Cosas que no deberían cabrearme (parte 4): tecnopersonas, Apps, cosas low cost y cosas de casa

Seguro que tienen algún amigo, vecino, cuñao o conocido que le encanta hablar de las últimas novedades tecnológicas. Yo lo llamo tecnoman. Es muy práctico conocer a alguien así si estás buscando un sacacorchos electrónico que funcione por USB y te informe del tiempo mientras te ayuda a maridar el vino usando tecnologías IoT (Internet of Things). En caso contrario, puede ser más un incordio. Personalmente, no sé si este tipo de gente pretende informar a sus allegados de los avances en tecnología o si su objetivo es algo más banal: presumir de su último cachivache adquirido por Internet sin pensar en la contaminación (ni del objeto en sí, ni del transporte ni, por supuesto, de sus envases múltiples).

Tecnoman & tecnofamily

Tecnofilia, tecnopersona, tecnohombre o tecnoman, tecnofamilias y otras adicciones peligrosas, para el planetaTecnoman es invariablemente hombre, aunque a veces su influjo enferma de tecnofilia a toda la familia consiguiendo así un caso de contagio viral, conocido como tecnofamily. Estas personas no se reconocen nunca como súpertecnológicas, porque siempre saben más de las cosas que les faltan que de las que ya han comprado, acaparado, descartado o revendido.

Las reuniones con tecnofamilias suelen tener un prólogo largo porque empiezan presentando los recientes aparatos de cada miembro de la familia:

—Mi hija ya tiene una impresora Bluetooth portátil. Solo pesa 240 gramos. La pesé con el peso electrónico digital de la cocina, ese que te compara tu silueta actual con las anteriores. Es una pasada para imprimir fotos en blanco y negro desde el teléfono.

—Oye, qué guay —suelo decir sin ningún entusiasmo, para que se note.

—No —me corrigen—. Lo guay es lo de la pequeña, que ya tiene un ventilador USB para el coche y su casco URGONight.

—¿Que hurga en qué?

—Es un casco que se conecta con el móvil para aprender a dormir bien. Mide la actividad cerebral y hace un encefalograma. Con una App tienes entrenamientos cerebrales.

—Y… ¿Duerme mejor?

—¡Que va! Si es que no usa la App. Pidió el casco con la misma ilusión que el velocímetro de la bici y el detector de mosquitos láser.

—Pero si me dijiste que no montaba nunca en bici.

—Aún no. Cuando le pongamos el motor, ya verás.

—Oye… ¿Y tenéis muchos mosquitos en casa?

—Sí, sí… en verano nos pican por lo menos tres o cuatro días. Y el aparato es estupendo. Tiene inteligencia artificial y detecta los mosquitos avisándote en el móvil. Cuando se lo dices te señala la posición del mosquito con un puntero láser. Y luego tú decides si lo matas o no. Eso no lo hace el dispositivo.

—Le dará pena maltratar animales…

Si le dices que te sorprendes de todos los aparatos que compran, siempre te advierten de que hay alguno que no han comprado:

—Juanito pidió un tatuador automático. Por supuesto, le dijimos que no. Le acabábamos de regalar el patinete eléctrico y el dron. Y no se puede abusar. Son tatuajes temporales. O sea, que no son peligrosos. Igual para su cumpleaños… Lo que pasa es que no cuida las cosas. El otro día se le cayó el ToyWatch y la aspiradora automática lo atropelló y se quedó atascado en un rodillo. Un desastre. Tuvimos que adquirir otra aspiradora. Esta es más moderna. Se carga sola y te da los «buenos días» por la mañana. A veces nos despierta a las cinco…

El padre de una tecnofamily me explicó una vez que no soportaba que sus hijos tuvieran un teléfono más reciente que el suyo:

—Es cuestión de jerarquía —me detalló—. La juventud tiene que aprender a esperar su turno y siempre pueden heredar mi teléfono cuando yo adquiero otro nuevo.

Ellos nunca usan la palabra «comprar». Prefieren «adquirir» o «encargar». No sé por qué.

—Es curioso —le intenté decir con poco éxito—. En mi caso es al revés. Mis hijos siempre tienen teléfonos más modernos que el mío y yo estoy contento de poder enseñarles, con mi ejemplo, a sacar el máximo partido a cada aparato, sin necesidad de comp…

No me dejó terminar mi punto de vista. Tampoco me importó. En otra ocasión fue imposible explicarle el problema del coltán, ni el de la esclavitud, ni el de las basuras tóxicas que implican los aparatos tecnológicos. De todo eso se enterarán cuando alguien haga una App que mida la huella ecosocial de los cachirulos electrónicos. Esperemos que no sea demasiado tarde.

Apps para todo y comida para la basura

Ya hay software para teléfonos para cualquier cosa que se te ocurra. Y si no la hay, no se la digas a nadie, porque te copiará la idea y se forrará, sin darte parte de los beneficios. Una de las más interesantes es para reducir el desperdicio alimentario. Tiendas y restaurantes de todo el país tiran la comida que les sobra. Si tú la pides por la App, te la venden más barata. Y si no, la tiran, porque tirar comida está prohibido, pero ¿quién se va a enterar?

Me enfado bastante cuando veo los platos a medio terminar que se dejan los comensales de un restaurante. Esa comida ya no puede venderse ni en la App. Si me hubieran avisado, no hubiera pedido ni un solo plato.

Una vez que la comida sale de la cocina, ya solo tiene tres caminos: o se lo come el cliente, o se lo lleva a su casa, o va a la basura. Por favor, si os sobra comida, pedidle al camarero que os la envase para llevar. Siempre es mejor despilfarrar plástico que comida. Claro, lo ideal sería saber pedir para que no sobre. O bien, llevar siempre a los restaurantes tu propio táper.

En casa no se tiran ni las migas del mantel. Y cuando veo comida en la basura, me dan arcadas, de pena (no de asco). Hay restaurantes que trocean el pan sobrante y lo dejan en la calle para los gorriones. Ellos lo cogen y se van volando sin pagar nada de nada. ¡Qué listos son!

Los locos del low cost

Lo barato le gusta al populacho. Da igual si es bueno o malo. Da igual si es útil o inútil. Si es barato, es interesante. Solo los bichos raros rebuscamos algo oculto en las cosas baratas. O se hacen en China (siempre con mano de obra infantil y yo me imagino allí al niño pensando en que le gustaría ir al cole); o contaminan mucho y nadie paga por eso. Pocas alternativas más hay, aparte de esas.

Confieso que tengo que morderme la lengua cuando alguien me dice que ha comprado algo barato. Luego, en casa, grito de dolor, pero al menos no le grito a la pobre personita que ha conseguido ahorrarse dos euros. No es malo comprar barato. Lo malo es comprar sin pensar.

Hay algunas cosas que no son para gritar, sino para llorar. Por ejemplo, los vuelos baratos de compañías low cost. Ese sobrenombre viene de que son compañías de lo-cos. Los ingleses tienden a añadir uves dobles y terminar en te donde les parece bien.

Entiendo que te haga ilusión viajar a Berlín por 20 euros ida y vuelta, pero para ver un muro derruido te sale más barato ir al barrio de al lado. Tú te ahorras 20 euros y a la humanidad nos ahorras contaminación. No os voy a contar los cuatro costes ocultos de los vuelos baratos, porque ya están contados en otro lugar. Y sí, el turismo masivo es tan horroroso como el abuso a los trabajadores. Si no tienes conciencia, tranquilo, que tampoco te la van a poner cuando te sientes en tu butaca voladora. Los que preferimos la butaca de casa, al menos no molestamos tanto a la biodiversidad.

Cosas de casa

Las casas están llenas de elementos absurdos o diseñados por absurdos. Entre los segundos están las mesas con esquinas. ¿Quién diseña o fabrica ese tipo de mesas? ¿Ángeles incorpóreos? Yo veo la esquina y ya me da miedo. Le veo las intenciones. Está esperando su momento para clavarte el aguijón para que, encima, te sientas tonto.

La bañera resbaladiza es otro gran invento. Hemos llegado a la luna, pero todavía es legal vender bañeras resbaladizas. Al menos podrían numerar el nivel de peligrosidad, para que, al comprar, uno sea consciente del riesgo. Como opción, hay que inventar las bañeras acolchadas.

En realidad, en el servicio casi todos los elementos se pueden mejorar bastante. El váter, por ejemplo, suele tener el agujero demasiado pequeño. Bueno, está bien para el noventa por ciento de las veces. En cambio, hay un diez por ciento restante —puede que menos, ¿vale?— en el que no traga bien, con el consiguiente gasto de agua… y engorro. ¿Tan difícil era poner el agujero un centímetro más grande?

Puedo imaginarme que el objetivo es que la gentuza no tire por el váter cosas grandes. Supongo que sigue pasando, mientras pase por el agujero. En todo caso, lo más grave de lo que se tira por el váter son tres cosas que sí cuelan: toallitas húmedas, colillas y aceites. La gente no piensa el daño que hace y, si lo piensa, le da igual. ¿Es o no es para enfadarse?

El lavabo del servicio también está mal diseñado. ¿No lo ven? El agua saliente se puede usar, al menos casi siempre. Por ejemplo, para las descargas del inodoro, con jabón y todo. Ahorraríamos, un buen chorreón de agua (y dinero). En cambio, toda el agua se tira, sin que nadie te dé a elegir. Al menos, el agua de la ducha la puedes recuperar en un cubo. ¿Alguien lo hace? ¿O soy el único?

Obviamente, tirar tanta agua en el servicio no es sostenible. Desgraciadamente, es algo que va a cambiar solo cuando llegue el colapso… el cual está bastante más cerca de lo que algunos imaginan.

♣ Sigue inspirándote:

  • Casi todas las cosas que me cabrean. Si necesitas un índice temático de quejas, te lo regalo:
    • Parte 1: ruidos de motos y de sopladoras de hojas, gente que no comparte en RRSS lo que le gusta, y los que esperan respuesta rápida de un wasap, ordenadores envejecidos (lentos, actualizaciones de Windows, obsolescencia programada, actualizaciones absurdas, barras de progreso inexactas e irregulares…), las botellas tiradas, y la gente que habla de sus problemas.
    • Parte 2: los que dicen «te guste o no te guste…», cazadores que van de salvadores, los que tiran las migas de pan, atareados de la vida, competidores con todos y los que llegan tarde, publicidad en el buzón, despilfarro de papel higiénico, de toallitas húmedas, y de agua en la cisterna.
    • Parte 3: me quejo de los quejicas, de los fumadores, de los coches, de los motoristas, de los que conducen mal, de los trapos blancos, de la lejía, de los impacientes, de los pesimistas, de los que sueltan globos de helio, de los fiscales, de la programación de la radio, del fútbol, y de la información del tráfico en la radio.
    • Parte 4: tecnopersonas y tecnofamilias, desperdiciar comida (en restaurantes o en tu casa), las cosas baratas, los vuelos baratos, las mesas con esquinas, las bañeras resbaladizas, váteres con agujeros pequeños, los que tiran cosas por el váter (como toallitas húmedas, colillas y aceites), y tirar agua en el lavabo o en la ducha.
  • Historias del Z-15 (1): Agradecimiento robotizado.
  • Historias del Z-15 (2): Cansancio robotizado.
  • Prefiero que me mientan (sobre transhumanismo en un futuro cercano).
  • Otros relatos inspirados en hechos reales de Historias Incontables.

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