Amaru Aguilar, solo es una botella

Incluso desde el colegio, Amaru Aguilar siempre fue un niño inconformista, rebelde, protestón y combativo. En algún momento de su vida adulta, decidió no protestar más.

La gente que lo conoció joven decía que cuando no estaba organizando alguna manifestación, estaba animando a boicotear alguna empresa, o bien, protestando contra el gobierno por los temas más variados: derechos de las minorías, justicia social, robo de tierras a los indígenas, deforestación de bosques, derechos de los animales… y un sinfín de líneas que rellenaban su buen currículum de activista metomentodo y tocanarices.

Las facciones de Amaru —como su nombre— gritaban abiertamente que en sus genes había ADN indígena. Su piel hablaba del mestizaje que enriquece cualquier árbol genealógico. Él siempre defendió que su apellido, Aguilar, procedía del nombre indígena Mamani, de origen inca, que en aimara significa halcón, aunque en algún momento de la historia alguien hizo mal la traducción y luego fue modificándose. Así nacen y evolucionan los apellidos y todas las palabras.

Durante una temporada, recuerdo que era muy normal ver a Amaru en las noticias, en indignadas protestas contra petroleras, cortando carreteras a los madereros, liberando animales encerrados o protestando contra los grandes ganaderos. Yo seguía sus movimientos con la curiosidad de un adolescente. Había periodos de hasta varios meses en los que me olvidaba de Amaru. Descubrí que coincidían con sus múltiples pasos por la cárcel. Cuando lo soltaban, las protestas volvían a los informativos, siempre pacíficamente, pero fastidiando lo más posible a los intereses de las grandes corporaciones y de los principales políticos a distintos niveles. Sus discursos desnudaban a los poderosos y por eso le temían y le odiaban.

—A esta serpiente, un día le van a cortar la cabeza —masculló mi padre durante una comida.

—¿Por qué dices eso? —pregunté con asombro.Berta Cáceres, defensora de derechos humanos y del medioambiente, asesinada en Honduras.

Pero mi padre, que era de pocas palabras y que lo más valioso que me enseñó es a guardar silencio, solo dijo que Amaru estaba molestando mucho a los poderosos, como le pasó a Berta Cáceres. Yo, que no conocía nada de esa mujer, tuve que informarme por mi cuenta. Berta fue una líder indígena lenca en Honduras,​ feminista y activista del medio ambiente. Ganó el Premio Medioambiental Goldman, y fue asesinada en 2016 tras años de múltiples amenazas. Le robaron su vida por su firme oposición a un proyecto hidroeléctrico que pretendía arrasar y privatizar un río, el Gualcarque, río sagrado y vital para el pueblo lenca.

La lectura de la historia de Berta Cáceres me hizo ser más consciente de que Amaru Aguilar no era un simple alborotador inconformista. Desde entonces, empecé a seguirlo con más interés y a recopilar recortes de periódico. Incluso llegué a asistir a bastantes de sus concentraciones de protesta. En una ocasión, hasta pasé tres días detenido, sin más cargos que desacato a una autoridad que en ningún momento nos informó o advirtió de nada, ni tan siquiera de nuestros derechos al ser detenidos.

Fueron también varias veces las que hicimos noche en la calle protestando contra el encarcelamiento de Amaru. Solicitamos que Amnistía Internacional se interesara, pero Amaru era siempre liberado antes de que ello ocurriera. Poca atención internacional tuvieron sus movilizaciones incluso cuando su casa apareció ardiendo misteriosamente un verano, «por causas desconocidas» según la prensa.

Mi trabajo de periodista deportivo en el diario La Revolución —y también mi novia— me hicieron alejarme activamente del movimiento protesta. Lo seguía en la distancia de una pantalla de televisión hasta que misteriosamente las noticias sobre Amaru Aguilar desaparecieron. Nadie le echó de menos, salvo yo. Llamé a mis viejos amigos del movimiento ecosocial y ninguno supo decirme nada sobre el paradero de Amaru. ¿Habría sido su destino el mismo que el de Berta, pero silenciado magistralmente por toda la prensa nacional e internacional? Era difícil que así fuera. Amaru no conseguía movilizar a miles de personas, pero sí tenía un grupo de seguidores que no se callarían fácilmente si fuera asesinado. Tenía que seguir vivo, pero callado. ¿Y si las grandes industrias habían comprado su silencio?

La duda me corroía por dentro, hasta que un buen día le conté el caso a mi jefe en el periódico. Le llevé mis recortes de prensa y le expliqué el misterio, proponiéndole finalmente que me dejara unos días para investigarlo y preparar un artículo.

—Eso no tiene nada que ver con el deporte. ¿En qué sección crees que trabajas? ¿En la prensa rosa? —me preguntó con más cabreo que sorna.

Tenía razón. No podía negarlo. Nayra, mi novia, tampoco entendía mi obsesión por descubrir el paradero de Amaru; y menos cuando le sugerí investigarlo juntos durante nuestras vacaciones.

Las retorcidas vueltas del destino me hicieron un bonito regalo. Resultó que, durante una comida entre los gerifaltes de mi periódico, el director de la sección de sociedad le comentó a mi jefe algo sobre Amaru Aguilar y, afortunadamente, mi jefe se acordó de mi propuesta. Le pareció tan buena idea que me cambiaron de departamento solo por una semana. Me dieron siete días para investigar y escribir sobre eso. Yo estaba pletórico y preocupado. ¿Tendría tiempo suficiente para hacer algo digno? Nayra no me apoyó. No soportaba que me ausentara más de lo que estaba acostumbrada.

Me tiré tres días siguiendo la pista de los antiguos miembros del movimiento ecosocial. Encontré a varios de los antiguos lugartenientes y seguidores de Amaru, pero ninguno sabía o quería decirme qué había pasado con él. Unos me dijeron directamente que no sabían nada. Otros que lo habían silenciado con dinero y que estaba en Hawái. Encontré también a quienes sostenían, con enfado y descarada decepción, que había sido un traidor a la causa, que los había abandonado y que las empresas mineras y agroganaderas estaban ahora controlando las leyes del país y los recursos naturales.

Había conseguido muchas opiniones, pero ni un dato objetivo sobre el destino de Amaru. Estaba pensando sacarme un billete a Hawái, pagándomelo yo. Pero ese archipiélago no es una aldea donde sea fácil encontrar a alguien. ¿Cómo iba a encontrar a un extranjero escondido en nueve islas en tan solo tres días? Necesitaba ayuda. Así pues, convencí a un antiguo activista, Miguel Ángel, para que me acompañara a Hawái. Entre los dos investigaríamos más rápido. Miguel Ángel propuso pedir ayuda a un tercero que él conocía. Cuando fuimos a su casa, nos recibió con gran amabilidad. No obstante, se negó a unirse a la investigación, a pesar de su gran devoción a la figura de Amaru. Allí, en su comedor, había una foto de Amaru trabada en el marco de alguna virgen, la cual asomaba por encima de las espaldas de Amaru, como protegiéndole de todo.

—Bonita foto —comenté.

—Sí, la foto la tomé yo en el altiplano. Pero hace muchos años… en una protesta. Ya no protestamos por nada —acabó diciendo con resignación.

Allí estaba, la cara sonriente de Amaru, su típica barba de cinco o diez días, su habitual pelo alborotado, con unas incipientes entradas y con los ojos de la virgen mirándole fijamente por detrás.

Muy cerca de allí había una oficina para comprar los billetes a Hawái. Mientras esperábamos, veíamos en silencio las noticias. De repente, la palabra «altiplano» se coló en el discurso televisivo y fue como una bomba en mi cerebro.

—Miguel Ángel —dije seriamente—, no vamos a Hawái. Vamos al altiplano. Tu amigo nos ha mentido. Yo no recuerdo ninguna protesta de Amaru en el altiplano y menos con esas entradas. La foto es más reciente y él sabe dónde está. Lo está protegiendo.

Con buenas palabras, Miguel Ángel me dijo que el altiplano no era un viaje tan apetecible como el otro, por lo que decidió no acompañarme. Le reproché que pareciera que solo quería ir de vacaciones. Sin embargo, yo tampoco quería hacer ese trayecto. Hasta un viaje a las antípodas era más rápido y más cómodo que al altiplano.

El autobús renqueante parecía obrar milagros al no averiarse en cada curva. Un mareo repentino me hizo perder la conciencia. Creo que fueron apenas unos segundos intermitentes. Todo fue muy difuso. Alguien me ofreció masticar hojas de coca. No fui el único en marearse. Una hora antes de llegar el olor a vómito de la parte trasera llegaba nítidamente a mi olfato en las primeras filas, animando a mi estómago a unirse a la fiesta.

Cuando me bajé de aquella tartana mis ganas de vivir eran nulas, mi cuerpo descompuesto y mi alma suplicando más la muerte que la curación. Entre la nebulosa de mi atrofiada vista vi a Amaru acercarse y darme un vaso de agua. Un aura blanca rodeaba su cabeza. Creo que pronuncié una pregunta: «¿He muerto?». Y alguien entre risas me contestó que no, que solo me había desmayado.

No había sido Amaru el del vaso del agua, sino una joven despierta y alegre, a la que quise preguntar antes de que se fuera:

—Busco a Amaru.

—Mi vecino se llama Amaru —afirmó.

—Aguilar —pronuncié con dificultad, pero ganando fuerzas, poco a poco.

—Mi profesor se llama Aguilar.

—Amaru Aguilar, ¿lo conoces?

—No.

—¿No?

—No.

—¡Lástima! —exclamé resoplando.

—Pero mi abuelo conoce a mucha gente y está en la tasca.

Efectivamente, su abuelo parecía saber mucho, pero no quería soltarlo. Tras un rato hablando sobre Amaru y contándole mi prematura fascinación por su figura, fui ganándome su costosa amistad. Entre el tercer y el cuarto vino, me confesó:

—¿Por qué has venido por aquí? ¿Quién te ha informado? Te diré algo: Amaru no quiere ser encontrado. Si lo admiras tanto como dices, deberías largarte ahora mismo. Aquí nadie te dirá su paradero.

Su negativa me había confirmado que estaba en el buen camino, pero me quedaba sin tiempo. Mi única opción era invitar al abuelo a un par de rondas más. Le cambié de tema durante un buen rato y, con nosecuantos vinos más, me habló de un lugar llamado Musiña Yatichiri, que significa en aimara algo como Cuidando al Maestro.

Preguntando, con cuidado de no nombrar a la persona que buscaba, conseguí que alguien me llevara por un par de billetes a una pequeña aldea, supuestamente cerca del paraje conocido como Musiña Yatichiri. Según me dijo el conductor, únicamente me quedaba por andar un par de horas por un sendero sin señalizar. Entre arbustos me di cuenta de que me había mentido. Tres horas andando y caí en la cuenta de que al día siguiente se cumplían los siete días que me habían concedido para mi tarea. No podría estar de vuelta a tiempo.

Llamé a mi jefe y a Nayra para decirles que lo había encontrado, pero que aún no lo había visto, que necesitaba más tiempo. Los dos me echaron una tele-reprimenda que me dejó sin batería. ¿Qué podía hacer? Ya no podía ni siquiera rendirme. Volver atrás era aún más arriesgado que continuar. O tal vez no. Podrjía perder mi empleo y mi novia. Todo por el fantasma de Amaru. Y sin embargo, solo tenía la opción de continuar andando, alejándome de ellos. No veía otra alternativa.

El hambre y la sed me hicieron dudar de mi propósito. Lo que minutos antes era la única opción aceptable, mutó en mi mente a un claro error absurdo. Tenía que volver y poner fin a aquella aventura. Mi respiración se fue acelerando, presa de una angustia asfixiante. Caía la noche cuando mis rodillas golpearon el suelo, antes de tumbarme totalmente extenuado. Aireé las ampollas abiertas de mis pies y mis ojos se cerraron. En postura fetal combatí el frío nocturno.

Cuando el albor asomó por las montañas del horizonte, me levanté aterido, me sacudí el polvo de mi ropa y empecé a saltar para entrar en calor. Veía una única alternativa razonable: volver. Había perdido una semana de mi vida y mi prestigio como periodista. Cuando volviera, tal vez sería tarde para recuperar mi trabajo. Lo de Nayra me preocupaba menos. Si ella no podía esperarme, es que no debíamos seguir juntos. No me gustaba nada su poca empatía para entender las cosas que me preocupaban. Entonces, empecé a pensar en ella y en lo poco que teníamos en común. A ella solo le gustaba ir de compras y visitar aburridas tiendas de muebles. Mis ojos se humedecieron. Paso a paso fui llorando el camino. Yo la amaba, aunque no sabía explicar por qué. Supongo que el amor no se puede explicar. Es mejor no explicarlo, porque si lo explicas, lo encierras. Unos cimientos son esenciales que, en mi caso, no estaban. Tal vez todo fue vapor sin más.

—¿Está Vd. bien? —me asustó un hombre que pasaba por allí con un gran sombrero.

—No. No estoy bien. Me he perdido.

—¿Dónde quiere ir? —me preguntó sujetándome para que no me fuera al suelo.

—Estaba buscando a Amaru, pero ya me he cansado —dije cabizbajo.

—¿Amaru Aguilar?

—Sí, Amaru Aguilar… ¿Le conoces?

—¡Seguro! Está allí mismo. ¿Le ve?

Me erguí de inmediato. A lo lejos, al final del sendero, había un hombre con barba caminando. Miré al hombre del sombrero y me fijé que tenía una botella de agua en la mano. Entonces le pregunté:

—¿Me das un poco de agua?

—Claro.

—¿Estás seguro?

—Sí, por supuesto, tome —dijo extendiéndome la botella.

—Me refiero a si estás seguro de que aquel es Amaru.

—Claro. Le llamamos Yatichiri, Maestro. Ha llegado a su comuna antisistema, alejada del mundo —me explicó mientras me zampaba toda el agua que le quedaba y le devolvía la botella vacía.

El hombre del sombrero me contó que se llamaba Edgar y que llevaba nueve meses viviendo allí, junto con cuatro colegas más. Cuando nos acercamos, comprobé que efectivamente aquel hombre podía ser Amaru. Tenía la barba más larga y las entradas de la cabeza más evidentes, algunas arrugas más y… la misma sonrisa.

Al vernos, lo primero que dijo fue:

—Edgar, te he dicho que no traigas botellas de plástico aquí. Aquí no se trae nada de plástico. ¿Y tú? —preguntó mirándome— ¿Eres nuevo?

—Solo es una botella —contestó Edgar—. Tranquilízate Yatichiri. No te enfades.

—No me enfado —negó con tranquilidad—. Quiero que se respeten las normas, que se respete a la Pachamama. Es la esencia de vivir aquí. ¿Comprendes?

Edgar se alejó resoplando y alzando las manos en señal de desacuerdo. Yo aproveché para preguntar si era él realmente Amaru Aguilar:

—Tú lo has dicho —afirmó con gesto burlón.

Amaru me contó que había decidido retirarse a vivir en soledad tras tirarse toda la vida combatiendo la contaminación, el abuso a los indígenas, la discriminación de las mujeres, la explotación animal, la destrucción de la Tierra… Se sorprendió al ver que yo sabía bastante de su pasado, siguiéndolo incluso cuando aún era propiamente un adolescente.

—Vine —me confesó—, para alejarme del mundo. Para estar solo.

—Pero ahora no estás solo, ¿no?

—Cuando me vine aquí estuve más de dos años en soledad, viviendo principalmente del bosque y cazando una o dos veces al año. En invierno aquí no hay mucho para comer —se justificó—. Por supuesto, cazaba con armas que yo mismo fabricaba. No soporto a esos cazadores con armas de fuego que no saben de donde viene ni la pólvora, ni sus balas, ni… ¡Bah! Poco a poco fueron llegando personas que se unieron a vivir conmigo. Ahora somos unos veinte, pero no se respetan las normas. Ya has visto a Edgar… se trae una botella de plástico. Una botella de plástico —recalcó con gesto de indignación—. Aquí no queremos nada industrializado. Nuestro huerto lo cultivamos con utensilios de piedra y madera. No queremos metales.

—¿No usáis nada de metal? ¿Por qué?

—La fundición de los metales es el origen de una civilización en guerra con la vida —sentenció Amaru.

—¿Por qué decidiste retirarte? Tus campañas tenían mucho éxito. Estabas consiguiendo grandes logros y ahora todo se está perdiendo a favor de las multinacionales.

—No lo creas. Cualquier pequeño éxito evitando un pozo petrolero era enterrado con cuarenta pozos en otros lugares. Aquello era un cáncer que crecía y crecía sin control.

—¿Por qué decidiste venir aquí?

—Por el Titicaca.

—¿Por un lago?

—Estuve allí. Lo vi. Lo olí. En diez años el lago estaba nauseabundo. Basura con plásticos, vidrios, latas y restos orgánicos, vertidos de desagües sin tratamiento, restos mineros con incluso zinc, mercurio, plomo, arsénico y otras sustancias sumamente tóxicas para las plantas, los animales y el ser humano… También estaba el problema de la pesca. Se pescaba mucho y las técnicas utilizadas hacían que las aves cayeran y murieran en las redes. El zambullidor del Titicaca era un ave acuática podicipediforme amenazado de extinción por la pesca… Posiblemente ya no existe, y no era un caso aislado. La pesca en los océanos es aún más desastrosa… Lo sabes. ¿No? Sencillamente, allí entendí que si había alguna solución, esa sería el no actuar. La acción más perfecta es no hacer nada y, así, decidí alejarme del mundo. Andando llegué hasta este apartado lugar y aquí me quedé. Más que a vivir, vine aquí a morir, pero, ya ves… ¡Esto es un paraíso!

Y sin duda lo era. Estábamos rodeados de montañas, de árboles, de plantas medicinales, de alegres arroyos y de un pequeño huerto ecológico. Allí, todos colaboraban con su trabajo voluntario y se organizaban perfectamente para las pocas tareas que había que hacer: cuidar el huerto, cocinar, fregar los platos, traer agua del arroyo, regar los frutales…

Durante unos cuantos días me uní a ellos. Me fundí con la naturaleza y con el grupo. Me sentía en comunión con la naturaleza, aceptado y respetado, como nunca me había sentido. Olvidé mi artículo, a mi novia y hasta las lágrimas que aún le debía.

Poco a poco fui conociendo más sobre Amaru. Su objetivo siempre fue vivir en soledad, pero cuando llegaron unos cuantos no tuvo valor de echarlos y entendió que la vida le estaba colocando en el papel de Yatichiri, para enseñar a otros su visión de una vida de respeto hacia todo. No solo todo lo vivo, sino también lo inerte:

—El paisaje, un río o una colina merecen tanto respeto como un árbol venerable —decía.

Me confesó que él no quería que se usaran platos para comer, pero no pudo evitarlo. Había conseguido que no se utilizaran cubiertos y que no se fregaran los platos con lavavajillas industrial. Él sabía que algunos miembros se saltaban sus normas a sus espaldas, pero tampoco tenía ganas, ni ánimo, para imponer unas reglas que nacieron exclusivamente para él mismo y para nadie más. Se conformaba con que casi todo lo que comieran fuera crudo y vegano, aceptando que se cocinaran algunos alimentos un poco más difíciles de digerir, como algunas plantas. También reconocía, con alegría, que estaba aprendiendo a cuidar un huerto ecológico. Amaru me insistió en algo importante para él:

—La vida está llena de desgracias y de dolores. Esos son nuestros maestros. Dicen que si no tienes enemigos, es que nunca defendiste la justicia. ¿Sabes?

—Pero yo… —le rebatí— yo… yo no he tenido una vida de desgracias. Y no tengo enemigos… que yo sepa. ¿Significa que me he aliado con la injusticia o que no he tenido maestros?

—Bueno… tal vez sí has tenido desgracias y no las has visto como tales. Entonces, esas desgracias no tenían nada que enseñarte y han pasado sin hacerte sufrir. Cuando eres un maestro, no necesitas maestros.

Recuerdo que me hizo reír con aquello. Acto seguido, le conté quien era yo realmente. No se enfadó. Creo que se contuvo. Obviamente, no le gustó que mi plan fuera, desde el principio, escribir un artículo sobre él. Me estrechó ambas manos entre las suyas y me rogó:

—No escribas ese artículo. Vendrá más gente y en este pequeño paraíso ya estamos muchos. Prométeme que no lo escribirás y que no dirás a nadie que me has visto. Yo nunca quise fundar una comuna hippy.

—Pienso que sería muy útil que la gente supiera lo que ha pasado contigo. Tu forma de vida puede enseñar mucho al mundo.

—El mundo no quiere aprender. Y no aprenderá. Si algo tengo claro es que hay que dejar de enseñar lo que los demás no quieren aprender. Intentar ayudar a alguien, o al planeta, es quizás un acto de orgullo excesivo.

Yo asentí con la cabeza. Amaru me tendió la mano y me la estrechó firmemente mientras decía un escueto: «Gracias».

El sendero que llevaba a la aldea estaba bien arañado en el suelo. Me pareció más claro que cuando lo recorrí con incertidumbre solo unos días antes. El camino estaba más despejado. Mi cabeza colapsaba con una lucha de ideas. Llevaba mi mochila llena de contradicciones. Me crucé con un grupo de ruidosos jóvenes que también buscaban «al gran Yatichiri Amaru». Les dije, con pena, que iban por el buen camino, pero vi claramente que ese tipo de gente no estaban en el mismo barco que Amaru. Llevaban un equipo de música violentando el paisaje. Y una botella de plástico con un vino compartido que reflejaba más las ganas de juerga y evasión que las de fundirse con la naturaleza.

Cuando llegué a casa, Nayra no me quería hablar. Intenté contarle lo que había pasado. A ella no le interesaba. Quiso dejarme claro que se había sentido abandonada y traicionada, que la había engañado. Estaba claro que ella me quería y yo sabía que también la quería, pero como tantas veces se ha dicho, el amor no es suficiente. Yo no podía estar al lado de alguien que valoraba más que le sujetara las bolsas de sus compras un sábado, que conocer la verdad sobre Amaru.

Nayra y yo seguimos viviendo juntos, por inercia, pero ambos sabíamos que nuestros barcos se separaban. Es posible que ella pensara que yo daría un golpe de timón. Sin embargo, yo no quería sacrificar mi rumbo, mi felicidad, mi vida. Si ella deseaba acompañarme, tendría que cambiar su rumbo y sus prioridades. Puede sonar egoísta, pero en el amor, si crees que no eres egoísta, eres un desdichado asustado o un egoísta inconsciente.

Cuando fui a la redacción de La Revolución, mi jefe me despidió. A los cinco minutos, quiso darme una oportunidad sobrecargándome de trabajo que, humillándome, acepté encantado. Además, me exigió entregar el artículo sobre Amaru completo en cuatro días.

Quemé mi motor trabajando hora tras hora, cubriendo partidos insustanciales, entrevistando deportistas fatuos y tecleando lo de Amaru en mis huecos con el ordenador de la redacción. Aprovechaba cuando iba al servicio para engullir (más que comer) bocadillos o frutos secos. Dormí pocas horas bajo la mesa de la oficina.

El reportaje de Amaru lo terminé a tiempo. Pero no lo entregué. Recordé el «gracias» que me dio y me sentí un traidor solo por haberlo escrito. Quise escribirlo para plasmar el cúmulo de sensaciones que viví con Amaru en el altiplano. Ahora, tenía que borrar el fichero o encriptarlo y hacerles creer que en realidad no había conseguido encontrar a Amaru. Podría inventarme algo falso, que Amaru estaba trabajando en Hawái como guía turístico, o algo así. La verdad no podía ser publicada.

Cumplido el plazo, me presionaron para que entregara el artículo, mientras yo tenía un ligero esbozo del artículo falso. Publicar el falso sería casi como una sentencia de muerte. En cuanto se supiera que había mentido, nadie me querría contratar. Por tanto, borré el fichero. Respecto al artículo auténtico, lo seleccioné, y mi dedo estuvo bailando sobre la tecla Supr unos intensos minutos hasta que finalmente el artículo fue borrado. Prefería fallar a mi periódico que traicionar a Amaru.

Al día siguiente, la portada de La Revolución llevaba mi artículo en portada con un titular falso: «Amaru Aguilar, encontrado entrenándose con sus combatientes». Me habían robado el fichero de la papelera del ordenador y habían cambiado el título para que pareciera que estaba tramando volver a su esencia reivindicativa, pero de forma violenta, entrenándose en técnicas de combate. Absurdo. El resto del artículo estaba prácticamente como yo lo había borrado.

Mi rabia me hizo despedirme, yo mismo, de La Revolución. Di alguna entrevista en la radio para contar la verdad y rogar que dejaran tranquilo a Amaru, aclarando que él únicamente quería vivir alejado del mundo, minimizando su huella en el planeta y en la sociedad. Sin embargo, mis palabras apenas tuvieron eco. La noticia sobre el paradero de Amaru se publicó en todos los noticieros y tuvo un fuerte impacto. Varias televisiones fueron allí para hacer reportajes en directo y repentinamente creció el número de seguidores de su secta, que es como algunos medios denominaban a los que se estaban asentando para vivir con él, aunque no como él. No son una secta, ni son auténticos seguidores. Son gentes que no han entendido a Amaru, ni su propósito, ni su sencillez. Otro Jesús.

Cuando a Nayra le dije que había dejado el periódico, me echó de la casa. Ella esperaba que me ascendieran y que escalara puestos hasta la cumbre, pero yo prefería hundirme, según sus propias palabras. Más de una semana la pasé sin dormir, buscando piso, trabajo y recomponiendo mis ideas.

Para poder dormir tenía que pedirle perdón a Amaru. Ir en persona y contarle la verdad. Yo escribí el artículo y no quise publicarlo. Aunque al final del artículo se decía que Amaru buscaba la soledad, nadie pareció leer hasta ahí, ni mucho menos respetar sus deseos, por más que se aclarasen en los reportajes que se hicieron.

Mi segundo viaje a Musiña Yatichiri fue aún peor que el primero. El sufrimiento externo apenas era comparable a mi tortura interior. ¿Qué le diría a Amaru? ¿Podría perdonarme? Posiblemente, cuando yo llegara, la gente ya se habría olvidado de él de nuevo. Estoy harto de ver cómo la prensa crea sus mitos en un día y los destruye en dos.

Cuando llegué al sendero de Musiña Yatichiri, mi corazón no pudo soportarlo. El lugar idílico que allí había, estaba ahora destrozado: árboles talados, fogatas de gente cantando, flores cortadas, papeles, plásticos… botellas de ron quebradas, heces humanas, papel higiénico ondeando en los tallos de yareta. La zona se parecía demasiado al final de cualquier concierto de música moderna, donde queda evidente que la música es la única cultura para los incultos.

Había servicios de taxi que te llevaban al asentamiento en motocrós. Por supuesto, yo lo rechacé y me puse a caminar para documentar con fotos la destrucción de un paisaje que hacía pocas semanas era prístino.

Cuando llegué, me encontré que habían construido un chiringuito que ofrecía todo tipo de bebidas y comidas, los aseos eran grandes cajas de plástico que vertían todo al arroyo, el cual estaba putrefacto y apenas sin agua. La habían desviado casi por completo para los usos de lavandería y huerto.

El huerto había multiplicado su tamaño por diez y un tractor seguía roturando terreno para ampliarlo aún más. Un afanado campesino se entregaba a rociar pesticidas sobre las plantas. «Por si viene una plaga», me explicó.

Una plaga. Eso era lo que había venido. El matorral se había convertido en un bosque de tiendas de campaña.

Busqué a Amaru y, para mi sorpresa, muchos ni siquiera lo conocían. Ni siquiera habían oído hablar de él, ni sabían nada de mi artículo. Unos habían venido de vacaciones y otros «a vivir a un lugar guay y barato».

Tirado en el suelo, borracho, encontré a Edgar. Al verme lloró como un niño y se abrazó a mí:

—Todo ha sido culpa mía. Por una botella… —dijo acongojado.

—No. La culpa ha sido mía. Yo escribí ese artículo, y me lo robaron —grité con los ojos llorosos.

Ambos nos abrazamos sin poder pronunciar una palabra. Lloramos juntos y nos manchamos mutuamente la camisa. Cuando nos calmamos, le susurré al oído:

—Edgar, ¿sabes dónde está Amaru?

—Amaru sabía que vendrías y me dio este papel para ti.

El papel estaba arrugado y mal doblado. La letra era preciosa: «No tengo que perdonarte nada, pero si necesitas mi perdón, lo tienes. Dondequiera que yo esté, serás bien recibido si no traes ni una botella de plástico. ¡Sé paz! Amaru, la serpiente».

♥ Nota: Esta historia se escribió originalmente en idioma aimara y fue traducido por el ingeniero pucelano afincado en Sevilla, Santiago Basurco Gonzálves.

♥ Más relatos ecoalucinantes:

Anuncio publicitario

Un comentario sobre “Amaru Aguilar, solo es una botella

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s