Las sureñas Mary y Lucy

Texas, 1935

La amistad consiste en unir dos corazones aunque no encajen las piezas. Mary y Lucy eran amigas a pesar de sus enormes diferencias.

Mary, la peluquera

El algodón es una fibra textil vegetal que crece alrededor de las semillas de la planta del algodón, un arbusto del género Gossypium y de la familia de las malváceas.Mary era peluquera, por pura devoción. Su marido, Johnny, era un terrateniente. Sus campos de algodón les generaban unas buenas rentas para permitirse una casa grande, casi una mansión, y varias sirvientas, todas ellas de raza negra.

La esclavitud se abolió en Estados Unidos en 1863 gracias al presidente Abraham Lincoln. Sin embargo, gran parte de la población negra pasó a vivir peor que en tiempos de la esclavitud. La esperanza de vida en esa población bajó. La pobreza y la discriminación no fueron abolidas.

En un pequeño anexo de su casa, Mary tenía su salón de peluquería, donde atendía a una nutrida clientela, siempre femenina, siempre de raza blanca. Sin duda, el lugar céntrico de su casa, junto al banco, le permitía contar con una clientela especialmente distinguida. Cuando alguna vez entraba una mujer negra, Mary daba un salto y amablemente la invitaba a salir de su peluquería, intentando no tocarla. Entonces, entre las mujeres presentes se generaba un momento de tensión y silencio que duraba unos largos segundos, hasta que alguien rompía la tirantez con algún comentario jocoso o intrascendente. Solo en una ocasión alguien protestó. Una de las mujeres que estaba siendo peinada se levantó airada, se quitó la capa de la peluquería, se arregló como pudo el pelo con las manos y salió para coger a la mujer negra del brazo e irse juntas. Las demás mujeres quedaron petrificadas, pero solo unos instantes, pues rápidamente siguieron hablando como si nada hubiese sucedido.

Se decía que Johnny era miembro del Ku Klux Klan (KKK), un movimiento racista y supremacista ya en declive. Nadie se atrevía a decirlo abiertamente, pero todos sospechaban que Johnny había sido uno de los involucrados en la muerte de varios niños por robar un trozo de pan unos tres años antes. Sus cuerpos no aparecieron, por lo que en realidad no hubo delito oficial.

Johnny no quería que su mujer tuviera contacto con personas de raza negra, salvo las mujeres del servicio. En cambio, él tenía trato con esa raza a diario pues eran los principales trabajadores y trabajadoras de sus tierras. Aunque eran raros, también había a veces algún indígena, posiblemente del pueblo apache, wichita o cheroqui (pueblos que, entre otros, fueron fuertemente diezmados antes y después de la anexión de Texas a los Estados Unidos en 1845).

Johnny era un patrón exigente y poco condescendiente, especialmente con los hombres. A las mujeres solía tratarlas mejor, particularmente a algunas de ellas. Frecuentemente tenía a una de ellas como su preferida. De vez en cuando, sacaba a su preferida de alguna tarea dura y le mandaba hacer algún trabajo en el granero, en solitario. Si alguien se ofrecía a ayudarla, Johnny se negaba. Al rato, él iba a ver cómo evolucionaban las tareas del granero. Cinco minutos después la mujer salía arreglándose la ropa y, en ocasiones, también llorando.

Mary y Johnny no tenían hijos. El invierno anterior Mary dio a luz un bebé que falleció al día siguiente. Desde entonces, ella no quería hablar de niños, aunque en su interior estaba deseando tener un hijo varón.

Lucy, la granjera

Recogida de algodón en EEUU por parte de población negra a principios del siglo XX

Lucy estaba casada con Tony y tenían una hija de tres años y dos hijos de cinco y siete. Todos, incluso los pequeños, trabajaban en una modesta granja a las afueras de la ciudad. Tony también hacía pequeños arreglos de carpintería (reparaba carretas, sillas, puertas…). A pesar de sus largas jornadas, la economía familiar no estaba saneada. Tony se quejaba de tener que alimentar a demasiadas bocas, pero no era el único asunto en el que el dinero se esfumaba.

Era un tema tabú, pero Tony fumaba demasiado y gran parte de sus ingresos se quemaban por esa causa. Lucy tenía que esconder dinero para que su marido no se lo gastara en ese vicio o bebiendo whisky con sus amigos. Cuando Lucy juntaba valor suficiente le decía a Tony: «déjalo, por favor». Tony bajaba la cabeza esquivando la mirada dulce de su tierna esposa. La salud de Tony no era buena y, obviamente, el tabaco no le ayudaba. Tenía constantes ataques de tos y ahogos, primordialmente cuando hacía un esfuerzo.

Salvo por esos dos vicios, tabaco constante y alcohol ocasional, Tony y Lucy hacían buena pareja. Ambos eran cariñosos, afables y tenían buen corazón. Si alguien se acercaba a su casa a pedir trabajo, no se iba con las manos vacías sin importar el color de su piel. Si había algo en lo que pudiera colaborar, se aceptaba su ayuda a cambio de comida o de algo de dinero. En caso contrario, Lucy le daba algo de comer para el camino. La crisis había provocado mucha gente necesitada.

Lucy sabía que su amiga Mary, la peluquera, había sido educada en una familia blanca supremacista y que, sin poder evitarlo, sentía aversión hacia las personas de esa raza. Ese detalle no enturbió nunca la relación entre ambas, pues Lucy era comprensiva, tolerante y su fe religiosa le había enseñado a no juzgar a las personas. «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados», solía ella repetirse a sí misma y a sus hijos (cfr. Lucas 6, 37).

La familia no se perdía ningún oficio religioso. Siempre asistían con sus tres hijos y con el traje de los domingos, que también era el de cualquier otra fiesta. Sentados siempre entre los primeros bancos de la iglesia, cuando la patena con la forma le llegaba a Lucy, siempre la cogía con sumo respeto, tomaba una en sus manos y pasaba la bandeja al siguiente. Antes de introducirse la sagrada forma en la boca musitaba alguna oración.

Lucy adoraba la música. Sabía tocar alguna canción en el viejo piano que su padre le había legado. Si había algo que le gustara más que la música, eso eran los bailes. Disfrutaba bailando con su marido (o con alguno de sus hijos cuando Tony ya estaba cansado). Su espíritu alegre y sus risas contagiaban a todo el que se juntaba con ella. En las fiestas, era normal que las familias de Mary y Lucy estuvieran siempre juntas bebiendo, comiendo y cantando, pero también organizaban excursiones. Mary sentía un gran cariño por los hijos de Lucy y los trataba como a sus propios hijos. En cambio, Johnny no era cariñoso, ni siquiera con su propia esposa.

Una pequeña disputa con consecuencias impredecibles

Durante una de las fiestas ocurrió un incidente sin importancia pero que marcaría el futuro de ambas familias. Tony había bebido más de la cuenta, lo cual no extrañó a nadie. Normalmente, Tony dejaba de hablar cuando bebía en exceso, pues la tos apenas le permitía articular palabra. En aquella ocasión, Johnny dijo algo que no le sentó muy bien:

—Querido Tony, no deberías beber más… ni fumar tampoco… y menos delante de tus hijos. Levántate y te acompaño a casa.

—Querido Johnny, Johnny…

—¿Sí papá? —preguntó Johnny continuando la letra de una antigua canción infantil inglesa.

Tony no conocía esa rima y supuso que se estaba burlando de él. El alcohol en sus venas le animaron a decir cosas que no hubiera sostenido en condiciones normales:

—¿Papá? Eso te gustaría a ti ser, pero tú no tienes hijos. Tal vez porque no eres lo suficientemente hombre para tenerlos. Ni siquiera fumas.

—No me gusta echar humo como una locomotora y si para ser hombre hay que fumar, prefiero ser una mujer. ¿Tú has visto la tos que tienes? Pareces un viejo inútil… —afirmó Johnny con actitud desafiante.

Sin parar de toser, Tony se levantó e intentó dar un puñetazo a Johnny. Para esquivar el golpe, Johnny dio un paso atrás, tropezó y cayó al suelo tirando y rompiendo varios vasos. Rápidamente, se levantó e intentó devolver el golpe pero afortunadamente varios hombres sujetaron a ambos amigos para que no acabaran peleándose.

Entre su mujer y otro vecino, agarraron a Tony y se dispusieron a llevarlo a su casa aunque él se resistía sin apenas éxito. Su esposa, Lucy, se despidió de Mary con un breve «nos vemos» y una mirada de resignación ante el espectáculo que habían montado sus dos maridos.

No hubo oportunidad de que ambos hombres limaran asperezas o se pidieran perdón, pues pocos días más tarde Tony moría por una enfermedad pulmonar. Según el médico, fumaba demasiado y su salud nunca fue buena, una mezcla muy peligrosa.

Las desgracias nunca vienen solas

Eran tiempos duros para todos. La crisis económica, el crack de 1929, estaba golpeando fuerte a toda América del Norte pero los más pobres son los que más sufren todas las crisis, incluso aunque ellos no las hayan ocasionado.

El fallecimiento de Tony dejó una viuda y tres huérfanos. Fue un duro golpe para Lucy, quien tuvo que encargarse, ella sola, de tareas de la granja que no conocía. También vinieron malas cosechas. Ella no sabía como gestionar la granja.

Un día, al atardecer, una tormenta obligó a Lucy y a sus hijos a meterse en casa. Mirando la lluvia por su ventana descubrió que alguien se había colado en su pajar. A pesar de la lluvia, ella cogió un cuchillo y salió para ver quién era y qué pretendía. No era solo una persona. Era una familia negra, los Freeman, que se habían refugiado de la lluvia. Lucy gritó y estuvo a punto de pedir ayuda para echarlos, pero se apiadó de ellos a pesar de que le habían robado varios huevos de sus gallinas. Le habían robado la cena de sus hijos pero Lucy entendió que no eran ladrones. Eran pobres.

La familia Freeman estaba formada por el padre, la madre y un adolescente de unos catorce años. La lluvia era fuerte. Lucy, con el pelo mojado no fue capaz de expulsarlos de sus tierras. Así, concertó con ellos que al día siguiente se irían cuando dejara de llover.

El día amaneció soleado. Unos extraños golpes despertaron a Lucy. El Sr. Freeman estaba arreglando la puerta del pajar. Tras ese gesto, se granjeó la amistad de Lucy, quién permitió que se quedaran en el pajar a cambio de colaborar en las tareas de la granja.

Al día siguiente, una visita pilló por sorpresa a Lucy. El banquero de la ciudad, el Sr. Rothschild, era bien conocido por sus trajes perfectamente planchados y su sombrero reluciente. Lucy nunca había hablado con él, pero al verlo en la puerta de su casa tuvo que dirigirse a él:

—¿Qué desea? —se interesó Lucy mirándole de arriba a abajo.

—¿Puedo pasar? —preguntó el Sr. Rothschild con amabilidad.

Ante el gesto de contrariedad de Lucy, el Sr. Rothschild añadió:

—Seré breve, se lo prometo.

La estancia, sin duda, era mucho más humilde de lo que el Sr. Rothschild estaba acostumbrado. El desorden demostraba que Lucy no esperaba visitas.

—Disculpe Vd. este caos. No esperábamos visita y con tres niños pequeños… imagine…

El Sr. Rothschild la interrumpió:

—Siento el fallecimiento de su esposo.

—¿Lo conocía? —preguntó con celeridad Lucy.

—Sí, por supuesto, era un buen hombre. Siempre cumplía su palabra… pero verá, como supongo que sabrá, su marido tenía una deuda con nuestro banco y esta propiedad está hipotecada. Hay varios atrasos y espero que comprenda que necesitamos que se amorticen.

—Yo, yo… —titubeó Lucy mientras se tapaba la boca con las manos—, yo no sabía nada.

—No sabe cuanto lo lamento. Aquí traigo todos los papeles por si quiere mirarlos, pero le dejo este resumen para que lo mire tranquilamente.

Los labios de Lucy estaban temblando. El Sr. Rothschild observó perfectamente que una lágrima estaba a punto de salir y quiso adelantarse a ese acontecimiento.

—No debe preocuparse. Le daremos un plazo de cinco meses. Estoy seguro de que comprenderá que cinco meses es un plazo muy generoso después de todo el tiempo que ya ha transcurrido.

—¿Cinco meses? —repitió preguntando Lucy— ¿Para qué?

—Si no paga, tendremos que quedarnos con la propiedad, ya sabe. Es lo habitual, pero confío en que pague y todos quedaremos satisfechos.

Lucy miró el papel que le había entregado el Sr. Rothschild y vio que la cifra tenía demasiados ceros. Sin fijarse más en la cantidad, empezó a llorar y se le escapó un grito. Mientras, el Sr. Rothschild seguía hablando como una grabación con frases aprendidas de memoria para justificar la actitud de una empresa, su banco, que no puede tener sentimientos.

Al oír el grito de Lucy, el Sr. Freeman entró en la casa y se puso tras el Sr. Rothschild sin que este se diera cuenta. Él seguía hablando sin parar, como si sus palabras sirvieran para contener el llanto y la desesperación de ella:

—Si tiene alguna duda, pásese por el banco y estaremos encantados de atenderla. No quiero robarle más su tiempo.

Cuando el Sr. Rothschild se dio la vuelta chocó con el Sr. Freeman. Su sorpresa casi le hace caer de espaldas. Se sacudió el pecho, esquivó al Sr. Freeman y salió diciendo:

—Que tengan un buen día.

La fuerza de Lucy

La decepción por los acontecimientos ocurridos no dejó dormir a Lucy durante muchos días. No sabía cómo lograría pagar la deuda para evitar ser desahuciada con sus hijos. El hecho también afectaba ahora a la familia Freeman y ellos se mostraron dispuestos a ayudarla en lo que pudieran. El único plan de Lucy era conseguir un empleo y luego hablar con el Sr. Rothschild para renegociar la deuda y que le permitiera retrasar el vencimiento.

Necesitaba un empleo, y sabía cómo lo conseguiría. Le pediría ayuda a su amiga Mary. Desde el incidente entre sus dos maridos se habían distanciado, pero estaba segura de que esa amistad era aún fuerte. Lucy trabajaría en la peluquería o en alguna otra actividad que le mandara Johnny. El marido de Mary siempre necesitaba contratar gente para atender sus tierras y negocios.

Al ver a Lucy en la puerta de su casa, Mary la invitó a pasar para tomar un té. Hubo algo en la sonrisa forzada de Mary que al subconsciente de Lucy no le había gustado. Mary le instó a pasar a la cocina y tomó una cerilla para calentar el agua del té. Lucy se había puesto su traje de los domingos y no quiso dar muchos rodeos. Sin entrar en muchos detalles, le explicó su situación y le dijo que necesitaba ayuda.

Mary no parecía interesada en ayudar a su amiga y le dijo que en la peluquería ella no necesitaba ayuda. Entonces, Lucy le dijo que había visto el cartel en la entrada ofreciendo un puesto. Con gran agilidad mental, Mary dijo que tenía que quitar el cartel, pues el puesto ya estaba ocupado por una hermana de Johnny, su marido. Por otra parte, Mary le dijo que no podía empezar a trabajar, pues necesitaba estar en casa para atender a sus hijos.

—¿Qué clase de madre serías? —añadió Mary.

—La clase de madre que no quiere que sus hijos se queden sin hogar —replicó Lucy.

Lucy quería salir de allí, pero no quería despreciar el té a su amiga. Así pues, se tomó todo el té que le quedaba de un trago y se le escapó un gesto de ardor en la boca. Luego, depositó su taza con dulzura en el plato, se levantó y se despidió amablemente, alegando que tenía que seguir buscando empleo. Desconcertada por la reacción de Mary, Lucy evitó las lágrimas y salió con prisa.

Con gran nerviosismo, Lucy preguntó en otros comercios, pero no tuvo suerte. Solo logró trabajar algunos días recogiendo algodón. Dejaba a los niños solos en casa o con la Sra. Freeman si ella no tenía trabajo en ninguna finca. A veces, pedía a una vecina que se pasara por casa para ver si estaban bien.

Recogiendo algodón, sudando, solo rumiaba en cómo evitar el desahucio y en qué motivos tendría su amiga Mary para no ayudarla. Sin duda, su marido la había vuelto en su contra. Eso explicaría que apenas se hubieran visto desde la muerte de Tony. Johnny era un hombre impredecible, pero si había algo seguro es que no olvidaba fácilmente cualquier afrenta.

Cuando consiguió una pequeña suma, se puso su traje de los domingos y fue al centro de la ciudad, donde estaba el banco del Sr. Rothschild. El banquero la recibió en persona con gran amabilidad. Él confiaba que el paquete que tenía en la mano zanjara la deuda completamente o, al menos, en un porcentaje significativo. Cuando Lucy le hizo entrega del dinero y lo contó, se dio cuenta de que eso no significaba más que una minucia. Encima, Lucy pretendía alargar el plazo y pagar poco a poco.

El Sr. Rothschild se levantó encolerizado exclamando que su banco no era una organización de beneficencia, que no volviera a aparecer por allí con limosnas, y que se ajustara al plazo previsto o tendría que atenerse a las consecuencias. Lucy se levantó y cuando fue a coger el dinero, el Sr. Rothschild se lo impidió, musitando que ya que estaba allí, se lo tendría en cuenta como un pago adelantado. Lucy salió corriendo, intentando contener las lágrimas. Al salir, se derrumbó y se sentó en un escalón para llorar. El Sr. Rothschild observó la escena por la ventana mientras contaba minuciosamente el dinero que había entregado Lucy.

Acertó a pasar por allí la Sra. Freeman, quien al verla allí sentada llorando, se acercó y la abrazó. El Sr. Rothschild hizo una mueca de desaprobación. Ambas mujeres se levantaron y se fueron caminando en dirección a la granja.

Aunque se conocían desde hacía poco tiempo, la Sra. Freeman y Lucy habían congeniado bien. Ambas tenían muchas cosas en común: su sencillez, su honestidad, su buen corazón… En poco tiempo, de hecho, ambas familias se habían fundido en una. El hijo de los Freeman jugaba con los hijos de Lucy y los cuidaba cuando hacía falta. También les enseñaba cómo hacer nudos de vaquero o cómo poner un asiento de cuerda a una silla.

La casa de Lucy era pequeña y los Freeman seguían durmiendo en el pajar. Sin embargo, para las comidas, todos se reunían en la cocina, bendecían la mesa y repartían los alimentos entre los siete. Todos se sentían unidos, como de la misma familia.

El huracán de Lucy

Lucy estaba atormentada, desesperada, sin saber qué hacer o a quién acudir. Los días pasaban y no conseguía reunir el dinero. Apenas había llegado a un tercio tras vender algunas piezas de su vajilla, de su cubertería y algunos muebles de los que había hecho su amado Tony y a los que tanto cariño les tenía. También había vendido uno de sus dos caballos, el mejor de ellos, y el carro. Finalmente, también se decidió por vender el piano de su padre. Más duro aún que deshacerse de él fue saber que su prole no podría aprender música. Viendo cómo se llevaban el piano de su casa, se abrazó a su hija menor humedeciendo sus rosadas mejillas con lágrimas.

Lucy siguió vendiendo todo aquello que no le era imprescindible, incluso el caballo de madera que Tony había hecho. Ella recordó la ilusión de Tony haciendo aquel juguete antes de que naciera su primogénito. Eran otros tiempos, tiempos más felices, tiempos más prósperos. Pensó que la Gran Depresión estaba afectando a los que nada entendían de economía especulativa y esas artimañas para enriquecerse de las que hablaba la gente del pueblo. Tony se lo había explicado un año antes, pero ella no lo había entendido bien.

Lucy recordaba muchas frases que Tony le había dicho a lo largo de sus años juntos: «Eres la mejor mujer del mundo», «cuando seamos ricos te compraré un vestido precioso», «en tus ojos veo la mejor puesta de sol»… Recordando a Tony se le escapaba una sonrisa y una lágrima. Ella sabía que había muerto por fumar y se culpaba a sí misma por no haber conseguido quitarle ese vicio.

Mirando por la ventana, observaba el movimiento ondulante de la ropa tendida secándose. Poco a poco la ropa iba moviéndose más y más deprisa, levantándose más, ondeando al viento como banderas horizontales. Entonces, recordó otra frase de Tony: «Si notas más viento del normal, coge a los niños y te metes en el agujero que he construido detrás de la casa».

El primer año que fueron allí, Tony había excavado un enorme agujero a unos veinte metros de la casa, en el límite de su propiedad. El agujero estaba cerrado con dos puertas viejas y un cerrojo. Tony insistía en no meter nada en el agujero y en cobijarse allí en caso de emergencia. Tony repetía con insistencia: «Lucy, tarde o temprano vendrá un tornado o un huracán y este agujero será nuestro refugio».

Lucy estaba obnubilada recordando a Tony cuando la caída de una rama rompió la ventana y la despertó. Comprendió que tal vez esa era una de las ocasiones en las que debían meterse en el refugio de Tony. Llamó a los niños con desesperación. Los dos mayores acudieron rápidamente. Les preguntó dónde estaba la pequeña pero ellos no sabían nada. Entonces encomendó al hermano mayor la tarea de ir con su hermano al agujero y meterse dentro. Lucy tenía que buscar a su hija pequeña y avisar a la familia Freeman.

Al salir de su casa, el viento casi la tiró al suelo. El polvo se metía en sus ojos impidiendo ver bien. Miró a su alrededor buscando la silueta de su hija. No la vio. Se dirigió al pajar y avisó a los Freeman de que ese no era un lugar seguro y que tenían que meterse en el agujero de Tony, detrás la casa. Los tres le obedecieron sin rechistar al ver que el viento ya había roto una ventana y que la puerta estaba abriéndose y cerrándose, dando fuertes golpes.

Lucy siguió buscando a su pequeña mientras los tres Freeman se dirigieron al refugio rodeando la casa. Antes de llegar al agujero, los Freeman se encontraron con el hermano mediano, tirado en el suelo. El hermano mayor estaba intentando abrir el oxidado cerrojo del refugio. El hijo de los Freeman ayudó al mediano, mientras el padre consiguió abrir el cerrojo. Todos se metieron en el agujero y cerraron las puertas. El viento soplaba fuerte y hacía vibrar con fuerza las puertas, mientras el Sr. Freeman intentaba fijarlas. No entendían por qué Lucy y su hija pequeña no habían llegado aún.

Súbitamente, entre el silbido del viento y el golpeteo de las puertas pareció oírse el grito de una niña. El hijo de los Freeman empujó un poco las puertas hacia arriba y, por una rendija consiguió ver a la hija pequeña de Lucy agarrada a un delgado árbol que se inclinaba como si quisiera agacharse para cogerla en brazos. El chaval no midió el riesgo, ni dijo una palabra. Abrió las puertas de un golpe y con un salto de gacela salió del agujero y corrió hacia la niña. Abrazados entre sí, el padre y la madre se quedaron inmovilizados, hasta que vieron que el viento derribaba a su delgado hijo al tropezar con el arado.

El Sr. Freeman quiso salir a ayudarle pero resbaló un par de veces intentando salir del refugio. Mientras tanto, el hijo de los Freeman ya había agarrado a la pequeñaja del brazo y ambos venían andando envueltos en una nube de polvo. A lo lejos, Lucy había visto la escena e intentaba llegar hasta ellos cuanto antes, al igual que el Sr. Freeman.

Al llegar cerca del arado, unas ramas golpearon a los dos jóvenes y ambos cayeron al suelo. La mala fortuna hizo que el hijo de los Freeman se golpeara en la cabeza con el pico de la reja del arado. Con la cabeza ensangrentada intentó sin éxito levantarse.

Lucy y el Sr. Freeman llegaron para auxiliarlos. Cada uno levantó a su descendiente en brazos. No sin dificultad, los cuatro lograron meterse en el refugio y cerrar las puertas. La Sra. Freeman al ver a su hijo con la cabeza ensangrentada lo tomó en brazos e intentó limpiar y cerrar la herida con su delantal. Solo se oía el viento, las puertas vibrando y los sollozos de la Sra. Freeman, mientras su hijo se agarraba con fuerza a su brazo. La sangre ya había llegado al suelo y empezaba a hacer un pequeño charco.

Poco a poco, la mano del herido iba perdiendo fuerza. La Sra. Freeman notaba que su retoño se iba soltando de su brazo. Intuía que eso era mala señal. Finalmente, la mano se soltó por completo y el escuchimizado brazo se estiró quedando en el aire, flotando. El Sr. Freeman se abrazó a ambos y pareció gritar, pero no se oyó bien por el ruido del viento y por los golpes de las puertas, vibrando intensamente.

Los temblores invadieron el cuerpo de Lucy. No era frío, sino irritación. Ella también se abrazó a la familia Freeman. Finalmente, como por instinto, y por orden, los dos hijos de Lucy y su hija también se unieron al abrazo.

Varias horas más tarde el ruido empezó a remitir. No salieron del refugio hasta que por las rendijas de las puertas no entraron los rayos de esperanza del sol. El refugio de Tony les había salvado la vida. En cambio, el hijo de los Freeman había muerto intentando salvar a la hija pequeña de Tony.

Al salir, constataron que el pajar había sido derribado por el huracán. La casa, en cambio, seguía en pie, aunque había perdido parte de su tejado y prácticamente todas las ventanas estaban rotas. Lucy entró en la casa y se llevó las manos a la cabeza al ver el desastre. En el suelo había un cuenco de madera que había tallado Tony. Con sus manos temblorosas lo cogió y se lo metió en el bolsillo de su delantal. No sabía por donde empezar a recoger aquel estropicio cuando cayó en la cuenta de que tal vez sus vecinos necesitaran ayuda.

Llamó a sus tres vástagos y les dijo que la siguieran. Ella salió al camino y observó que la mitad de las casas estaban derribadas totalmente. La otra mitad estaban bastante dañadas. Fue andando hacia el centro de la ciudad intentando encontrar vestigios de vida. Sus hijos la seguían a corta distancia.

Conforme se acercaban al centro de la ciudad los efectos del huracán se notaban más devastadores. Por el camino consiguió ayudar a un niño que había quedado atrapado entre las vigas de una casa derribada. Sorteando obstáculos llegó hasta donde se habían congregado algunas personas profundamente impresionadas, sin saber bien qué hacer o por dónde empezar.

Al llegar a la casa de su amiga Mary, comprobó que estaba totalmente destruida. Un grupo de hombres estaba retirando escombros:

—¡Se oyen gritos por aquí! —exclamó uno de ellos.

Tal vez fuera Mary o su marido. Lucy fue rápidamente y ayudó a quitar maderas, piedras y vigas hasta que una mano ensangrentada apareció. Con más cuidado, fueron quitando escombros hasta que aparecieron los cuerpos de Mary y de Johnny, abrazados. Con dificultad, consiguieron separarlos y sacarlos. Mary estaba tiritando y la tumbaron en el camino. Lucy se quitó su chaqueta y se la puso encima a Mary.

Johnny estaba pálido e inmóvil. Pusieron su cuerpo junto a Lucy pero alguien, señalando con el dedo, ordenó:

—¡Pongamos los muertos allí!

Mary vio como se llevaban a su marido al lugar de los muertos, donde ya había más de una docena de cadáveres. Intentó detenerlos pero de la garganta solo salió un sonido ininteligible. Intentó ponerse en pie pero Lucy se lo impidió dándole un abrazo. Los tres hijos de Lucy se unieron al abrazo también.

—Te pondrás bien, Mary —aseguró Lucy mientras la apretaba con cariño.

—Lucy, traeme el anillo de Johnny… y agua, por favor —rogó Mary con voz lastimera.

Dirigiéndose a sus tres descendientes, Lucy les pidió que no abandonaran a Mary y que se quedaran junto a ella. Siguió con la vista a los hombres que portaban el cuerpo de Johnny. Esperó a que se fueran y entonces se abrazó al cuello del difunto. Luego, con disimulo para que no la acusaran de robar, le quitó el anillo y al metérselo en el bolsillo tocó el cuenco que había tallado Tony. Lo sacó del bolsillo y fue a buscar agua. Tuvo suerte al ver a un hombre con un cubo de agua. Se acercó corriendo y le pidió un poco. Llenó el cuenco de Tony para llevárselo a Mary.

Un puñado de hombres estaban sacando cuerpos entre los escombros. Cuando estaba llegando a donde estaba Mary, uno de esos cuerpos, tendido en el suelo, le llamó la atención levantando temblorosamente una mano. Era el Sr. Rothschild, que estaba malherido con un gran corte en el pecho y otro en el abdomen. Ella se paró ante él cerrando los ojos ante el mal estado en el que se encontraba. Parecía que quería decir algo, por lo que se acercó y por la boca del Sr. Rothschild salió un hilo de voz pidiendo “agua”.

Ella se arrodilló, levantó su cabeza y le dio a beber agua del cuenco de Tony. Mientras bebía, el Sr. Rothschild no dejaba de mirarle a los ojos, como si quisiera darle las gracias. Lucy miró al frente y recordó que allí había estado el banco. Ahora solo había un montón de escombros y un pequeño fuego que un hombre estaba intentando extinguir. Ella supuso que el Sr. Rothschild debía estar trabajando dentro del banco cuando el huracán apareció. Cuando Lucy bajó la mirada, el Sr. Rothschild ya no bebía agua. Ella intentó darle de beber pero ahora era un cuerpo inerte que seguía con su mirada clavada en los ojos de Lucy.

Con delicadeza, Lucy cerró los ojos del cadáver y depositó su cabeza en el suelo. Se levantó y recordó el incidente que pocos días antes había tenido lugar en el banco. Aquel día salió del banco llorando. Allí de pie, con el cuenco lleno de agua Lucy entendió que la situación era mucho más grave y, en cambio, no había lágrimas en sus ojos.

Al instante siguiente, ya estaba Lucy llevando el agua a su amiga. Mary bebió con pasión hasta la última gota. Lucy le preguntó cómo se encontraba y Mary, contestó incorporándose:

—Estoy bien, gracias. Solo me duele el pie.

Fue en ese momento cuando ambas amigas se dieron cuenta de que el pie izquierdo de Mary estaba machacado. Era como si un yunque hubiera caído sobre su pie, aplastándolo. Mary dio un tremendo grito y se desmayó.

Junto a Mary pusieron un bebé negro que acababan de sacar de los escombros. Estaba llorando pero no parecía tener ninguna herida. El bebé se calmó al agarrarse al cuerpo desmayado de Mary. Luego descubrieron que el bebé se había quedado huérfano.

Lucy persiguió al médico hasta que consiguió que atendiera a su amiga con unos primeros auxilios. Con ayuda del Sr. Freeman llevó a Mary a su casa. Lucy cogió al bebé y ante la desolación que les rodeaba, también decidió llevárselo a casa. No podían dejarlo allí, solo en el suelo. Por el camino decidió llamarle Tony, mientras no supiera su verdadero nombre. Su difunto marido no había querido poner de nombre Tony a ninguno de sus dos hijos. Lucy quiso así rendirle homenaje.

La vida sigue

El centro de la ciudad estaba completamente devastado. En la parte Sureste, donde estaba la casa de Lucy las casas se habían mantenido, más o menos, en pie. La pequeña casa de Lucy se convirtió en el refugio de Mary, del pequeño Tony y del matrimonio Freeman. Pronto también se incorporó Morgan, un hermano del Sr. Freeman que había enviudado por el huracán y andaba algo desesperado.

Las nueve personas formaron una familia, cuidando unos de otros y compartiendo el suelo para dormir. A las pocas semanas, Mary ya volvía a andar con ayuda de unas muletas. Mary no se había imaginado compartiendo habitación con personas de color, pero no tardó en darse cuenta que el color de piel es la menor diferencia entre las personas. De hecho, las muletas se las había fabricado Morgan y él mismo le ayudó en la rehabilitación. Mary y Morgan cuidaban del pequeño Tony como si fueran sus padres. En el fondo, Mary sentía que Tony era el bebé que tanto había querido tener.

La situación era extrema y, por desgracia, a veces solo situaciones así sacan lo mejor de cada uno. El espíritu de colaboración, ayuda y solidaridad de Lucy invadió a todos. Ciertamente, el hermano del Sr. Freeman tenía atenciones hacia Mary por las que se intuía que sentía algo más que solidaridad.

El Sr. Freeman y Morgan arreglaron y ampliaron la casa reutilizando restos desechados de otros edificios. Lucy, Mary y la Sra. Freeman se dedicaron a acondicionar la tierra y a sembrar. Además, se permitieron ampliar la zona de huerto ya que sus vecinos habían decidido mudarse a otra ciudad.

La deuda de Lucy no había sido saldada pero, al parecer, no quedaba nadie que la reclamara. Todo el dinero que había conseguido ahorrar para pagar la deuda lo estaba empleando en sobrevivir y en construir un hogar para su familia, su nueva familia.

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