Rascacielos blanco

Lo bueno de ser escritor es que agudizas tus sentidos. Te vuelves observador de la efímera cotidianidad, al menos entre paréntesis rodeados de la somnolencia general y global. Una brizna de brisa podría inspirar el embrión de una novela. No hay tiempo para escribirlo todo. Lo inspirado suele acabar en la nada más hueca.

Lo malo de ser escritor es que tu imaginación vive por encima de tu realidad. Tu vida es un noventa por ciento irreal, y un diez por ciento de olores, sonidos, sensaciones, sabores o sentimientos que, a veces, ni siquiera sabes si realmente son como piensas.

Buena parte de lo que ocupa mi mente es como vivir una vida imaginaria, con el lujo de elegir parcialmente su destino en cada instante, como cuando en duermevela controlas un sueño agradable. Esa pseudovida no siempre está llena de felicidad. Sería posible, fácil y agradable, pero nos perderíamos la experiencia del drama, del miedo… de la desgracia humana, y por supuesto, también la animal. Hay una parte ingobernable, tal vez controlada por el subconsciente profundo. Ahí las cosas son como son, absurdas como mi revoloteo mental, crueles como injustamente se atribuye a la Naturaleza, duras como la tragedia diaria. Lo que surge de la mente no podemos —ni queremos— controlarlo al completo. Todo depende de vivencias y realidades que si no son obra del azar, poco le falta.

Aunque parcialmente me siento escritor —y lo soy— no suelo decirlo ni presentarme así. Me siento también un impostor, un intruso profesional que no hace la competencia a nadie, un ladrón de lectores que a nadie le quita nada, un renegado de mi profesión verdadera que busca soltar amarras y alejarse por mar de ella. He publicado varios libros, pero lejos de cobrar, he tenido que pagar para que vean la luz. Los libros son como los hijos: les das la vida y se convierten en seres independientes que no te deben nada; de los que no debes esperar nada. Si ansías lo que sea, eres un tirano —ejerzas o no— más que un auténtico padre.

Escribo —como debe ser— por pasión y diversión. Tal vez también por necesidad y terapia. No para ganar dinero. Vincent van Gogh no pintaba por lucro. Eso hizo su arte, no «más libre», sino «sencillamente libre». Y eso es lo que algunos valoran hoy en él. Son cotizaciones que fluctúan en el tiempo de forma impredecible. Aunque supiera la fórmula para escribir el mejor de los bestsellers, no lo escribiría. Esa fórmula no podría jamás adaptarse a mis impulsos narrativos. El último de ellos ocurrió al asomarme a la ventana de mi oficina para estirar el cuello. El paisaje ante mí era un hormigueo de personajes literarios dominados por el estrés de una vida de ciudad. El ruido de las obras de la calle inspiraba un estrés agudo en mis protagonistas del día. La taladradora no solo perforaba el asfalto, sino también nuestros tímpanos. Y luego las mentes de unos humanos atormentados por pagar las facturas y por comer en restaurantes de lujo una vez al mes.

El edificio de enfrente

El edificio de enfrente siempre me pareció aburrido. Un rascacielos de un blanco metalizado con ventanas que reflejaban el gris de mi propia madriguera laboral. Lo más excitante era el vuelo de aquella paloma, remontando a su habitual ventana para dejar en el estrecho alféizar una deposición de regalo. Sin embargo, aquel día algo cambió en el paisaje. Un minúsculo detalle que fijó mi atención por el rojo suave que salía de la única ventana abierta del blanco bloque. Era solo un puntito de moderado color en un decorado en blanco y gris. Nunca nadie había abierto una ventana en mi presencia y aquel viernes, alguien osó saltarse la norma.

Por supuesto, saqué mis gemelos y apunté al punto rojo. Guardo unos pequeños prismáticos en el cajón para observar mejor a los transeúntes, para juzgar sus vidas y jugar con sus gestos a inventarles un devenir, de esos que en pocas ocasiones se plasman en caracteres de unos relatos, casi siempre ansiosos por ser leídos desde ficheros perdidos en las ramas de mi disco duro.

El tono rojo pastel venía de una tela ondeante vistiendo a una mujer que se movía a izquierda y derecha como enjaulada entre aquel cemento blanco metalizado. Me identifiqué con ella, porque yo también me paseo felinamente por las cuatro paredes donde me encierran. Ayuda a descargar la tensión de una aburrida tarea o a dejar fluir la creatividad cuando un problema te aprieta.

Tenía trabajo pendiente. Me resistí y no pude. No pude evitar construir un rascacielos de historias alrededor de aquella mujer de rojo viejo. Primero fue un alma atormentada por su padre que la obligaba a trabajar en su empresa. Ella era una antisistema contra la opresión de las multinacionales, que se sentía atrapada y traicionando sus creencias. Asfixiada, estaba dispuesta a hundir su herencia.

En otra historia, ella era bailarina y preparaba sus coreografías pensando —más que bailando—, pero mientras ideaba sus movimientos, algunos —solo algunos— se escapaban y ella se dejaba llevar evitando el dolor de una reincidente lesión de tobillo.

No. Eso no encajaba con aquel personaje. Ella sería artista plástica, incomprendida. Trabajaría como decoradora para poder subsistir. Su novio era de esos que uno llama imbécil nada más verlo y en cuanto lo conoces un poco más te das cuenta de que te quedaste corto. No obstante, ella estaba tan colgada por él como por su mundo artístico interior. Él, obviamente, ni la entendía ni la atendía.

Pasé el fin de semana pegado al ordenador escribiendo historia tras historia. Algunas directamente las borré —hasta de la papelera—, tras cinco o diez páginas de mediocridad. Otras, las menos, aún las conservo en la carpeta de borradores, por si acaso. Tras eliminar un fichero, siempre me surge la duda de si quizás pudiera no haber sido algo extremadamente vulgar, de si podría haber algo de provecho o un atisbo de genialidad, aunque fuera en media línea. Todo escritor busca sus cinco palabras que pasen a la eternidad, como el «Luchar hasta el último aliento» del Enrique VI de Shakespeare. Yo lo reutilizo en cualquiera de las batallas en las que me halle.

Obsesión en tonos pasteles

El lunes volví a mi atalaya laboral de observación. La ventana estaba cerrada, gris marengo, del tono triste acostumbrado. Intenté trabajar con la mitad de mi cerebro. La otra mitad estaba imaginando que la ventana se abría otra vez, solo para que pudiera asomarme al interior de aquel personaje que me había cautivado. La imaginaba con el mismo vestido rojo, casi rosa, y ahora ella sería una alta ejecutiva que abría la ventana exclusivamente cuando cerraba un sustancioso contrato. A mí también me gustaba respirar aquel aire impuro, sucio, humeante y más natural que el que encerramos en nuestros búnkeres de cemento.

A media mañana, milagro. La ventana estaba abierta aportando un punto aguamarina de una blusa casual. Aquello disparó un torrente de ideas. Era una administrativa eficiente, enamorada en secreto de su jefe, el cual se burlaba a escondidas de sus grandes piernas. Ella le llevaba el café a su gusto, siempre antes de que lo pidiera, y él tonteaba con todas las menores de cuarenta que pasaban por allí. Con treinta y nueve bien cumplidos, sabía que sus oportunidades estaban acabándose.

No. Ella no merece esa historia tan triste como trillada. En realidad, sería más bien una secretaria invisible y competente. Nadie se fijaba en ella y ella disfrutaba la soledad de esa indiferencia. Tras un par de frustraciones amorosas, ya no creía en el amor. Era razonablemente feliz en su rutinaria existencia, aunque una vez a la semana se permitía imaginar un romance con alguien que pasara bajo su ventana. Únicamente pedía que no pasara por el escenario corriendo, que recorriera la ciudad con calma, aunque el mundo se estuviera terminando. Abajo siempre todos vuelan apresurados como si así fuera.

El martes fue de color amarillo pálido y ella era una asesina en serie que torturaba a los cazadores. Una vez al año, en temporada de caza, se mimetizaba de blanco en algún bosque nevado y esperaba pacientemente la llegada de algún cazador. Le disparaba en el pie y lo ataba a un árbol para que escuchara que iba a morir de forma mucho más dolorosa, pero igual de cruel, que sus víctimas inocentes. No tenía compasión con ellos, igual que ellos no veían sufrimiento en ciervos, ni jabalíes… El cadáver lo desnudaba para que los carroñeros aprovecharan bien sus nutrientes. A veces, enviaba fotos a las familias resaltando lo valientes que eran para matar y lo cobardes que fueron para morir. La policía investigaba entre grupos animalistas y veganos. En esos grupos no encontraba sospechosos, y menos aún (por razones obvias) sospechosas.

El miércoles mi universo fue celeste sideral. Después de once años trabajando para la policía, decidió abrir su propia agencia de detectives. Principalmente investigaba infidelidades, robos de secretos industriales y fraudes a las compañías de seguros. Sin embargo, su buena fama había llegado a oídos de un magnate cuyo hijo había sido asesinato en una batida de cacería. Pagaría bien si aportaba cualquier pista que permitiera a la policía detener al culpable o culpables; el doble si conseguía abatirlo «como a un conejo» —fueron sus exactas palabras—; y el triple si conseguía encadenar al asesino en una vieja cabaña perdida en la montaña. Lo habéis adivinado: la crueldad de la caza por diversión me obsesiona por su mezcla de sadismo e ignorancia con instintos primarios, naturales y ancestrales.

El jueves, la ventana me iluminó color salmón. Toda la mañana observé como un águila pescadora antes de atacar a su presa. Solamente disparé mi imaginación. Soñé que alguien empezó a gritarle inmerecidos insultos. Entonces, uno de mis dobles enmascarados voló hasta aquella ventana para aplastar a aquel cobarde. Tras obligarle a pedir perdón y prometer que saldría de la vida de ella, el héroe se despidió cortésmente y desapareció por la misma ventana. No me gusta ser superhéroe. Demasiado estresante hasta para inventar argumentos que han de ser más trepidantes que creíbles.

El viernes pensé que volvería a ver el rojo suave que me hipnotizó de historias una semana antes. En cambio, tocaba el color lila, propio de una florista que ponía divertidas notas a bolígrafo en algunos de los ramos que le encargaban. Misteriosamente, al leer las notas las mujeres caían enamoradas de aquellas palabras. El tipo de letra tan original, de su caligrafía alocada y cursiva, cautivaba de forma equivocada. Cuando ellas descubrían que el que les había regalado aquellas rosas tenía una letra distinta, lo despreciaban y empezaban a investigar quién había escrito su nota. Al descubrir que había sido una mujer, su enamoramiento se materializaba en… ¿odio por sentirse engañadas y manipuladas? Tengo que construir un final moderadamente creíble.

A las 13:35 horas del viernes, como todos los días de aquella semana, ella cogió su bolso color marfil, cerró la ventana y… supuestamente abandonó aquel aburrido rompecabezas de oficinas. Yo me sentía entonces más solo que de costumbre: despreciablemente abandonado.

¿Quién sería realmente aquella mujer en gama de pasteles? Pasé otro fin de semana imaginando inquietamente su inquieta vida. En cinco páginas era una espía del gobierno infiltrada en una empresa pantalla de importación de frutas que traficaba con armamento. Estaba haciendo importantes descubrimientos y recopilando pruebas incriminatorias, mientras se enamoraba perdidamente de un compañero de trabajo. Poco a poco va descubriendo que él no es quien dice ser, sino que ejerce de máximo responsable de la red. Su corazón le impide acabar la investigación, hasta que una amiga le hace entender que alguien que no es buena persona, tampoco será buena pareja. Tras entregar su informe, ella abandona el trabajo y su vida anterior, con la ayuda de un grupo budista. Él, la sigue.

En otro fichero —que acabó en la papelera—, escribí que ella era una princesa india que huyó de su país porque su padre quería casarla con un rico anciano. Tras un largo viaje, esquivando a los secuaces de su padre, consiguió llegar a Europa, donde un fotógrafo la descubrió como modelo. Basura literaria, sin inspiración física, sin consistencia arquitectónica. ¿No es esa la vida de Waris Dirie?

Tenía que conocerla.

Imposible

Era miedo vulgar. Toda la fuente de inspiración que manaba de aquella ventana podía perderla si le revelaba a ella mi existencia. ¿Para qué desenvolver un regalo mientras disfrutas de la emoción de la sorpresa?

Así pasaron varios meses. Las historias se engendraban de día, se tejían de noche y se borraban al amanecer. Estaba extenuado. Empezaba a enfermar. Mi jefe también. Tenía que poner fin a aquella obsesión imposible.

A la hora de la salida me planté en la puerta de su rascacielos, esperando a su jersey albaricoque. Al verla entre el gentío, su rostro serio esbozó una sonrisa que me congeló. Pasó a mi lado mirándome entre dos parpadeos. Un murmullo de titubeo fue lo único que pude expresar, mientras ella se perdía entre las calles atiborradas sin siquiera volverse.

«Tengo que conseguir aquella sonrisa de olor albaricoque», repetí toda aquella noche, sin escribir una palabra.

En los siguientes días, el desfile de tonos continuó: rosa palo, verde salvia, ocre suave, cerúleo, beis, blanco hueso, gris zinc, cardo, celeste, ciervo del trullo, verdeceledón, siena pálido, lavanda floral claro, malva ligero…

Estuve ahogándome en la duda multicolor y escribiendo sin parar, al menos tres o cuatro semanas más. Las historias que sobrevivían una primera criba se abigarraban en el disco duro, esperando la fase de depuración, ansiosas por ver la luz al menos desde la pantalla. Muchas tramas no eran más que notas taquigráficas en papeles arrugados. Necesitaba tiempo para darles alma. En las vacaciones me enterré para el mundo. Necesité el aislamiento, porque escribir con intensidad requiere silencio y soledad.

Tenía material para un libro, pero no pensaba cederlo a ninguna editorial. Escribir te hace libre y te convierte en Dios. Al publicar lo pierdes todo. Cuando liberas un texto, la historia se emancipa y pierdes su control. Los personajes son libres para ser manipulados e interpretados por el público, incluso aunque ni siquiera lean una página. Tus palabras dejan de ser tuyas para ser de cualquiera que sepa vulgarmente leer. Cuando amas a un texto como a un hijo, nunca lo publicas; como mucho lo regalas a quien lo merezca. Yo tenía muy claro quien era la única persona que merecía el pequeño privilegio de leer o destruir aquel manuscrito.

En un pendrive de color melocotón guardé el PDF completo. Por segunda vez, esperé en la salida de la gran cárcel blanca. A lo lejos distinguí el suave cian violáceo de su rebeca. Me acerqué a ella extendiendo mi mano con el regalo. Le pregunté si aceptaría un pequeño obsequio y una invitación para explicárselo. Ella no contestó a mi pregunta. Se alejó junto a la larga pared de mármol blanco. Yo la seguí llorando. Debió de oírme entre el ruido eterno de la taladradora. Dándose la vuelta me aclaró:

—No puedo responder porque carezco de libertad. Solo soy un personaje en tus manos.

 

⇒ Nota: Este relato es parte de la Trilogía blanca de un escritor, junto con Sudor blanco y Mente blanca. Para recibir todas nuestras publicaciones, suscríbete gratis. Te agradecemos que difundas la cultura en tus redes.

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