Cosas que no deberían cabrearme (parte 6): la codicia, los que no educan a sus hijos o perros… y lo de los pedos

Muchos sabios han sabido ver la esencia de la inocencia infantil. Seguro que les suena eso de que si no nos hacemos como niños, no entraremos en el cielo (cfr. Mateo 18:3). La candidez de un pequeñajo nos puede enseñar más que muchos sabios. Luego crecen y se creen que lo saben todo. Y no faltarán quienes les enseñen (con palabras o con su ejemplo) a luchar por la vida, a trepar por encima de los demás y a ser egoístas para vivir mejor, aunque sea manifiestamente un camino erróneo. Y si soy un ingenuo, lo prefiero a ser un codicioso ejecutivo de yate y avión privado.

¡Qué suerte tienen los niños por saber divertirse fácilmente! Sencillamente vivir —y vivir sencillamente— no puede ser difícil. Los adultos nos amargamos con miles de pensamientos absurdos, preocupaciones imposibles y pronósticos catastróficos. Nos escondemos la felicidad a nosotros mismos. O puede que sea alguien superior (cfr. Mateo 11:25). Cuanto más sabio te crees, más lejos estás de entender la vida. Si te ha costado mucho que tu ego de plomo llegue a donde está, no querrás abandonarlo, aunque tengas que hundirte agarrado a él.

En la Biblia no se celebra la Semana Santa

Y es que, hay grandes cosas en la Biblia, frases impactantes, lecciones elementales, y espiritualidad universal. Es tan inmenso el cotarro, que ha dado pie a miles de interpretaciones; miles de formas de vivir ese mensaje. Lo que más sorprende es que algunas de las más exitosas, sean las que menos han entendido su esencia. No es raro que los que debieran conocer más la Biblia sean los que menos la practican, o la practican mal.

Tristemente, esto se ve muy bien en Semana Santa. Cualquier excusa es buena para divertirse. Eso no lo critico. Lo que sienta mal es el abuso; que no te dejen dormir; que ensucien y corten las calles y que uno no pueda ni ir a su casa. Y volviendo al tema religioso, si algo es evidente es que las cofradías no han entendido apenas nada del mensaje de Jesús (cfr. Mateo 19:21; Mateo 19:24). Molesta el despilfarro hipócrita de tantos autoengañados, tenga yo —o no— otros ruidos importantes en mi cabeza.

Adultos con anteojeras

Los perros ruidosos, o los niños que gritan, pueden ser fuente de molestia y desesperación. Peor aún son los niñatos que rompen de todo: las plantas, las papeleras o las señales de tráfico. Por mi parte, los perdono con mi infinita benevolencia. A los que no puedo perdonar —y mira que lo intento— es a los adultos supuestamente responsables de esos perros o de esos niñatos.

Si tienes un ser vivo a tu cargo, es tu responsabilidad cuidar de sus actos y pagar por sus errores. Esa gentuza no lo entiende porque son ellos los primeros que van de ególatras por la vida, gritando en vez de hablar, sintiéndose superiores por el mero hecho de estar vivos y, por supuesto, las leyes o las normas de urbanidad no son algo de su interés, ni de su comprensión. Creen que su hijo puede defecar donde quiera y que su perro puede chillar porque «es pequeño»… y viceversa.

Educa a tu prole, en vez de pensar tanto en el fútbol. Este tipo de gente, por alguna razón genética, adora el fútbol. La ciencia aún no ha explicado el porqué. Algunos se la dan de modernos y recogen la mierda de su perro en una bolsa de plástico. ¡De plástico! Se la dan de guays y de limpios, pero siguen sin capacidad de raciocinio. La ciencia tampoco ha podido demostrar por qué esas personas no comprenden que no se debe emplear plástico. Si les dices que usen papel de publicidad, te miran raro.

Y tienen razón. No hay nada más raro que pensar ocho veces las cosas y mirar detenidamente, alrededor y más allá, sin anteojeras, sin prejuicios y con empatía.

Hoteles sin niños y playas sin perros

De la misma forma, desprecio los hoteles que no aceptan niños. Desgraciadamente, no existen hoteles que no acepten maleducados. Ahí sí iría yo con gran gusto. Pero eso no. Como si fuera una moda, no se aceptan niños, pero sí maleducados que te fumen en la puerta, que griten a cualquier hora, o que ensucien sin sentido ni medida.

Lo mismo pasa en las playas que no aceptan perros. Las llaman «libres» de perros. Como si fueran los perros los que dejan la playa llena de plásticos, colillas y sandalias rotas o perdidas. Nunca he visto un perro fumando con sandalias engullendo patatas fritas de bolsa. Tampoco he visto nunca playas en las que un cartel ponga en que es una playa libre de maleducados. El cartel tendría que ser muy gráfico y simple, con letras gordas, para que esas personas fueran capaces de entenderlo. La playa debería tener personal docente adecuado para explicarles los motivos de tan procedente prohibición.

Por mi parte, me encanta ver a los niños y a los perros jugar en la playa. Y para eso, no hay que echar humo al de al lado, ni poner la música a todo volumen. Que cada uno cuide y eduque a los suyos, y que todos cuidemos de la playa.

Pedos, pedorros y dos trucos

El resumen es que deberíamos aprender de los niños. Aprender a divertirnos como ellos y a reírnos con salero, hasta de los pedos. Ellos siempre se ríen de las ventosidades. Luego, a partir de cierta edad, los adultos se dividen en dos clases: los que se siguen riendo y los que se enfadan. A mí me dan pena los segundos. A veces me río de ellos. Otras me enfado con ellos… por ellos.

Algún médico ha cuantificado en catorce las ventosidades diarias de un humano promedio. Hay personas que no lo reconocerán jamás, aunque les suene descaradamente. Si estás en un lugar serio y quieres evitar el característico sonido, voy a compartir contigo un par de pequeños trucos. El volumen del sonido depende de la presión y del volumen del gas. Si consigues que la presión baje y que el gas salga poco a poco, el sonido podría anularse por completo. Esto se puede conseguir relajando y apretando el esfínter anal. Ahora bien, esta técnica requiere algo de práctica. Otro sistema, más simple y que no necesita practicarse mucho, es, sencillamente, agarrarse con una mano —y con disimulo si procede— un cachete desde dentro, y estirarlo como si quisiéramos abrir el ojete. Al facilitar la evacuación de gases, baja la sonoridad. Si al final todo falla, aprovecha para disculparte con los que se enfaden y reírte con los que se rían.

Las cosas naturales no deberían molestar. Bueno, tampoco hay que hacer ostentación de los gases como en el eructo de Ben-Hur. Uno, de vez en cuando, es divertido, aunque no sea agradable. He visto cosas que vosotros no reconoceríais, reuniones serias saltando a carcajadas por un pequeño cuesco y naves volando destrozando un planeta más acá de Orión.

Aunque no toda la vida sea alegría, yo sigo viendo sonrisas en todos los paréntesis.

♣ Sigue inspirándote:

  • Casi todas las cosas que me cabrean. Si necesitas un índice temático de quejas, te lo regalo:
    • Parte 1: ruidos de motos y de sopladoras de hojas, gente que no comparte en RRSS lo que le gusta, y los que esperan respuesta rápida de un wasap, ordenadores envejecidos (lentos, actualizaciones de Windows, obsolescencia programada, actualizaciones absurdas, barras de progreso inexactas e irregulares…), las botellas tiradas, y la gente que habla de sus problemas.
    • Parte 2: los que dicen «te guste o no te guste…», cazadores que van de salvadores, los que tiran las migas de pan, atareados de la vida, competidores con todos y los que llegan tarde, publicidad en el buzón, despilfarro de papel higiénico, de toallitas húmedas, y de agua en la cisterna.
    • Parte 3: me quejo de los quejicas, de los fumadores, de los coches, de los motoristas, de los que conducen mal, de los trapos blancos, de la lejía, de los impacientes, de los pesimistas, de los que sueltan globos de helio, de los fiscales, de la programación de la radio, del fútbol, y de la información del tráfico en la radio.
    • Parte 4: tecnopersonas y tecnofamilias, desperdiciar comida (en restaurantes o en tu casa), las cosas baratas, los vuelos baratos, las mesas con esquinas, las bañeras resbaladizas, váteres con agujeros pequeños, los que tiran cosas por el váter (como toallitas húmedas, colillas y aceites), y tirar agua en el lavabo o en la ducha.
    • Parte 5: publicidad por teléfono, plásticos de usar y tirar en las papeleras y en el cine, las series y películas mediocres, el fútbol como espectáculo, la violencia de género, las joyas o los que las lucen.
    • Parte 6: la codicia, los que no educan a sus hijos ni a sus perros, los que recogen la caca de su perro con plástico, hoteles sin niños, playas sin perros, maleducados en playas y hoteles, y los que se enfadan por un pedo.
  • Historias del Z-15, un robot inteligente.
  • Antes de suicidarme.
  • Prefiero que me mientan (sobre transhumanismo en un futuro cercano).
  • Otros relatos inspirados en hechos reales de Historias Incontables.

2 comentarios sobre “Cosas que no deberían cabrearme (parte 6): la codicia, los que no educan a sus hijos o perros… y lo de los pedos

  1. Supongo que de vez en cuando sienta bien soltar todo el lastre que vamos acumulando.., no soy quien para presumir de pensamientos livianos.., pero estoy en ello. Me lleva ya 14 años entender que vivimos en un «drama» y que cadacual tiene su propio «papel de actor» irrepetible, único e insustituible. Y que todo, todo, todo lo que sucede es parte del «drama», que todo está bien.., ¡aunque no nos guste! Espero conseguir llegar a ese nivel que Dios nos propone: livianos como lo es Él; que para ello somos sus hijos como almas. Tengo cumplidos 71 años.., y espero que para cuando deje este cuerpo ya lo haya conseguido, sinó no voy a aprobar la «asignatura». Y de verdad, deseo con todo mi corazón llegar a ser tan liviano como Él. Gracias amigo por esforzarte, no pares, no pares, porque faltan muchas almas que quieran cambiar su «vibración» para que el mundo pueda dar un salto.

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