Un sueño ramificado

En todas las comunidades de vecinos hay al menos un vecino incómodo que fastidia a todos los demás. En mi bloque hay siete. Forman el cincuenta por ciento de los vecinos. No molestan más porque no son lo suficientemente inteligentes como para unirse. De hecho, suelen entretenerse peleándose entre ellos, fastidiando más con sus ruidos que con sus actos.

Cada cierto tiempo uno de estos vecinos aburridos, inventa una polémica intentando implicarnos al resto. El mes pasado querían echar de la comunidad a la peruana que vive con su hija sin molestar a nadie. La acusaron de que había una cucaracha que al parecer alguien vio en las escaleras. Sin testigos, por supuesto.

Otro día, seis de ellos se opusieron a que el del séptimo pusiera en la terraza sus paneles solares para calentar agua. Para la ley es suficiente con que voten a favor un tercio, por lo que al final el del séptimo ganó la batalla. Un mes más tarde le sabotearon la instalación. Todos sospechamos del fanfarrón del segundo, pero claro, haría falta el CSI para investigar y conseguir pruebas.

El del cuarto es el de la música. Al principio solo subía al máximo el volumen en las fiestas. Como veía que nadie se atrevía a protestar, empezó también a ocupar los fines de semana. Ya hemos llamado a la policía. Y cuando conseguimos que venga, la cosa funciona… durante tres o cuatro días.

Al lado del de la música vive la mujer de los perros. Tiene cinco perros. Demasiados para tenerlos en un piso. Más o menos, los cuida bien. No pasan hambre, aunque los pobres la echan de menos y se tiran la mañana ladrando a coro. El pequeño yorkshire es el más listo. Ha aprendido a escaparse. Nadie sabe cómo. Y por las mañanas se pasea por la escalera, adornándola con sus cosas. Cuando alguien abre la puerta, aprovecha y se va al jardín a jugar con las mariposas y a orinarse en nuestro único y querido árbol. Ya empieza a dar signos ocres de cansancio, el árbol. ¿Cuántos pises al mes puede tolerar un árbol? Increíblemente, cuando llega la dueña, el yorkshire está ya de vuelta en casa. Y ella siempre niega rotundamente que se escape. Le enseñé una foto y me dijo que ese no era el suyo. No lo secuestro, por pena. Y por desgana.

El peor de todos es el del cuarto. Y ahora le ha tocado ser el presidente. Es un hombre bastante desequilibrado. Siempre he pensado que debería pasar un examen psiquiátrico, para incapacitarlo. A veces me da miedo. Hace poco me enteré de que era psiquiatra. ¿No conocerá a algún buen colega que pueda ayudarle?

El de la música empezó a decir que los gorriones del árbol hacían mucho ruido. Supongo que no le impedirán oír su estruendosa música. El vecino que comparte planta y amistad con el presidente apuntaló que el árbol ensucia mucho. ¿Un árbol ensucia? Él tira colillas por la ventana. Eso no ensucia, pero las hojas del árbol son «suciedad».

El presidente dijo que el árbol estaba enfermo. Yo, que deberíamos cuidarlo y ponerle una verja para que los perros no se acercaran. Un vecino del tercero se quejó de que las ramas estaban muy cerca de su ventana. Propuse podar esas ramas si realmente molestaban. El presidente sentenció que el árbol era un estorbo y que estorbaba para pasar al otro lado de nuestro pequeño jardín. Está gordo y puede pasar perfectamente. No se lo dije. No sé de qué se queja.

Alguien sugirió podarlo y el presidente dijo, literalmente, que lo mejor era «podarlo de raíz». Yo me opuse y solicité que se debatiera en una reunión de vecinos. El presidente, muy convencido, negó que eso fuera necesario por ley. Afortunadamente, pasó por allí el del séptimo, el de las placas solares, y me dio la razón. Argumentó que el árbol no molesta, que se podrían podar algunas ramas y poco más. El presidente no se atrevió a discutir con él y se marchó.

A la semana siguiente, vi a un operario con una motosierra entrando por la cancela.

—Vengo a lo del árbol —me avisa.

—¿A qué?

—A lo del árbol —me repite chulesco, como si yo fuera sordo.

—¿Qué va a hacer con el árbol?

—Lo que quieran. ¿Es usted el presidente?

—Yo soy el presidente —dijo apareciendo de la nada—. Yo soy el que le ha llamado y el que manda aquí. Hay que talar ese árbol.

—El árbol da sombra en verano y frena el viento en invierno —apuntaló acertadamente el frutero del bajo.

—El árbol no molesta a nadie y es bien bonito —dijo la peruana que pasaba por allí con su hija.

Yo afirmé que por encima de que fuera bonito o feo, el árbol es de la comunidad de vecinos y no puede talarse sin el permiso de la misma. Además, también hay leyes que protegen a los árboles, incluso aunque estén en terrenos privados. No se pueden talar sin un permiso especial. Están protegidos por las leyes.

—Sin árbol, los pisos pasarán más calor en verano —alegó el propio operario mientras preparaba la motosierra.

—No es momento de talar el árbol. ¡Hay nidos! —gritó uno del primero desde su ventana.

El tema de la biodiversidad, de los pájaros y de sus nidos no convenció al presidente que le dijo que arrancara de una vez ese terrible invento del averno, la motosierra.

Ni todas las ventajas de los árboles pueden convencer a quien no entiende ni uno solo de los argumentos. Me pareció absurdo sacar el asuntillo de la crisis climática o de cómo limpian el aire que respiramos. No había tiempo ni ganas de un debate sereno. La sierra ya dolía en los oídos. Había que actuar urgentemente.

El presidente se remangó para dejar visible su reloj de oro mientras señalaba al árbol. Quizás pretendió cegarnos con el brillo de su impactante riqueza. Sin dejarme impresionar, tosí, y subiendo mi voz me dirigí al operario, que parecía más inteligente que el presidente:

—Pare ahora mismo ese ruido. Voy a llamar a la policía. Usted será cómplice si la tala continua.

El hombre parecía no tener mucha prisa por talar el árbol, pero el presidente le empujó alejándose de las cuchillas giratorias.

Me separé para poder hacer la llamada. Y al volver ya estaba la zona acordonada y el tronco casi tronchado. Se inclinaba herido de muerte sobre sus nidos caídos.

La hija de la peruana lloraba y al verme vino a abrazarme de improviso:

—Lo han tirado. Lo han tirado —repetía sin parar—. Yo jugaba con la cara de su tronco. Las ramas eran sus pelos. Le han cortado el cuello.

El presidente nos vio allí, limpiándonos las lágrimas y se le ocurrió soltar:

—No es para tanto. Era solo un árbol.

—¿Solo un árbol? Es también una devaluación de todos estos pisos. Y una denuncia que le voy a poner.

Quise denunciar también a todas las empresas que venden motosierras, por el daño que hacen y lo fácil que es hacerlo. No me dejaron, porque mi propuesta era algo de locos. De locos es comerciar con «el peor invento de la humanidad».

Muchos meses después salió la sentencia: 300 euros de multa a la comunidad en conjunto y otros 300 a la empresa que se encargó de la tala. Una miseria que nos hace más miserables. Y no sé si sirvió para aprender a votar mejor.

♥ Nota final: Esta historia, con menos detalles de los que aquí figuran y con más detalles de los que puedo recordar, fue un sueño de enero 2022.

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