cómo pueden dos niños enfrentarse a un viaje tan largo y tan peligroso?

Al acercarse a la frontera se dispersaron. Finalmente, Wendy tuvo suerte y pudo pasar la frontera. A otros los detuvo la policía y no supo más de ellos.

Es duro ser mujer, madre, inmigrante y estar sola

Tras vagar durante meses de un sitio a otro, se enteró de que estaba embarazada. Tras muchas noches llorando, alguien le ofreció un trabajo, tal vez solo por el hecho de estar embarazada. Wendy no puede recordar aquella época sin ponerse a llorar.

A ese primer trabajo le siguió otro y luego otro… y pudo prosperar. Pero su obsesión por ahorrar dinero le estaba amargando la vida. Pues apenas gastaba nada, ni para ella ni para su hijo.

Meses después, ascendió en el restaurante y pasó a tener un mejor sueldo, pero su estilo de vida era el mismo.

Poco a poco fue cogiendo confianza conmigo. Un día, le conté un chiste que le hizo mucha gracia. Se estaba riendo a carcajadas y, de repente, paró en seco las risas. Me miró a los ojos y, con gran seriedad, me soltó: “Quiero vengarme del que me violó”.

Ahorrar para vengarse

Wendy estaba ahorrando dinero para eso. Su plan era volver a Tapachula, buscarlo, encontrarlo y matarlo, cuando consiguiera dinero suficiente y pensara un plan. Quería que yo le ayudara a trazar el plan.

“No puedes pedirme que te ayude… eso me convierte en cómplice”, le supliqué, pero ella tenía un argumento mejor que el mío y me lo tiró a la cara sin medir sus palabras: “Me duele el alma y ese dolor me está matando. O muere él, o tendré que matarme a mí misma”, dijo con rabia, con tristeza y con lágrimas cayendo en el suelo.

Cualquiera que conociera a Wendy podría asegurar que no era una persona feliz. Ella me aseguró que antes del “incidente” de Tapachula ella era alegre, bromista, un poco infantil, risueña y despreocupada por la vida. Ahora, solo se veía feliz jugando con su hijo, pero a veces pude observar que lo observaba fijamente y sus ojos temblaban y se humedecían. Su hijo le preguntaba: “Mamá, ¿ya se te ha metido algo en el ojo otra vez?”.

Desde ese día, siempre que nos veíamos me preguntaba lo mismo con su voz dulce, mientras me acariciaba la cara: “¿Me ayudarás? ¿Verdad?”. Yo no contestaba, pero tras varias semanas le miré a la cara, le cogí de los hombros dispuesto a decirle que no contara conmigo, pero su cara tierna y llorosa me convencieron para decirle justo lo contrario. Me arrepentí al segundo siguiente, pero fui un cobarde y no me atreví jamás a decirle que estaba arrepentido. Así pues, urdimos un plan macabro.

El tétrico plan

El plan inicial de Wendy era pagar a unos sicarios para que hicieran todo el trabajo. Alguien le había dicho que tal vez pudiera presentarle a tres individuos que trabajaban juntos, pero cobraban mucho, demasiado, y había que multiplicarlo por tres. Tardaría muchos años en juntar todo el dinero, aún dándole yo parte. Pero Wendy se percató de que no podía fiarse de ellos, y descartó el plan.

Wendy me reveló que unos meses antes había conseguido ilegalmente un arma, una pistola de pequeño calibre, y que estaba aprendiendo a utilizarla. Ella se sorprendió de lo fácil que era conseguir un arma en aquel país, legal o ilegalmente. Yo le contesté que yo era incapaz de empuñar un arma de fuego. “Es algo superior a mí”, le confesé. Yo soy un enemigo de todas las armas y de toda violencia. “Entonces, ¿qué haces ayudándome a mí?”, me preguntó Wendy con toda razón. Yo no supe bien qué contestar, pero, aturdido, intenté explicarme: “Mira Wendy, yo no quiero ayudarte, pero tampoco quiero verte triste. Solo te ayudaré si me prometes que volverás a ser la Wendy feliz de antes, esa que yo no he conocido aún”. Ella, solo dijo: “Te lo prometo”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo pero saqué valor para hablar claramente: “Bien, Wendy, te ayudaré, pero yo no puedo disparar, así que no cuentes conmigo para eso”. Eso no fue problema. Wendy tenía las ideas muy claras: “Quiero hacerlo yo”, admitió con una mirada fría y quebrada.

Desde ese día, ambos empezamos a ahorrar para las “vacaciones a México”. Así llamábamos secretamente a nuestro plan. Nuestro plan iba tomando forma, pero teníamos claro que tendríamos que adaptarnos a las circunstancias. A pesar de todo, nuestro plan era hacer un viaje turístico por México que justificara porqué estábamos por allí. Debíamos tomarnos casi dos semanas, pues eso nos daría tiempo para buscar el momento preciso y para hacer turismo (y fotos) para justificar el viaje. El hijo de Wendy podría apuntarse a unos campamentos de verano con sus amigos del colegio. Debíamos aprovechar justo esa temporada.

Wendy tenía grabada en su mente las caras de los que le robaron aquella noche, a los que ya había perdonado, y también la cara del otro, al que no podía perdonar y al que tenía que pagar “lo que le debía”. Wendy solía ironizar diciendo: “Las deudas hay que pagarlas”. Según ella, recordaba perfectamente la casa de “su acreedor”, como le llamaba ella. Wendy aseguraba tener memoria fotográfica para algunas cosas y estaba segura de que sabría encontrar su casa en Tapachula, buscando a partir de la carretera que llega desde la vecina Guatemala, la carretera por la que ella entró en la ciudad. Tenía grabada en su cabeza la casa celeste de “su acreedor”, su cocina, su olor a fritanga, su sofá… y hasta el escalón de granito rosa en el que tropezó al salir mareada y drogada aquella noche.

El plan era pasar cuatro días en la Península del Yucatán durmiendo en algún hotel de Cancún y viendo las típicas cosas turísticas (Chichén Itzá, Uxmal, Ticul, Mérida… y puede que los cenotes de Cuzama). Allí alquilaríamos un coche para recorrer la región y estar de un lugar a otro sin parar de hacer turismo.

Luego se nos ocurrió que podíamos ir en autobús más al sur para visitar el Parque Natural de los Montes Azules y desde allí alquilaríamos un coche con la excusa de recorrer el parque, pero en lugar de eso iríamos a Tapachula para pagar “la deuda”. Dado que ese Parque Natural está demasiado lejos de Tapachula (a unas 9 horas en coche), decidimos cambiar el lugar a visitar por La Encrucijada, una Reserva de la Biosfera del estado de Chiapas, en la costa del Pacífico. Acordamos dormir cerca de la ciudad de Paredón, a 3 horas y 10 minutos de Tapachula. Lo suficientemente cerca para ir y volver en el día, pero lejos para evitar sospechas. En medio de ambas ciudades estaba La Encrucijada, el lugar que usaríamos como excusa para justificar nuestras rutas.

En Paredón, debíamos alquilar una casa tranquila para que nadie nos controlara cuando salíamos o entrabamos. También alquilaríamos un coche para tres días y los tres días iríamos por la mañana a distintos lugares de La Encrucijada, comeríamos allí y a media tarde iríamos a Tapachula. Aparcaríamos el coche en algún lugar discreto y nos disfrazaríamos como si fuéramos mexicanos. El primer día sería para buscar la casa de “su acreedor” e intentar averiguar si vivía allí, si vivía solo, si la calle tenía mucha vida y todo lo que buenamente fuera posible.

El segundo día, si todo iba bien, la idea era que Wendy esperara a “su acreedor” y fingiera que estaba llorando. Así, él la invitaría a pasar a su casa, tal y como hizo la vez anterior. Si ese plan no funcionaba o no era posible, entonces Wendy llamaría a su casa pidiendo ayuda, simulando que la habían atracado allí mismo. Una vez dentro, lo primero era asegurarse que en la casa no había nadie más, luego buscar un cojín y acabar por dispararle a través de él. En las películas sale que así se hace menos ruido y salpica menos sangre. El siguiente paso era asegurarse que estaba muerto y salir tranquilamente, sin llamar la atención. Yo estaría esperando en el coche en algún lugar cercano y volveríamos a Paredón.

Un problema era que Cancún y Tapachula están excesivamente lejos de El Paso (a unas 39 horas conduciendo) y no podíamos usar el avión porque sería imposible pasar el arma. Tampoco queríamos ir en su coche para evitar dejar rastros. Era mejor usar un carnet de conducir falso para alquilar un coche. Incluso puede que pudiéramos alquilar alguno a algún ciudadano que consiguiéramos que confiara en nosotros. El problema de la distancia lo resolvimos viajando en autobús y haciendo escalas. Si hiciera falta, lo justificaremos diciendo que ella tiene miedo a volar y que el viaje soñado de ambos era ver las ruinas mayas de Yucatán. Todo nuestro plan orbitaba alrededor de lo que diríamos si la policía o alguien nos preguntaba. Todo lo planeamos suponiendo que la policía nos iba a interrogar.

Yo le advertí a Wendy que el plan no era infalible y que en cualquier momento era posible que fallara por mil razones. Por tanto, si no lo veíamos claro, el plan B era abandonar e intentarlo de nuevo el tercer día. Y si no era posible ese tercer día, entonces volveríamos a casa habiendo pasado unas buenas vacaciones. Quedarnos más días por la zona podría apuntarnos como sospechosos cuando la policía buscara al asesino. Para Wendy, la idea de ir solo de vacaciones no entraba en sus planes y se ponía muy nerviosa cuando se lo insinuaba. Sin embargo, aceptó el plan de 3 días exclusivamente, pues era lo más sensato para mantener nuestra coartada, evitar sospechas y regresar a tiempo para cuando su hijo terminara el campamento.

Repasamos el plan muchas veces, afilando y remarcando detalles. Wendy decía que era importante asegurarse de que estaba muerto, para evitar que pudiera pedir ayuda mientras huíamos. También ensayó cómo esconder el arma y cómo disparar usando un cojín, así como varios sistemas de disfraz para nosotros (gafas, dientes postizos, pelucas, maquillaje, verrugas, lunares…). Lo dejamos todo muy claro: el primer día solo para observar y el segundo y el tercero para “pagar la deuda”, en cuanto fuera posible, si era posible. Ante la posibilidad de que “su acreedor” estuviera acompañado, ambos no nos poníamos de acuerdo en lo que habría que hacer.

Yo acostumbraba a decirle a Wendy: “Algo se nos está escapando y por eso nos van a pillar: piensa en qué puede ser. Piensa en tu hijo”. No quería pasar mi vida en una cárcel mexicana.

Mejor no hacerlo

Muchos meses después, cuando ya teníamos el dinero suficiente, yo intenté disuadir a Wendy. Le hablé del poder del perdón, le hablé de aceptar las desgracias de la vida, le hablé del remordimiento que tendría tras hacerlo, le hablé de la posibilidad de denunciar los hechos, le hablé de lo que pasaría con su hijo si nos pillaban, le hablé de lo que decía ese Jesús al que ella tanto rezaba… Y ella me decía que no sabía rezar. Con gran humildad, ella pedía que le enseñaran a rezar, justo como pedían los discípulos. A pesar de todos mis intentos por disuadirla, no pude hacerle ver la luz del perdón.

La frontera entre Estados Unidos y México está llena de muros que separan a los dos países, cuando deberían construírse puentes que los unieran.Wendy tenía tan buen corazón que, cuando podía, se iba a la frontera y allí repartía agua y bocadillos entre los que estaban al otro lado de la valla, en la parte de México. Desde la parte de Estados Unidos, algunos le recriminaban sus actos, pero también encontró gente que la apoyaba y que se unía a ella, ayudando a los más necesitados del otro lado. Ella entendía perfectamente que la gente no abandona su país por gusto.

En cierta ocasión, mirando a través de la verja, le pareció ver la cara del ogro que le destrozó la vida, de “su acreedor”. Se parecía a él, pero con bigote, pensó. Ella se alejó de la verja súbitamente, como un acto reflejo, horrorizada y temblando. Era imposible. Era su imaginación que no podía liberarse de esa obsesión. Aquel hombre que vio a través de la valla estaba repartiendo mantas y víveres… era un miembro de alguna ONG humanitaria. Lo siguió con la mirada entre las líneas de la barrera, hasta que se perdió entre la gente.

El buen corazón de Wendy se ocultaba cuando hablábamos de “las vacaciones”. Por eso, le propuse muchas veces no hablar de “las vacaciones” y olvidarnos de ellas, o mejor aún, irnos de vacaciones a Canadá. Me encanta Canadá. Pero ella decía que tenía una deuda pendiente y que las deudas había que saldarlas.

“Las vacaciones”

Tal y como habíamos planeado llegamos a Cancún en autobús. El hotel era una maravilla: habitación doble para ahorrar gastos, pero camas separadas. Wendy estaba tan cansada que el primer día casi no salió del hotel. Yo aproveché para ver la ciudad y hacer unas cuantas fotos. Estaba un poco obsesionado con las fotos, para poder justificar que el objetivo del viaje era ver Yucatán. Me imaginaba continuamente que la policía nos pillaba como sospechosos y teníamos que justificar el porqué del viaje y cómo habíamos pasado cada día. En el fondo, yo sabía que si nos pillaban ambos tardaríamos poco en… en confesar.

El resto de días transcurrieron según lo previsto. Cuando cogimos el autobús con destino a Paredón, Wendy parecía otra. Más pálida, más seria, más tensa. Cada vez que insinuaba algo sobre abortar “el pago de la deuda” ella me pegaba un codazo y me miraba como un basilisco.

Tal y como decían en Internet, la casa que alquilamos en Paredón era tranquila y alejada de bullicios. Pudimos alquilar un coche a una agencia e intentamos alquilar otro coche hablando con gente de la calle, con la excusa de que la agencia no tenía coches disponibles, pero solo nos ofrecieron coches con conductor, los cuales, obviamente, rechazamos.

Día 1

El primer día del plan, recorrimos los manglares de La Encrucijada mediante una visita guiada, comimos la típica comida mexicana y, con dolor de estómago de tanto picante, nos dirigimos a Tapachula. Pocos kilómetros antes de llegar, nos desviamos a un lugar tranquilo para disfrazarnos. A mí me daba la risa cada vez que la veía a ella con esa ridícula peluca y la verruga en el ala izquierda de su nariz. Ella estaba convencida de que la verruga haría que la mirada se fijara ahí más que en otros aspectos de su cara. Así sería más difícil reconocerla.

Dimos unas cuantas vueltas en coche y pronto ella me agarró la rodilla y murmuró: “Para el coche”. Frené en seco y a lo lejos pudimos ver una fila de diez o quince migrantes. Me recordó el camino de Santiago en España, pero aquí hay gente que ansía su destino con más necesidad. Ella se bajó del coche y yo lo aparqué a un lado en cuanto pude. Fue andando despacio y yo la seguí pero como si no fuera conmigo.

Siguió andando y se metió por unas calles un tanto extrañas, hasta que se paró y se puso a mirar a un grupo de casas en la distancia. Miró a los lados y me señaló una de ellas con disimulo. La casa era celeste, pequeña, humilde y necesitaba una mano de pintura. Supuse que la había encontrado pero era mejor que nadie viera que estábamos juntos. Ella se apostó en una esquina de la calle y yo me fui a una calle perpendicular desde la que también veía la casa.

La noche fue cayendo y yo tenía un hambre atroz, pero aguanté mi guardia estoicamente. No podíamos irnos pronto, sin haber averiguado nada. De repente, veo que Wendy se aleja y se esconde en la oscuridad entre dos coches. Me asusté, pero ella solo quería hacer pis. En cuanto ella terminó y volvió a su puesto de vigilancia, yo la imité.

Calma total. Solo el ruido del viento en las hojas de unas cuantas palmeras. De repente, las risas de unos niños pasan a mi lado. Uno me pregunta la hora y yo, cambiando la voz, le digo que no tengo. Uno de ellos se ríe de mi voz con descaro, pero yo celebro que se vayan acelerando el paso. Son las 12 de la noche y ya no aguanto más de aburrimiento, sueño y hambre. Ella está sentada en el suelo y yo le hago un gesto para irnos. Ella asiente, se levanta y empieza a caminar cabizbaja. Una pareja se cruza con ella hablando de sus cosas con tono de enfado contenido. Wendy se vuelve con la cara cambiada, señalando al que se acaba de cruzar con ella y siguiendo en dirección contraria, lo cual me despista un poco. Yo reduzco mi paso y observo en la distancia que la pareja se mete justo en la casa que Wendy había señalado, la casa celeste.

Los dos nos acercamos lentamente hasta la puerta de la casa, hasta estar juntos. Absortos, intentamos descubrir a cuento de qué vienen tantas voces. La discusión va subiendo de tono y los dos estamos con la boca abierta observando la casa.

Oigo un ruido de alguien que se acerca y para disimular abrazo a Wendy y le doy un beso en los labios apasionadamente. Ella abre los ojos de la sorpresa, pero se deja hacer. A los pocos segundos, noto su lengua junto a la mía. La calle vuelve a estar sola de nuevo, y ambos decidimos continuar con el beso, hasta que un fuerte golpe dentro de la casa nos sobresalta. La discusión de la casa celeste sube de tono y la mujer empieza a llorar y a gritar.

Los dos seguimos abrazados pero vigilando la casa con nerviosismo. Una vecina nos asusta sin querer al decirnos: “Siempre están igual. Hay pelea, día sí, día no. No os preocupéis… y antes estaban peor”. La vecina se mete en su casa. Nosotros seguimos mirando a la casa y oímos el ruido de la puerta. Yo le pego un tirón a Wendy de la mano y nos alejamos como una pareja de novios. Desde la distancia vemos a la mujer salir de la casa llorando y diciéndole a gritos que no piensa volver, porque él nunca piensa en ella. En la puerta, vemos la silueta del hombre y cómo se vuelve y cierra de un portazo. La mujer se va acercando a nosotros y nos volvemos a besar. Al pasar a mi lado noto que la mujer tiene sangre en una mejilla y que va llorando fuerte.

No sabemos qué hacer. ¿Denunciar malos tratos en un país extranjero? Wendy opta por esa opción. Pero cambia de idea rápido al entender que eso significaría acabar con su plan. Entonces, enfadada por lo que había visto, decide pasar hoy al plan del segundo día. Afortunadamente, yo la convenzo para volver ya a Paredón, argumentando lo mejor que puedo: “Hoy ya hemos averiguado bastante y tanto la vecina como la mujer al salir, nos han visto. Si lo hacemos hoy, podrían buscar a una pareja que merodeaba por la zona. También podrían culpar a su mujer. Sería creíble que en medio de la pelea, ella lo hubiera matado”.

Finalmente, decidimos seguir nuestro plan de tres días, tal y como estaba planeado. Nos perdemos por la ciudad para encontrar la salida, lo cual nos viene bien, porque encontramos un acogedor sitio para comer algo y oír buena música.

Día 2

Dendrocygna autumnalis: Un ánade común por gran parte de América.Decidimos visitar la ciudad de Pijijiapan. Ese curioso nombre significa “Lugar en el río de los pijijis”. Los pijijis o pijijes son unas aves palmípedas, unos patos con pico color coral y cuyo sonido les da este curioso nombre.

Pijijiapan es un pueblo grande con aspecto de pequeña aldea, atravesada por una vía del tren con aspecto de abandonada. Su aire tranquilo y sus casas multicolores nos invitan a pasear y a tomar algo en un bar sin mesas ni cartel. Tras el refrigerio, la camarera nos sugiere visitar el Estero Costa Azul Chocohuital, un humedal exuberante un poco más al sur. Allí conocemos a un grupo de ornitólogos apasionados con lo que allí estaban descubriendo.

Nosotros no sabemos si para nuestro plan nos interesa hacer amistad para que puedan testificar que estábamos allí con ellos ese día, o si es mejor pasar desapercibidos. Decidimos un término medio, preguntarles algo y hacer solo un tímido acto de presencia.

Tras el almuerzo, nos tomamos un descanso, charlamos, reímos y nos olvidamos un poco de la tensión de nuestro plan. Cuando el calor empieza a remitir, ambos nos miramos a la cara y, sin hablar, ella me dice que es hora de levantarse. Yo le pongo ojos tristes, pero ante su falta de reacción, me levanto primero, para que no piense que yo quiero retrasar o sabotear la misión. Antes de pagar la cuenta, pedimos dos bocadillos grandes para llevar. No queremos que nos pase lo mismo que el día anterior.

La ruta hacia Tapachula la hacemos en silencio, al llegar yo me voy derecho a nuestro destino, como si fuera ya una rutina, pero me doy cuenta que no debemos hacer nada como rutina, así que me paso de largo. Wendy se da cuenta y me advierte con un tímido “creo que te has pasado”. Yo le contesto: “Lo sé, hoy aparcaremos en otro lugar, un poco más lejos y mañana ya aparcaremos más cerca…”. Y Wendy continúa mi frase añadiendo “… si tenemos que volver”. Buscamos una calle tranquila, aparcamos y nos disfrazamos por turnos, mientras el otro vigila. Si pasa alguien, detenemos el proceso y disimulamos con un periódico.

Salimos del coche por turnos y cada uno va en dirección opuesta. Acordamos vernos en la casa celeste. Yo decido ir tranquilo, entreteniéndome mirando los pájaros. Mi cuerpo se resistía a llegar. Tengo claro que es algo que no debo hacer, que no quiero hacer, pero también que por Wendy soy capaz de hacerlo, aunque me lleve a pasarme el resto de mi vida en una cárcel mexicana.

Cuando llego a la casa celeste, ya veo a lo lejos a Wendy. Me detengo, saco el periódico y me pongo a leerlo. De repente me doy cuenta que parezco el típico espía, hasta con gafas de sol. Entonces bajo un poco el periódico y lo doblo para hacerlo menos evidente, pero continúo disimulando como si lo estuviera leyendo.

La noche cae sobre Tapachula y nada ocurre. La creciente oscuridad hace que se empiece a ver una tímida luz a través de una ventana de la casa celeste. ¿Estará él dentro? Yo supongo que sí, pero desde mi posición no oigo ningún ruido ni veo ningún movimiento. Decido pasearme y pasar junto a la casa, pero no oigo nada. Ocupo otro puesto de vigilancia desde el que no veo a Wendy.

Es tarde y ambos estamos sin duda extenuados. Decido ir hacia Wendy para abandonar por hoy. Cuando paso por la casa celeste veo a Wendy llamando a la puerta y fingiendo que está llorando… Mi corazón se dispara al ver que ella ya ha pasado al plan principal. Yo, sin saber qué hacer, sigo andando y me escondo tras un árbol. Nadie abre la puerta. Wendy llama repetidamente. Tras unos minutos ella decide asomarse por la ventana, pero la ventana está un poco alta, así que opta por encaramarse a un árbol. Me sorprende su agilidad, pero mayor es la sorpresa cuando la veo escalando aún más arriba de la ventana, hasta saltar a la terraza de la casa.

Desde arriba, me mira. Yo le hago gestos para que baje y ella me hace gestos para que espere. Se ha saltado el plan. En unos eternos minutos la veo asomarse por la ventana. La luz se apaga y ella sale por la puerta con total tranquilidad. Sin mirarme, se dirige hacia el coche esperando que yo la siga. Por supuesto, yo la sigo sin perderla de vista y cuando estamos cerca del coche yo doy una vuelta a la manzana para llegar al coche por el otro lado. Así me siento más tranquilo

Cuando nos encontramos junto al coche, nos saludamos y nos metemos dentro. No sé si regañarle por haberse colado en la casa, pero solo le pregunto si ha dejado huellas. Ella me enseña las manos con guantes.

A la vuelta ella se duerme en el asiento del copiloto y yo consigo llegar a nuestra “base de operaciones” de Paredón sin dormirme, pero al llegar la cama me abraza sin contemplaciones.

Día 3

Nos levantamos un poco tarde, pero ambos estamos de acuerdo en que tenemos que hacer algo ese día, pues no hay nada más sospechoso para la policía que decir que nos hemos quedado en casa todo el día, con la burda excusa de que estábamos cansados.

Nos arreglamos rápido y salimos de la casa sin desayunar y sin saber bien a dónde ir. Habíamos hablado de intentar ver los monos araña de La Encrucijada, pero yo no quería insistir en verlos porque no teníamos mucho tiempo. Esos monos son muy curiosos por sus saltos y su habilidad en los árboles, a pesar de no tener dedo pulgar, característica propia de todos los monos del género Ateles.

Dado que es tarde, decidimos ir a ver el pueblecito de Paredón y la laguna del llamado Mar Muerto, un lago salado litoral junto al océano Pacífico. El pueblo de Paredón es de casas bajas de pescadores, por lo que deducimos que lo que llaman Mar Muerto no está tan muerto. Luego nos enteramos que allí capturan especies como la lisa, la mojarra, el bagre, el jurel, la pelona, el mapache, el robalo, el besugo, el charal, la raya, la langosta y el camarón, entre otros.

Al llegar a la costa hay un cartel que reza: “Chiapas nos une”. Junto al cartel hay un “Merendero” en el que decidimos tomar nuestro desayuno-almuerzo. Intentando dar conversación al camarero para que recuerde nuestras caras en un lugar tan alejado del lugar del crimen.

El Mar Muerto es una balsa de calma absoluta. Un maravilla que me pide un baño, pero ni lo propongo.

Tras la comida paseamos entre las casas de colores y nos paramos para mirar la laguna. Ambos estamos deseando de que todo esto acabe. Yo le sugiero que abandone el plan y ella me mira con desprecio y pretende huir, pero la detengo cogiéndole la mano. Le tiro de la mano hacia mí y le doy un abrazo. “Seguiremos con el plan —le digo para tranquilizarla—, pero no olvides que si hoy sale mal, nos olvidamos del plan… mañana nos volvemos pase lo que pase”. Ella masculla algo que a mí me suena a un “tenía que haberlo hecho el primer día”. Yo la abrazo unos segundos y nos ponemos en marcha hacia el coche.

Salimos de Paredón por su carretera rodeada de palmeras, casas desordenadas y campos de cultivo. La carretera es tan recta que aburre y hace más incómodo el silencio. Un cartel nos advierte que no corramos. Pone “Despacio”, pero no aclara el porqué. Decido levantar el pié del acelerador hasta ir casi a velocidad de paso. Un camión de cerveza Coronita se acerca por detrás y decido acelerar un poco.

Llegamos a la ciudad de Tonalá y abandonamos la carretera estrecha para usar una especie de autovía. Al ir más deprisa, el aire fresco que se cuela por la ventanilla nos despierta y se rompe el silencio para hablar de cosas triviales, pero la tensión sigue presente.

Al llegar a Tapachula decido, sin preguntarle, tirar por otro sitio, pero me pierdo y ella se enfada. No queremos preguntar pero nos vemos obligados a hacerlo, así que buscamos un sitio tranquilo primero, para disfrazarnos, y luego decidimos preguntar. Hay que preguntar fuera del coche, para que no nos relacionen con él. Wendy se baja, pregunta por la ruta hacia Guatemala y tras unos minutos se pone a andar. Yo la sigo con el coche, la adelanto y paro a unos cien metros. Cuando ella me alcanza se sube al coche y me indica el camino.

A los diez minutos ya estamos en nuestro puesto de vigilancia, mientras el sol va cayendo. Yo suplico al destino que el hombre no aparezca, mientras pienso que Wendy está suplicando justo lo contrario. Unos jóvenes pasan y me miran como diciendo “¿Qué hace este aquí parado?”. Yo los veo y agacho la mirada a mi periódico doblado mientras Wendy se sienta en el suelo. Yo también me voy a sentar cuando al fondo de la calle veo que viene alguien que me recuerda al acreedor. Intento hacerle un gesto a Wendy pero ella está mirando el suelo sin percatarse de que “su acreedor” se estaba acercando. El hombre pasa a su lado sin fijarse en ella y se mete en su desconchada casa celeste, ajeno a que cuatro ojos estaban observándolo.

Wendy se incorpora y se acerca a la casa con pasos decididos. De repente, para mi sorpresa, se para. Se da la vuelta y comienza a retroceder lentamente. Yo suspiro de alivio pensando que se ha arrepentido y decido ir a su encuentro, pero antes de dar mi primer paso, ella está corriendo hacia la casa celeste y se pone a llamar insistentemente. Yo me doy la vuelta y observo en la distancia. Nadie le abre, pero ella insiste.

Al no abrir, noto que Wendy se da la vuelta pero no para irse sino para encaramarse al árbol y subir como el día anterior. Yo pienso que está loca. Sube con mucha agilidad y se cuela, por segunda vez, en la terraza superior. De ahí accede a la vivienda. Ella sabe cómo hacerlo, pero ahora sabemos que la casa no está vacía y el hombre creemos que es violento y peligroso.

Yo dudo si ir a por el coche, pero no quiero dejar a Wendy sin apoyo exterior. Miro el reloj de mi teléfono. Las 23:15 horas. Los minutos pasan, pero no pasa nada más. Vuelvo a comprobar el reloj. Son las 23:15 y mi mirada se congela hasta las 23:16. Me sorprendo de la elasticidad del tiempo mientras camino lentamente hacia la casa. No se oye nada y yo no soporto la espera sin estar seguro de dónde está Wendy. ¿Y si el hombre la descubre? Ella es frágil y vulnerable.

Son las 23:17 y no se oye nada. No sé si llamar a la casa, si ir a por el coche, si seguir esperando a que pase algo, si gritar el nombre de Wendy… A las 23:18 decido que a las 23:20 haré algo, lo que sea, si no ocurre nada antes. Espero oír un disparo de un momento a otro, pero esperando, segundo a segundo, el reloj llega a las 23:19. No soporto la espera y antes de cumplir los veinte minutos prometidos decido escalar por el árbol. Me cuesta más que a Wendy y tras un par de resbalones y unos arañazos en los brazos llego arriba.

En la terraza tropiezo con un tendedero con ropa tendida, que acaba volcado. Parte de la ropa cae al suelo pero yo ignoro todo eso y abro la puerta que da a unas escaleras. Entonces, caigo en la cuenta de que no me he puesto los guantes. Me los pongo, junto con el gorro para evitar dejar pelos y borro las huellas del manubrio de la puerta, a conciencia. Dentro se oye música bastante fuerte en alguna habitación. Bajo las escaleras muy despacio para evitar el rechinar de la madera. Cuando llego abajo oigo el sonido de una ducha que parece salir de la habitación con la música puesta y con luz por la rendija inferior de la puerta. Sigilosamente, llego al salón de la casa y sorprendo a Wendy sentada en sofá del salón. Ella se asusta al verme y me apunta con la pistola. Suspira y susurrando me dice con voz temblorosa: “¡Eres tú! ¡Menudo susto me has dado! ¿Estás loco? ¡Por poco te mato a ti!”

Ella me dice que no quiere matarlo en la ducha y que está esperando a que salga. Yo decido esconderme tras la cortina. Miro el reloj: 23:26. Esperando escondido me dan ganas de hacer pis y recuerdo cuando me pasaba lo mismo de niño jugando al escondite. Junto al sofá veo unas cómodas sandalias.

A las 23:32 se oye la puerta del servicio que se abre. Ahora la música se hace más fuerte y llega más luz a nuestra habitación. Se oyen pasos del hombre que anda de allá para acá canturreando. Por unos agujeros de una cenefa de la cortina veo a Wendy que levanta el arma en dirección hacia la puerta. En ese momento la luz de la habitación se enciende y aparece el hombre con la toalla en la cintura sujetándola con las manos.

Del susto, el hombre se cae de espaldas mientras grita: “¿Qué haces aquí?”. Wendy piensa por un momento que la ha reconocido, se levanta y le apunta al corazón. Viendo la escena por los agujeros de la cortina, espero tiritando el disparo para salir de mi escondrijo. El hombre se levanta lentamente, temblando y preguntando “¿Quién demonios eres?”. Pero Wendy está temblorosa y no contesta. El hombre se acerca y Wendy solo dice: “¡Arriba las manos!”. El hombre levanta las manos lentamente y la toalla cae al suelo. La mirada de Wendy se despista y el hombre aprovecha para pegarle un manotazo en la pistola, que sale despedida. El hombre se abalanza sobre Wendy y de un tirón le arranca la peluca. Su cara es de desconcierto pero más aún cuando me ve a mí apuntándole con la pistola. “¡Levanta!”, le grito con decisión incuestionable.

El hombre se levanta mientras yo le apunto y Wendy se pone detrás de mí. Mi mente visualiza al hombre muerto de un disparo, pero también lo visualiza pegándome un manotazo como el que le acaba de dar a Wendy. El hombre está suplicando que no le disparemos mientras se está acercando lentamente. Yo me pongo nervioso y Wendy me dice al oído: “Dispara”.

El hombre se está acercando y en un momento hace un gesto raro, tal vez solo para levantar las manos, pero yo me asusto y mirando hacia otro lado disparo dos veces. Un disparo le acierta de lleno en los genitales. El otro, muy cerca, en la pierna. El hombre cae al suelo y se lleva las manos a sus heridas. La sangría es descomunal.

Wendy me mira y me dice: “Es suficiente… ¡vamos!”. Ambos salimos de la habitación corriendo pero Wendy se vuelve para decirle. “No volverás a violar a nadie… no volverás a hacer daño en esta casa celeste”. Luego, recoge su peluca del suelo y se la pone rápido y de mala manera. Antes de salir a la calle, abrimos la puerta tímidamente y curioseamos por la rendija. Afortunadamente, no hay nadie. El hombre grita de dolor. Nosotros cerramos la puerta y nos alejamos como una pareja de enamorados, sin demasiada prisa.

Al llegar al coche, Wendy me besa apasionadamente. No me lo esperaba pero necesitaba algo de cariño tras un momento tan tenso. Pero no podemos entretenernos. Arranco y nos vamos en dirección a Paredón.

El cambio de Wendy

Wendy me confesó que estando sentada en el salón de la casa celeste le sobrevino una paz extraña y decidió perdonar al hombre. Estaba a punto de decirme que nos fuéramos, pero justo en ese momento oyó que el hombre se acercaba y se asustó. A partir de ahí todo fue un poco rápido, sin tiempo para pensar con calma. Ella no estaba del todo satisfecha por cómo había salido todo, pues se sentía culpable y con lástima del pobre hombre.

De vuelta en Estados Unidos intentamos descubrir qué había pasado con el hombre, pero solo encontramos una breve noticia en un periódico online con un titular falso: “Hombre tiroteado mientras se duchaba”. La noticia aclaraba que el hombre había llegado vivo al hospital.

Durante muchos meses ambos estábamos asustados cada vez que llamaban a nuestras puertas. Pensábamos que vendrían a arrestarnos. Pero al parecer, nadie sospechó de nosotros, ya que no había nada que nos vinculara. No obstante, Wendy y yo estábamos preocupados por el hombre. Nos sentíamos culpables y ninguno de los dos dormíamos bien.

Yo esperaba que Wendy volviera a sonreír según lo prometido, pero no ocurrió. Ella me confesó su arrepentimiento y que el hecho de no saber el resultado la estaba carcomiendo por dentro. Lo mismo me ocurría a mí. “No somos dueños de la vida de nadie”, recuerdo que le dije. La angustia fue tal que decidimos ahorrar para volver a Tapachula y descubrirlo.

Regreso a Tapachula

Pasaron seis años antes de que pudiésemos volver a Tapachula. Entre ambos habíamos ahorrado para el viaje y 1000 dólares extra que llevaríamos en metálico para dárselos a él, como indemnización. Ella quería hacerse pasar por abogada para decirle que había ganado una herencia de un familiar lejano en Estados Unidos. Ella, como albacea, le entregaría el dinero y le pediría que firmara un documento falso. Yo no estaba convencido de que eso funcionara. ¿Y si la reconocía? ¿Y si sospechaba? Realmente era algo arriesgado. También barajamos la posibilidad de dejarle el dinero en su buzón. Yo intenté convencerla de que esto último era lo mejor. Pero ella insistía en que el hombre podía entregar el dinero a la policía para que investigara el dueño real, y entonces la policía investigaría.

Sin saber muy bien cómo hacer la entrega del dinero, llegamos a Tapachula. La ciudad estaba igual y, al menos a mí, me traía malos recuerdos. Esta vez no nos disfrazamos, pero Wendy se puso un sombrero y gafas de sol. Entramos en la calle de la casa celeste y nos pareció distinta a plena luz del día.

Nos acercamos y vimos que la casa seguía necesitando una mano de pintura, pero nos sorprendió ver un gran cartel sobre la puerta que ponía “Casa Celeste”, y una cola larga de gente junto a la puerta. Tímidamente, nos acercamos y preguntamos porqué hacían cola. Nos contestaron que si éramos migrantes teníamos que hacer la cola para recibir algo de comida.

Un vecino de una casa de la acera de enfrente estaba entrando en su casa. Nos acercamos y le preguntamos quién gestionaba la Casa Celeste. Nos contó que el dueño sufrió un ataque en su domicilio que lo dejó en el hospital varios meses. Al salir decidió hacer de su casa un centro de acogida de migrantes para darles principalmente comida, pero también alojamiento y cuidados. Recordé mi paso por la terraza de la casa y el tendedero con el que tropecé. Miré hacia la terraza y allí había varias personas charlando distendidamente bajo un toldo algo raído.

El vecino nos contó que Marco Antonio y Guadalupe, el matrimonio propietario de la Casa Celeste, son bellísimas personas y que no solo estaban ayudando a miles de migrantes, sino que habían arrastrado a todo el barrio para ayudarles. También nos reveló que él mismo había ido esa misma mañana a comprar una caja de fruta para traerla a la Casa Celeste y que muchos vecinos donaban comida, dinero o su tiempo, todo para ayudar a la Casa Celeste.

En ese momento llegó una pareja cargada con una gran caja de pan. Y el vecino, señalando hacia ellos, nos dijo: “Esos son Marco Antonio y Guadalupe: ellos son los que han hecho este milagro”. A lo lejos, ambos reconocimos al hombre. Nos alegró verlo saludable, aunque tenía una evidente cojera. Más aún nos alegró lo que había hecho en la Casa Celeste. Entre ambos metieron la caja de pan en la casa con bastante rapidez. La mujer volvió a salir y Wendy la siguió. Le dio un abrazo y le entregó el sobre con el dinero. Con lágrimas en los ojos pudo pronunciar: “Gracias por la gran labor que hacéis con los más necesitados”.

Ahora sí. Wendy es feliz. En Tapachula le quitaron su felicidad y en Tapachula la recuperó entre lágrimas e inmigrantes. Ahora somos los tres los que vivimos de forma austera, ahorrando dinero para ayudar a los migrantes en la frontera de El Paso. Y también para enviarlo a la Casa Celeste.

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4 comentarios sobre “La violación de una niña tiene consecuencias (parte 1/2): La historia de Wendy

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