En el coso

Una mirada que no supe interpretar. Acercarme a aquella puerta activaba una vibración en mis piernas. Atravesarla encendía el dolor de estómago. Y verlo a él —solo verlo— me empequeñecía. Quería desaparecer; morir; evaporarme.

Recuerdo tatuado el primer día. Me miró y yo no supe hacerle frente a sus ojos. Al minuto siguiente ya estaba empujándome por el color de mi piel. Yo creía que era normal, hasta que él me enseñó a odiarlo.

Las burlas y zarandeos se transformaron en patadas y codazos, aunque dolían más los insultos y las risas del grupo. Me miraba chulesco. Levantando hacia mí su dedo corazón calentaba el jolgorio colectivo. El bullicio creaba un aparente anonimato que exaltaba hasta a los más sosegados. Solo unos ojos cómplices, pero silenciosos, me brindaban su compasión de iris lloroso en la distancia. Unos ojos de esperanza gris.

Era un virtuoso del acoso. Un maestro del disimulo cuando llegaba un profesor. Un líder del alboroto. Sus bromas, sus bravuconadas, le conferían poder. Me invitaban al suicidio constante: “¡Hazlo! ¡Hazlo!”.

Por las noches, lloraba solo silencio por dentro. Por el día, fosilizaba mi corazón para congelar mis sentimientos y abrigar mi dolor con un disfraz de indiferencia. Pero él hacía explotar todo por dentro de mí. Me manchaba, me rompía mis cosas, me pintaba los libros, me enviaba notas, me escupía… y de todo me culpaba a mí. Os juro que acabé creyendo que todo era culpa mía, por ser la escoria que nadie quiere y que no merece abrazos de nadie. Rechazaba hasta los pocos que me llegaban de mi madre.

Primero se enteraron algunos profesores y, para quitarle importancia, siguieron la broma usando contra mí los motes del fanfarrón. Mis padres intentaron que aquello acabara, pero solo lo empeoraron.

Las notas bajaron. Los vómitos subieron. Acepté que me lo merecía, por ser una persona inútil, aburrida, sin nada que ofrecer… Y con el color de piel equivocado.

Asumí su planteamiento, porque acepté que tenía razón: “Alguien así no merece vivir”.

—Das asco. Ese es tu auténtico nombre: AS-CO, AS-CO…

Y de tanto jalear “¡asco, asco, asco…!”, acabé asqueándome de mí. Mi interior estaba realmente podrido sin nada que ofrecer a nadie, salvo apestosa tristeza.

Supusieron que aquello pasaría, pero nadie pensó en mí mientras aquello no pasaba. Maniatado de impotencia e incomprensión, rebosante de soledad y desesperación… y vacío.

Tenía diez años y necesité varios cursos para ordenar mi mente. También dejé de amasar rencor a una persona que no era consciente de lo que hacía.

El colegio fue el desesperante coso de mi tortura, donde aprendí algo más valioso que las matemáticas. Aquellos ojos grises me enseñaron a perdonar y a que una mirada honesta puede desarmar al gladiador que, al final, lucha solo para defenderse de su miedo. Siendo capaz de mirar con valentía, con honestidad, con serenidad, el gladiador es solo una sombra, y en el fondo de su mirada, su fuerza es de barro.

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