Fran el despistado

No le digas a un niño que es despistado, aunque lo seaDesde hace muchos años, desde que nací, toda mi familia dice que soy un despistado. Mi padre, mi madre y mi hermano mayor están siempre compinchados contra mí. Cada vez que me olvido de algo, los tres repiten a coro “Fran el despistado”. En esas ocasiones, yo solía taparme los oídos o bajar la mirada al suelo o al libro que estuviera leyendo. Eso, cuando era más pequeño, porque no sé cuando empecé a asumirlo sin rencor. Tras haberlo escuchado durante mis doce primeros años de vida, he asimilado que soy un despistado. En algún momento entendí que no podía evitarlo, que yo era despistado. Así que empecé a preocuparme menos por eso.

Hace unos meses, estábamos los cuatro viendo la televisión después de cenar, y empezó un documental sobre educación infantil o algo así. Los expertos entrevistados dijeron que no se debe decir a los niños “eres esto” o “eres aquello”, porque los niños pueden pensar que “son así” y esa creencia marcará su futuro. Me explico. Por lo visto, si a un niño pequeño le repites que es tonto, lo que pasa es que se lo cree. Como el niño se cree que es tonto pues no tendrá interés en estudiar y como no estudiará, al final será tonto, pero de verdad.

Diciendo todo esto la televisión, se me ocurrió pensar que, a lo mejor, yo no soy despistado, sino que mi familia me lo ha inculcado porque son malos o porque sencillamente no saben nada de educación infantil. En ese momento, les miré a la cara y estaban todos despistados. O sea, que no se habían enterado de nada de lo que la televisión estaba diciendo. Y luego dicen que el despistado soy yo. Mi hermano con el móvil, waseando o jugando, como siempre, con su risita de medio lado. Mi padre, con su libro en las manos medio caído, porque estaba medio dormido. Y mi madre, con la mirada nublada pensando en sus cosas y waseando rápidamente cada vez que el teléfono le asusta vibrando entre sus manos.

Desde ese día empecé a ser más observador. Empecé observándome a mí mismo. Me observé al espejo varias veces durante un buen rato, pero sobre todo, dedicaba cada día un momento a observarme internamente. A verbalizar mentalmente cómo me sentía. Si estaba tranquilo, si enfadado, si nervioso… Investigué también un poco y aprendí un montón de palabras sobre sentimientos de las que yo no conocía bien su significado. Algunos dicen que hay 8 sentimientos positivos básicos y 8 sentimientos negativos. Los positivos son: euforia, admiración, afecto, optimismo, gratitud, satisfacción, amor y agrado. Por su parte, los negativos son: celos, indignación, enfado, odio, tristeza, impaciencia, envidia y venganza. Pero en esas listas faltan sentimientos comunes, tanto positivos como negativos y neutros. Por ejemplo, el sentimiento de paz o calma, el de sorpresa, el de susto, el de sospecha, el de intriga…

No quiero aburriros con mis disertaciones psicológicas, pero lo cierto es que empecé a conocerme mejor y a controlar mejor mis sentimientos. Cuando estás enfadado y piensas que estás enfadado, es más fácil controlar el enfado y, con entrenamiento, puedes convertir el enfado en optimismo, o la tristeza en gratitud. En el fondo, los sentimientos suelen cambiar de uno a otro de forma natural. Por ejemplo, el enfado suele venir precedido de la tristeza. Investigándome a mí mismo, conseguí mutar sentimientos negativos en positivos, como si fuera magia.

Tras un tiempo autopsicoanalizándome, decidí centrarme en los demás y qué mejor que mi familia. Observando a mi padre, descubrí que es una persona bastante sensible. Con cualquier cosa se le saltan las lágrimas, pero rápido él las controla, porque no soportaría que lo vieran llorar. Es de la generación de “los hombres no lloran”. También descubrí de mi padre que le gusta leer y subrayar los libros que lee. No sé qué subrayará, pero algún día le cogeré su libro para enterarme. Cuando mi padre lee, parece como si el mundo se parara a su alrededor. Podría caer una bomba y él seguiría leyendo como si nada. Luego dicen que el despistado soy yo. Esa actitud de mi padre, a mi madre le viene bien, pues aprovecha cuando él lee para contarle sus cosas sin interrupciones.

Mi madre es una mujer muy parlanchina salvo cuando la televisión está encendida o cuando está waseando con sus amigas en su grupo de Whatsapp en el que seguro que han llegado al máximo posible de personas que admite la app. Cuando se juntan en casa, lo mejor es salir a dar un paseo, porque el ruido al hablar todas a la vez hace retumbar el edificio. Tengo la sensación de que entre ellas tienen el pacto de hablar para contarse cosas pero jamás escuchar lo que las demás dicen. Desde luego, mi madre nunca ha contado nada de lo que le haya dicho alguna de sus amigas, al menos desde que estoy en modo “observador”.

Por razones obvias, al que más he observado es a mi hermano mayor, llamado Agustín, como mi abuelo. Y lo que he descubierto es sorprendente y preocupante. Las dos cosas. En los pocos meses que llevo observándole estoy notando cambios que van desde lo sutil a lo descarado. Para empezar está el tema del dinero. Últimamente lo busca con pasión. Bueno, de pequeños siempre nos gustaba tener nuestros ahorrillos y nos alegrábamos cuando los abuelos nos soltaban algún billetillo. Pero él nunca ha sido muy avaro. De hecho, cuando contábamos el dinero, si yo veía que él tenía más que yo, lo convencía para unirlo todo en un mismo botín. Le convencía diciéndole que juntos tendríamos más dinero y que podríamos hacer más cosas. Luego, cuando nos enfadábamos, yo le decía que no quería cuentas con él y dividíamos nuestro tesoro, a partes iguales. Él se quejaba, pero ya no había solución.

Lo que me sorprende es que últimamente está más interesado en el dinero que de costumbre. Primero me quitó dinero de mi cajón. Aunque lo negó inicialmente, luego lo reconoció y escabulléndose de la habitación me espetó: “Eso por todo lo que me has quitado desde siempre”. Tal vez tenga razón en que de pequeños le engañaba, pero no me sentó nada bien su forma de robarme y de mentirme. Si me lo hubiera pedido, se lo habría dado… o no. No sé. Cuando le dije a mi madre que había desaparecido el dinero de mi cajón, en vez de regañar a mi hermano, me regañó a mí diciéndome que soy un despistado y que un día iba a perder la cabeza.

Pero lo más raro es que últimamente siempre se ofrece voluntario para ir al supermercado. Mi madre no ha notado el cambio. Y luego el despistado soy yo. Y es alucinante que mi madre nunca le pide que le dé el dinero de la vuelta, y él se lo queda sin decir ni mu. Ahí no queda la cosa. Para conseguir dinero ha intentado venderme algunas cosas suyas que sabe que me gustan, pero no ha colado (entre otras cosas porque solo me queda el dinero que tengo escondido entre mis libros). Lo que sí ha colado es pedirle dinero a los abuelos para comprarse unas zapatillas que luego no se ha comprado.

Desde que he dejado de ser “despistado”, al menos para mí, me fijo en los zapatos de mi familia y de toda la gente. He notado que mi madre tiene más de 20 pares de zapatos y mi padre solo 5 (las zapatillas de casa, las de deporte, las sandalias de verano, los zapatos de invierno y las botas de montañero). Mi hermano… bueno, ahora no recuerdo cuántos pares tiene mi hermano, pero lo que es seguro es que no se ha comprado unas zapatillas con el dinero que le pidió a los abuelos.

El comportamiento adolescente de mi hermano me resulta tan enigmático que estoy prestando más atención en él que en los demás. Últimamente llega tarde a casa. Supongo que es normal, durante los fines de semana. Sale con sus amigos y esas cosas. Pero… ¿entre semana? El martes pasado, después de cenar dijo que se iba a casa de su amigo Antonio a recoger unos apuntes. ¿A recoger unos apuntes? ¿A casa de su amigo Antonio? Antonio no ha tenido apuntes de nada en su vida. Es imposible que Antonio le deje apuntes a mi hermano y menos probable es que mi hermano le haya dejado apuntes a Antonio. Mi hermano tenía dos buenos amigos que eran simpáticos y además sacaban buenas notas, pero ya no se junta con ellos, que yo sepa.

Mis padres le exigen que no llegue tarde y menos entre semana, pero la verdad es que hace lo que le da la gana. De vez en cuando hay bronca de mi madre o de mi padre… o de ambos si la cosa se complica. Esas peleas están haciendo que mi hermano se distancie más de toda la familia. Cuando vamos a algún sitio, él ya no quiere venir con todos. Mi madre dice que son cosas de adolescente, pero yo creo que nos han cambiado a mi hermano.

A veces, cuando llega tarde a casa, llega haciendo mucho ruido y me despierta, porque no sé si lo he dicho pero compartimos habitación. Nuestra casa solo tiene dos dormitorios. Y varias veces le he visto de noche esconder algo bajo su colchón. Sospecho que es dinero pero no sé. A la mañana siguiente, cuando miro aprovechando su ausencia, ya no hay nada. Para colmo, tarda mucho en dormirse y no para de dar vueltas y de dar golpes en la pared.

Se ha vuelto un poco ladino y desconfiado. Antes me contaba chistes verdes y las payasadas que hacía con sus amigotes. Ahora no me cuenta nada. Cuando le pregunto algo su respuesta estándar es:

—¿A ti qué te importa enano Fran? Ponte a leer tus libros.

Me gusta leer, pero me sienta mal que me mande a leer como si yo tuviera que hacerle caso porque es el mayor, como si fuera dueño de mi vida.

Bueno, la verdad es que no siempre está antipático. A veces está agradable y de buen humor, pero tengo que tener mucho cuidado con mis palabras. Al más mínimo traspié, me clava su mirada, se enfada y se larga, o bien, me suelta una retahíla de improperios.

De los cambios que ha hecho mi hermano solo hay uno que me guste. Su peinado. Creo que se está dejando el pelo largo y su aspecto despeinado a lo Goku me gusta. El otro día le pregunté si se estaba dejando el pelo largo y… ¿adivináis lo que me contestó? Exacto:

—¿A ti qué te importa enano Fran? Ponte a leer tus libros.

Yo no me enfado por eso. Enfadarse es de niños pequeños. Pero mi tarea detectivesca no se iba a detener ahí. Decidí interrogar a un testigo ocular clave, mi madre, que es la menos despistada de mi casa, supuestamente:

—Mamá… ¿tú te has dado cuenta que Agustín se queda dormido cuando menos te lo esperas?

—¿El abuelo? Bueno, ya sabes, está mayor y necesita descansar…

—No, no… el abuelo no… me refiero a Agustín, mi hermano.

—¡Ah! ¿Se queda dormido? Bueno, es que últimamente sale mucho, llega tarde y duerme poco. Le he dicho que no puede llegar tarde a casa, pero no me hace ni caso. Vamos a tener que castigarlo otra vez.

—También tiene los ojos rojos —apunté para añadir más información.

—Bueno, eso será de no dormir bien —dijo mi madre, como queriendo justificarlo.

—Desde luego que no duerme bien. Se mete en la cama y no para de dar vueltas, y me despierta a mí.

—Es que sus nuevos amigos no son buenos y lo están estropeando. Hasta ha empeorado las notas, pero él me prometió que no iba a suspender ninguna en la próxima evaluación.

Tras el interrogatorio, la conclusión fue que mi madre no percibía nada preocupante. Pero mi olfato detectivesco me decía que había algo que no encajaba. ¿Había realmente algo preocupante en Agustín? ¿Sería mi madre su cómplice? Las respuestas de mi madre me incitaban a pensar como si quisiera justificar que Agustín estuviera así, solo por ser adolescente.

Decidí hablar con mi padre, pero no me resultó fácil encontrar un momento adecuado. Cuando lo encontré, le conté mis pesquisas. Mi padre se lo tomó con calma al principio, se sentó en el sofá mientras me escuchaba y conforme iba hablando me prestaba más atención, cosa rara que me sorprendió. Poco a poco, él fue uniendo cabos y acercándose a una posible conclusión:

—Así que… me estás diciendo que Agustín se queda dormido de repente, tiene los ojos rojos, esconde cosas bajo el colchón, busca dinero como sea (a mí me ha pedido dinero para libros y otras cosas), además de que cambia de humor fácilmente y sale de casa a hora raras…. Y también ha bajado las notas y come bastante mal… ¡Uhm!… ¿No se estará drogando?

Mi padre tosió y se levantó de un brinco del sofá preguntando algo que no entendí:

—¿Será por eso que se me acaba el jarabe de la tos?

En cuanto Agustín llegó a casa ese día, mi padre estaba partiendo verduras en la cocina, pero salió rápido a recibirlo a la entrada, y le olió las manos y el aliento, como si fuera un sabueso. ¡Qué importante es el olfato! Luego, llamó a mi madre, que vino rápidamente secándose las manos con un trapo de la cocina. Entonces, dijo:

—Agustín, tenemos que hablar.

Mis padres y mi hermano se metieron en el salón y cerraron la puerta. A mí me dejaron fuera, a pesar de ser el testigo principal del caso. Al día siguiente me enteré que mi hermano se estaba metiendo en el mundo de las drogas. Marihuana, por lo menos, y otras cosas en pastillas de nombres raros. Mis padres lo cambiaron de colegio y fueron a un psicólogo para que les orientara.

Mi hermano salió bien de aquella fase porque según mi padre “se pilló a tiempo”, gracias a que alguien muy observador dio el aviso.

Agustín consiguió entrar en la Universidad y está sacando buenas notas. Sale menos, estudia más y tiene una amiga que es muy guapa. Creo que todo eso me lo debe a mí, pero yo sigo siendo “Fran, el despistado”.

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